Malditas canciones de amor

“Vuelve a preocuparme todo ese rollo de la música pop, si será que me gusta porque soy infeliz o si soy infeliz porque me gusta.”

Alta Fidelidad, Nick Hornby

 

De repente, te subes a un taxi y te das cuenta de que en la radio suena una canción que conoces. Es una de estas melodías facilonas y comerciales que te has hartado de escuchar. Sí, ¿cómo se llamaba? No te acuerdas. Pero te la sabes de memoria. El locutor te la recuerda “ah, sí claro”. Y en ese momento añade que es del año 1991. Haces cálculos -que nunca han sido lo tuyo- y te das cuenta de que han pasado 22 años. Y eso, según como se mire, es mucho. Te bajas del taxi y te sientes mayor, anticuada, como un jarrón pasado de moda. Como cuando tus padres te hablaban del No-Do o tus abuelos del estraperlo. Porque tú podrías hablar ahora mismo de esa canción tan de otra época. Sí. Piensas en ese momento que el tiempo y la vida se miden también por canciones.

Te sabes las letras de muchas canciones y todas hablan de lo mismo. En inglés, en francés, en castellano. Las de un grupo indie formado por integrantes monísimos y a la última, o las de un cantautor latino melenudo. Qué más da. Entonces siempre se te viene a la cabeza Nick Hornby: ¿Qué fue primero, la música o la tristeza? ¿me dio por escuchar música porque estaba triste? ¿O es que estaba triste porque escuchaba música? ¿No te convierten todos esos discos en una persona de tendencia melancólica? Porque la música pop aborda básicamente dos temas: el desamor o los tres primeros meses de una relación. Prueba de ello es que ahora no eres capaz de recordar ningún estribillo parecido a “mi mujer me ha preparado un brócoli fantástico hoy…ou yeah”. Porque las canciones están llenas de miradas, de mariposillas, del sin-ti-no-puedo-vivir y de ese I need you facilón que suena a todos ritmos y en todos los idiomas. Lo peor es que luego cuando lo utilizas en la vida real, no sabes muy bien si estás hablando tú o si estás repitiendo un estribillo de Bon Jovi.

Por otra parte, te das cuenta de que tu vida tiene una banda sonora sensiblona y casi lacrimógena.Y entiendes por fin, al cabo de tantos años, que Rob Fleming, el maravilloso protagonista de Alta Fidelidad, tenía mucha razón cuando dijo que si pudiera escoger, le gustaría que su vida fuera una canción de Bruce Springsteen. Born to run, Thunder Road –obviemos Secret garden– . Porque en sus canciones o te quedas o te largas, o lo haces o no lo haces. Sin embargo, tu vida, en algunas ocasiones, se parece a una canción de Bryan Adams, a una balada de U2. Incluso a veces –y eso te da vergüenza-, a Maná. Y te ríes.

A veces piensas que la música te ha ayudado a enamorarte. Escuchas una canción nueva –que sigue diciendo lo mismo que todas las demás- y claro, sin darte cuenta ya estás buscando a alguien de quien enamorarte. O alguien de quien acordarte, no nos engañemos. Y ese es el problema de las malditas canciones de amor.

 

 

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