Alarmas que suenan

 

Siempre que leo algo de Leila Guerriero tengo ganas de llamarla por teléfono y decirle algo así como: “¿Cómo se hace? ¿Cómo se te ocurrió esto, aquello, esa frase?”. Esta mañana, al leer la entrevista que Guerriero le hace a Mario Vargas Llosa, lo he vuelto a pensar. He pensado en llamarla, claro. Pero de nuevo, no tengo su teléfono.

Se trata de un retrato de Mario Vargas Llosa en el que aborda la difícil relación de éste con su padre. De niño le dijeron que estaba muerto. Más tarde, ya se vio que no estaba exactamente muerto, pero eso es otra historia que cuenta mejor Vargas Llosa que yo. Pero sí, hay mentiras que, como dice Guerriero, inauguran toda la vida y en las que se sustentan años de infinitos engaños alimentados por esa mentira original. Me pregunto si no todos vivimos así, dándole coba a fantasmas que de tanto nombrarlos los convertimos en reales. La literatura está llena de padres e hijos. De las historias de afectos truncados y de los lazos difíciles, que son, a menudo, los que nos vienen dados. Me pregunto si no será un poco cobarde esto de escribir, una manera de ajustar las cuentas con la realidad a través de la escritura y no mediante la realidad misma. No sé, solo es una idea. Pienso en La invención de la soledad, de Paul Auster –su mejor libro, creo-, en Patrimonio de Philip Roth ,o  en los diarios del propio Kafka. Hace años hice un estudio sobre las difíciles relaciones padre-hijo en la literatura, al menos las que yo conocía y me di cuenta de lo increíblemente parecidas que son todas esas historias. El hijo que habla de futbol con el padre porque no sabe qué decirle, los silencios largos en la línea telefónica, y esos hospitales en los que ambos se dan cuenta de lo extrañas que pueden llegar a ser dos personas que han vivido al lado toda la vida. Nadie conoce a nadie, ya lo decía la película.

Ayer me encontré–por casualidad- con un texto que también aborda este tipo de relaciones. Es un relato llamado “The year of getting to know us”, de Ethan Canin. Cuenta la historia de un hombre llamado Lenny, que está en el hospital visitando a su padre, que tiene una enfermedad terminal. En esa habitación, acompañado por su mujer y la joven novia de su padre, Lenny echa la vista atrás y revisita su infancia. Hace ya muchos años, cuando sus padres aún estaban juntos, su madre les propuso a ambos, al padre y a su hijo, que ese y no cualquier otro tenía que ser el año en el que se conocieran por fin mejor. Sí “the year o getting to know us”, decía, como si aquello fuera una cita para comer en un japonés de moda, una estridente alarma que suena en el teléfono móvil: “Empieza el año para que la familia se conozca mejor”.  Y Lenny, adueñándose del lema, decide esconderse en el remolque de su padre en una de las excursiones que él siempre se empeña en hacer en solitario. Piensa que le dará una sorpresa: seguro que a su padre le gusta. La sorpresa, está claro, se la da el padre a él cuando una mujer sube al coche. Otra mujer. Y Lenny sigue escondido en el remolque.

Es difícil e incluso incómodo empezar a conocer a quienes ya conocemos. Lo más fácil es quedarnos con esas ideas, con esos moldes que ya tenemos y seguir así.  El problema es que los hijos, en muchas ocasiones, solo esperamos una cosa de los padres: que sean padres, nada más que eso, como si ser padre fuera una raza, un concepto redondo y definitivo sin cabos sueltos. Por eso creo que a todos nos debería sonar de vez en cuando esa alarma ficticia en el teléfono: The year of getting to know us. Sí, eso mismo. Y no esperar a que sea demasiado tarde y a que la cita sea en un hospital.

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