Las ciudades y las cicatrices

 

Hace años escribí un relato muy cursi acerca de las cicatrices que uno va acumulando en la vida. No me refería a las físicas, esas son la parte visible de la historia y quizás la menos interesante, sino a las que no se ven: a todas las cicatrices que nos dejan los días vividos, esas marcas que habitan debajo de la piel. Hablaba sobre todo de la pérdida y del dolor que no se ve; el que se acumula en el corazón. Porque todos estamos llenos de cicatrices, creo. Incluso los países. Incluso las ciudades.

Sarajevo es una ciudad llena de cicatrices. De las visibles y de las invisibles. Junto a esa nueva ciudad naciente y que mira al futuro, la de los rascacielos de resplandecientes cristales, hay otra que aún respira, que está muy viva; la del dolor, la de la metralla en la pared, la de edificios a medio restaurar y las fachadas desconchadas.

Hay ciudades unidas por hilos de sutura. Hilos finos que tal vez un día desaparezcan, pero visibles al fin y al cabo. Este es el caso de Sarajevo. Uno pasea por el río y se detiene frente a la biblioteca, que fue completamente quemada y arrasada, y se plantea algunas cosas, demasiadas. Pero sobre todo una: por qué. Y ésa, todos los sabemos, es una pregunta difícil de contestar.

Esta mañana, en el museo de historia de Sarajevo, he visitado una exposición impresionante acerca de la ciudad y de lo ocurrido aquí durante la guerra. Al salir, medio mareada por el calor pero también por las imágenes que he visto, me he sentado a leer un libro de agradecimientos que el museo había dejado para que los visitantes dejaran algunas palabras. Muchas de las personas que habían escrito hacían comentarios del estilo de “que esto nos sirva de ejemplo y aprendamos”. No seré quien cuestione el valor de este tipo de aprendizajes forzosos y en realidad, es cierto que en un caso así pocas cosas más pueden decirse. Sin embargo, yo prefiero no decir nada: siempre he sido de la opinión de que hay muy poco que agradecerle a la tragedia. Lo que hay que agradecer es que no ocurra, eso sí. Pero una vez ésta ya ha asolado la vida de tantas personas, lo único que me parece que podemos hacer es estar en silencio. Respirar, respetar el dolor. Pero sobre todo no olvidar.

A veces, las ciudades me recuerdan a las personas. Algunas necesitan rehabilitación. Mucho cuidado. Como quien se rompe el tobillo, como a quien le rompen otras cosas. En todos los casos hay que hacer ejercicios que duelen. Hacerlos durante un tiempo largo y esperar que algún día todo pueda volver a la normalidad. Si es que se puede. Porque las cicatrices siempre recuerdan una cosa: que algo se rompió, que algo no fue bien. O que fue muy mal incluso. Lo que surja después de pegar las distintas partes solo dependerá de nosotros, de que hagamos bien los ejercicios y de que empecemos a dar los pasos correctos con ese tobillo malogrado. Sí. En eso, las personas y las ciudades nos parecemos.

 

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