¿Es usted feliz?

Se trata de una serie de ocho fotografías en blanco y negro, cinco apaisadas y tres verticales, que reflejan intervenciones realizadas en la ciudad de Santiago de Chile y sus alrededores. Cada una de las fotografías incorpora, mediante vallas publicitarias de pequeño y gran tamaño, una pregunta al paisaje: “¿Es usted feliz?”. Se trata de una exposición del artista chileno Alfredo Jaar (Santiago, 1956). Las imágenes son una interpelación muda a los transeúntes: una señal de stop para la pregunta del millón, esa pregunta casi de mal gusto que suena a escena final de una telenovela: ¿Eres feliz?

Si tuviera dinero o si en este bendito país aún dieran subvenciones para la cultura, me dedicaría a colgar réplicas de los carteles de Alfredo Jaar por Barcelona: lo haría en las salidas del metro, en los bares, en los salones de belleza o en la entrada de las universidades. Porque es difícil contestar a esta pregunta y porque cuesta hacérsela. Probablemente, a muchos de nosotros nos falte la respuesta porque –como ocurre con el amor- nos han dicho tantas veces lo que es, que cuando alguien nos pregunta “¿eres feliz?”, contestamos incrédulos: “¿A qué te refieres?”, como si nos preguntaran por los ingredientes de una pizza exótica de la que nunca hemos oído hablar.

La pregunta por la felicidad ha estado y sigue estando ahí, como el dinosaurio en el microrelato de Augusto Monterroso: amenazante y sin saber muy bien de dónde ha salido ni dónde esconderla. A lo largo de los años varios proyectos artísticos muy interesantes han buscado respuestas: las respuestas de la gente. Pienso en el documental realizado hace cincuenta años por Jean Rouch y Edgar Morin en París, o en este proyecto web The are you happy project, que recoge el mismo espíritu. Pero creo que la pregunta por la felicidad es íntima, privada. No es para contestarla sino para contestárnosla.

Las preguntas rotundas asustan. Pero asusta más no hacérselas. Y que conste que no pretendo hacer aquí una disertación sobre la felicidad. Solo que pensé en todo esto hace pocos días en la playa. Vi a unos niños jugar con las olas del mar, riendo, encantados de tragar agua salada y llenarse de arena el bañador. Se reían a carcajadas y pensé que ellos aún no eran conscientes de que estaban siendo felices y de que más tarde se harían adultos y se olvidarían de eso: de que la felicidad a veces se parece a dejarse revolcar por las olas del mar. En la vida aprendemos a hacer muchas cosas complejas pero desaprendemos otras mucho más básicas. Por si acaso, siempre me tumbo en la arena con la toalla cerca de la orilla del mar. Para escuchar a los niños, a ver si me acuerdo yo también de cómo era eso, de cómo se hace, y de lo cerca que está la felicidad para los que no la buscan.

 

 

Aun no hay comentarios.

Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


18 + 13 =