Malditas fronteras

 

Las fronteras son líneas imaginarias. Líneas trazadas en el aire que a veces se revisten de muros y alambradas. Pocas veces tienen una explicación lógica: su razón de ser está en el poder de los que las trazan. En su blog La creación compatible, Emilio López Galiacho hacía referencia a esta frase de Jorge Wagensberg: “Las fronteras reales suelen ser difusas pero las inventadas, por el contrario, son bien nítidas”. Las inventadas son, en ocasiones, demasiado reales y separan dos mundos muchas veces antagónicos. El de la riqueza del de la miseria, el del futuro del de la desesperanza. Lo tuyo de lo mío. También hay fronteras curiosas: hay ciudades que pertenecen a dos países, montes partidos en dos, como el Everest, mitad China mitad Nepal, las islas Diómedes divididas entre EEUU y Rusia, el pueblo de Llívia, España dentro de Francia, o el Green Zone Club, un campo de golf fronterizo entre Suecia y  Finlandia (en este blog hay información interesante para los amantes de las fronteras ). Resumiendo: el mundo entero, incluso nuestras casas y habitaciones, están llenos de fronteras que inventamos cada día.

De niña jugaba al juego de las fronteras. Cada uno de los participantes dibujaba un círculo en la arena y esa era su casa. La frontera era el círculo y nada podía suceder dentro, estabas en “casa”. Sin embargo, fuera estaba el terreno de las agresiones, el terreno en el que todo valía. Ese es el primer recuerdo de frontera que tengo y me hace pensar en que nos educan para que creamos que la única forma posible de subsistir es mediante esas dichosas líneas imaginarias.

El conflicto de los Balcanes, del que se cumplen veinte años ya, me ha hecho pensar en todo este tema. Mientras en Barcelona nos vestíamos todos con camisetas de Cobi, no muy lejos, a cuatro horas en avión, se había iniciado el que sería el conflicto más sangriento desde la Segunda Guerra Mundial: 98.000 muertos, un millón de desplazados y una limpieza étnica sistemática. La crudeza de las cifras deja poco lugar a la imaginación. Creo que era Winston Churchill el que decía que en los Balcanes se produce más historia de la que se puede procesar. Y tiene razón.

A decir verdad, no recuerdo demasiado acerca del conflicto de los Balcanes, era pequeña aún. Recuerdo las noticias del mediodía y esos nombres y frases hechas que siempre estaban ahí “Sarajevo” o “la ofensiva serbia”, que por esos entonces ni siquiera entendería bien qué significaba. Sabía que había una guerra, pero me parecía que estaba lejos, muy lejos. Me tranquilizaba pensar que aquello no nos iba a pasar a nosotros. Las guerras, para una niña que vive en Barcelona y tiene siete años, ocurrían tiempo atrás, en la época de los abuelos, o solo en África. Siempre pensamos que el horror está lejos, y ese pensamiento nos tranquiliza. Porque lo cierto es que el horror está muchas veces a la vuelta de la esquina. Solo hace falta echar un vistazo A cry from the grave, un documental acerca del genocidio de Srebrenica que vi el otro día. Ver es un decir. Aguanté veinte minutos porque cuesta. Sí: asumir ciertas imágenes cuesta.

No me corresponde a mí, ni es mi propósito, analizar el conflicto de los Balcanes. Siempre he sido muy mala para hablar de política, sobre todo para entenderla. Porque hablar de política, al menos en España, hablamos todos. Pero entiendo que si bien las fronteras son necesarias en muchos casos, en otros son meros intentos por imponer un mapa de dominación. Y vuelvo de nuevo a cuando de críos jugábamos a las fronteras y uno se enfadaba porque el círculo del niño de al lado era demasiado grande y estaba demasiado cerca del propio. Algo hicieron mal con nosotros cuando nos inculcaron, ya de pequeños, esta sangrienta idea de las fronteras, la idea de que en la vida, los territorios, si están compartimentados y son excluyentes, mejor.

 

2 Comentarios
  • Sérgio de Campos Curado
    julio 13, 2013

    Perhaps there is no frontier between two persons individually – no matter their age, gender or race – but only the institutions they represent; in this sense, the antagonism is triggered by the group behavior instead of individual convictions. That’s why I avoid groups or institutions and became an outsider.

    Laura, sweet friend (may I call you this way, considering you are almost a Phd in Philosophy?) let me make you a question: do you know someone called Sara?

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