Las piscinas lo saben todo

 

No tenia por de l’aigua, sinó de tu,

era la teva por que em feia por,

i el lloc fondo on no es veien les rajoles.

M’hi vas arrossegar, recordo encara

la força dels teus braços obligant-me

mentre intentava abraçar-me a tu.

Vaig aprendre a nedar, però més tard,

i molt de temps vaig oblidar aquell dia.

Ara que ja no nedaràs mai més,

veig l’aigua blava immòbil davant meu.

I comprenc que eres tu el que t’abraçaves

a mi per intentar creuar aquells dies.

Piscina, Joan Margarit

 

Nunca fui una gran amiga de la parte oscura de las piscinas. Me refiero a esa parte profunda de la que uno ignora si esconde algo más que inocentes baldosas. Siendo niña, me quedaba en el borde de la piscina mirando el fondo, intentando divisar poco más que al monstruo del lago Ness. Mis padres, los amigos de mis padres, mis profesores, todos ellos me habían asegurado que ahí no vivía nada ni nadie. Sin embargo, yo creía que era como la fosa de las Marianas: un abismo en el que peces con largos bigotes eran capaces de vivir sin luz, al acecho de cualquier niño que se quisiera sumergir en las profundidades. A ese niño, se lo comían, claro.

Por eso, como buena niña cauta que era, aprendí a nadar en la parte que no cubría y la sola mención del fondo de la piscina, era capaz de erizarme todos los pelos de la piel. Luego, con los años, olvidé esa idea de los monstruos de las piscinas y me pasé la infancia buceándolas de un lado a otro, hasta tener los ojos rojos, el pelo verde del cloro, las manos arrugadas pero sin cansarme de explorar unas profundidades en las que efectivamente no había más que baldosas resbaladizas.  Pero no solo nadé en ellas, también aprendí a usar el sacahojas y a limpiar el agua de hojarasca y de insectos flotantes. Entonces aprendí una lección importante: que en la vida había cosas útiles y que tenían un resultado visible: como ordenar la habitación o limpiar una piscina. Luego, había otro tipo de cosas que uno hacía y no se veían. Y claro, aquello ya era un poco más complicado.

Las piscinas son un recipiente de agua, un cuenco enorme que refleja retazos de cielo y todo cuanto se asoma a sus aguas permanentemente quietas. Sí. Las piscinas lo ven todo, lo saben todo. Tal vez por eso, John Cheever habla de ellas en su cuento ‘El Nadador’. Su personaje, Ned Merrill, decide regresar nadando a su casa, donde le esperan su mujer y sus hijas, pero lo hará a través de las piscinas de sus vecinos y amigos a lo largo de doce kilómetros. Una peregrinación a lo largo de diecisiete piscinas en las que se irá encontrando con su historia verdadera, una historia que dista mucho de ser la que leemos en las primeras líneas del magnífico relato.

Joan Margarit también habla de esas piscinas en el poema que he copiado arriba. Un poema que me encantaría haber escrito yo; es imposible decir más cosas en menos espacio. En él un hijo rememora al padre que le enseñaba a nadar. Enseñar a nadar es algo precioso: es sostenernos en un medio que no es el nuestro. Ahora que el padre ya no está, el hijo comprende que era su padre quien se aferraba a él para estar, incluso para existir y poder atravesar los días. Esos días que son la vida. Es extraño que los hijos siempre nos demos cuenta tarde de eso; de que ser hijos es también sostener.

 

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