Las ciudades del pensamiento

December 24th and we’re through again.

This time for good I know because I didn’t

throw you out — and anyway we waved.

No shoes. No angry doors.

We folded clothes and went

our separate ways.

One last poem for Richard, Sandra Cisneros (Fragmento)

 

 

Voy en un tren pensando en varias cosas sin demasiada conexión entre ellas. Siempre me ocurre. Las ventanas, toda esa vida que dejamos atrás, veloces, porque nos estamos yendo de todos los paisajes, me impiden concentrarme en algo en concreto. Se me vienen a la cabeza poemas de Sandra Cisneros, en especial uno del que no puedo olvidarme desde que lo leí: “One last poem for Richard”, se llama. Forma parte de la apertura de un libro maravilloso, This is how you lose her, de Junot Diaz . Compré el libro por el poema porque ni siquiera conocía al autor.

Con los poemas ocurre como con las canciones: una vez que los leemos ya nunca dejan de sonar en nuestra cabeza. En ese poema, Cisneros habla de la ruptura de una pareja; hasta aquí todo normal. Ella –supongamos que la propia Sandra- se acuerda de él el día de Nochebuena. Pero no hay grandilocuencia en sus versos sino cotidianidad. No hay tragedias ni niños de por medio, ni siquiera reproches trágicos. Solo la constatación de que no hay ningún premio para los perdedores. “There should be stars for great wars /like ours. There ought to be awards/and plenty of champagne for the survivors”. Y eso me conmueve. Lo que queda después del final: un poema y poco más, ningún reconocimiento del tipo “gracias por intentarlo”. Pienso en Sandra Cisneros y en el Richard del poema. A veces, y sé que esto sonará muy ingenuo, me gustaría que algunos poemas de este tipo tuvieran un apartado, un asterisco, algún apéndice al final del libro en el que –como a los niños se les cuenta el porqué de las cosas- me explicaran los verdaderos motivos de la historia. Por ejemplo, quién era Richard, qué paso ¿no podrían haberlo intentado más? ¿Le llamó después de Navidad, borracha, y se arrepintió el día después? Sí, lo sé. La literatura no consiste en eso. Para eso está el Hola o el Lecturas. Pero no puedo evitar pensar en los habitantes que hay detrás de muchas de las historias y de los poemas que leo. O en porque tanto amor se queda siempre en el papel. Pienso en mi querida Peri Rossi: “No quisiera que lloviera/te lo juro/que lloviera en esta ciudad/sin ti”. En Cortázar: “Y sé muy bien que no estarás.
/ No estarás en la calle
,/ en el murmullo que brota de la noche
/ de los postes de alumbrado,
/ni en el gesto de elegir el menú”, en Margaret Atwood: “A la porra la poesía, es a ti a quien deseo/tu sabor, la lluvia/en tu cuerpo, mi boca en tu piel.”  Y no puedo evitar pensar en el valor real que todas esas renuncias tuvieron algún día. Antes de ser un pensamiento, existieron.

Las ciudades más inaccesibles son las del pensamiento, las del corazón. Uno nunca sabe. Decía García Márquez que el corazón tiene más cuartos que un hotel de putas. Y es cierto. Las ciudades del pensamiento son complejas, inabarcables. Me gusta pensar que cada uno tiene dentro una de esas metrópolis formadas por nombres, lugares, deseos que no contamos a nadie, ese río a punto de desbordarse del que hablaba Kirmen Uribe. Unos mapas que escribimos o marcamos en los márgenes de los libros, con un lenguaje en clave que tal vez incluso lleguemos a olvidar con los años.  Supongo que al final de la vida, si hiciéramos un balance imaginario, sería importante que no hubiera grandes desajustes entre las ciudades del pensamiento y las habitadas. Aunque a veces me temo que no es así.

 

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