La necesidad de contarlo

 

Leí El gran Gatsby hace años. Sé que no lo leí en el mejor momento: un viaje a Menorca con mis amigas, con la resaca siempre a cuestas, intentando que no se pringara con las cremas solares y haciendo malabarismos para leer boca arriba, porque soy de esas que nunca encuentra la postura para leer en la playa. Pero lo recuerdo a menudo. Me gustó. Me gustó mucho. Esta semana, casualmente, me ha venido a la mente al hilo de otros textos. Podríamos discutir durante horas acerca de El gran Gatsby: el argumento, las referencias históricas, los personajes, etc. Pero a mí siempre me trae a la mente lo mismo: la necesidad, tanto en la vida como en la literatura, de tener un testimonio que convierta una historia en realidad.

Jay Gatsby es un héroe trágico que se va destruyendo conforme se acerca a su sueño: la reconquista de una mujer a la que dejó para irse a la guerra en Europa. Quiere cumplir su deseo más inaccesible: recuperar el pasado, el momento en que conquistó a Daisy Buchanan. Nick Carraway, vecino y amigo de Gatsby, tratará de desentrañar el enigma que supone el personaje de Gatsby, descubriendo que el mayor secreto que oculta el magnate es un sueño incumplido, la búsqueda de un ideal: el amor. A través del testimonio de Carraway, vemos y vivimos la historia, y el amor de Gatsby por Daisy se hace real. Últimamente esta necesidad del testimonio se me ha venido muchas veces a la cabeza.

Hace poco vi Stories we tell, de Sarah Polley–impresionante documental autobiográfico para quien no la haya visto- y me llamó la atención que uno de los personajes, en un momento determinado, mientras hablaba de una relación que había tenido con una mujer casada, dijera que lo que había necesitado para que esa historia se hiciera real, eran testimonios que lo vieran. El amor, según él, no fue real hasta que hubo alguien que lo vio, que pudo hacerlo real con su testimonio. Aquello me recordó a Gatsby pero también a mí misma cuando era pequeña, que pensaba que si no contabas algo, era como si no existiera. A menudo, sigo pensándolo.

Casualmente, como ocurre todo, esta semana me he encontrado leyendo dos libros que, abordando otras temáticas, apuntaban a lo mismo. Uno de ellos La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero, y otro, Levels of life, de Julian Barnes. Ambos autores, entre los que nunca hubiera sido capaz de establecer un paralelismo hasta hoy, hablan del duelo, de la necesidad de que la palabra haga reales las cosas para mantenerlas ancladas en el presente. Si hablar del amado es una necesidad para que exista de verdad, cuando alguien muere, la necesidad de relato es todavía mayor.

Para vivir, tenemos que narrarnos y somos un producto de nuestra imaginación. Reconstruimos el pasado para contarlo y para dotarlo de sentido y así, nuestra identidad se convierte en algo ficcional. Rosa Montero, Julian Barnes, hablan en sus respectivos libros, de la pérdida del ser amado. De cómo afrontar el tiempo vacío sin el otro y del deseo de mantener en vida a alguien que está muerto: buscar los testimonios que a su vez lo mantengan vivo, retrasar la verdadera muerte, que solo llega con el olvido. Un dato interesante: cuenta Rosa Montero que la depresión aparece con mucha mayor frecuencia entre gente que se separa o se divorcia que en viudos. ¿Por qué? Porque ante la muerte, uno idealiza y puede construir un final, se aferra a lo bueno del otro. En el caso de una separación, el final difícilmente es “re-inventable”. Lo de construir un final también es necesario. Aunque los finales son un relato más: palabras.

A veces, cuando tengo miedo de que algo desaparezca, lo cuento. Así sigo creyendo que existe. Poner palabras es, de alguna extraña manera, hacer que las cosas nazcan de nuevo. Alumbrarlas.

“Be careful of words,
even the miraculous ones.
For the miraculous we do our best,
sometimes they swarm like insects
and leave not a sting but a kiss.
They can be as good as fingers.
They can be as trusty as the rock
you stick your bottom on.
But they can be both daisies and bruises.”

 

Words, Anne Sexton

1 Comment
  • María Luisa Lazzaro
    septiembre 19, 2013

    Es uno de esos textos reflexivos que hubiera gustado escribir, donde el amor por los libros que nos atrapan y remueven nos alumbran ideas que estaban dentro pero no sabíamos cómo expresarlas, como hacerlas conocer con la inteligencia y sencillez al mismo tiempo en que está expresado en este escrito. Gracias

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