Ciudades grises y editoras estiradas

“There seemed to be three choices: to give up trying to love anyone, to stop being selfish, or to learn to love a person while continuing to be selfish.” Lydia Davis

 

Me retiro del circuito de las ciudades grises. A pesar de que hoy hace sol en París y de que mientras escribo esto hay una chica a mi lado que va en tirantes –es una exageración típicamente europea, la de ver un rayo de sol y desnudarse- estoy cansada del mal tiempo.

Este fin de semana he estado en el festival literario Passa Porta, en Bruselas. Es un festival de lo más sonado, aunque yo no lo conocía. Es cierto que el programa me llegó hace una semana pero –típico en mi- lo hojeé al llegar al hotel de Bruselas, entre prisas, mientras llamaba a casa para decir que había llegado y mientras decidía cuántas capas de ropa iba a ponerme para no morirme congelada. Con sorpresa, me di cuenta de que el sábado por la noche había un evento en el que participaban Enrique Vila-Matas y mi querida Lydia Davis.

Me emocioné. Soy –y lo reconozco-un poco mitómana. Vila-Matas con su París no se acaba nunca, su Dietario voluble o su Bartleby, es uno de mis autores favoritos. Me ha hecho reír y pensar, dos cosas por las que le estaré siempre agradecida. Y qué decir de Lydia Davis. La he leído menos de lo que me gustaría pero guardo en la memoria algunos de sus relatos y vuelvo a ellos a menudo. Me hacía mucha ilusión ver a Lydia Davis. Sí. Pensé en pedirle, aunque soy muy vergonzosa, que me firmara el último de sus libros, The collected stories. Me preguntaba cómo sería: de mediana edad, mayor, ¿sería guapa? Tenía curiosidad.

La noche del viernes fui a un a cena organizada por una fundación literaria. No conocía a nadie pero tuve suerte de encontrar a gente interesante y divertida. Entre ellos me llamó la atención una mujer mayor que no hablaba. Parecía ausente, casi malhumorada y me dio un poco de miedo. Lo miraba todo inquisitivamente, como si lo inspeccionara. Pensé que sería una editora estirada. Francesa. Sí, probablemente. Así que decidí que no iba a hablar con ella.

El día siguiente hubo otra cena justo antes del tan esperado acto literario. Me sorprendió constatar que la extraña mujer, la editora francesa, seguía igual de simpática. Me volví a alejar de ella porque entre mi inglés de a partir de las ocho de la noche –momento a partir del cual dejó de hacer esfuerzos por aparentar que lo hablo bien – y su cara de pocos amigos, pensé que era mejor sentarme con otra gente. De repente apareció Vila-Matas por la cena, también Anne Enright o Tahar Ben Jelloun porque todos ellos participaban en el evento que tenía lugar luego llamado “Long night of the short story”, en el que cada uno contaría uno de sus relatos.

Me reí mucho cuando Enrique Vila Matas contó el ya mítico “La modestia”  y disfruté cuando Enright narró un maravilloso cuento que no conocía acerca de una mujer embarazada. Mi querida Lydia Davis era la que clausuraba el acto y pese a que era tarde, estaba encantada. Entre el público, en las primeras filas, observé de nuevo a la editora estirada, que parecía aún más aburrida que de costumbre. A punto de largarse. Me había empezado a caer mal, lo reconozco y para empeorarlo todo, cuando anunciaron que era el turno de Lydia Davis, se levantó y me supo aún peor. Qué ignorante, me dije. Irse al hotel cuando iba a subir al escenario mi Lydia.

Pero no se fue, claro.

Porque la editora estirada era Lydia Davis. Y no era francesa sino americana.

Me quedé muda de la sorpresa. Me sentí estafada al principio. Como si aquella no pudiera ser mi Lydia Davis. Pero lo era. Y me sorprendí riéndome de mi misma. Diciéndome que esas cosas ya me las habían advertido en el colegio. No te fíes nunca de las apariencias, Laura.

Se ve que no me quede con la copla: y así me va. Si hace unas semanas alguien me hubiera preguntado que con quién me gustaría tomarme unos vinos, estoy segura de que una de mis respuestas hubiera sido Lydia Davis. Ahora puedo decir que me los he tomado, pero sin saber que era Lydia Davis.

Y no, claro, después de esto me quedé sin mi ejemplar firmado porque –y esta vez con toda la razón del mundo- me dio una vergüenza horrible pedírselo.

 

Aun no hay comentarios.

Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


3 × 4 =