Los límites de las cosas

 

Yo nunca había leído a Eugenio Trías. Me hablaron de él cientos de veces en la universidad, pero en esos años, yo creía que no se hacía filosofía en España. Para mí, la verdadera filosofía se hacía en Alemania, Austria, Reino Unido… recuerdo a mis queridos Heidegger, Nietzsche o Wittgenstein. Años después me volví post moderna, como si fuera un capricho, una etiqueta, y devoré los libros de Derrida, los de Foucault y aprendí y me reí con las chaladuras –con perdón- de Lacan. Sin embargo, pensé que en España, más allá de Unamuno, Ortega y Gasset o María Zambrano, no había nada que pudiera interesarme. Por eso, nunca leí a Eugenio Trías y sé que eso no dice gran cosa acerca de mí.

Este martes fui a su funeral y pensé, tarde, como ocurre todo en la vida, que me hubiera gustado mucho conocerlo y que fui tonta por haber pensado a los dieciocho, a los veinte, a los veintitantos, que la verdadera filosofía estaba fuera de aquí. Hubiera sido muy feliz de haber tenido un maestro como Trías.

Durante el funeral, el sacerdote hizo una homilía en la que habló de su filosofía. Sé que es extraño, pero en esos momentos, aunque estuviera en un funeral, aunque todo fuera triste, volví a mis tiempos de la universidad, a los discursos sobre la belleza, a los límites de las cosas, a las palabras… Sé que cualquier filósofo que se precie debería saber que Trías tenía una compleja teoría acerca del límite, pero yo lo ignoraba. Y siempre me ha interesado el concepto de límite: lo que supone, lo que es, incluso si existe o si no es más que una invención del hombre para comprender la realidad. Eugenio Trías concibe al hombre como habitante de la frontera, como fronterizo; el hombre se halla siempre referido a ese límite que lo define, como si fuera un componente casi ontológico. Me dije, a mi manera, que aquello era muy cierto: que habitamos siempre en los límites de las cosas y que aquella era la mejor no-definición de límite que había encontrado.

Más tarde, ya en casa, pensé que tenía que leerme la obra de Trías. Pero tengo que reconocer que no fue el concepto de límite lo que me cautivó, sino otra anécdota distinta, de las que me suelen gustar. Muchos pensarán que es una anécdota tonta, banal, pero Trías cuenta en sus memorias, El árbol de la vida, que no le gustaba nada bailar. Que se sentía torpe y que nunca sabía muy bien dónde poner los pies y a qué compás había que desplazarse para no pisar a su acompañante. Me reí solo de pensar la de veces que me había ocurrido eso a mí. Al final, siempre ocurre lo mismo: son las pequeñas cosas las que nos convencen.

Sea por lo que fuere, aquí tengo sus libros y he empezado ya a leer algunas cosas. Sin conocerlo, casi diría que las últimas palabras de Eugenio Trías bien podrían haber sido parecidas a las que le dijo Wittgenstein a Elizabeth Anscobe, su discípula predilecta, cuando estaba a punto de morir: “Beth, he buscado la verdad”.

 

 

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