No siempre son las mismas calles

  “I mean that I was in love with the city, the way you love the first person who ever touches you and you never love anyone quite that way again.”

           Joan Didion, Goodbye to all that

Las calles de las ciudades también envejecen.  No les salen arrugas ni manchas, pero les cambia la piel: otras tiendas, nuevos parques, esos transeúntes que las habitan, recorriéndolas todos los días, aunque nunca de la misma manera. Londres ha cambiado un poco también este último tiempo. Me fui de ahí justo hace un año y volví este fin de semana. Como quien celebra un aniversario, como quien visita a un ex novio. Con la nostalgia a cuestas y con esa melancolía cursi de los recuerdos dulzones que elaboramos con el tiempo.

Para empezar por el principio, debería decir que odié Londres desde el primer día en que llegué. Era agosto y hacía frío. Mi vida era un desastre por aquel entonces y le achaqué todos mis problemas a unas calles que, pobres, no tenían ninguna culpa. Había estado allí muchas veces de turismo y me había encantado la ciudad. Sin embargo, cuando me fui para quedarme, cuando en el Facebook mis amigas colgaban fotos de playas y fiestas con mojitos y yo me veía rodeada por esa neblina, odié esa ciudad. Odiaba sus calles llenas de gente, el metro abarrotado, las comida de los pubs, las cervezas, lo polite que eran los ingleses, los parques llenos de perros. Todo aquello.

Un día, sin embargo, como sucede con todas las historias de amor, algo cambió. Cuando ya no me quedaba nada más acerca de lo que quejarme, me fui un fin de semana a Madrid y me sorprendí en medio de una boda, pensando en Londres. Echando de menos mis calles y los mercados que había los domingos. No hubo más explicaciones: ocurrió. Y aquello me pareció extraño: la velocidad con la que cambia nuestra realidad, la velocidad con la que se modifican los sentimientos. Como cuando siendo niña, era capaz de enamorarme del chico que hasta hacía un par de días me caía tan mal.

Me digo que con las ciudades nos pasa algo igual que con nuestros amigos, con nuestros amores incluso.  Porque lo cierto es que cuando volví de esa boda dejé de fijarme en la cantidad de gente que llenaba el metro. Empecé a coger el autobús. Los pubs empezaron a fascinarme. Lo de los perros, bueno, me molestaba menos. E incluso los ingleses me caían bien. Sin embargo, no fue hasta que supe que volvería pronto a España cuando me enamoré del todo.

Qué extraña manía la de empezar a valorar todo aquello que sabemos que perderemos pronto o que ya hemos perdido.

Por eso, volví a Londres este fin de semana. Para ver si todo seguía igual. Pero la ciudad había cambiado, como yo. Sin embargo, seguía conservando todas aquellas cosas irritantes y maravillosas que hacen que hoy, aunque sea miércoles ya, siga pensando en lo mucho que echo de menos los atascos, el olor a curry de Bricklane o la comida precocinada del Tesco.

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