Contando copos de nieve

 

“Justo antes de que me marchara de casa cayó una nevada. Fuimos a ver a su mujer. De camino al hospital paramos a comprar la comida asquerosa de siempre y le cogimos unas revistas, las del hospital tienen todas las páginas rasgadas, y jabón, y cosas así. Cuando llegamos estaba sentada al lado de la ventana contemplando la nieve, y nos dijo, sin levantar la vista siquiera, sin saber quiénes éramos, que los médicos le habían dicho que sentarse a mirar la nieve era una pérdida de tiempo, que tendría que apuntarse a algo. Se rió un buen rato y nos dijo que no era una pérdida de tiempo. Quedarse mirando los copos de nieve sí que sería una pérdida de tiempo, pero ella los contaba. Y aunque contar copos de nieve fuera una pérdida de tiempo, ella no lo perdía, porque sólo contaba los que eran idénticos.”

Postales de invierno, Anne Beattie

 

Siempre he tenido debilidad por los finales de los libros. Si hay muchos escritores, como Enrique Vila-Matas o Hemingway que han escrito mucho acerca del terror de la hoja en blanco o de la importancia de las primeras palabras, yo, la verdad, me quedó con las últimas. De hecho, durante años, incluso ahora, lo que hago antes de comprarme un libro es leerme la frase final. Después, la dedicatoria. Sí, me gustan las dedicatorias.

Hay buenos inicios. Buenísimos. Pero hay mejores finales. Finales que convierten un libro en un ejemplar único. Uno de esos libros que cuando acabas de leerlo piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras. Esto lo dijo Holden Caulfield, pero es lo que me ocurrió con Postales de invierno. Aunque en este caso, no lo compré porque hubiera leído el final, sino porque di –por casualidad- con el maravilloso prólogo que había escrito para la ocasión Rodrigo Fresán: “Apuntes para una teoría del frío”, se llamaba. Y me enamoré del libro casi antes de leerlo.

Considerada en EE.UU como una de las novelas más influyentes de la década de los setenta, Postales de invierno ha sabido, como ninguna otra, reflejar el desencanto de la generación post-hippy. Charles, el protagonista, es un treintañero que pasa por la crisis de se-me-ha-pasado-el-arroz. Sigue perdidamente enamorado de su ex novia, Laura, ya casada y hará todo lo posible por reconquistarla. Por otro lado tenemos a Sam, su mejor amigo, un eterno parado que pertenecería a la generación ni-ni de hoy, y por último, tenemos a la madre de Charles, Clara, una divertida hipocondríaca que tiene episodios depresivos. Son personajes peculiares que convierten a la novela, como dice Fresán, y con razón, en «una de las novelas más tristemente graciosas o graciosamente tristes que jamás se hayan escrito». Pero también es una novela encantadoramente real que aborda el ya universal tema del amor no correspondido y de las frustraciones de esa vida que se esfuma a mientras miramos a otro lado.

Hace tiempo le regalé el libro a un amigo y me dijo que no le había gustado: “No pasa nada”, se quejó. Y yo me dije que tal vez tuviera razón. Porque en el libro, en realidad, no ocurre nada trascendental. No hay frases lacrimógenas ni despedidas trágicas. No hay escenas pasionales en un ascensor, transacciones millonarias o discusiones acaloradas. Pero hay vida y muchas conversaciones en la cocina frente a tazas de café humeantes. Muchas tazas de café cuando afuera no hay mas que frío, nieve y la soledad de un invierno que parece que no va a acabar nunca. Un invierno y una vida llena de copos de nieve que nos parecen iguales. Sí, tal vez por eso me gustó tanto el libro.

Un año más tarde de que leyera el libro, un amigo mío entrevisto a Anne Beattie a raíz de la publicación de su siguiente libro Retratos de Will. Le dijo que yo era una enamorada del final de Postales de invierno y ella se sorprendió. Dijo que nadie se lo había dicho hasta entonces. Y al dedicarme el libro, escribió “For Laura, we’ll both wait for the two snowflakes that are just alike”.

Sé que toda esta historia de los copos de nieve es romántica, cursi incluso. Pero me gusta. Me gusta pensar que en la vida siempre estamos rodeados de infinidad de cosas que nos parecen iguales, pero que no lo son. Es como si tuviéramos un defecto de visión.

Antes han dicho que va a empezar a nevar hoy por aquí. Yo, por si acaso, seguiré mirando a través de la ventana y veré caer los copos de nieve. Estaré atenta. Y si encuentro a dos idénticos, llamaré a Anne Beattie. Claro.

1 Comment
  • alvaro
    noviembre 7, 2012

    no es cursi, es preciosa, sigue escribiendo Lau

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