La memoria de los objetos

“Puesto que solo yo sobrevivo; puesto que, después de tantos años, mis recuerdos pueden ver la luz sin herir ya a nadie a mi alrededor, te los regalo, querida sombra. Es lo más hermoso que he cosechado para regalarte, y la sed que me dejaste sigue siendo tuya.”

(Maria Rysselberghe, Hace cuarenta años )

Hay libros que están escritos para una sombra. Fue lo primero que pensé cuando leí, hace poco, Hace cuarenta años, de Maria Rysselberghe. Es un libro cortito, precioso. Narra, después de cuarenta años de haber sucedido, una relación amorosa entre un hombre y una mujer. Hasta aquí, nada raro.

Lo que hace excepcionalmente bella a esta historia es que en realidad, dicha relación, contada eso sí, desde las trampas seductoras de la memoria, es más bien mental que física. Un amor que no llega a consumarse y que dará sentido a los días de los protagonistas después de que éste tenga lugar. Solo muchos años después, Maria, pondrá palabras a esos días. Relatará la historia de tanto silencio, y lo hará como si de un regalo se tratara, como si pudiera ofrecerle a él, a su amor, lo más verdadero que puede darle; un trozo de su vida. La memoria de los días compartidos. Me digo que la escritura ofrece eso; el soporte material del recuerdo. Como si por escribirlo fuera más real, menos maleable al tiempo.

Nos aferramos a la escritura y a los objetos porque nos da miedo morir.

En la vida, tarde o temprano, todo se convierte en recuerdo. De hecho en todas las casas del mundo hay una maleta de piel vieja, una caja, una carpeta tal vez. Sí. Suelen estar escondidas en los altillos, buhardillas, debajo de las camas, detrás de los montones de libros que no sabemos donde guardar. Y en esos escondrijos guardamos nuestra memoria material, lo primero que cogeríamos en caso de que hubiera un incendio. Objetos significativos que cuando ya no estemos aquí perderán su significado. Fotografías, el envoltorio de esa piruleta, la entrada de la película que fuimos a ver, postales amarillentas, recuerdos de bautizos de niños que ya se han casado, un dibujo  de la familia mal coloreado… Si nuestra vida pudiera tener un soporte sería ese. Sí, recuerdos de esos veranos largos en los que creíamos que nuestra vida iban a sonar eternamente los acordes del Summer of 69 de Brian Adams.

Nos aferramos a los objetos porque nos da miedo olvidarnos de lo que significan, miedo a reconocer que las caras a las que los asociamos han cambiado, desaparecido incluso. Su memoria comienza y acaba en nosotros. Así, hay muchas historias guardadas en maletas de piel porque es en esas maletas donde viven las partes de nosotros que no queremos tirar. Historias que contamos a nuestras sombras, como Maria Rysselberghe. Historias que viven en el fondo de todas las buhardillas y cajones del mundo.

3 Comentarios
  • Rebecca
    octubre 31, 2012

    Que inaugures un blog y lo hagas con este post le alegra a una el día, aunque llueva como si no hubiera un mañana.
    Y ahora, a buscar este libro que recomiendas como una loca, que tus recomendaciones me han regalado muchas horas preciosas de lectura.
    ¡Viva mi Patti!

  • Julieta Tejeda
    mayo 28, 2014

    “Si nuestra vida pudiera tener un soporte seria ese”. Soy estudiante de artes plásticas, y me encanto este post, estaba buscando información, artículos o lo que sea sobre la memoria de los objetos y me encontré con este, estoy haciendo una producción sobre objetos antiguos, objetos personales significativos y este post describió exactamente mi idea, muy bueno, gracias por las palabras!

    • Laura Ferrero
      junio 4, 2014

      Gracias a ti, espero que te haya servido de algo leerlo:-) y ánimo con la producción!

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