For Emma, forever ago

Si al nostre cos quasi tot és aigua,

quants gots ocuparà un record?

Àngels Gregori

 

Desde que la escuché, Stacks, de Bon Iver, ha sido una de mis canciones favoritas. No sé por qué. Por el momento en que la escuché, quizás. Por la melancolía de ese clima nublado que me acompañó durante tantos años. No lo sé. Me gustó. Eso es todo. Al principio, ni siquiera traté de averiguar qué decía aquella letra de la que entendía más bien poco. Y a raíz de aquella canción triste, me enamoré de Bon Iver. Y escuché todas sus canciones. Me hice con sus ritmos, con sus silencios también. Me quedé con sus letras y me las aprendí, como hacía de niña con los ríos y las capitales del mundo. Como si por aprendernos las cosas de memoria se nos quedara algo; una pequeña muesca, una cicatriz.

En ocasiones, cuando sonaban aquellas canciones, se me venía a la cabeza Sobre héroes y tumbas y aquella lucidez con la que Ernesto Sábato hablaba de la cantidad de sufrimiento que había tenido que producirse en el mundo para que se hubiera hecho música así. Claro que Sábato se refería a la música clásica, pero salvando las distancias, Bon Iver me trajo de nuevo aquella reflexión a la cabeza.

El viernes pasado vi a Bon Iver en concierto. Un amigo me contó que el álbum que lo había hecho famoso, FOR EMMA, FOREVER AGO, lo había escrito después de romper con su pareja. Una crisis de certezas, me dijo. Así que lo dejó todo y se fue solo a una cabaña en medio de la nada, en Wisconsin, y ahi escribió el álbum. Estuvo ahí más de tres meses. Ahora entiendo lo de la pena y la nostalgia. Estaría bien que todos supiéramos hacer lo mismo: darle forma al dolor y a los recuerdos; pintarlos, vestirlos de palabras que tal vez un día, quien sabe, pudieran hablarle a alguien que esté lejos, tan lejos como se pueda estar de esa remota cabaña de Wisconsin. Eso es el arte, supongo.

Si casi todo nuestro cuerpo es agua, no sabría decir qué porcentaje lo ocupan los recuerdos o cuántos vasos de ese agua utiliza la memoria. Me atrevería a decir que muchos. Por ello,  para que no ocupen tanto espacio, algunos afortunados los convierten en canciones, en relatos, en poesía. Unos lo hacen para decir, otros para callar, otros para ganar terreno al pasado. Al final, me imagino que todos tratamos de mandar señales de humo ya sea desde una remota cabaña en un bosque, desde una playa del caribe o desde un minúsculo piso de Barcelona. Qué más dará el lugar.

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