Los comienzos son azarosos y yo tendría que decir que todo esto empezó cuando leí unos versos de Louise Glück que decían: «Mucho tiempo atrás, antes de convertirme en un artista atormentado, aquejado por el deseo y sin embargo incapaz de formar vínculos duraderos, mucho antes, fui un espléndido gobernante que unificó a todo un país dividido: eso fue lo que me dijo la adivina que me leyó la palma de la mano. Grandes maravillas, dijo ella, tienes por delante, o tal vez, por detrás; es difícil saberlo. Pero, de todos modos, añadió, ¿cuál es la diferencia?

En este momento no eres más que un niño con tus manos en las manos de una adivina. Todo lo demás es hipótesis y deseo»

De manera que todo empezó mucho tiempo atrás, antes de saber incluso que lo que estaba pensando y escribiendo –y soñando, imaginando, escuchando– se convertiría en un día como hoy –o ayer, hace semanas, meses– en este libro de relatos. ‘La gente no existe’ surge de las dudas, de la hipótesis, del deseo, de ser niños y de tener las manos enlazadas, casi atadas, al adulto que seremos, de todas las veces que, desde el presente, convocamos al pasado y vivimos pendientes del futuro.
En definitiva, estos relatos nacen de todas esas veces en que no existimos.

Y aquí está, ya terminado. ‘La gente no existe’ se publicará en octubre de este año en @editorial_alfaguara y sé que aún queda mucho, pero las cosas buenas hay que compartirlas. Y a vosotros, gracias por leer. Por estar ahí siempre. Gracias✨

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A veces, sigo pensando que tengo 18 años. Una parte de mí, o muchas, se debieron de quedar tiempo atrás, en la salida de cualquier discoteca, en los exámenes finales, poniéndose saldo en el móvil, de resaca, despejando ecuaciones, en la fiesta de fin de fin de curso, yéndose en coche hacia el sur al ritmo de Estopa –qué suplicio–, el calor del coche sin aire acondicionado, los eternos veranos de tres meses. Luego, me despierto del sueño de los 18 y veo que alguien pequeño, muy pequeño, que no levanta más de tres palmos del suelo, tira de mi pantalón. Y resulta que mi amiga, a mi lado en la salida de cualquier discoteca, en los exámenes finales, poniéndose saldo en el móvil, de resaca, despejando ecuaciones, en la fiesta de fin de fin de curso, yéndose en coche hacia el sur al ritmo de Estopa –qué suplicio–, el calor del coche sin aire acondicionado, los eternos veranos de tres meses, llega y dice algo como «cuidado que esa pelota está sucia». Entonces me levanto del sueño de los 18, y aparto la pelota sucia y le digo a ese ser pequeño: «¿Habrá que aprender a andar algún día, no?». Pero entonces, de repente, me convierto en mi madre y digo: «Qué rápido pasa el tiempo»
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Esta semana vi por enésima vez ‘Cosas que nunca te dije’. Es de 1996, pero a mí me sigue pareciendo de esas películas que no envejecen. Me gusta lo que dice Ann: «Deberíamos vivir la felicidad intensamente y tendríamos que poderla guardar para que en los momentos que nos haga falta pudiésemos coger un poco»
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Años atrás, Milena Busquets escribió ese libro que tiene, al menos en mi opinión, uno de los mejores títulos de todos los tiempos: ‘También esto pasará’. Porque sospecho que lo que dice Ann unas líneas más arriba es lo que me ocurre a mí con el paso del tiempo. Que querría ir guardando pedazos de cuando tenía 18 o 23, del año pasado, de hace dos, para ir reviviéndolos en ese perpetuo rewind de las cintas de VHS. Pero no tenemos control. Y por eso, también esto pasará: la belleza, la bondad, los veranos en el sur con Estopa pero sin aire acondicionado, las manitas que se agarran a los bajos del pantalón. Y entonces, me convierto de nuevo en mi madre: «Qué rápido pasa el tiempo».
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Llevaba un rato acercándome, viendo la trayectoria de los dos aviones desde lejos, y me decía: «estos dos se van a cruzar». Pero casi. Y fue por poco. Imaginaba la cruz en el cielo, como una marca. Dicen que dos rectas paralelas son aquellas que por mucho que se prolonguen nunca llegan a cortarse, pero también dicen dos rectas paralelas se cruzan en el infinito. Pero yo creo que lo que ocurre es que dos líneas paralelas –y dos aviones, y dos personas y dos caminos– se cruzan en el momento en que eso ya no le importa a nadie.
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Hay una frase de Karl Kraus en un libro de Claudio Magris que ojeaba ayer: «La cosa peor es la palabra justa en la boca equivocada»
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No es lo mismo contar una historia desde la herida que desde la cicatriz. Lo cuenta Catherine Burns y añade que el 90% de la gente, cuando le preguntas cuál es su problema, te habla de otra persona. Supongo que se llama desviación, miedo. En realidad, es darle poder al otro.
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Un apunte para mi teoría de las líneas paralelas. Qué fastidio cuando las dos líneas se cruzan y te dices, malhumorado: «y ahora para qué». Además, siempre hay alguien que, optimista de manual, responde: «más vale tarde que nunca». Pero todos sabemos que no hay nada peor que tarde.

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Siempre había pensado que Marcello Mastroianni en ‘La dolce vita’ era alguien mayor. Al menos, así lo pensaba de niña. Ayer vi la película de nuevo y, por curiosidad, busqué la edad que tenía el actor cuando hizo la película. Mi edad: tenía mi edad. Me había convertido en ese «señor mayor en blanco y negro» que me gustaba tanto. Uno se da cuenta de que se hace mayor no solo soplando las velas o con la hipoteca y esas cosas. Uno se da cuenta de que se hace mayor cuando va teniendo la edad de sus ídolos de infancia. Y no, ahora lo veo claramente: Marcello era un jovencito cuando hizo ‘La dolce vita’
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Cuenta la escritora argentina Paula Vázquez en ‘Las estrellas’ que en sánscrito, amor y memoria se dicen con la misma palabra: smara. En latín, recordar, etimológicamente quiere decir volver a pasar por el corazón.
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Cuando a un escritor le sucede algo malo, por terrible que sea, siempre hay algo rescatable. Es como aquel poema de Mary Oliver: «Alguien a quien una vez amé, me regaló una caja llena de oscuridad/ Me llevó tiempo comprender que esto también era un regalo». Lo pensaba hace pocos días cuando pasé por una ciudad en la que había vivido tiempo atrás. Pensé: nunca he escrito nada sobre los domingos en Columbia road, sobre aquella esquina de Dean Street donde hacían los bloody mary, ni sobre Jerome Street o aquella tienda en la que yo jamás me pude comprar el abrigo azul marino que me probé una y otra vez ante la mirada atenta del dueño. Ni sobre los bagels rellenos de queso de crema y salmón o aquel pub escondido donde olía a moqueta y a patata frita. Ni sombre cumplir 28 años y pensar que era tan mayor (ay, Marcello, qué equivocada). Escribí muchos poemas cuando vivía en Londres. Todos son tremendamente malos, cursis, pretenciosos. Cuando a alguien le sucede algo malo, por terrible que sea, siempre hay algo rescatable. Cuando alguien es feliz, ya sea escritor o astronauta, todo es rescatable pero la felicidad escribe blanco sobre blanco. Lo decía Montherlant y yo no puedo estar más de acuerdo.

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San Valentín.
Qué mejor día que hoy para hablar de Tinder.
Mi única experiencia con Tinder fue en un bar de Tbilisi. Pensé: voy a ver qué pasa. Y como no tenía ni idea de hacia qué dirección había que deslizar el dedo, lo hice hacia el lado equivocado (me pasa igual con la pelota de google maps). Así que le di me gusta a un tipo en cuya foto de perfil aparecía en un banco de gimnasio levantando pesas. Match. Mi amiga, al lado, se reía: «tía, que lo has hecho al revés». A los pocos minutos, Vladimir, que así se llamaba, me mandó un GIF de dibujos animados. Un perro enorme, con una lengua aún más enorme, fortachón como el propio Vladimir, le daba un lametazo a una perrita pequeña con un lazo rosa. Y el lametazo, claro, se repetía en un bucle eterno en el que la pobre perrita no podía hacer nada.
En fin. Que tampoco me esperaba una cita de Canetti en mi primera interacción de Tinder, pero de ahí a un lametazo hay un trecho.
En definitiva: si no sabéis seguir la pelotita de Google maps tampoco os bajéis Tinder.
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Todo esto lo contaba porque hace poco, paseaba por la ciudad que tiene el nombre más bonito del mundo. Paseaba por Sofia y me encontré este graffiti.
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Que tengáis un buen viernes. Feliz San Valentin a los que lo celebréis. Por mi parte, no me he comprado ni bombones ni flores pero sí los cuentos completos de Grace Paley y en ellos hay un relato llamado justamente ‘Amor’. #valentines #sanvalentin #tinder #amor #sofia #bulgaria #canetti #enamorados #ifyouleave #somewheremagazine
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Espero en Madrid, en el aeropuerto que antes se llamaba simplemente Barajas, frente a las pantallas luminosas. Y leo: Viena, Dusseldorf, Fuerteventura, Mexico city. Info Puerta. Diríjase a su puerta. Hay una frase de Ray Loriga en ‘Tokyo ya no nos quiere’ que dice así: «Tu miedo empieza cuando despegan los aviones y el mío cuando los aviones aterrizan». Existen los de carta o buffet libre, los de chicken or pasta, los de subrayar los libros y los de no hacerlo, los que se ponen calcetines para dormir y los que antes muertos. Pero existen sobre todo dos tipos de personas: los que tienen miedo de irse y los que empiezan a temblar cuando el avión toca tierra. Volver significa -algunas veces- quedarse.
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Recuerdo hoy, que llueve, un poema de Àngels Gregori que dice «Si en nuestro cuerpo casi todo es agua/ ¿cuántos vasos ocupará un recuerdo?»
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Al salir de Oporto, el taxista se ha detenido frente a una pintada de la calle que decía: «Miga, cala-te». Yo iba leyendo y he pensado que lo más parecido que me habían ofrecido los libros a mí era un espacio para no callar, para hablar, pero sobre todo, para conversar. Para tener siempre un lugar al que volver (y además sin miedo)

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Suelo contar que empecé a escribir porque un día cayó en mis manos un libro, ‘El dios de las pequeñas cosas’ y en él encontré muchas frases, pero sobre todo ésta tan aparentemente sencilla: «Las cosas pueden cambiar en un día». Un día. Solo eso.
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Por otro lado, he leído estos días todas las entrevistas y artículos sobre mi querido George Steiner. Un periodista le preguntaba por el arrepentimiento, por si, llegando al final de la vida, pensaba en cosas que había dejado sin resolver. Steiner le hablaba de un amigo querido al que había perdido por una tontería: «Aprendí mucho de esa experiencia, cómo a veces un instante insignificante puede transformarse en un hecho decisivo en la vida. Es un riesgo que corremos a menudo. Un gesto sin importancia, una simple palabra, en un solo segundo, puede causar verdaderas tragedias. Y ahora después de tantísimos años, me gustaría decirle a mi amigo: ven, vamos a comer juntos y a reírnos de lo que pasó»
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Hoy he desayunado con un amigo que decía que, en la vida, las cosas se van al traste porque uno se despista. En el trabajo, en la pareja. Miras hacia otro lado y lo has perdido. Un despiste parece una cosa menor, pero a veces no lo es.
*
Es por todos sabido que existen teléfonos, mensajería gratis, telegramas, cartas, postales, palomas mensajeras, señales de humo. Así que, por si alguien alguna vez se ha despistado y le ha ocurrido lo que a Steiner, la frase es muy fácil: «Ven, vamos a comer juntos y a reírnos de lo que pasó».
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Un amigo argentino me repetía siempre una máxima: «si no sabés, confundí». Y es un consejo que vale para los directos en radio, tertulias inagotables, programas de televisión, conversaciones sesudas. ¿Que te preguntan algo que no sabes? Tú cita a gente. No tengas miedo. Cuánto más remoto y desconocido el nombre, mejor. Nadie va a atreverse a decir: «No lo conozco». Porque a nadie le gusta decir que no sabe.

Al hilo de este consejo, otro que traía a colación ayer Enric González en su columna de El País: cuando te pillan en un asunto escandaloso hay que crear un asunto dentro del asunto hasta que nadie entienda nada. Y si con un asunto no es suficiente, dale, sin miedo: otro asunto más hasta que todo –el escándalo, el desconocimiento– quede envuelto en una suerte de bruma que haga que el otro se pregunte: ¿de qué estábamos hablando? Es un poco eso mismo: habla, confunde.

A mí nunca me ha salido bien esto de confundir. Una vez, en un festival muy cool de literatura quise hacer ver que sabía de quién estaban hablando el grupo y, entonces, ya al final, para integrarme, pregunté: «¿Cuándo llega Fulanita?»Se hizo un silencio incómodo. Los escritores y poetas, los de la organización, todos callados. De repente, se oyó un hilo de voz. Habló la hija de Fulanita: «Murió hace treinta años», dijo.

En fin. Feliz semana de confusiones. Si os pillan en algo es mejor decir que no sabéis. En mi caso, el remedio siempre suele ser peor que la enfermedad.
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En la vida las cosas deberían funcionar como en un rodaje. En ellos en los rodajes, se aplica aquello de George Perec: ‘La vida, instrucciones de uso’, y es más, aquí, las instrucciones están inmaculadamente impresas e incluso responden a un nombre: plan de rodaje. Además, todo el mundo sabe cuál es su papel y qué es lo que tiene que hacer. Y por si todo esto fuera poco, se puede empezar de nuevo cuando el director grita: «corten», y puede salir mejor, peor, más rápido, más lento. Pero siempre será diferente. Lo que viene siendo eso que se llama segunda oportunidad. Pues aquí incluso hay terceras, cuartas. Y más.

En la vida nadie dice «corten». Si te sale mal, bien, regular, igualmente te levantas, y te vas. Pero esa escena ya no vuelve a empezar.
Ayer recordé por qué me gusta tanto el cine: porque es perfecto. Porque siempre pasa lo que está escrito que tiene pasar. *
Leía de vuelta aquel artículo de Enrique Vila-Matas, ‘El sueño eterno’. En él habla de cómo nos atrae lo que no entendemos. Contrariamente a lo que se piensa, no comprender es una operación en la que es necesario invertir mucho tiempo. No sé vosotros, yo llevo así toda la vida: sin entender. «No olvidemos que Einstein decía que, después de todo, lo más incomprensible del mundo es que sea comprensible», cuenta Vila-Matas. Así que a menudo, cuando doy gracias a quien sea que se ha inventado todo esto, se las doy sobre todo por haberme permitido estar tan alejada de las certezas. No entender es siempre la oportunidad, la puerta que se abre. *
1 de febrero en este lugar fascinante: Benidorm. Es una mezcla de tantas cosas que es difícil encontrar las palabras. Arquitectura complicada, edificios que desafían las leyes del buen gusto, albóndigas gigantes, paellas con muchas cosas -demasiadas-, sports bar, apartamentos que se llaman ‘Maja’, toros de plástico adornando las fachadas. Esta mañana he dado un paseo hasta llegar a un hotel llamado ‘Alone’. Difícil entender que alguien quisiera bautizar así a un hotel, pero yo ya he encontrado mi lugar en Benidorm y es éste. Ya hemos dicho que no entender es una puerta de entrada perfecta para enamorarse.
#benidorm #travel #rodaje #film
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Esto ocurre un día cualquiera: llega el autobús a la parada. Lo veo desde el otro lado de la calle. Es el 24, tengo que cogerlo. Pero no corro. Ahora ya no hay prisa. Mejor perderlo sabiendo que lo vas a perder. De lo contrario, de intentarlo, llegas corriendo a la parada y el autobús se te escapa igualmente.
Al final, lo que ocurre es que lo pierdes por no correr, pero te dices, convencida, que al menos no has hecho el ridículo porque no hay nada más ridículo que correr y que te cierren las puertas en tu cara. O sí: hay otra cosa aún más ridícula, pero eso ya lo he dicho unas líneas más arriba.
*
En los días conocidos como malos días o, más vulgarmente, como días de mierda, todo se atropella, todo se revierte sin control y sin que tú puedas hacer nada. «¿Cómo hemos llegado hasta aquí?», te preguntas consternada. Pero shit happens, que vaticinaba el karma y en eso pensaba ayer cuando entré en casa de mi madre y, en la entrada, en la salita contigua, donde se encuentran los buzones, oí trajinar a alguien. Me encontré a un chaval perdido. Se llamaba Chema y tenía síndrome de Down. Buscaba a una tal Agnès de una Asociación de la que yo no había escuchado hablar o, al menos, estaba segura que no tenía sede en la escalera de mi madre. «¿Tienes prisa?, todo el mundo tiene prisa», me dijo ahí frente a los buzones. Como teníamos prisa, ni Chema ni yo, porque ya me vio la cara de los malos días, terminamos sentados en el cuartito de la portera llamando a toda la agenda de contactos que pertenecían a la Fundación. No hubo manera de que nadie nos cogiera el teléfono. Así que llamamos a su madre, que me pidió si podía acompañarlo a la parada de autobús de la Plaza Molina.
*
Justo cuando cruzábamos hacia la plaza, Chema vio que llegaba el autobús, el suyo. Lo divisó de lejos y empezó a andar mucho más rápido. «Corre que se irá», me advirtió. Yo pensé para mis adentros: «si se va a ir igualmente y además haremos el ridículo cuando lleguemos y justo arranque». Pero estaba equivocada. El autobús nos esperó. Suelen esperar a los que corren.

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«Tengo una teoría: si te enamoras bajo la lluvia, el amor dura más que si luce el sol. En los últimos años, y sin ninguna pretensión científica, he preguntado a cuantas personas he conocido en qué condiciones meteorológicas se han enamorado(…). Guardo setecientas quince respuestas archivadas cronológicamente y, con el rigor de un diletante, me atrevo a afirmar que la lluvia es beneficiosa para este tipo de sentimiento». Dice Sergi Pàmies y estoy de acuerdo.
*

Además de estos días en Barcelona, también llueve mucho en uno de los mejores finales de película de todos los tiempos. El de ‘Los puentes de Madison’. El coche de Robert (Clint Eastwood) se detiene delante del de Francesca (Meryl Streep) y de su marido. El semáforo se pone en verde, pero Robert no arranca, y acaricia la cruz que está en el salpicadero, la cruz que le ha regalado Francesca. Ella lo ve. Sus dedos, la cruz. Todo podría ser diferente.Y sin embargo.

Francesca y Robert se miran por el retrovisor. El marido le pregunta a Francesca: «¿y éste a qué está esperando?». Ay, si te dijera yo lo que está esperando.

En 1995, salí de la película enfadada. A veces, como en aquel relato de Delmore Schwartz, ‘In dreams begin responsibilities’, una desearía colarse en la pantalla para poner un poco de orden. «Venga, Francesca, ya te abro yo la puerta». El tiempo ha pasado y ahora, en 2020, sigo deseando hacerlo: abrirle la puerta a Francesca para que se suba en el coche de Robert. Que ya sé que es fácil decirlo y que luego tocaría hablar del valor de la renuncia y todas esas cosas. Pero no sé, que el cine también existe para soñar.
*

Todo esto tiene que ver con este mensaje que encontré ayer en la calle Verdi. Entre paraguas rotos, vientos huracanados, señoras que avanzaban como kamikazes por aceras estrechas enfundadas en chubasqueros.

Sigue lloviendo, toca bajarse del coche, Francesca. Y toca guardarse el consejo de la calle Verdi para los días lluviosos.

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‘Y Wendy creció’, dice la dedicatoria de ‘El mismo mar de todos los veranos’, una frase que es también, creo, el resumen de Peter Pan: que todos crecemos, incluso aquellos a los que queremos, especialmente ellos. Crecer, o al menos eso me parece a mí, es irse separando. Y siempre nos estamos separando porque crecer significa cambiar.

Fuimos el otro día a la Filmoteca y no cabía ni un alfiler. Para que luego digan que a la gente solo le interesa ‘La isla de las tentaciones’. La película, ‘Las noches de Cabiria’, de Fellini, me gustó pero no tanto como para aplaudir, como hizo la sala, entregada ante la historia de la pobre Cabiria a la que, la verdad, las cosas no terminan de salirle del todo bien. Luego, en el bar, estuvimos hablando. Me perdonarán, pero a mí siempre me interesa mucho más lo que ocurre entre copas de vino que durante la proyección. De vuelta a casa, ya en el taxi, anoté, como a veces hago, títulos para las memorias que no escribiré. Una buena: ‘Well, that didn’t work’, que que hubiera servido también para Cabiria.

Una amiga me llamó desde lejos. Había sido madre un par de meses atrás y lo que me contaba me gustó. Me decía que todo había sido mucho mejor de lo esperado. Los miedos, me contaba, de tanto pensarlos antes de que el niño naciera, eran enormes. Luego el niño nació y todo fue concreto, y lo concreto puede ser tedioso, aburrido, maravilloso, pero no asusta. Lo que asusta es pensar las cosas antes de que lleguen, convertirlas en entelequias. Pensar, al final, no es más que una forma de separación. Darle vueltas a las cosas, analizarlas, va muy bien para escribir un relato o un poema. Pero pensar mucho las cosas no cambia la realidad, es más, nos separa de ella.

La foto es de mi serie de cortinas y ventanas. En esta ocasión, de Chisinau. Las cortinas son como las puertas altas y sugerentes de las pelis de Lubitsch: te permiten no ver sino intuir la realidad. En las ciudades feas, las cortinas son de agradecer: prometen la ilusión de lo que no es.
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El otro día, una amiga me preguntaba si había sitios a los que evitaba ir porque me traían malos recuerdos. Pensé, ¿tienes tiempo?
*
Es una historia que ya he contado pero, una vez, tuve un novio con el que compartimos una larga historia de peleas y reproches en restaurantes japoneses. Da la casualidad de que la comida japonesa es, entre todas las gastronomías del mundo, mi favorita. De manera que, durante una época, íbamos los dos a cualquier lugar maravilloso y no lográbamos pasar del edamame porque ya se nos atragantaban los aperitivos. Jamás de los jamases llegamos a los postres. No sé por qué, después de la primera escenita, no me dio por pensar: a partir de ahora vamos al McDonald’s por si acaso. Que si no pasamos de las patatas fritas ya habrá ocasión de llegar al Mc Flurry. Cuando me preguntan por un buen japonés en Barcelona, se me pasa por la cabeza una galería de imágenes en la que dos personas se quedan mudas frente a un plato de sashimi, con el wasabi deshecho ya.
Tengo que volver a esos restaurantes para llegar a los postres. Mientras tanto, no me preguntéis por japoneses a no ser que queráis que os responda si tenéis tiempo.
*
Ayer volví a Annie Ernaux. El primer capítulo de ‘Los años’ empieza así: «Todas las imágenes desaparecerán». Es un libro que habla de la memoria, de lo que queda, que es el recuerdo de esas pequeñas y grandes imágenes a las que el tiempo irá haciendo desaparecer en una generación remota. Conocí a Ernaux este septiembre. La conocí, digo, porque pasé tres días en el mismo lugar que ella. No fui capaz de acercarme a ella para decirle lo mucho que significaban ella y sus libros para mí. La tuve delante tantas veces: en el buffete de ensaladas, tomando un café en la terraza frente al mar, después de una rueda de prensa. Pero el deseo de no molestar es a veces más fuerte que el deseo de acercarse. Un día, la observé en la barra del desayuno hasta que ella me miró también a mí y os juro que estuve a punto de levantarme. No lo hice, solo le sonreí. Pensé: ella ya lo sabrá.

Conclusión: no vayáis a un restaurante si no estáis seguros de que llegaréis a los postres. Si veis a Annie Ernaux no basta con sonreír. Hay que levantarse.
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Tres apuntes para un viernes lluvioso.

Uno.
Me contó ayer una amiga que, cuando su padre se puso enfermo, muy enfermo, ella no pudo cogerse días en el trabajo. Decidió cogerse los pocos días que le daban cuando la cosa estuviera realmente mal y su padre no pudiera valerse por él. Al final, mi amiga no se tomó esos días porque su padre murió antes. Ayer pensaba en esto; en lo del tiempo. Uno piensa que lo puede controlar, el suyo y el de los demás. Si hay algo que he aprendido, y mira que he aprendido pocas cosas, es que el tiempo siempre es ahora. Luego se escapa, se acorta, se esconde, se detiene. No llega.

Dos.
También ayer aprendí un nuevo concepto: negativo esférico. Todos conocemos a personas que tienen un carácter de natural bajo, quejumbroso, y la mayoría ellas son inocuas. Pero después existe otra tipología de negatividad un poco más corrosiva, expansiva. La gente que, con ella, con su negatividad, logra teñir la atmósfera de ese mismo estado de ánimo. Negativo esférico.

Tres.
Dice Evelyn Waugh que «Entenderlo todo es perdonarlo todo». Yo últimamente no entiendo muchas cosas.

Bonus track.
En uno de mis libros favoritos, ‘Qué es el qué’ ocurre lo mismo que en el punto uno. Y tampoco ahí es ficción, por desgracia. ¿Os imagináis la mejor historia de amor del mundo? Esa es la que tiene lugar en esas páginas entre Achak y Tabitha. Lástima, claro, que uno de los personajes dice que tienen tiempo, que ya encontrarán la manera de quererse cuando sea el momento. No os hago spoiler pero podéis suponer lo que ocurre: que el tiempo se escapa, se acorta, se esconde, se detiene. O no llega. Estoy segura de que si lo invocas, si dices que ya tendrás tiempo, éste simplemente desaparece.

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Trajeron el roscón de reyes y, sin saber las consecuencias, lo dije bien alto: me encanta la fruta escarchada. Se hizo un silencio en la mesa y hubo miradas de incredulidad. De incomodidad. Joé, ésta que parecía tan normal… «Yo nunca he conocido» empezó a decir una mujer, y siguió la frase una amiga «a ver, que haya gente que tolere la fruta escarchada…sí, pero, ¿qué le encante?». Mientras, fui arramblando con cerezas, membrillos, eso verde que nadie sabe qué es.
Eso sí que es ir a contracorriente: decir que te gusta la fruta escarchada. Probadlo. Veréis que luego nadie quiere hablar contigo.
*

Hay un poema de Juan Carlos Mestre que se llama ‘Carpe diem’. No sé qué verso me gusta más. «Cuando el amor se termina no queda nadie que traiga flores los sábados / Las botellas de Lambrusco dejan de hacer ¡plop! / Las deliciosas películas de arte y ensayo se vuelven aburridas (…). Cuando un amor se termina dan las diez un cuarto de hora antes». Y «te paran todos los taxis, vas derecho al motel de las metáforas». Pero sí mi verso favorito es este: Cuando un amor se termina, llaman por teléfono, otra vez la noche se ha equivocado de número.
*
Es que voy en un tren. Y a mí los trenes siempre me hacen pensar en poemas y en cuando la noche se equivoca de número.
*
En fin. Feliz vuelta a la realidad desde el tren de las metáforas, deseando echar mano a unas frutas escarchadas. Pero ahora ya sé que no hay que decirlo muy alto.
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Si queréis poner a prueba una relación, os recomiendo encarecidamente que viajéis a Chisinau, Odessa o Tiráspol. La ausencia absoluta de hospitalidad por parte de los locales, el frío, el desconocimiento del concepto «ocio» o «alfabeto latino» hacen de la estancia por estos lares una especie de carrera de obstáculos en contra del tedio que termina en tedio. Al final del día, o sea, a las 5 de la tarde, cuando se pone el sol, simplemente llegas al hotel y te dices: al menos buscaré un buen sitio para cenar. Ajá. En realidad, seguro que lo es, un buen sitio, y que se come estupendamente. Si solo entendieras lo que dice el menú, ¿verdad?

Ayer, cansadas, llegamos por fin al restaurante. Nos miraron mal, pero a eso una se acostumbra. Se nos acercó la camarera y nos habló en moldavo. Al ver que no había manera, malhumorada, dijo: «chicken, open». Le dije que qué bien que la cocina estuviera abierta, que a eso habíamos venido. Se nos quedó mirando, se fue, y transcurrieron unos minutos hasta que volvió y añadió: «chicken close». O sea, cocina-pollo, cerrado. Nos levantamos y volvimos al hotel.
*

En las iglesias ortodoxas está lleno de velas, de luz. En unos enormes candelabros dorados, los fieles van dejando sus velas, sus rezos. Hay unas mujeres que se encargan de retirar las velas que ya son muy pequeñas, que se están a punto de consumir. Lo hacen con la yema de los dedos, apagan la llama con ellas, y se llevan la vela y el deseo. Cómo sabrán cuáles se han cumplido ya, y cuáles están aún en la cola de las peticiones, sincronizándose aún en una infinita nube de deseos y aspiraciones.
*

Una frase de Fitzgerald que tengo apuntada en mis notas: «Recuerdo que iba en un taxi una tarde entre altos edificios y bajo un cielo color rosa y malva. Comencé a gritar porque tenía todo lo que quería y sabía que nunca volvería a ser tan feliz». Eso es exactamente lo que me ocurrió paseando el otro día, cuando encontré este carrusel aparentemente anodino. No grité, pero pensé en lo misterioso de la felicidad. A veces la encuentras en un mar de tedio paseando por una ciudad dormida.
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31 de diciembre otra vez y me parece a mí que los años se me escurren entre una lista de propósitos y otra.

De mis doce propósitos del año pasado se han cumplido tres y medio (el medio porque he querido ser benevolente). Deduzco que por mucho que te esmeres en la lista, en lo que hay que esmerarse es fuera de la lista: 35 años (y dos carreras, que apuntillaría mi madre) para llegar a esta sabia conclusión.
También, los años se me escurren así, como en esta anotación del diario de Witold Gombrowicz.

Lunes
yo,

Martes
yo,

Miércoles
yo,

Jueves,
yo.
Cambiemos los días de la semana por años y podría hasta proponer un título: tantas veces yo.
Se pasan los años así, frente a una copa de vino blanco preguntándose uno siempre por las mismas cosas. Sin embargo, después de la trascendencia llega la realidad y también hay que darle a la actualización del software, cambiar la contraseña de la Smart tv –y la del banco, la de LinkedIn– pero de repente no te acuerdas. Hay que reclamar una factura, arreglar el extractor, y no olvidarse de sonreír a pesar de que los días terminen a veces con una nota triste, que decía el poema de Raymond Carver.
*

Este año, un amigo me contó una anécdota buena. Iban en un velero y, de vuelta a la costa, les pillo un temporal horrible. Tanto que no hubo nada que hacer. Tuvieron que dejar el timón y encerrase en el interior de la embarcación hasta que el temporal pasara. Me llamó la atención eso: que para avanzar a veces es necesario dejar que lo malo pase.

Y bueno, imagino que también hay años así. Momentos así. Dicen que después de la tormenta viene la calma, pero no puedes hacer nada para que no pase.
*

El tiempo pasa de muchas maneras. Mi 2019 pasó ayer cuando leí de nuevo esta frase de Ian McEwan: «De este modo podía cambiarse por completo el curso de una vida: no haciendo nada». En fin: que se os pase el tiempo de muchas maneras pero nunca no haciendo nada. Esto es lo que os deseo para 2020.

FELIZ AÑO. **y la foto es de ayer, entrando en Ucrania. Una hora y media sin poder avanzar. Así se pasa la vida también.

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Años atrás pasé un verano en los Balcanes y terminé, casi por casualidad, en una de las ciudades más feas en las que he estado: Podgorica, capital de Montenegro. Fue ahí, tratando de buscar información sobre aquella extraña ciudad, cuando di con un artículo que hablaba de que existe algo parecido a una liga de ciudades de segunda –o de tercera, o cuarta…–, alejadas del circuito ganador que forman otras urbes como Roma, París, Londres, Praga, Estocolmo, etc., ciudades indudablemente bonitas, o con encanto, o con un interés histórico. O con todo eso junto.

No puedo evitar que me gusten más estas otras ciudades que viven en las antípodas de los folletos turísticos y al margen de las de los sueños y películas. No sabría decir qué es lo que me gusta de ellas. Todo, supongo. Que no son protagonistas, y lo asumen. Que no están para impresionar a nadie, que tienen su propio relato y creen en él, que muchas, como ésta, Tiráspol, la capital de la república fantasma de Transnistria, pertenecen a países que ni siquiera “existen” oficialmente.
Estas ciudades –me refiero, por ejemplo, a Chisináu, Stepanakert, en Nagorno Karabakh, la propia Podgorica– tienen también algo de caso perdido. Y bueno, aquí una fan de los casos perdidos, ciudades incluidas.

Así que eso: hola desde Tiráspol.

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Llegué a casa tarde, ya de noche, y la balda para la ducha que había comprado aquella misma mañana se había caído. Todos mis champús, siempre más caros de lo que me gustaría, sin tapón porque nunca me acuerdo de ponérselo, yacían en el plato de la ducha y su interior, de distintos colores, se había ido escapado por el desagüe.
Muy dada a buscar metáforas donde no hay más que cotidiana fatalidad, empecé a buscarlas. ¿Querría decirme la vida alguna cosa?, ¿Había tirado yo, como lo decía Renata Adler en ‘Oscuridad total’, lo más importante?
Lo que me contaba la vida, supongo, es que a veces no hay que saltarse las instrucciones, que por algo existen. Si te dicen que, una vez echado el pegamento en la balda, es necesario pasar el secador, pues se pasa. Y si te da pereza y dices, como yo, que «total, no vendrá de que le pase el secador», pues te atienes a las consecuencias y te dejas, otra vez, tus ahorros en champús que no puedes permitirte.
Después, ayer, puse por fin las luces de Navidad. Día 22, siempre por los pelos. Y como no sabía cómo ponerlas estuve un rato haciendo el tonto, como se ve en la fotografía. Tirándolas hacia arriba, hacia los lados, tratando de salir bien en alguna de las 800 fotografías que debimos hacer.
El resultado: se enredaron las luces y luego quedó una especie de maraña de cables luminosos que no hay donde poner.

Día 23, lunes. Ahora sí: que tengáis una Feliz Navidad, que no busquéis señales porque no existen, y acordaos de no jugar con las luces que después se enredan.
Este año, yo, a Papá Noel le pido instrucciones, así, en general. Pero sobre todo, champús. Muchos champús.

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El otro día vi un accidente de moto cerca de casa. Al motorista no le pasó absolutamente nada, pero fue un buen susto. Lo vi desde lejos y me di cuenta de algo: de la amabilidad de la gente. No había pasado ni un minuto y el motorista ya estaba rodeado, perfectamente atendido. Y os aseguro que esa gente no estaba paseando ni tomándose el apertivo tranquilamente: era hora punta y todos iban, con prisas, al trabajo.

Se habla muy poco de la amabilidad de los extraños y mucho del egoísmo en general. No sabéis la de gente que, a mí, que me dan un miedo atroz los vuelos complicados, me ha dado un abrazo en medio de turbulencias infames, que me ha contado su vida para acompañarme en el mal trago. En estas fechas tan señaladas de la Navidad me gusta pensar en eso: en que siempre hay alguien que te da un abrazo en medio de días turbulentos.
*

En tardes como la de hoy, desde esta casa de infancia en la que el sol de invierno se pone pronto, pienso en mi querida Wislawa Szymborska. En ese poema que dice que:

La vida en la tierra sale bastante barata.

Por los sueños, por ejemplo, no se paga ni un céntimo.

Por las ilusiones, sólo cuando se pierden.

Por poseer un cuerpo, se paga con el cuerpo

Y por si eso fuera poco,

giras sin billete en un carrusel de planetas

y junto a éste, de gorra, en un torbellino de galaxias,

en unos tiempos tan vertiginosos

que nada aquí en la Tierra llega ni siquiera a moverse.
*

Por los sueños, repito, no se paga ni un céntimo. Además, a veces, incluso se cumplen. Y si no, es muy probable que haya alguien a tu lado que te agarre de la mano mientras el piloto anuncia por megafonía aquello de fasten your seatbelts.

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