Una buena amiga suele recordarme a menudo los momentos más inverosímiles en los que me ha visto leer. Cuenta las historias delante de gente, echándole imaginación y humor y, sobre todo, riéndose de mí, que es la misión de los buenos amigos. Entonces empieza a disparar. “¿Os suena cuando Laura…?”. Y habla de aquel final de la Liga en que me llevaron a un bar inmundo lleno de gritones y forofos de ambos equipos. Había una mesa al fondo de todo y ahí me ausenté para leer ‘La inmortalidad’ de Milan Kundera. ¿Qué si me enteré de algo entre tanto griterío? Pues no, pero eso es algo que nunca le he confesado a mi amiga.

Luego, un día, hubo unas inundaciones en un barrio de Río de Janeiro. Y yo estaba ahí, sin poder salir del bar, literalmente. Pero no estaba sola porque tenía conmigo ‘Dietario voluble’, de Enrique Vila-Matas y, cuando luego me preguntaron por el agua y el miedo, yo solo recordaba lo mucho que me había divertido con las anécdotas de Enrique.

Después, claro, está aquel día en que me perdí de camino al hospital donde trabajaba aquel verano. Me quedé sola, sentada en un banco de aquel pueblito etíope, pero con Isak Dinesen, hasta que alguien vino a por mí. ¿Que si pasé miedo? Solo recuerdo a Dinesen en ‘El festín de Babette’, pero también que me abracé a la mujer que me rescató como si no hubiera un mañana.

No sé quién decía que escribir es flotar en el vacío. Yo creo que leer es, por el contrario, encontrar el agarradero. Todos escribimos para preguntar algo y leemos, buscando en las palabras de los otros la respuesta que por el momento no hemos encontrado.

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La bahía de Chittatong acoge el mayor cementerio de barcos del mundo. Hasta ahí llegan los agonizantes cachalotes de acero para morir, para que los desguacen. Los cachalotes, con sus hélices, sus cubiertas, sus anclas, ahora ya desprovistas de cualquier utilidad, se quedan entonces varados en la arena durante una eternidad. Son monumentos de óxido y tiempo y, algunos de ellos conservan, aún después de muchos años, los nombres.
Por ejemplo, el ‘Queen of luck’, ironía, claro, que la reina de la suerte acabe atascada en la arena, o el ‘Laura’, un enorme buque pintado de azul sobre el que no me atreví a hacer mucha broma ni a preguntar demasiado.
Es un lugar que tiene algo de desolación, pero también es una especie de museo de la nostalgia. Mientras paseaba por ahí, sin saber por dónde empezar a contar una historia, aparecieron ellos dos. Escuché los cuchicheos, las risitas, me asomé, y allí estaban.
Supongo que el amor tiene esa asombrosa capacidad de transformar la vista a la estructura desangelada de un barco en una escalinata con las mejores vistas de la ciudad. Ésa, claro, esa era la historia, y no la de los barcos.
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Cuenta Rosa Montero que se ha acostumbrado a ordenar los recuerdos de su vida con un cómputo de novios y de libros. Sus diferentes parejas y las novelas que ha ido publicando son algo así como las cruces en el mapa de su vida, unas muescas que orientan y señalizan, que trazan caminos y establecen el antes y el después.
Todos urdimos estrategias parecidas, inventamos trucos para tener algo que recordar: mudanzas, sucesivas marcas de coche, cortes de pelo. Decimos: antes del Opel pero después del Alfa Romeo. Justo entre Juan y Alberto. Mucho antes de que fuéramos a China.
Yo, por ejemplo, suelo ordenar mi vida de manera parecida a Rosa Montero: mis años discurren entre novios y libros. Además, añado al tándem algún que otro trabajo pero, sobre todo, viajes. Hablo, por ejemplo, del año en que me fui a la India. O de cuando quería ir a Islandia y no fui. En realidad, creo que muchos medimos la vida por deseos. Acordarnos de los no cumplidos es igual de importante que celebrar a Juan, al Opel o la publicación de tu primera novela.
Hace años quise venir hasta aquí, pero llego hoy. “Happy New Year, Miss”, me han dicho en la recepción del hotel. He pensado que, o bien era mi jet lag que me había jugado una mala pasada, o es que efectivamente andaban con el reloj algo atrasado. Claro que al cabo de un rato me han dicho que Bangladesh celebra hoy el primer día del año 1426.

Hace años quise venir hasta aquí, pero llego hoy para estrenar un año. Ya lo decía Charles Simic y yo misma copiando a Charles Simic. Que la gente llega cuando tiene que llegar. Ocurre igual con los lugares, con las ciudades. Así, años más tarde, estoy segura de que recordaré este día y diré “ah, eso fue antes / después de Dhaka, cuando llegué a una ciudad en la que celebraban el Año Nuevo pero yo no sabía nada”. En fin, feliz domingo de 1426.
#dhaka #bangladesh #travel #dacca #literature #literatura #rosamontero #charlessimic
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Tenía diecinueve años cuando pisé África por primera vez, aquel verano en me fui a Sierra Leona y, desde entonces, ya nunca he dejado de volver, a África sí, y a tener diecinueve años también.
Así como no escogemos de quién nos enamoramos –más nos gustaría–, igual ocurre con los lugares de nuestras vidas.
De aquellos años, recuerdo, por ejemplo, una serpiente de cascabel dentro de mi habitación en el Chad. Recuerdo, también, una polilla gigante, con cara de conejo –lo juro– en Etiopía. Recuerdo ese olor de jabón –marca Palmolive– en la aldea de Lunsar, en Sierra Leona, cuando no había luz y había que ducharse con linterna. Fui algunos años como voluntaria –profesora, chica para todo, enfermera de pacotilla– y es un tópico, pero nunca les podré devolver a toda la gente con la que traté ni un diez por ciento de lo que me dieron ellos a mí.

Ya siendo un poco más mayor volví en numerosas ocasiones a este continente que es, para mí, sinónimo de misterio y belleza, y un día, me enamoré de un país pequeño y montañoso, un país sin salida al mar cuyas calles están más limpias que las de cualquier lugar en el que he estado, un país que se llama Ruanda. Estos días se cumplen veinticinco años del genocidio que arrasó este trozo de tierra que ha sufrido lo indecible y leo artículos que recuerdan y tratan de explicar con más o menos fortuna el horror (aunque, en realidad, nadie puede explicarlo).
No sé el motivo de mi apego por este país. Como decía, esas cosas no tienen mucha explicación, pero Ruanda me hace pensar en la infinita capacidad que tenemos para volver a empezar, sean cuales sean las circunstancias. Ahí, en Kigali, empecé a escribir varias historias, una de ellas comienza así “En Kigali no hay ningún papel en el suelo”. Y otra “Nadie recuerda lo que es ver por primera vez”. Nunca he terminado estas historias, supongo que dejarlas a medias es tener la excusa de volver siempre, en cualquier momento. (Y la foto es Ruanda, claro, pero no recuerdo el nombre del lago). #ruanda #genocide #rwandangenocide #africa #literatura #journalism #periodismo #lake
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Se extinguieron:
Los dinosaurios, las hombreras (bueno, casi), los mamuts, el radiocasete extraíble, las cartas de amor, los pantalones de pana, el pijama (ese postre de la infancia), los trovadores, las guías telefónicas, la peseta, los charcos en las ciudades.

Deberían extinguirse:
Los que aseguran: “ya te lo dije”. Los que dicen “no te preocupes”. Los gorros de ducha. Las alfombras anti deslizantes de la bañera. Las fundas peludas del retrete. El asiento central de los aviones. Las esperas, las llegadas no deseadas y el “disculpen las molestias”. El hilo musical con sonido de cascada, pájaros y bambú (esto va para mi fisio que ojalá me esté leyendo)

Por todo esto y por mucho más, conviene siempre tenerlo a mano. Uno nunca sabe cuándo va a necesitar un extintor.

#extintor #fuego #napoles #napoli #ifyouleave #instagramstories #mamut #dinosaurios #literatura
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Me gusta visitar una imagen preciosa que recuerdo de un poema de Joan Margarit.
Una mujer aparca en una calle cerca del mar. Baja del coche y, de la parte de atrás, saca una silla de ruedas. En ella coloca al chico y, empujándola suavemente, se dirige al mar. Entra en la playa por el pasadizo que forman las tablas de madera, pero el pasillo no llega hasta el mar sino que se detiene abruptamente a falta de algunos metros.
Entonces, la mujer coge al chico en brazos y sus pies, los pies del chico, dejan surcos en la arena conforme avanzan hacia la orilla.
Y los surcos son tristes, creo, porque hablan justamente de esos últimos metros en los que a veces se va difuminando, lenta, la vida.

Pero lo que no es triste es el amor.
Porque el amor es justamente el que recorre esos últimos metros –aunque la arena arda, incluso aunque arda– y, al final, cuando termina el poema y empieza la vida, puedo imaginar a la mujer que, firme, sigue sosteniendo al chico en la orilla.
Todo está escrito en esos últimos metros: quien se detiene en la comodidad de las tablas de madera, no llegará nunca al principio de las cosas.
El mar no empieza nunca en el espigón.
#joanmargarit #poesia #ultimosmetros #literatura #amor #gabon #libreville #ifyouleave #ventana #mar #hotel
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Salí con prisas y con el teléfono sin cargar. Cogí el metro, me equivoqué de salida. Me perdí, claro, aunque luego, con Google Maps, terminé encontrando el sitio donde habíamos quedado.
“Estoy aquí”, dije al grupo, que llegaba en coche por otro lado. Mandé la ubicación. El grupo dijo “Vamos para ahí”, y yo respondí: “vale”.
Me senté en las escaleras del monasterio y, entonces, el grupo mandó otra ubicación: “mejor desde aquí que estamos acerca”. Yo dije “vale, voy”, y empecé a andar hacia allí.
De camino, inesperadamente, el teléfono murió. La ubicación desapareció. Fundido a negro. Me quedé con el móvil en la mano, rodeada de padres y niños a la salida de un colegio pensando, claro, que era otra vez Mercurio Retrógrado, pero luego me acordé de que ya se había terminado y de que era yo la que no había cargado el teléfono.

Siendo niña, al llegar a cualquier sitio, mi madre me buscaba un lugar fácilmente reconocible y señalándolo, decía: “Si nos perdemos, búscalo, yo iré a por ti en cuanto vea que no estás”. A mí eso me reconfortaba.
¿Qué hacer si nos perdemos ahora?
Volví al inicio de todo, me senté en las escaleras del monasterio de nuevo, pensando:
¿Vendrán?
¿Me encontrarán?
¿Pensarán que ya me he ido y se irán?
¿Vendrán?
Pero no venían. Y pasó un rato, luego otro, y yo veía a los niños de uniforme jugar con los perros, y los padres vigilándolos, y pensé que no hay nada más extraño que esa inquietud de no saber si alguien irá a por ti.
Entonces las vi. Ellas y los dos perros, entrando por el callejón, buscándome por la plaza, desorientadas también, como si yo fuera a estar a lejos, perdida. Que, en realidad, lo estaba.
Arranqué a correr a vida o muerte, como si escapara de un desastre nuclear. “¡Estoy aquí!”.
Pensé en algo que vengo repitiendo de un tiempo a esta parte, eso que dice Manuel Vilas: que te espere alguien en algún sitio es el único sentido de la vida, y el único éxito. Creo que no tiene razón. Que alguien te espere está bien, no lo discuto. Lo que está aún mejor es que, llegado el caso, alguien vaya a buscarte.

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Andar por los callejones soleados de Gràcia un martes cualquiera y escuchar, así en aleatorio, a Quique González, me hace volver al verano de mis veinticinco. Verano que se condensa, en mi memoria, en dos semanas en el Algarve, vacaciones sin ordenador, pero con Quique, claro, y con una amiga, de playa en playa, quemándonos siempre a pesar de la protección, llenas de picadas de mosquitos y sin dinero, pero las dos –cada una por su parte– completamente enamoradas y hablando de los respectivos en un bucle eterno mientras Quique vuelve a sonar.
Y como Quique González me recuerda a eso, a estar de vacaciones y complemente atontada, por eso, a Quique me gusta escucharlo cuando hace sol o cuando necesito que haga sol.
Aquel verano de mis veintincinco estábamos tan fuera de la realidad –tan absortas por aquella historia que luego, todo hay que decirlo, no nos salió a ninguna de las dos– que no nos enteramos ni siquiera de que en Portugal el reloj se atrasa una hora. De manera que estuvimos quince días viviendo con una hora de retaso –mental también– y esta mañana, cuando ha vuelto a sonar Quique y hacía sol he pensado que enamorarse tiene algo de no mirar el reloj, de vivir en otra hora, en la tuya, y que eso, además, te dé absolutamente igual.

Y estas flores de la foto son Pensamientos. Qué mejor título para toda esta historia de devaneos, veranos y de Quique, y de cuando hace sol en modo aleatorio.

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La vida está en los detalles y son ellos los primeros en cambiar. Por ejemplo, en la mesa baja del salón, donde antes había revistas y alguna que otra cerveza vacía, ahora hay otros libros y en algunos se lee First-time parent o Your baby. En la nevera, por otro lado, las viejas polaroids que cuelgan de imanes inverosímiles, los folletos de takeaway que tienen las esquinas ya dobladas, protegen ahora a una fotografía que cuelga exactamente del centro. Es una imagen en blanco y negro y en ella se distingue, también en el centro, algo en un color más blanquecino, algo que dentro de cinco meses será un bebé.

Es eso a lo que me refiero: la vida siempre se desliza hacia otro lado, hacia otra estancia, a través de esas lianas a las que llamamos detalles.
En esta ciudad inglesa hay un callejón que tiene un nombre que me gusta: Alma Road. Siempre que estoy de visita me acerco y hago esta misma fotografía. No sé si para ellos, para los habitantes de esta ciudad, este cartelito significa lo mismo que para mí. Que la belleza siempre está al acecho, aunque sea en un mísero callejón, en el nombre de una calle. In tutto c’è stata bellezza, que reza el título italiano de ‘Ordesa’, de Manuel Vilas.
Contaba Julian Barnes en una entrevista que al amar, no se puede escoger mucho. Se escoge poco o más bien nada, “con el amor no se puede ir con cuidado: hay que ir a por todas”. Antes pensaba que con la vida es igual y que lo importante ocurre y nos ocurre cuando no escatimamos, cuando vivimos a fondo perdido.

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Lo bueno de los días malos es que suelen terminar mejor de lo que empiezan. No hay ninguna pauta acerca de cómo se tuercen, pero en la escalada del desastre –cuya etimología, según leí, tiene que ver con “caos en los astros”– los eventos más significativos suelen desarrollarse por la mañana y toman una fuerza inusual conforme va avanzando el día.
A lo que iba. El día de ayer no mejoró ni con la tostada de nocilla de dos colores de la merienda, ni con el gimnasio a media tarde con las jubiladas del barrio –nena, y qué haces aquí hoy tan temprano–, ni mucho menos con mi intento de pintarme las uñas –que terminó con las cutículas rebozadas de pintura roja porque nunca he tenido pulso–.
Y sin embargo.
Existe una regla de oro para estos días: siempre ocurre algo muy bueno al final de lo malo. Algo que me lleva a aquello que decía mi abuela, que Dios aprieta pero no ahoga.
Una amiga me había recomendado un libro que me llegó por correo por la mañana. Ya en la cama, al borde del drama, lo abrí y, al ver la primera página, me quedé muda. Encontré aquel párrafo que leí hace años, el párrafo del que hice una captura de pantalla y me acompañaba sin haberlo podido ubicar. “He dado la vuelta al mundo”, empezaba.
Por fin te tengo, Antonio Orejudo, me dije. Allá vamos.
Me cubrí con la manta y me olvidé de las uñas rojas, los días raros, y del último martes de invierno. Después, me dormí con el libro en el otro lado de la cama sabiendo que por fin lo había encontrado.
Y hoy es miércoles, pero ya de primavera. Y sí, los libros también te encuentran a ti.

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Imposible mirar a través del retrovisor sin fijarse cada vez en el “objects in mirror are closer than they appear”. Que siempre me ha parecido que es un buen título para unas memorias.

Llegar a Chefchaouen y ver por fin el pueblito azul, que parece el fondo de una piscina. La historia cuenta que el color lo trajeron los refugiados judíos allá por 1930 y el color hace referencia al cielo. De manera que sí, la idea, creo, fue pintar un pueblo del color del cielo. Aunque ahora siguen insistiendo -quizás demasiado- con el azul y solo es para que los turistas podamos hacer fotos bonitas y subirlas a Instagram.

De vuelta en el coche, sabiendo que los objetos en el retrovisor están más cerca de lo que parece, subrayé esto de Mary Karr: “lo que más duele de la juventud no son las hostias que da el mundo, sino las estúpidas esperanzas que se hacen pasar por certezas”. Se equivoca con lo de estúpidas. Nunca son estúpidas, las esperanzas, son lo que nos permite mirar por el retrovisor sabiendo de dónde venimos y hacia dónde estamos yendo.

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La historia fue así:
Un día me llamó mi editora y me pidió que escribiera un relato en respuesta a otro, a uno llamado ‘Sal con alguien que no lea’, de Charles Warnke.
“Haz lo quieras, Laura, libertad total. Pero solo una condición: amor y libros”
No dije que sí ni que no, pero pensé: “Esto es un castigo por algo que yo hice en otra vida”
Le di vueltas.
Volví a pensar: “Esto es un castigo por algo que yo hice en otra vida”.
Recordé que, antes de colgar, mi editora había dicho, medio en broma, “mira, te tomas una copita de vino y cuentas algo que nunca hayas contado”.
De manera que aquí está este relato que se llama igual que un poema de Raymond Carver, ‘Miedo’ y que surge del amor a un árbol amarillo –un gingko– que vi en Seúl, y de un vuelo largo de vuelta a Barcelona mientras seguía, en la pantallita del asiento, al avión en el que iba yo, atravesando las líneas invisibles que dividen países y territorios.
No sé si ‘Miedo’ es un relato sobre el amor y los libros, más bien creo que es un recordatorio que dice que la literatura está muy bien, pero que para las cosas más importantes de la vida existe el teléfono, un aparato que logra reproducir tu propia voz, que dice, de repente: “hola, estoy aquí. ¿y tú?”. ***a la venta el 28 de marzo*** #salconalguienquenolea #alfaguara #mariahergueta #charleswarnke #barcelona #ginkgo #seul #volar #relatos #literature #literatura #ifyouleave #lauraferrero
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No sé, nunca supe, hacer una regla de tres ni resolver la complejidad que se intuye tras algunos problemas matemáticos: “Si un tren parte de y mientras otro tren…”. No sé, nunca supe, si se encontrarían los trenes y qué harían en el hipotético caso, ya no de encuentro, sino de colisión –porque de esos temas no se ocupan los problemas matemáticos.

No sé hacer tablas de Excel ni cuál es el truco para que la mayonesa no se corte.

No sé tampoco cómo se pronuncia Coetzee, Beigbeder, y olvido siempre lo que hay que decir en los funerales.

No he aprendido a cortar la cebolla con la rapidez de los programas de televisión ni sé hacer punto de cruz o buceo a pulmón o canelones de marisco o a contar hasta diez antes de hablar.

No sé, nunca supe, hacer tantas cosas.

En la dedicatoria de ‘Vida de este chico’, Tobias Wolff escribió: “Mi primer padrastro solía decir que con lo que no sé se podría llenar un libro. Aquí está.” Con lo que yo no sé podría llenar una enciclopledia, pero por el momento ahí va esta lista de tarde de domingo mirando la ciudad desde los tejados.

En los tejados, ropa tendida, mangueras ahora en desuso, mesitas de madera a las que habría que volver a barnizar. También, los tímidos pero valientes que salen ahora, en marzo, a buscar los primeros rayos de sol.

En las terrazas está la ciudad, la vida, la sensación de que todo reverdece, de que todo es posible aunque de eso, de todo que puede ser y aún no es, tampoco se ocupen los problemas matemáticos.

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Nosotros nunca tuvimos piscina, así que cuando llegaba el verano, íbamos al Hipercor a comprar una de plástico y la poníamos en el patio. Mis abuelos, mi hermano y yo la montábamos ilusionados. Observábamos hipnotizados cómo el agua la empezaba a llenar a través de la manguera. La primera vez que la estrenábamos era el mejor día del verano. El agua estaba muy fría y muy clara, y tratábamos de no armar demasiado jaleo para no echar fuera demasiado agua, que luego se tenía que reponer.

El verano transcurría de baño en baño, invitando a los vecinos, a los amigos. Éramos los únicos niños de la calle que tenían piscina.

Sin embargo, siempre llegaba el momento temido. El momento en que, al levantarnos, salíamos a ver la piscina y nos dábamos cuenta del escape de agua que cubría parte del patio. No lo habíamos visto venir pero ahí estaba, un minúsculo agujero por el que se escurría el agua. Era entonces cuando la vaciábamos y mi abuelo, que siempre fue artista para todo, lo encontraba. Solía ser muy pequeño, casi invisible y sin embargo, si no lo remendábamos, la piscina ya no servía para nada.

Parecía imposible que el agua, toda aquella cantidad de agua, se pudiera escurrir por aquel diminuto orificio.

Y sin embargo.

Hoy es el Día Internacional de la Mujer y pienso en esas piscinas de mi infancia de las que aprendí una lección importante: no importa lo pequeño que sea el agujero porque terminará haciéndose grande o, peor, nunca daremos con él y entonces no tendremos manera de arreglarlo, apedazarlo.

Como mujer me ha ocurrido a menudo, vas dejando pasar cosas porque son pequeñeces, porque no quieres parecer neurótica, exagerada, porque y si, y entonces cuándo, y entonces qué hago. Y lo cierto es que todo suma, lo pequeño se convierte a veces en algo grande. Así que hoy pienso en eso: en cómo seguir andando siendo consciente de que la propia integridad pasa por poner límites, por cuidarse de los golpes y los agujeros, por detectarlos a tiempo, si es que existe tiempo, pero sobre todo, recordar que todo cambio pasa por ser conscientes de que es un tema que nos atañe absolutamente a cada uno de nosotros.

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Empezar a escribir una novela me recuerda al miedo de las primeras veces que esquías, a las puntas sobresaliendo en lo alto de la pendiente, justo antes de que decidas bajar (hay un momento en que te planteas recular, dar media vuela e irte hasta el telesilla más cercano). Luego, claro está, te tiras, qué remedio, y a veces incluso te das cuenta de que tampoco lo haces tan mal. Otras, claro, deslizas la pierna equivocadamente por encima de una placa de hielo y ciao pierna, ciao esquí, gracias por intentarlo, querida, pero la próxima coges el telesilla de vuelta.
Escribo esta vez sobre temas reales, temas de esos que requieren de investigación. Así que, además del vértigo de la bajada, se le añade el otro vértigo: el de poner a los demás en situaciones extrañas, frente a la grabadora y el cuaderno de notas. “¿Cuándo fue esto, y cómo ocurrió?”. En estas ocasiones recuerdo siempre la frase de Serrat: nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.

En realidad, la que no tiene remedio soy yo, me dije ayer en la peluquería después de pedir un cambio radical (como en los programas de televisión). Porque poco se ha escrito sobre las expectativas de cuando te imaginas a ti misma con un pelo a lo garçon y terminas con uno a lo champiñón.
En fin. Pero las semanas difíciles hay que terminarlas por todo lo alto, de manera que acabé la mía en Ikea, perdida entre Bestas, Nordlis, Malms y Eket. Por descuido, llené un carro que no era el mío y terminé haciéndome amiga de la parejita del carro, que se mudaban juntos a un pisito de Sant Andreu.

De la que regresaba ya a casa, tomé esta foto. Había unas nubes bonitas en el Hospitalet. Detenida en un semáforo, el coche cargado hasta arriba, una amiga me mandó una foto de Joan Didion. Ella sale tan preciosa como siempre, sentada en un sofá. “Con este pelo tuyo de ahora me recuerdas a Joan Didion en esta foto”. Suspiré, creo que incluso sonreí. Ay, la amistad, qué gran bálsamo. Siempre termina salvándonos de todo.
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Veinte años después fue ayer, y mi madre y yo volvimos al teatro para ver aquella obra, ‘La reina de belleza de Leenane’, de Martin McDonagh (el máximo exponente del teatro de la crueldad, lo llaman, y no en vano).
Veinte años atrás, mi madre y yo íbamos a menudo al teatro y cuando salíamos, hablábamos durante un largo rato de la obra. Por aquellos tiempos quedaban aún en Barcelona granjas en la calle Petritxol que no salían en Time Out –porque no existía internet, o no los suficiente– y por eso, porque solían quedar dos sillitas frente al cristal que nos separaba de la calle, nos sentábamos con un suizo y una bendita ensaimada y volvíamos a la obra que hubiéramos visto.
Soy muy mala titulando y muy envidiosa de los buenos títulos. El de ‘La reina de belleza de Leenane’ me pareció siempre enigmático, triste. En él se esconde un mensaje, un presagio: sabes que la obra no versa sobre ninguna reina de la belleza. Sabes, en realidad, que probablemente trate exactamente acerca de lo contrario: de cómo es posible habitar –en todos los aspectos– en las antípodas de aquello que llamamos bello.
No hablo italiano, pero hay una frase en este idioma que me encanta: finire in bellezza. La recordaba ayer a la salida del teatro mientras enfilábamos las Ramblas y sorteábamos turistas y asistentes del MWC. Finire in belleza significa algo así como “terminar bien, a lo grande”, significa también “para dar el toque final”. Y sin embargo a mí me da exactamente lo mismo lo que signifique en italiano, yo me la repito en español, como si hubiera una manera terminar algo en y con la belleza, como si existiera la manera de hacer que lo que termina no sea triste porque aquello, lo que dejamos atrás –un día, una época, una cena- descanse para siempre en y con la belleza.
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En sus memorias, llamadas ‘Things I don’t want to know,’ Deborah Levy cuenta que uno de los signos inequívocos de que no estaba pasando precisamente por su mejor momento fue que cada vez que se subía en unas escaleras mecánicas –cualquiera– se ponía a llorar. No ayudó aquella manía suya, la de leer por error ‘The skeletal system’ donde siempre había leído ‘The societal system’. Pienso en Levy desde este tren que regresa del norte y querría decirle que no está sola. Que yo no lloro en las escaleras mecánicas pero que siempre, siempre, siempre, leo autopsia donde simplemente pone autopista.
En este tren que me lleva a casa, mientras voy sentada en sentido contrario a la dirección de la marcha –en un baile de pies continuo con la señora de delante, tropezando con su bolso, ella con mi ordenador–, suenan los Planetas: “Quizás algún día pueda olvidar la oportunidad que no tuve para conocerte más”. Qué difíciles de olvidar esas cosas: lo que no ocurrió, lo que casi ocurrió, lo que quisimos que ocurriera. El territorio de las posibilidades perdidas es insondable, en él cabe absolutamente de todo porque, en realidad, no está lleno de nada.
Ayer conocí a una artista a la que admiro mucho y, haciéndole una entrevista, le pregunté por la felicidad. Me respondió que para ella, la felicidad estaba en poner, en todo, el amor por delante. Hoy me quedo con esto. Para Deborah Levy y para todos los que leemos autopsias donde solo hay autopistas. Para la señora de delante que está aprendiendo a usar Instagram y sabe “poner corazones” pero no comentarios. Para las letras de las canciones de los Planetas, y más en un domingo por la tarde yendo en sentido contrario a la dirección de la marcha.
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1. Decir, por ejemplo, en estas líneas que no son mías:
“una mujer
espera
a la orilla del río
para decir lo que no sabe”

2. (Y el río no la ve)

3. “Existe un muro. Y atrás del muro estrellas, ocultas atrás de las estrellas. O tal vez eran fuegos, altos ecos visuales en dirección a la ceniza. Quién sabe: la distancia encandila, como encandilan los himnos de Novalis. Todo ocurre a la vez, incluso el cielo, el bajísimo cielo en el que ardemos, con un pie en la eternidad y otro en el barro. El hecho es que hay un muro y estrellas reales detrás de las estrellas. ¿Qué más es el amor?

4. No sé por qué yo no conocía a una poeta llamada María Negroni, la autora de 1 y 3. Pero hoy, sus versos me han acompañado por esta ciudad polvorienta llena de carteles que no anuncian nada –porque están vacíos– y he llegado, perdiéndome, hasta el circo de Embaba, un lugar que pasó tiempos mejores. Ahí he conocido a un domador de leones y a un león. “No te acerques, que es peligroso y puede morder”, me ha dicho. Pero era tan precioso, el león. Y pensado, claro, en Negroni: porque ¿qué otra cosa puede ser el amor?

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Le he dicho que me costaba hacer fotos a la gente porque era tímida. He rectificado.
–Bueno, tímida no sé. Pero cuando preguntas si les importa que les hagas una foto y te dicen que no…
–Ah, bueno, entonces tú no eres tímida. Tú lo que tienes es miedo al rechazo –el chico se ha empezado a reír. He hecho lo mismo: en realidad, lo de la timidez es otro de mis cuentos chinos.

Cenábamos en un libanés, antes de ir a ver a Pedro Guerra. Me decía mi amiga que al final no le habían dado aquel proyecto.
–Me llamaron –me cuenta–. El chico me dijo amablemente que el proyecto no había salido. Yo le respondí que me daba mucha pena que no saliera adelante porque era un proyecto precioso. Al otro lado de la línea se hizo un silencio y el chico rectificó, “no, me refiero a que hemos contratado a otra chica”.
Mi amiga y yo nos atragantamos con el humus, con el baba ganoush. “O sea, el proyecto sí que ha salido, ¿sabes? ¡A la que no le ha salido es a mí!”. Brindamos, antes de ir al concierto, por la de veces que nos dicen que no. Siendo freelance hay que brindar por eso muchas veces, ¿verdad?

Leí esta cita en un artículo de J. Rodríguez Marcos: “Los hombres que están siempre de vuelta de todas las cosas son los que no han ido nunca a ninguna parte”. Antonio Machado, ‘Juan de Mairena’. Sospecho que el día en que dejen de decirnos que no, significará que no estamos yendo ya a ninguna parte que valga la pena.

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Ayer, una periodista me escribió para pedirme que, si podía y quería, le mandara unas líneas sobre un libro de amor tóxico que me hubiera impactado. Asimismo me pidió que le mandara otras líneas sobre un libro de amor que me hubiera impactado, pero que contara una historia constructiva.

Fácil, dije. La lista de los tóxicos era una broma (infinita): ‘Oscuridad total’, de Renata Adler, ‘Apropiación indebida’, de Lena Andersson. ‘Después del invierno’, Guadalupe Nettel (o aquel relato suyo tan increíble, ‘Hongos’). Un hombre enamorado, Karl Ove Knasugård. ‘La balada del café triste’, Carson McCullers. ‘Sobre la belleza’, Zadie Smith. El relato de ‘Cómo ser la otra mujer’, de Lorrie Moore. “¿Sólo uno tóxico?”, quise preguntarle.

Lo triste no es esto. Lo triste es que para la lista de las historias de amor constructivas acabé llamando a una amiga. “¿Cuál te suena que nos haya gustado y que no fuera para cortarse las venas?”, le pregunté.
Al final, fue ella la que tuvo a bien recordarme el maravilloso ‘Éramos unos niños’, de Patti Smith.

En fin.

Esta mañana he leído una cosa de Victor Parkas que me ha hecho sonreír. Tiene que ver con esa costumbre, tan arraigada en algunos, como es la de quedar con los Ex. Dice Parkas: “me pregunto por qué se empeña mi generación en mantener el contacto con noviazgos ya difuntos. ¿Es para sentir que el tiempo tirado a la basura junto al otro no ha sido completamente en balde? ¿Para demostrar que nos equivocamos, sí, pero que no nos equivocamos del todo? (…) Nuestros padres tuvieron affaires en hoteles y nosotros invitamos a cafés a gente con la que no follamos”. Creo que tengo una respuesta. A veces quedamos con los que ya no están, en primer lugar porque no están muertos (fingirlo no es más que no tener bien solucionadas las cosas) y, en segundo lugar, para recordar quiénes fuimos, que es parte, claro, de lo que somos ahora.

Cierro ya sin saber si hay que quedar con los ex. Pero cierro comprometiéndome con la causa de leer un poco menos de novelas de desgarradoras turbulencias amorosas. Voy a volver a leer a Patti Smith.
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