Me decía el otro día una amiga que en estos tiempos raros, en el transcurso de un día puede pasar una vida entera: «No es que tengas un buen o mal día. Te puedes levantar bien, al ratito no estarlo tanto, de repente ponerte a reír y pensar que ya pasó, y que al cabo de un par de horas más caigas en la más absoluta melancolía. En un día caben muchas cosas, quizás demasiadas». Así que cuando ahora nos preguntan «¿qué tal estás?», en vez de responder el típico «todo bien» podríamos decir: «Bueno, ¿a qué franja horaria te refieres?
*
La emoción de bajar a tirar la basura o a comprar el pan. Ahora todos sabemos qué es eso. Nos fijamos en absolutamente todos los detalles de los 30 metros que nos separan del contenedor de plástico. Y sin embargo, yo nunca me había fijado en que vivo al lado de un comercio, sea el que sea, que se llama Mars. Recordé entonces aquellos versos de Luis Alberto de Cuenca que en una época tanto cité: «Viajar a Marte/ o al cuarto de la plancha./Pero contigo»
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Hay una escena de esa película maravillosa que es ‘Un tranvía llamado deseo’ en la que Blanche du Bois le dice a Mitch: «Yo no quiero realismo. Yo quiero magia». Ay, Blanche, pensaba ayer. A ti no te ha tocado vivir una pandemia.
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Yo a estos días también les pido magia. Pero tampoco me hace falta tanta. En realidad, con saber que vivo al lado de Marte, aunque me pase más tiempo encerrada en el cuarto de la plancha, me vale.

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A vivir poco. A no llegar a tiempo. A no tener suficiente experiencia. A estar demasiado cualificado. A llegar demasiado pronto. A que te dejen. A que la pasta no esté al dente. A que nadie te espere en el aeropuerto. A fracasar. A no decir lo que toca cuando toca. A enfadarte. A perder el trabajo. A no volverte a ver. Al teléfono que suena en mitad de la noche (y es una promoción de una mutua de seguros). A morir. A no dar las gracias. A olvidarte del cumpleaños de un amigo. A la oscuridad. A no estar a la altura de tus propias expectativas (y de las de los demás). A sufrir injustamente. A sufrir justamente (si es que el dolor sirve para algo). A no hacerte valer. A las tormentas en la noche. A no amar lo suficiente. A ser torpe. A no aprovechar. A las arañas peludas en el techo del baño. A no ser consecuente. A decir lo que piensas. A no decir lo que piensas. A Freddie Krueger en ‘Pesadilla en Elm Street’. A no tener dinero. A olvidarte de los seres queridos. A las turbulencias. A que nunca nunca nunca sea suficiente.

Leí el otro día que solo existen dos miedos originarios: el miedo a caer y el miedo a los sonidos fuertes. Así que todos los demás son aprendidos. E intuyo que todo lo aprendido puede ser convenientemente desaprendido.

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Ayer leí mi horóscopo. Decía: «Hoy, grandes viajes». De manera que me fui a la cocina y después a la habitación, incluso pasé a controlar si la ropa tendida ya empezaba a secarse, cerré la ventana del baño y recordé que tenía que comprar jabón de manos. Por si esto fuera poco viajé de nuevo hacia la cocina y comprobé que la calabaza seguía a su ritmo, que no el mío, dorándose en el horno. Finalmente, exhausta, volví a la mesa frente al ordenador.
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Cuenta Claudia Durastanti en la que es una de las mejores novelas que he leído últimamente, ‘La extranjera’, que cuando Richard Linklater rodaba la mítica ‘Antes del amanecer’, les contó a Julie Delpie y Ethan Hawke que él no había vivido nunca un accidente aéreo. No había sido espía y nunca había viajado en una nave espacial y, sin embargo su vida estaba llena de dramatismo. Y lo más dramático que le había sucedido había sido intimar con alguien. Un día conoció a una chica y se pasó hablando con ella toda la noche. De ese evento en apariencia tan cotidiano, conocer a alguien y entenderse, surgió la idea de una trilogía sobre la conexión que se establece entre los seres humanos. De lo que quería hablar Linklater era de algo asombrosamente normal, al menos en apariencia: «el espacio entre dos personas»
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Hoy no voy a leer el horóscopo. Capaz es de decir algo parecido a «Hoy, gran historia de amor», y en ese caso no me quedará más remedio que rebuscar entre las calabazas, la ropa tendida y el jabón que aún no he comprado. Este es un mensaje para los editores de los horóscopos: un poquito de por favor. Y acordémonos estos días de Linklater y Durastanti. Una de las cosas más bonitas y difíciles que hacemos en la vida es cuidar de esos espacios en los que nos encontramos con los otros (y dejamos que nos encuentren)

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Hay un viejo chiste en el que una solitaria y minúscula figurita central exclama: «No soy pequeño. Estoy lejos»

Aunque también está Pascal, que dice que «El hombre no es más que un junco, el más débil de la naturaleza, pero un junco que piensa». Pero sí, lo diga la figurita o Pascal, estemos lejos o cerca, somos muy pequeños.

Buen martes. Aunque ya los habrá mejores. De martes y de días.

#pascal #jordan #jordania #petra #tamaño #lauraferrero #ifyouleave #somewheremagazine #fotografia #photography @jordi_bernado
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«Pues verás, viendo el otro día ‘At the end of the world’ comprendí a qué se dedican los glaciólogos y que también escuchan al viento silbar entre esas enormes placas de hielo que, de deshacerse, podrían mantener el cauce del Nilo durante 75 años. Y fíjate tú que, poco después, me llamaron para hacerme una entrevista. No, no famosa, yo no. Ni en las revistas tampoco, abuela. ¿Sabes en calidad de qué me llamaron? No, no te quites la mascarilla. Ni se te ocurra. ¡Me llamaron en calidad de experta en desamor! Que no te rías tanto, abuela, que te va a dar la tos. Ni tampoco se vale el «ya te lo dije» que lo del desamor no te pasa porque lleves los bajos de los pantalones deshilachados. Es que si al menos me hubiera especializado en amor, ¿verdad? Ser alcahueta, wedding planner, adivina, qué sé yo. Que no te rías más, anda. Y sí, también tienes razón y podría haber montado un programa a lo Isabel Gemio o Jesús Puente, pero ahora se lleva más ‘First Dates’. De eso ya tendremos tiempo para hablar.
Y otra cosa. El otro día hubo una cacerolada real, ¿lo sabías? Se escuchaba el estruendo desde todas partes. La nieta de una amiga salió al balcón con sus padres. Tiene tres añitos y tampoco se entera de mucho aún. De manera que escuchó todo aquel sarao, el sonido de las cacerolas, y que hablaban del rey, de los reyes. La niña se fue a dormir ilusionada solo que, como ocurre algunas veces en la vida, se levantó al día siguiente sintiéndose estafada. No entendía nada: ¿no habían venido los reyes?, ¿dónde habían dejado los regalos después de aquella cabalgata sin carrozas desde los balcones? Mi abuela, al escuchar la historia, rio y, antes de irme, le volví a prometer que le estábamos reservando todos los bombones negros de la caja de Nestle. Con un hijo de voz dijo “Los blancos para vosotros”» #barcelona #domingo #literatura #hospital #wernerherzog #herzog #encountersattheendoftheworld #ifyouleave #somewheremagazine #lauraferrero
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Estos días pienso a menudo en este término japonés que no tiene traducción al español: ‘wabi-sabi’, que significa algo parecido a «encontrar la belleza dentro de las imperfecciones de la vida». Hay otra expresión intraducible, en este caso procedente del inuit, ‘iktsuarpok’ que significa «salir para ver si alguien está viniendo», que también me gusta especialmente porque hace referencia a la ilusión, a la expectativa de que algo bueno ocurra.
Estos días miramos a través de muchas ventanas para ver si alguien o algo viene. Y las ventanas son también las redes sociales, los balcones, la televisión.
No sé vosotros, yo no consigo leer mucho, pero ayer me quedé con esto del libro ‘Los argonautas’, de Maggie Nelson: «Barthes describe cómo el sujeto que dice “Te quiero” es semejante al “argonauta que renueva su nave durante su viaje sin cambiarle el nombre”. Así como las partes del Argo pueden ser reemplazadas sin que la nave pierda su nombre, el significado de la frase “Te quiero” debe renovarse cada vez que los amantes la enuncian, ya que “el verdadero trabajo del amor y del lenguaje es darle a una misma frase inflexiones siempre nuevas”» Estos días tienen también algunas cosas bonitas, muy bonitas, inlcuso. Cuánta gente que te escribe para decir simplemente, «¿estás bien?» o «bájate esta aplicación y nos tomamos un vino viéndonos por la pantalla». Pensaba en eso ayer por la noche mientras miraba las luces del balcón, mientras volvía a ese término, wabi-sabi. La belleza –fracturada, renqueante, un poco disfrazada– está siempre en todas partes. Basta con saber mirar y salir al balcón en el momento adecuado. Siempre hay alguien que está viniendo.
#wabisabi #literatura #barcelona #lauraferrero #maggienelson #theargonauts #argonautas #belleza #gracia
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En la película ‘Caro Diario’, Nanni Moretti pasa un verano en Roma y sucumbe a los encantos de su ciudad dormida. La recorre en Vespa y es agosto, hace calor, y va divagando y cuenta, entre otras cosas, algo que me representa completamente. De repente, llega a un improvisado escenario donde multitud de parejas bailan al son del merengue ‘Visa para un sueño’. Moretti dice: «En realidad, mi sueño ha sido siempre saber bailar bien». No sé vosotros, pero yo tengo sueños y deseos bastante banales y he sido tantas veces Nanni Moretti, ahí plantada, boquiabierta ante esa perfecta sincronización de piernas, caderas, brazos. Y yo, con las manos en los bolsillos, si acaso moviendo un poco los pies para disimular, agarrando una copa como diciendo: «no, si cuando me la termine me vengo» *

Suena a ciencia de baratillo, pero el 97% de la masa del cuerpo humano está conformada por materia procedente de las estrellas. Lo decía Carl Sagan: «Somos polvo de estrellas que piensa acerca de las estrellas». Poesía y ciencia en una misma frase, ahí es nada. *

No sé si es porque es domingo, si es por haber escuchado en bucle ‘Visa para un sueño’ aproximadamente diez veces o por haber recordado que somos polvo de estrellas, pero lo he decidido: voy a aprender a bailar. Si alguien tiene el teléfono de Nanni Moretti, que le diga que ha encontrado por fin una pareja de baile a su altura.
#domingo #barcelona #nannimoretti #carodiario #cine #cineitaliano #carlsagan #polvodeestrellas #piscinas #balcones #ciudad #literatura #ifyouleave #somewheremagazine #visaparaunsueño
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Algunas consideraciones para estos jueves extraños de semanas aún más extrañas, de meses que prometen ser los más extraños.

1.La dedicatoria de la película ‘Mediterráneo’, que ganó el Óscar a la mejor película extranjera de 1991. Dice así: «A los que están escapando»

2. Ayer, en el gimnasio, a esa hora a la que acuden solo los jubilados que hacen aquagym y las que no nos concentramos por alguna misteriosa razón, una mujer aleccionaba a otra en los vestuarios: «¿Sabes cómo se solucionaría todo esto? Comiendo más ajo. Está probado científicamente»

3. Perdemos:

Una cita importante, el trabajo, los vuelos sin seguro de cancelación, la reserva de ese hotel, la ilusión de las vacaciones esperadas, la cita con aquel amigo al que hace tiempo que no ves, las clases, la universidad, la reunión de antiguos alumnos, el pago por el visado, la conferencia, el programa, la obra de teatro. Muchas cosas se pierden, ojalá no lo importante.

4.

Leí también que de un laberinto se sale, de una línea recta, no.

5.

No comáis ajo, o sí, pero lo importante: recordad que siempre siempre siempre siempre se sale de los días extraños. Lo dice Nacho Vegas en una canción.
#diasextraños #nachovegas #musica #ifyouleave #barcelona #literatura #amor #gimnasio #gym #mediterraneo #laberinto
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Nos ha parecido, antes de empezar la subida al Teide, que nos podíamos permitir un café y unos bollos, un pastel con frosting de limón, en fin, esas cosas que ahora ya no hay que comer porque existe la chía, el aguacate y cereales de nombres impronunciables. Pero nos los hemos permitido, porque «total, ya llegaremos», y eso creo que lo he dicho yo.
*
Y total, cuatro horas y media después, el frosting atravesado, sin provisiones, habiéndonos detenido unas cuantas veces para maldecir el café y la subida, las piedras, el calor, el frío, el olor a azufre del tramo final, hemos llegado. Y me ha parecido una buena manera de pasar el 8 de marzo: subiendo una montaña.
*

Me enamoré esta semana de una maravilla llamada ‘How to say I love you in Greenlandic’. Una de las entradas recogía el término ‘akunnagaa’, que significa ‘Demasiado tarde para empezar’
*

Hoy, 8-M, pienso en los inicios, en los caminos que recorremos. En lo que nos falta, pero también en el tramo ya recorrido. Pienso también en que antes de Simone de Beauvoir, Judith Butler, mi querida Vivian Gornick o Rebecca Solnit, estuvieron otras, porque todo lo que sé sobre feminismo se lo debo a mi madre. A mis amigas. A todas las mujeres maravillosas con las que me cruzo y con las que tengo la suerte de trabajar. Así que hoy es un día para dar las gracias a todas ellas.
*

Había muchas fotos, muchas, de la llegada a la cima. Sin embargo, qué queréis que o diga, a mí me gustan más los inicios que los finales. Pero eso sí: nunca, nunca, nunca es demasiado tarde para empezar.

#8m #teide #tenerife #simonedebeauvoir #feminismo #amistad #ifyouleave #somewheremagazine #islascanarias #judithbutler #rebeccasolnit #viviangornick
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Días así

1. Alguien escribe para decirte que te recordaba más joven.

Después.

2. Alguien dice que «es que yo soy muy directo, ¿sabes?», frase que legitima cualquier tipo de ataque que venga luego.

Después.

3. Un señor escribe un email y dice «no entiendo que tus relatos sean tristes, mujer, pero si sales guapísima en la foto de la solapa. Aunque igual es el Photoshop. Ja ja»

Después.

4. Alguien escribe también para decir que «me ha sorprendido mucho que tengas tu edad, pensaba que eras vieja»

Resumiendo.

Podrías responder a 1 diciendo que es lo que tiene el tiempo, que pasa. A 2, que si algo te da pereza en la vida, pero una pereza incontrolable, la misma que te daban el pescado o la verdura de niña, es la gente que regala honestidad sin que se la pidas. A 3 y 4 simplemente podrías responder con la foto.

Hace poco, en una encerrona tremenda, con una cámara de vídeo en mano, me preguntaron para qué sirve la cultura. Yo, toda cursi y afectada, respondí que a mí me había salvado la vida. Bueno, pues no tanto. No sé a vosotros, pero a mí, lo que vedaderamente me la salva es el humor. Gracias a dios, mi episodio de amor a la cultura nunca se emitió (supliqué que quitaran esa toma) y la foto es de un relato de Lorrie Moore, una de mis escritoras favoritas de todos los tiempos. Os la podéis guardar, va bien tenerla a mano porque nunca sabes cuándo vas a necesitarla.

#lorriemoore #relatos #literatura #ifyouleave #somewheremagazine #relatos #cultura #humor
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En el puesto número uno de las cosas que no hay que hacer en la vida es buscar a las nuevas parejas de tus ex. No suele dar buen resultado. Claro que a veces ni siquiera es algo que dependa de ti, ni si siquiera andas fisgoneando en cuentas ajenas cuando, de repente, te das cuenta de que tu ex, con el que llevabas siete, diez, veinte años es el «chico misterioso» que se ha vuelto inseparable de Lady Gaga. Ante la terrorífica constatación, hay dos tipos de personas, los que como mi amiga A. dirían: «Vaya. Me siento un poco celebrity: Lady Gaga y yo hemos compartido novio», y yo, que se preguntaría, dramática: «¿Qué tiene Lady Gaga que no tenga yo?». Y de ahí ya el drama, los lloros, la terapia incluso. Yo tuve un novio que, después de salir conmigo, salió con una modelo de lencería y su carita –y cuerpo– de ángel pasó a empapelar las marquesinas de la ciudad. ¿Qué tiene ella que no tenga yo? Bueno, no sigo por ahí. En definitiva: mis condolencias a la chica que salía con el chico misterioso que ahora sale con Lady Gaga. Esperemos que el nuevo hit de Lady Gaga no se llame ‘Love at first sight’ y sea sobre su ex.
*
En casa de mi hermano también vive Alexa, un altavoz inteligente que se controla con la voz. Se conecta a Alexa para reproducir música, responder. «Buenos días, Alexa», ella le devuelve los buenos días y le ofrece información con respecto a meteorología, datos de interés, etc. Ayer nos reíamos: «Alexa, pon música para dormir», «preparando música para dormir: selva, ruido blanco, ruido marrón, ventilador de aspas gigantes, avión, simulador, secador». Entonces, lo mejor. Cuando le preguntabas, por ejemplo, «Alexa, quién es la autora de Piscinas vacías», respondía: «No tengo respuesta para esto». ¿Os imagináis un mundo en el que la gente pudiera decir, así, públicamente, como Alexa, «no tengo ni idea»? Yo tampoco.
*
En fin. Feliz fin de semana. Y un consejo: no busquéis a las nuevas parejas de vuestros ex y, siempre que podáis, acordaos de Alexa y de Sócrates para decir: «solo sé que no sé nada». #ladygaga #ex #amor #ifyouleave #somewheremagazine #socrates #filosofia #alexa #echodot #barcelona #weekend #sabado
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Los comienzos son azarosos y yo tendría que decir que todo esto empezó cuando leí unos versos de Louise Glück que decían: «Mucho tiempo atrás, antes de convertirme en un artista atormentado, aquejado por el deseo y sin embargo incapaz de formar vínculos duraderos, mucho antes, fui un espléndido gobernante que unificó a todo un país dividido: eso fue lo que me dijo la adivina que me leyó la palma de la mano. Grandes maravillas, dijo ella, tienes por delante, o tal vez, por detrás; es difícil saberlo. Pero, de todos modos, añadió, ¿cuál es la diferencia?

En este momento no eres más que un niño con tus manos en las manos de una adivina. Todo lo demás es hipótesis y deseo»

De manera que todo empezó mucho tiempo atrás, antes de saber incluso que lo que estaba pensando y escribiendo –y soñando, imaginando, escuchando– se convertiría en un día como hoy –o ayer, hace semanas, meses– en este libro de relatos. ‘La gente no existe’ surge de las dudas, de la hipótesis, del deseo, de ser niños y de tener las manos enlazadas, casi atadas, al adulto que seremos, de todas las veces que, desde el presente, convocamos al pasado y vivimos pendientes del futuro.
En definitiva, estos relatos nacen de todas esas veces en que no existimos.

Y aquí está, ya terminado. ‘La gente no existe’ se publicará en octubre de este año en @editorial_alfaguara y sé que aún queda mucho, pero las cosas buenas hay que compartirlas. Y a vosotros, gracias por leer. Por estar ahí siempre. Gracias✨

#escribir #louisegluck #lauraferrero #lagentenoexiste #literatura #relatos #shortstories #alfaguara
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A veces, sigo pensando que tengo 18 años. Una parte de mí, o muchas, se debieron de quedar tiempo atrás, en la salida de cualquier discoteca, en los exámenes finales, poniéndose saldo en el móvil, de resaca, despejando ecuaciones, en la fiesta de fin de fin de curso, yéndose en coche hacia el sur al ritmo de Estopa –qué suplicio–, el calor del coche sin aire acondicionado, los eternos veranos de tres meses. Luego, me despierto del sueño de los 18 y veo que alguien pequeño, muy pequeño, que no levanta más de tres palmos del suelo, tira de mi pantalón. Y resulta que mi amiga, a mi lado en la salida de cualquier discoteca, en los exámenes finales, poniéndose saldo en el móvil, de resaca, despejando ecuaciones, en la fiesta de fin de fin de curso, yéndose en coche hacia el sur al ritmo de Estopa –qué suplicio–, el calor del coche sin aire acondicionado, los eternos veranos de tres meses, llega y dice algo como «cuidado que esa pelota está sucia». Entonces me levanto del sueño de los 18, y aparto la pelota sucia y le digo a ese ser pequeño: «¿Habrá que aprender a andar algún día, no?». Pero entonces, de repente, me convierto en mi madre y digo: «Qué rápido pasa el tiempo»
*
Esta semana vi por enésima vez ‘Cosas que nunca te dije’. Es de 1996, pero a mí me sigue pareciendo de esas películas que no envejecen. Me gusta lo que dice Ann: «Deberíamos vivir la felicidad intensamente y tendríamos que poderla guardar para que en los momentos que nos haga falta pudiésemos coger un poco»
*
Años atrás, Milena Busquets escribió ese libro que tiene, al menos en mi opinión, uno de los mejores títulos de todos los tiempos: ‘También esto pasará’. Porque sospecho que lo que dice Ann unas líneas más arriba es lo que me ocurre a mí con el paso del tiempo. Que querría ir guardando pedazos de cuando tenía 18 o 23, del año pasado, de hace dos, para ir reviviéndolos en ese perpetuo rewind de las cintas de VHS. Pero no tenemos control. Y por eso, también esto pasará: la belleza, la bondad, los veranos en el sur con Estopa pero sin aire acondicionado, las manitas que se agarran a los bajos del pantalón. Y entonces, me convierto de nuevo en mi madre: «Qué rápido pasa el tiempo».
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Llevaba un rato acercándome, viendo la trayectoria de los dos aviones desde lejos, y me decía: «estos dos se van a cruzar». Pero casi. Y fue por poco. Imaginaba la cruz en el cielo, como una marca. Dicen que dos rectas paralelas son aquellas que por mucho que se prolonguen nunca llegan a cortarse, pero también dicen dos rectas paralelas se cruzan en el infinito. Pero yo creo que lo que ocurre es que dos líneas paralelas –y dos aviones, y dos personas y dos caminos– se cruzan en el momento en que eso ya no le importa a nadie.
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Hay una frase de Karl Kraus en un libro de Claudio Magris que ojeaba ayer: «La cosa peor es la palabra justa en la boca equivocada»
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No es lo mismo contar una historia desde la herida que desde la cicatriz. Lo cuenta Catherine Burns y añade que el 90% de la gente, cuando le preguntas cuál es su problema, te habla de otra persona. Supongo que se llama desviación, miedo. En realidad, es darle poder al otro.
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Un apunte para mi teoría de las líneas paralelas. Qué fastidio cuando las dos líneas se cruzan y te dices, malhumorado: «y ahora para qué». Además, siempre hay alguien que, optimista de manual, responde: «más vale tarde que nunca». Pero todos sabemos que no hay nada peor que tarde.

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Siempre había pensado que Marcello Mastroianni en ‘La dolce vita’ era alguien mayor. Al menos, así lo pensaba de niña. Ayer vi la película de nuevo y, por curiosidad, busqué la edad que tenía el actor cuando hizo la película. Mi edad: tenía mi edad. Me había convertido en ese «señor mayor en blanco y negro» que me gustaba tanto. Uno se da cuenta de que se hace mayor no solo soplando las velas o con la hipoteca y esas cosas. Uno se da cuenta de que se hace mayor cuando va teniendo la edad de sus ídolos de infancia. Y no, ahora lo veo claramente: Marcello era un jovencito cuando hizo ‘La dolce vita’
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Cuenta la escritora argentina Paula Vázquez en ‘Las estrellas’ que en sánscrito, amor y memoria se dicen con la misma palabra: smara. En latín, recordar, etimológicamente quiere decir volver a pasar por el corazón.
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Cuando a un escritor le sucede algo malo, por terrible que sea, siempre hay algo rescatable. Es como aquel poema de Mary Oliver: «Alguien a quien una vez amé, me regaló una caja llena de oscuridad/ Me llevó tiempo comprender que esto también era un regalo». Lo pensaba hace pocos días cuando pasé por una ciudad en la que había vivido tiempo atrás. Pensé: nunca he escrito nada sobre los domingos en Columbia road, sobre aquella esquina de Dean Street donde hacían los bloody mary, ni sobre Jerome Street o aquella tienda en la que yo jamás me pude comprar el abrigo azul marino que me probé una y otra vez ante la mirada atenta del dueño. Ni sobre los bagels rellenos de queso de crema y salmón o aquel pub escondido donde olía a moqueta y a patata frita. Ni sombre cumplir 28 años y pensar que era tan mayor (ay, Marcello, qué equivocada). Escribí muchos poemas cuando vivía en Londres. Todos son tremendamente malos, cursis, pretenciosos. Cuando a alguien le sucede algo malo, por terrible que sea, siempre hay algo rescatable. Cuando alguien es feliz, ya sea escritor o astronauta, todo es rescatable pero la felicidad escribe blanco sobre blanco. Lo decía Montherlant y yo no puedo estar más de acuerdo.

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San Valentín.
Qué mejor día que hoy para hablar de Tinder.
Mi única experiencia con Tinder fue en un bar de Tbilisi. Pensé: voy a ver qué pasa. Y como no tenía ni idea de hacia qué dirección había que deslizar el dedo, lo hice hacia el lado equivocado (me pasa igual con la pelota de google maps). Así que le di me gusta a un tipo en cuya foto de perfil aparecía en un banco de gimnasio levantando pesas. Match. Mi amiga, al lado, se reía: «tía, que lo has hecho al revés». A los pocos minutos, Vladimir, que así se llamaba, me mandó un GIF de dibujos animados. Un perro enorme, con una lengua aún más enorme, fortachón como el propio Vladimir, le daba un lametazo a una perrita pequeña con un lazo rosa. Y el lametazo, claro, se repetía en un bucle eterno en el que la pobre perrita no podía hacer nada.
En fin. Que tampoco me esperaba una cita de Canetti en mi primera interacción de Tinder, pero de ahí a un lametazo hay un trecho.
En definitiva: si no sabéis seguir la pelotita de Google maps tampoco os bajéis Tinder.
*
Todo esto lo contaba porque hace poco, paseaba por la ciudad que tiene el nombre más bonito del mundo. Paseaba por Sofia y me encontré este graffiti.
*
Que tengáis un buen viernes. Feliz San Valentin a los que lo celebréis. Por mi parte, no me he comprado ni bombones ni flores pero sí los cuentos completos de Grace Paley y en ellos hay un relato llamado justamente ‘Amor’. #valentines #sanvalentin #tinder #amor #sofia #bulgaria #canetti #enamorados #ifyouleave #somewheremagazine
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Espero en Madrid, en el aeropuerto que antes se llamaba simplemente Barajas, frente a las pantallas luminosas. Y leo: Viena, Dusseldorf, Fuerteventura, Mexico city. Info Puerta. Diríjase a su puerta. Hay una frase de Ray Loriga en ‘Tokyo ya no nos quiere’ que dice así: «Tu miedo empieza cuando despegan los aviones y el mío cuando los aviones aterrizan». Existen los de carta o buffet libre, los de chicken or pasta, los de subrayar los libros y los de no hacerlo, los que se ponen calcetines para dormir y los que antes muertos. Pero existen sobre todo dos tipos de personas: los que tienen miedo de irse y los que empiezan a temblar cuando el avión toca tierra. Volver significa -algunas veces- quedarse.
*
Recuerdo hoy, que llueve, un poema de Àngels Gregori que dice «Si en nuestro cuerpo casi todo es agua/ ¿cuántos vasos ocupará un recuerdo?»
*
Al salir de Oporto, el taxista se ha detenido frente a una pintada de la calle que decía: «Miga, cala-te». Yo iba leyendo y he pensado que lo más parecido que me habían ofrecido los libros a mí era un espacio para no callar, para hablar, pero sobre todo, para conversar. Para tener siempre un lugar al que volver (y además sin miedo)

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Suelo contar que empecé a escribir porque un día cayó en mis manos un libro, ‘El dios de las pequeñas cosas’ y en él encontré muchas frases, pero sobre todo ésta tan aparentemente sencilla: «Las cosas pueden cambiar en un día». Un día. Solo eso.
*
Por otro lado, he leído estos días todas las entrevistas y artículos sobre mi querido George Steiner. Un periodista le preguntaba por el arrepentimiento, por si, llegando al final de la vida, pensaba en cosas que había dejado sin resolver. Steiner le hablaba de un amigo querido al que había perdido por una tontería: «Aprendí mucho de esa experiencia, cómo a veces un instante insignificante puede transformarse en un hecho decisivo en la vida. Es un riesgo que corremos a menudo. Un gesto sin importancia, una simple palabra, en un solo segundo, puede causar verdaderas tragedias. Y ahora después de tantísimos años, me gustaría decirle a mi amigo: ven, vamos a comer juntos y a reírnos de lo que pasó»
*
Hoy he desayunado con un amigo que decía que, en la vida, las cosas se van al traste porque uno se despista. En el trabajo, en la pareja. Miras hacia otro lado y lo has perdido. Un despiste parece una cosa menor, pero a veces no lo es.
*
Es por todos sabido que existen teléfonos, mensajería gratis, telegramas, cartas, postales, palomas mensajeras, señales de humo. Así que, por si alguien alguna vez se ha despistado y le ha ocurrido lo que a Steiner, la frase es muy fácil: «Ven, vamos a comer juntos y a reírnos de lo que pasó».
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En la vida las cosas deberían funcionar como en un rodaje. En ellos en los rodajes, se aplica aquello de George Perec: ‘La vida, instrucciones de uso’, y es más, aquí, las instrucciones están inmaculadamente impresas e incluso responden a un nombre: plan de rodaje. Además, todo el mundo sabe cuál es su papel y qué es lo que tiene que hacer. Y por si todo esto fuera poco, se puede empezar de nuevo cuando el director grita: «corten», y puede salir mejor, peor, más rápido, más lento. Pero siempre será diferente. Lo que viene siendo eso que se llama segunda oportunidad. Pues aquí incluso hay terceras, cuartas. Y más.

En la vida nadie dice «corten». Si te sale mal, bien, regular, igualmente te levantas, y te vas. Pero esa escena ya no vuelve a empezar.
Ayer recordé por qué me gusta tanto el cine: porque es perfecto. Porque siempre pasa lo que está escrito que tiene pasar. *
Leía de vuelta aquel artículo de Enrique Vila-Matas, ‘El sueño eterno’. En él habla de cómo nos atrae lo que no entendemos. Contrariamente a lo que se piensa, no comprender es una operación en la que es necesario invertir mucho tiempo. No sé vosotros, yo llevo así toda la vida: sin entender. «No olvidemos que Einstein decía que, después de todo, lo más incomprensible del mundo es que sea comprensible», cuenta Vila-Matas. Así que a menudo, cuando doy gracias a quien sea que se ha inventado todo esto, se las doy sobre todo por haberme permitido estar tan alejada de las certezas. No entender es siempre la oportunidad, la puerta que se abre. *
1 de febrero en este lugar fascinante: Benidorm. Es una mezcla de tantas cosas que es difícil encontrar las palabras. Arquitectura complicada, edificios que desafían las leyes del buen gusto, albóndigas gigantes, paellas con muchas cosas -demasiadas-, sports bar, apartamentos que se llaman ‘Maja’, toros de plástico adornando las fachadas. Esta mañana he dado un paseo hasta llegar a un hotel llamado ‘Alone’. Difícil entender que alguien quisiera bautizar así a un hotel, pero yo ya he encontrado mi lugar en Benidorm y es éste. Ya hemos dicho que no entender es una puerta de entrada perfecta para enamorarse.
#benidorm #travel #rodaje #film
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Esto ocurre un día cualquiera: llega el autobús a la parada. Lo veo desde el otro lado de la calle. Es el 24, tengo que cogerlo. Pero no corro. Ahora ya no hay prisa. Mejor perderlo sabiendo que lo vas a perder. De lo contrario, de intentarlo, llegas corriendo a la parada y el autobús se te escapa igualmente.
Al final, lo que ocurre es que lo pierdes por no correr, pero te dices, convencida, que al menos no has hecho el ridículo porque no hay nada más ridículo que correr y que te cierren las puertas en tu cara. O sí: hay otra cosa aún más ridícula, pero eso ya lo he dicho unas líneas más arriba.
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En los días conocidos como malos días o, más vulgarmente, como días de mierda, todo se atropella, todo se revierte sin control y sin que tú puedas hacer nada. «¿Cómo hemos llegado hasta aquí?», te preguntas consternada. Pero shit happens, que vaticinaba el karma y en eso pensaba ayer cuando entré en casa de mi madre y, en la entrada, en la salita contigua, donde se encuentran los buzones, oí trajinar a alguien. Me encontré a un chaval perdido. Se llamaba Chema y tenía síndrome de Down. Buscaba a una tal Agnès de una Asociación de la que yo no había escuchado hablar o, al menos, estaba segura que no tenía sede en la escalera de mi madre. «¿Tienes prisa?, todo el mundo tiene prisa», me dijo ahí frente a los buzones. Como teníamos prisa, ni Chema ni yo, porque ya me vio la cara de los malos días, terminamos sentados en el cuartito de la portera llamando a toda la agenda de contactos que pertenecían a la Fundación. No hubo manera de que nadie nos cogiera el teléfono. Así que llamamos a su madre, que me pidió si podía acompañarlo a la parada de autobús de la Plaza Molina.
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Justo cuando cruzábamos hacia la plaza, Chema vio que llegaba el autobús, el suyo. Lo divisó de lejos y empezó a andar mucho más rápido. «Corre que se irá», me advirtió. Yo pensé para mis adentros: «si se va a ir igualmente y además haremos el ridículo cuando lleguemos y justo arranque». Pero estaba equivocada. El autobús nos esperó. Suelen esperar a los que corren.

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