La vida está en los detalles y son ellos los primeros en cambiar. Por ejemplo, en la mesa baja del salón, donde antes había revistas y alguna que otra cerveza vacía, ahora hay otros libros y en algunos se lee First-time parent o Your baby. En la nevera, por otro lado, las viejas polaroids que cuelgan de imanes inverosímiles, los folletos de takeaway que tienen las esquinas ya dobladas, protegen ahora a una fotografía que cuelga exactamente del centro. Es una imagen en blanco y negro y en ella se distingue, también en el centro, algo en un color más blanquecino, algo que dentro de cinco meses será un bebé.

Es eso a lo que me refiero: la vida siempre se desliza hacia otro lado, hacia otra estancia, a través de esas lianas a las que llamamos detalles.
En esta ciudad inglesa hay un callejón que tiene un nombre que me gusta: Alma Road. Siempre que estoy de visita me acerco y hago esta misma fotografía. No sé si para ellos, para los habitantes de esta ciudad, este cartelito significa lo mismo que para mí. Que la belleza siempre está al acecho, aunque sea en un mísero callejón, en el nombre de una calle. In tutto c’è stata bellezza, que reza el título italiano de ‘Ordesa’, de Manuel Vilas.
Contaba Julian Barnes en una entrevista que al amar, no se puede escoger mucho. Se escoge poco o más bien nada, “con el amor no se puede ir con cuidado: hay que ir a por todas”. Antes pensaba que con la vida es igual y que lo importante ocurre y nos ocurre cuando no escatimamos, cuando vivimos a fondo perdido.

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Lo bueno de los días malos es que suelen terminar mejor de lo que empiezan. No hay ninguna pauta acerca de cómo se tuercen, pero en la escalada del desastre –cuya etimología, según leí, tiene que ver con “caos en los astros”– los eventos más significativos suelen desarrollarse por la mañana y toman una fuerza inusual conforme va avanzando el día.
A lo que iba. El día de ayer no mejoró ni con la tostada de nocilla de dos colores de la merienda, ni con el gimnasio a media tarde con las jubiladas del barrio –nena, y qué haces aquí hoy tan temprano–, ni mucho menos con mi intento de pintarme las uñas –que terminó con las cutículas rebozadas de pintura roja porque nunca he tenido pulso–.
Y sin embargo.
Existe una regla de oro para estos días: siempre ocurre algo muy bueno al final de lo malo. Algo que me lleva a aquello que decía mi abuela, que Dios aprieta pero no ahoga.
Una amiga me había recomendado un libro que me llegó por correo por la mañana. Ya en la cama, al borde del drama, lo abrí y, al ver la primera página, me quedé muda. Encontré aquel párrafo que leí hace años, el párrafo del que hice una captura de pantalla y me acompañaba sin haberlo podido ubicar. “He dado la vuelta al mundo”, empezaba.
Por fin te tengo, Antonio Orejudo, me dije. Allá vamos.
Me cubrí con la manta y me olvidé de las uñas rojas, los días raros, y del último martes de invierno. Después, me dormí con el libro en el otro lado de la cama sabiendo que por fin lo había encontrado.
Y hoy es miércoles, pero ya de primavera. Y sí, los libros también te encuentran a ti.

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Imposible mirar a través del retrovisor sin fijarse cada vez en el “objects in mirror are closer than they appear”. Que siempre me ha parecido que es un buen título para unas memorias.

Llegar a Chefchaouen y ver por fin el pueblito azul, que parece el fondo de una piscina. La historia cuenta que el color lo trajeron los refugiados judíos allá por 1930 y el color hace referencia al cielo. De manera que sí, la idea, creo, fue pintar un pueblo del color del cielo. Aunque ahora siguen insistiendo -quizás demasiado- con el azul y solo es para que los turistas podamos hacer fotos bonitas y subirlas a Instagram.

De vuelta en el coche, sabiendo que los objetos en el retrovisor están más cerca de lo que parece, subrayé esto de Mary Karr: “lo que más duele de la juventud no son las hostias que da el mundo, sino las estúpidas esperanzas que se hacen pasar por certezas”. Se equivoca con lo de estúpidas. Nunca son estúpidas, las esperanzas, son lo que nos permite mirar por el retrovisor sabiendo de dónde venimos y hacia dónde estamos yendo.

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La historia fue así:
Un día me llamó mi editora y me pidió que escribiera un relato en respuesta a otro, a uno llamado ‘Sal con alguien que no lea’, de Charles Warnke.
“Haz lo quieras, Laura, libertad total. Pero solo una condición: amor y libros”
No dije que sí ni que no, pero pensé: “Esto es un castigo por algo que yo hice en otra vida”
Le di vueltas.
Volví a pensar: “Esto es un castigo por algo que yo hice en otra vida”.
Recordé que, antes de colgar, mi editora había dicho, medio en broma, “mira, te tomas una copita de vino y cuentas algo que nunca hayas contado”.
De manera que aquí está este relato que se llama igual que un poema de Raymond Carver, ‘Miedo’ y que surge del amor a un árbol amarillo –un gingko– que vi en Seúl, y de un vuelo largo de vuelta a Barcelona mientras seguía, en la pantallita del asiento, al avión en el que iba yo, atravesando las líneas invisibles que dividen países y territorios.
No sé si ‘Miedo’ es un relato sobre el amor y los libros, más bien creo que es un recordatorio que dice que la literatura está muy bien, pero que para las cosas más importantes de la vida existe el teléfono, un aparato que logra reproducir tu propia voz, que dice, de repente: “hola, estoy aquí. ¿y tú?”. ***a la venta el 28 de marzo*** #salconalguienquenolea #alfaguara #mariahergueta #charleswarnke #barcelona #ginkgo #seul #volar #relatos #literature #literatura #ifyouleave #lauraferrero
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No sé, nunca supe, hacer una regla de tres ni resolver la complejidad que se intuye tras algunos problemas matemáticos: “Si un tren parte de y mientras otro tren…”. No sé, nunca supe, si se encontrarían los trenes y qué harían en el hipotético caso, ya no de encuentro, sino de colisión –porque de esos temas no se ocupan los problemas matemáticos.

No sé hacer tablas de Excel ni cuál es el truco para que la mayonesa no se corte.

No sé tampoco cómo se pronuncia Coetzee, Beigbeder, y olvido siempre lo que hay que decir en los funerales.

No he aprendido a cortar la cebolla con la rapidez de los programas de televisión ni sé hacer punto de cruz o buceo a pulmón o canelones de marisco o a contar hasta diez antes de hablar.

No sé, nunca supe, hacer tantas cosas.

En la dedicatoria de ‘Vida de este chico’, Tobias Wolff escribió: “Mi primer padrastro solía decir que con lo que no sé se podría llenar un libro. Aquí está.” Con lo que yo no sé podría llenar una enciclopledia, pero por el momento ahí va esta lista de tarde de domingo mirando la ciudad desde los tejados.

En los tejados, ropa tendida, mangueras ahora en desuso, mesitas de madera a las que habría que volver a barnizar. También, los tímidos pero valientes que salen ahora, en marzo, a buscar los primeros rayos de sol.

En las terrazas está la ciudad, la vida, la sensación de que todo reverdece, de que todo es posible aunque de eso, de todo que puede ser y aún no es, tampoco se ocupen los problemas matemáticos.

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Nosotros nunca tuvimos piscina, así que cuando llegaba el verano, íbamos al Hipercor a comprar una de plástico y la poníamos en el patio. Mis abuelos, mi hermano y yo la montábamos ilusionados. Observábamos hipnotizados cómo el agua la empezaba a llenar a través de la manguera. La primera vez que la estrenábamos era el mejor día del verano. El agua estaba muy fría y muy clara, y tratábamos de no armar demasiado jaleo para no echar fuera demasiado agua, que luego se tenía que reponer.

El verano transcurría de baño en baño, invitando a los vecinos, a los amigos. Éramos los únicos niños de la calle que tenían piscina.

Sin embargo, siempre llegaba el momento temido. El momento en que, al levantarnos, salíamos a ver la piscina y nos dábamos cuenta del escape de agua que cubría parte del patio. No lo habíamos visto venir pero ahí estaba, un minúsculo agujero por el que se escurría el agua. Era entonces cuando la vaciábamos y mi abuelo, que siempre fue artista para todo, lo encontraba. Solía ser muy pequeño, casi invisible y sin embargo, si no lo remendábamos, la piscina ya no servía para nada.

Parecía imposible que el agua, toda aquella cantidad de agua, se pudiera escurrir por aquel diminuto orificio.

Y sin embargo.

Hoy es el Día Internacional de la Mujer y pienso en esas piscinas de mi infancia de las que aprendí una lección importante: no importa lo pequeño que sea el agujero porque terminará haciéndose grande o, peor, nunca daremos con él y entonces no tendremos manera de arreglarlo, apedazarlo.

Como mujer me ha ocurrido a menudo, vas dejando pasar cosas porque son pequeñeces, porque no quieres parecer neurótica, exagerada, porque y si, y entonces cuándo, y entonces qué hago. Y lo cierto es que todo suma, lo pequeño se convierte a veces en algo grande. Así que hoy pienso en eso: en cómo seguir andando siendo consciente de que la propia integridad pasa por poner límites, por cuidarse de los golpes y los agujeros, por detectarlos a tiempo, si es que existe tiempo, pero sobre todo, recordar que todo cambio pasa por ser conscientes de que es un tema que nos atañe absolutamente a cada uno de nosotros.

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Empezar a escribir una novela me recuerda al miedo de las primeras veces que esquías, a las puntas sobresaliendo en lo alto de la pendiente, justo antes de que decidas bajar (hay un momento en que te planteas recular, dar media vuela e irte hasta el telesilla más cercano). Luego, claro está, te tiras, qué remedio, y a veces incluso te das cuenta de que tampoco lo haces tan mal. Otras, claro, deslizas la pierna equivocadamente por encima de una placa de hielo y ciao pierna, ciao esquí, gracias por intentarlo, querida, pero la próxima coges el telesilla de vuelta.
Escribo esta vez sobre temas reales, temas de esos que requieren de investigación. Así que, además del vértigo de la bajada, se le añade el otro vértigo: el de poner a los demás en situaciones extrañas, frente a la grabadora y el cuaderno de notas. “¿Cuándo fue esto, y cómo ocurrió?”. En estas ocasiones recuerdo siempre la frase de Serrat: nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.

En realidad, la que no tiene remedio soy yo, me dije ayer en la peluquería después de pedir un cambio radical (como en los programas de televisión). Porque poco se ha escrito sobre las expectativas de cuando te imaginas a ti misma con un pelo a lo garçon y terminas con uno a lo champiñón.
En fin. Pero las semanas difíciles hay que terminarlas por todo lo alto, de manera que acabé la mía en Ikea, perdida entre Bestas, Nordlis, Malms y Eket. Por descuido, llené un carro que no era el mío y terminé haciéndome amiga de la parejita del carro, que se mudaban juntos a un pisito de Sant Andreu.

De la que regresaba ya a casa, tomé esta foto. Había unas nubes bonitas en el Hospitalet. Detenida en un semáforo, el coche cargado hasta arriba, una amiga me mandó una foto de Joan Didion. Ella sale tan preciosa como siempre, sentada en un sofá. “Con este pelo tuyo de ahora me recuerdas a Joan Didion en esta foto”. Suspiré, creo que incluso sonreí. Ay, la amistad, qué gran bálsamo. Siempre termina salvándonos de todo.
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Veinte años después fue ayer, y mi madre y yo volvimos al teatro para ver aquella obra, ‘La reina de belleza de Leenane’, de Martin McDonagh (el máximo exponente del teatro de la crueldad, lo llaman, y no en vano).
Veinte años atrás, mi madre y yo íbamos a menudo al teatro y cuando salíamos, hablábamos durante un largo rato de la obra. Por aquellos tiempos quedaban aún en Barcelona granjas en la calle Petritxol que no salían en Time Out –porque no existía internet, o no los suficiente– y por eso, porque solían quedar dos sillitas frente al cristal que nos separaba de la calle, nos sentábamos con un suizo y una bendita ensaimada y volvíamos a la obra que hubiéramos visto.
Soy muy mala titulando y muy envidiosa de los buenos títulos. El de ‘La reina de belleza de Leenane’ me pareció siempre enigmático, triste. En él se esconde un mensaje, un presagio: sabes que la obra no versa sobre ninguna reina de la belleza. Sabes, en realidad, que probablemente trate exactamente acerca de lo contrario: de cómo es posible habitar –en todos los aspectos– en las antípodas de aquello que llamamos bello.
No hablo italiano, pero hay una frase en este idioma que me encanta: finire in bellezza. La recordaba ayer a la salida del teatro mientras enfilábamos las Ramblas y sorteábamos turistas y asistentes del MWC. Finire in belleza significa algo así como “terminar bien, a lo grande”, significa también “para dar el toque final”. Y sin embargo a mí me da exactamente lo mismo lo que signifique en italiano, yo me la repito en español, como si hubiera una manera terminar algo en y con la belleza, como si existiera la manera de hacer que lo que termina no sea triste porque aquello, lo que dejamos atrás –un día, una época, una cena- descanse para siempre en y con la belleza.
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En sus memorias, llamadas ‘Things I don’t want to know,’ Deborah Levy cuenta que uno de los signos inequívocos de que no estaba pasando precisamente por su mejor momento fue que cada vez que se subía en unas escaleras mecánicas –cualquiera– se ponía a llorar. No ayudó aquella manía suya, la de leer por error ‘The skeletal system’ donde siempre había leído ‘The societal system’. Pienso en Levy desde este tren que regresa del norte y querría decirle que no está sola. Que yo no lloro en las escaleras mecánicas pero que siempre, siempre, siempre, leo autopsia donde simplemente pone autopista.
En este tren que me lleva a casa, mientras voy sentada en sentido contrario a la dirección de la marcha –en un baile de pies continuo con la señora de delante, tropezando con su bolso, ella con mi ordenador–, suenan los Planetas: “Quizás algún día pueda olvidar la oportunidad que no tuve para conocerte más”. Qué difíciles de olvidar esas cosas: lo que no ocurrió, lo que casi ocurrió, lo que quisimos que ocurriera. El territorio de las posibilidades perdidas es insondable, en él cabe absolutamente de todo porque, en realidad, no está lleno de nada.
Ayer conocí a una artista a la que admiro mucho y, haciéndole una entrevista, le pregunté por la felicidad. Me respondió que para ella, la felicidad estaba en poner, en todo, el amor por delante. Hoy me quedo con esto. Para Deborah Levy y para todos los que leemos autopsias donde solo hay autopistas. Para la señora de delante que está aprendiendo a usar Instagram y sabe “poner corazones” pero no comentarios. Para las letras de las canciones de los Planetas, y más en un domingo por la tarde yendo en sentido contrario a la dirección de la marcha.
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1. Decir, por ejemplo, en estas líneas que no son mías:
“una mujer
espera
a la orilla del río
para decir lo que no sabe”

2. (Y el río no la ve)

3. “Existe un muro. Y atrás del muro estrellas, ocultas atrás de las estrellas. O tal vez eran fuegos, altos ecos visuales en dirección a la ceniza. Quién sabe: la distancia encandila, como encandilan los himnos de Novalis. Todo ocurre a la vez, incluso el cielo, el bajísimo cielo en el que ardemos, con un pie en la eternidad y otro en el barro. El hecho es que hay un muro y estrellas reales detrás de las estrellas. ¿Qué más es el amor?

4. No sé por qué yo no conocía a una poeta llamada María Negroni, la autora de 1 y 3. Pero hoy, sus versos me han acompañado por esta ciudad polvorienta llena de carteles que no anuncian nada –porque están vacíos– y he llegado, perdiéndome, hasta el circo de Embaba, un lugar que pasó tiempos mejores. Ahí he conocido a un domador de leones y a un león. “No te acerques, que es peligroso y puede morder”, me ha dicho. Pero era tan precioso, el león. Y pensado, claro, en Negroni: porque ¿qué otra cosa puede ser el amor?

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Le he dicho que me costaba hacer fotos a la gente porque era tímida. He rectificado.
–Bueno, tímida no sé. Pero cuando preguntas si les importa que les hagas una foto y te dicen que no…
–Ah, bueno, entonces tú no eres tímida. Tú lo que tienes es miedo al rechazo –el chico se ha empezado a reír. He hecho lo mismo: en realidad, lo de la timidez es otro de mis cuentos chinos.

Cenábamos en un libanés, antes de ir a ver a Pedro Guerra. Me decía mi amiga que al final no le habían dado aquel proyecto.
–Me llamaron –me cuenta–. El chico me dijo amablemente que el proyecto no había salido. Yo le respondí que me daba mucha pena que no saliera adelante porque era un proyecto precioso. Al otro lado de la línea se hizo un silencio y el chico rectificó, “no, me refiero a que hemos contratado a otra chica”.
Mi amiga y yo nos atragantamos con el humus, con el baba ganoush. “O sea, el proyecto sí que ha salido, ¿sabes? ¡A la que no le ha salido es a mí!”. Brindamos, antes de ir al concierto, por la de veces que nos dicen que no. Siendo freelance hay que brindar por eso muchas veces, ¿verdad?

Leí esta cita en un artículo de J. Rodríguez Marcos: “Los hombres que están siempre de vuelta de todas las cosas son los que no han ido nunca a ninguna parte”. Antonio Machado, ‘Juan de Mairena’. Sospecho que el día en que dejen de decirnos que no, significará que no estamos yendo ya a ninguna parte que valga la pena.

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Ayer, una periodista me escribió para pedirme que, si podía y quería, le mandara unas líneas sobre un libro de amor tóxico que me hubiera impactado. Asimismo me pidió que le mandara otras líneas sobre un libro de amor que me hubiera impactado, pero que contara una historia constructiva.

Fácil, dije. La lista de los tóxicos era una broma (infinita): ‘Oscuridad total’, de Renata Adler, ‘Apropiación indebida’, de Lena Andersson. ‘Después del invierno’, Guadalupe Nettel (o aquel relato suyo tan increíble, ‘Hongos’). Un hombre enamorado, Karl Ove Knasugård. ‘La balada del café triste’, Carson McCullers. ‘Sobre la belleza’, Zadie Smith. El relato de ‘Cómo ser la otra mujer’, de Lorrie Moore. “¿Sólo uno tóxico?”, quise preguntarle.

Lo triste no es esto. Lo triste es que para la lista de las historias de amor constructivas acabé llamando a una amiga. “¿Cuál te suena que nos haya gustado y que no fuera para cortarse las venas?”, le pregunté.
Al final, fue ella la que tuvo a bien recordarme el maravilloso ‘Éramos unos niños’, de Patti Smith.

En fin.

Esta mañana he leído una cosa de Victor Parkas que me ha hecho sonreír. Tiene que ver con esa costumbre, tan arraigada en algunos, como es la de quedar con los Ex. Dice Parkas: “me pregunto por qué se empeña mi generación en mantener el contacto con noviazgos ya difuntos. ¿Es para sentir que el tiempo tirado a la basura junto al otro no ha sido completamente en balde? ¿Para demostrar que nos equivocamos, sí, pero que no nos equivocamos del todo? (…) Nuestros padres tuvieron affaires en hoteles y nosotros invitamos a cafés a gente con la que no follamos”. Creo que tengo una respuesta. A veces quedamos con los que ya no están, en primer lugar porque no están muertos (fingirlo no es más que no tener bien solucionadas las cosas) y, en segundo lugar, para recordar quiénes fuimos, que es parte, claro, de lo que somos ahora.

Cierro ya sin saber si hay que quedar con los ex. Pero cierro comprometiéndome con la causa de leer un poco menos de novelas de desgarradoras turbulencias amorosas. Voy a volver a leer a Patti Smith.
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1. «¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos? Creo que, en definitiva, esa es la única cuestión». Esto lo dice el protagonista de ‘La única historia’, la última novela de mi querido Julian Barnes.
2. Podré parlar d’això, un dia, en un poema? / ¿Podré hablar de esto, un día, en un poema?), decía Joan Margarit.
3. Julian Barnes y Joan Margarit mientras la noche caía a través de los cristales. Sobre la cama, las almohadas –siempre compro demasiados cojines, demasiadas almohadas- y yo.
4. Lo último que vi antes de dormirme fue el catálogo de Ikea. Alfombras de pelo corto, de yute. ¿Qué alfombra quieres, Laura? ¿Y la cómoda, no querrías cambiarla? El mundo de los objetos transmite esa especie de consuelo en los días raros. Comprar cosas es un asidero para la ansiedad, produce una esperanza absurda e irreal pero conozco perfectamente esa sensación: la de tener la necesidad de comprar algo.
5. ¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos? Ninguno de los anuncios promocionales de San Valentín preguntaba eso.
6. “Díselo con una cena romántica”. “Mucho love”. “¿Te gustaría disfrutar de una sesión de Spa para 2?”. “¿Recuerdas cómo os conocisteis?”
7. A ver, alma de cántaro, si no lo recuerdas, mal vamos.
8. Lo último que vi antes de dormirme fue el catálogo de Ikea. Pensé en esta foto, en que mi idea de San Valentín y del amor es fundamentalmente esa, la de la amistad.

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Hay una anécdota preciosa que María Sánchez trae a colación en su libro ‘Tierra de mujeres’. Cuenta que, cuando la madre de la escritora Terry Tempest Williams se estaba muriendo, le dijo a su hija que le dejaba todos sus cuadernos con la condición de que los abriera cuando ella ya no estuviera ahí.
¿Qué cuadernos?, imagino que se preguntaría Terry. ¿Había escrito su madre y ella no lo sabía? ¿Cómo podía haber ocurrido aquello?

Cuando su madre murió, Terry recibió las tres cajas de cuadernos y los abrió esperando, creo, la historia desconocida de esa madre que siempre había estado a su lado. Claro que la sorpresa llegó cuando abrió por fin los cuadernos y no había absolutamente nada escrito en ellos. Ni una mísera mancha de tinta.

Fue la ausencia lo que la llevó a escribir, a preguntarse por esa mujer que había tenido una vida antes de ser su madre.

Leí la anécdota de Tempest desde dentro de un taxi que me llevaba al hotel. Llovía y la ciudad se sacudía aún de los efectos de un ciclón que había entrado por el norte de la isla. El taxi estuvo largo rato sin moverse de esta esquina y me vino a la cabeza la película ‘Smoke’ y esa esquina de algún lugar de Brooklyn donde Harvey Keitel tiene un estanco. Todos los días a la misma hora saca su cámara de fotos, la coloca sobre un trípode, apunta a la esquina opuesta del cruce de calles y saca una fotografía. Cada día es distinta.

A veces parece que no ocurre nada y que las esquinas no son más que un cruce anodino de calles. Que los cuadernos vacíos están efectivamente vacíos y que la “falta de” no es más que ausencia.

Pero las historias, las buenas historias, surgen de ahí. De esquinas sin interés, de cuadernos llenos de ausencias. En realidad, las buenas historias están siempre a punto de escribirse.

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Ayer, en la Avenida de los Baobabs, mientras un turista chino hacía volar un dron, mientras un hombre detenía su flamante coche nuevo en la entrada de la avenida, bajaba las ventanillas y el estribillo de des-pa-ci-to revolucionaba a los niños y a los no tan niños, mientras todo esto ocurría, y la gente cantaba, y todos mirábamos embobados a los baobabs -que nos miran a nosotros desde hace más de 600 años- un niño silencioso lanzaba piedras al pequeño estanque contiguo donde se reflejan los baobabs.
Hay que salir de la escena: lo más interesante ocurre siempre fuera de la carretera y más allá del zumbido de los drones. Lo más interesante ocurre cuando se da un paso atrás. Lo debe de saber este niño y lo sabía seguro F.S Fitzgerald cuando escribió aquello de que “solo el ojo experto del capitán se dio cuenta de que faltaba una estrella”.
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Llevo días pensando insistentemente en una de las últimas escenas de ‘Boyhood’. En ella, Patricia Arquette se derrumba en la cocina después de la graduación de su hijo Mason. Ya está, sus hijos se van de casa, ya ha hecho todo lo que tenía que hacer. Y ahora qué, “¿esto es todo?, ¿lo próximo que me queda es la organización de mi funeral?”. Y entonces, llorando, dice esa frase, la frase: “Creí que habría algo más”. Y no habla de un menú, sino de la vida.
Por alguna razón llevo días acordándome de ella, de esa Patricia que llora y de banda sonora, la que suena a menudo través de los auriculares –aunque luego diga que solo escucho a Sufjan Stevens–, C. Tangana y Rosalía: ‘Antes de morirme’.
Ayer me fui a pasear con Patricia y Tangana y llegué, por casualidad, a una de mis esquinas de la ciudad, la del búho. Lo han restaurado, dicen, pero por lo visto lo han hecho mal porque al recorrer el camino de vuelta, había oscurecido ya y volví a detenerme en la misma intersección: al pobre búho solo se le había encendido un ojo y ofrecía una imagen un tanto curiosa. Ahí, medio piripi, con los ojos entrecerrados. Pensé en mi abuelo que hubiera dicho, seguro, que “a este lo han dejado un poco pirata”.
Casi me atropellaron tratando de hacer una foto, de manera que me despedí del búho, de mi abuelo, enfilé Diagonal y –casualidad o bucle. Bucle, creo– sonó C. Tangana de nuevo, que antes de morirme quiero el cielo, decía y pensé que en esas estamos, queriendo el cielo y también el ciento por ciento. Y ocurre en las canciones de trap, en las esquinas custodiadas por búhos mientras Patricia llora eternamente preparándose para la última escena de su vida.
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Leo a Fernando Savater cuando habla sobre la tristeza y me gusta. Me explico. No es que me guste que esté triste, sino que lo comparta y que sea una de esas únicas personas que habla del duelo de manera sostenida en el tiempo. “La tristeza es un poco como cuando estás muy resfriado y sigues teniendo ganas de comer, pero ya la comida no te sabe a nada. Esto es lo mismo. Sigues haciendo las cosas que hacías antes, pero ya no saben a lo que sabían”. He tardado mucho en terminar ‘The rules do not apply’, la de Ariel Levy. Al principio ella no me caía bien y al final he terminado creyendo que era yo la que escribía el libro, de manera que no sé qué pensar. Quizás es que yo tampoco me caigo demasiado bien.
El libro cuenta lo que cuentan las memoirs: la historia de cómo vamos a tientas hasta que un día parece que todo encaja, que todo está bien y, de repente, al día siguiente se va la luz y tenemos que adaptarnos de nuevo a la oscuridad. Solo que es más difícil hacerlo –volver a las sombras– después de haber estado años dejando la luz encendida sin temer la factura de la electricidad.
No sé si Ariel Levy y Fernando Savater se conocen, yo creo que no, y además no sé si se caerían bien. Pero ayer, cuando terminé esta memoir, y apagué la luz –yo sí temo a las facturas, Ariel- pensé en la de veces que dos escritores que no se han cruzado jamás escriben exactamente las mismas líneas. Será que todos vivimos con el resfriado a punto, con el miedo a que la luz se apague. Será que esa es la magia de esto, de escribir, leer, que conecta a un hombre que perdió a su mujer y a una mujer que perdió a su hijo y entonces, alguien, lejos del hombre y de la mujer, una lectora, apaga la luz de la mesita de noche. Y piensa que hace viento fuera y que mañana –hoy– tendrá que abrigarse.

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Muchos asociamos la idea de felicidad a coger un avión. Subirte a un aparato enorme y desaparecer, como en un truco de magia, para despertarte en la otra parte del mundo.
Un amigo me contaba ayer que sus padres, ya mayores, tienen una idea muy distinta de felicidad. Le contaba su padre, convaleciente ahora de una larga operación, que una de las cosas que más felicidad le había procurado estos últimos años era fregar los platos. Mi amigo debió de fruncir el entrecejo, aunque un poco menos de lo que lo hice yo.
Fregar los platos.
Su padre insistió: “Saber que tu madre está descansando, que está tranquila viendo una serie en el salón mientras yo limpio toda la cocina”.
Ahí dejé de fruncir el entrecejo.
Lo que más le pesa de la lenta recuperación es justamente eso: que no tiene la fuerza para mantenerse mucho rato en pie y que, por tanto, aún no puede ayudar a su mujer para que descanse tranquila viendo la serie.
En fin.
Viendo el mapa del cielo, una diría que existen todo tipo de viajes: los hay en línea recta. Otros son más de zigzag. Algunos, incluso, se quedan a medio camino en alguna parada que no habían previsto. Pero existen grandes viajes, viajes que duran toda una vida, que se sostienen en ser el custodio de la felicidad del otro. No me digáis que eso no es ser sabio, pero verdaderamente sabio.
#felicidad #happiness #ifyouleave #viajar #aviones #barcelona #ciudad
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En ‘Especies de espacios’, George Perec trae a colación esta frase de Jonathan Swift: “Los elefantes generalmente se dibujan más pequeños que su tamaño natural, pero una pulga siempre es más grande”.
Lo mismo ocurre en la vida.
Podríamos decir, por ejemplo, que las pulgas son una representación de cómo percibimos lo malo y los elefantes, de cómo contabilizamos lo bueno.
Quizás, me digo, en estas eternas listas de propósitos que nos hacemos todos los meses de enero, podríamos apuntar que sería bueno aprender a ver las cosas como son, a su debido tamaño. Aprender a dibujar elefantes tan tan grandes que ni siquiera nos quepan en la pared.

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En las películas americanas, él no está pasando por un buen momento y por eso se está portando como un imbécil (porque él es bueno). Pero claro, qué esperar de las películas americanas si, en ellas, las mujeres se dan largos baños de espuma y salen de la bañera sin pasarse ni siquiera un poquito de agua por el cuerpo enjabonado.
Pero sí, en las películas americanas, él no está pasando por un buen momento y por eso se está portando como un imbécil (porque él es bueno). En los autobuses de Barcelona, en el 25, el que va hasta el Guinardó, a casa de mi santa abuela, las cosas ocurren de manera distinta y tú, chica joven que vas delante de mí, con tu amiga, una peliroja imponente con las uñas llenas de brillantina, le dices que él lo está pasando mal y que por eso no te tomas tan a pecho cómo te hace sentir últimamente –que es mal. Que yo sé que es muy mal porque le lees los WhatsApps en voz alta a la peliroja imponente–. Dices que sabes que te quiere –utilizas incluso ese verbo, amar, que hay que reservar para las ocasiones especiales– aunque muchas veces no sepa demostrártelo.

En las películas americanas, él no está pasando por un buen momento y por eso se está portando como un imbécil (porque él es bueno). Pero, ¿te quiere? ¿Sí? ¿Lo sabes porque te envía mensajes lacrimógenos de WhatsApp? ¿Porque te dice que ya está listo para dejar a su novia?

No puedo decirte nada desde la fila de atrás, chica del 25. No puedo decirte que me escucho a mí hace años, o meses, o la semana pasada. Que me escucho a mí, y a todos nosotros, hombres, mujeres, todas esas veces que justificamos lo injustificable y empezamos a querernos un poco menos, muy poco, hasta que de repente ya no nos queremos nada.

Lo que ocurre en las películas americanas es que son películas, chica que vas delante de mí en este autobús de enero. La realidad está hecha de una materia preciosa y distinta que escapa a mensajes y TQM’s en la pantallita resplandeciente del móvil.
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