La anécdota es la siguiente. Antes de que Frank Capra fuera Frank Capra y dirigiera películas tan maravillosas como ‘Qué bello es vivir’, fue un hombre que empezó de cero haciendo malabarismos con esa página en blanco que es veces la propia vida, sin márgenes ni cuadrículas para que se sostengan las palabras que tímidamente vamos escribiendo en ella.
Un profesor de la universidad me contaba el otro día esta historia –no he sabido dar con ella en internet– sobre los inicios del director de cine.
Antes de que Capra fuera Capra iba muy justo de dinero. Tanto que un día se subió al autobús, pagó el billete y el conductor le devolvió 20 centavos y aquella suma irrisoria era todo lo que le quedaba.
Veinte centavos.
–¿Qué podía hacer con ellos? –dijo mi profesor-. ¿Qué te parece que podía hacer con ellos, tener miedo a perder lo único que le quedaba?
(Yo pensé: Pues no sé, Frank. Te los guardas para un café y un cruasán que nunca se sabe).
Pero los artistas son de otra pasta. Porque Capra cogió la moneda, la tiró al aire y dejó que cayera al suelo. Ahí se quedó.
Ahora sí, se dijo. Ahora sí puedo empezar.
Nos dan miedo las cosas vacías, el cero, los veinte centavos, el ‘ay, es que es lo único que me queda’. Pero la vida –y las piscinas– hay que llenarlas bien desde el principio y para ello primero tienen que vaciarse.
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El poema de Joan Margarit empezaba: “Habernos conocido/ un otoño en un tren que iba vacío”. No era otoño, era invierno –porque era ayer–, y el vagón de tren iba lleno de gente que regresaba. Iba sentada en sentido contrario a la marcha y, desde ahí, los veía a todos como si formaran un universo de gestos, risas, conversaciones y tecleo disimulado en el portátil. En la televisión colgada del techo se sucedían imágenes de una comedia que había visto en el cine.

Leía a trompicones y, entonces una amiga me contó que alguien bueno, alguien a quien conocíamos, se había marchado de manera inesperada.

Desde el atalaya de mi asiento en dirección contraria a la marcha, me quedé conmocionada. Como siempre ocurre, la vida seguía para los que estaban en el vagón de tren. El mismo tecleo, las mismas sonrisas. A través de mis auriculares sonó una cacnión que dice “tengo un plan, salir corriendo hasta que todo se arregle”. Y quise que las canciones fueran, por un momento, tan reales como los poemas. Que el tren volviera hacia atrás o que correr –aunque fuera por una vez, aunque fuera en la dirección equivocada- sirviera para escapar a los días raros.
Fuera, la luna se reflejaba en los cristales fríos de las ventanas del tren, de la vida, y volvía a mí un pensamiento trillado pero certero: sabemos que estamos aquí pero no sabemos hasta cuándo. Y son extraordinarios y maravillosos estos días que tenemos, así que hagamos algo bueno.

Volví a Margarit, “Los poemas, que son cartas anónimas/ escritas desde donde no imaginas/ a la misma muchacha que un otoño/ conocí en aquel tren que iba vacío”.
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Enroscar el cable del teléfono mientras hablas con la abuela. Sentirte mayor al marcar en la ruedita los números que te dicta tu madre. Escuchar la voz querida, descifrarla a través de las interferencias, de la lejanía y de la lluvia.

Las cabinas.

Las cabinas telefónicas. Esos refugios, peceras acristaladas que servían para decir solamente “ya llego, que se me ha hecho tarde”. “De qué querías la tarta”, o eso otro, que “estoy aquí, fuera de tu casa, que no me he ido ni me iré”

Las llamadas.

Porque hay gente a la que solo llamábamos en santos, cumpleaños y fiestas de guardar. Gente a la que no llamamos y quisiéramos llamar –¿sigues ahí?–. Gente que no puede ponerse al aparato, que no quiere, que no sabe. Gente a la que no sabes colgar –cuelga tú–. Gente cuyo número aún recuerdas hoy, que ya no llamas, que ya nadie llama, que ya no os llamáis. Gente que no llama por el miedo de que sea otro quien atienda el teléfono. Gente que ya no puede llamar, porque está muerta, desaparecida o porque vive en una permanente ausencia de cobertura.

Antes, cuando teníamos teléfonos con cables que se enrollaban, siempre había cobertura.
¿Sigues ahí?

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Termino de leer a Deborah Levy en una cafetería de Teherán. Suena Daughter y Bon Iver, y podría pensar, si no fuera por el hijab, que estamos en casa. De las paredes del café cuelga esa foto tan conocida de Ruth Orkin, ‘American girl in Italy 1951’ y pienso que nunca una foto estuvo en un lugar tan acertado como en este.
En ‘The cost of living’ Deborah Levy escribe acerca de cómo volver a la superficie después de que se hunda una parte de tu vida. En uno de los pasajes, mi favorito, la propia Levy es testigo de cómo una chica joven le cuenta a un hombre mayor al que acaba de conocer, una historia que le ha ocurrido mientras buceaba. Él la corta diciéndole: “hablas mucho, ¿no crees?”. La chica se calla y la conversación sigue por otros derroteros. En realidad, lo que la chica deseaba contarle al hombre no es lo que le cuenta, ella espera que él sepa leerla, que sepa ir más allá. Sin embargo, no es el interlocutor correcto: no entiende la pregunta de la chica, el ruego tras el relato.
Si deseas un final feliz, depende de dónde termines la historia, contaba Orson Welles. También depende, y eso lo cuenta Deborah Levy, de a quien tengas la suerte de contarle tu historia: de si comprende las pausas, los interrogantss y sobre todo, los silencios necesarios para que se sostenga la historia.
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En Isfahán hay mezquitas de coloridos azulejos y callejuelas laberínticas que dan a patios o a bazares en los que venden alfombras y dulces tipicos de pistacho y almendra.
En Isfahán hay una plaza llamada Naqsh-e Jahan y los turistas nos hacemos fotos y las fotos dicen ‘mirad yo también he estado aquí’.
Pero en Isfahán existe, sobre todas las demás cosas, algo a lo que nadie presta atención, y esa cosa es un río sin agua. Un río seco cuyo suelo esta cubierto de grietas que de cerca parecen precipicios.
En google maps, el río Zayandeh tiene agua pero, de cerca, solo es un muestrario de aridez y del recuerdo de que un día, parejas y niños lo cruzaban sobre flamantes cisnes de plástico.
Hay ciudades, países, personas, piscinas, ríos, que lo tienen todo menos esa única cosa que les haría ser lo que desean ser.
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Oscurece pronto. Rápido. El día empieza a llenarse de luces suaves, tonalidades violáceas, y el sol, sin avisar, desaparece. Ocurre igual con los meses del año. Llega agosto y no has guardado aún las sandalias de verano pero diciembre está llamando a la puerta.
Mi padre contaba el otro dia que le había ocurrido igual con los años que habían transcurrido de los 40 a los 60. En un suspiro, dijo.

Otro año que termina y me asustan, no sé a vosotros, estos suspiros en los que se convierte el tiempo.

Me gusta esta foto de hoy porque resume para mí este 2018. Hay luz, mucha luz, pero también oscuridad. Hemos hecho varias fotos parecidas, pero la mayoría de ellas eran o muy claras o no se veía nada. Supongo que siempre nos pasa lo mismo, que andamos haciendo malabarismos con la luz. Demasiada nos ciega y demasiado poca también.
Por aquí, en Irán, no se celebra el año nuevo, al menos no mañana. Y no hay alcohol ni uvas. Pero quería aprovechar para desearos un 2019 lleno de luz y de esas sombras necesarias para que la luz se entienda. Brindaré por ello (con zumo de naranja).
Gracias por este 2018.
📷 @_angela_palacios
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Ayer, alrededor de las dos del mediodía, las calles de Barcelona estaban llenas de familias engalanadas que se dirigían a casa de esa otra familia, la que vemos menos quizás. Fui andando detrás de una de esas familias un buen rato. Él, cargado de paquetes, y con un niño de la mano, se quejaba amargamente de que estaba harto de las Navidades: “verás como tu tío se ponga como el año pasado”. Silencio. “Este año no me pienso callar”. Ella terció: “Estás insoportable” y la conversación fue subiendo de tono mientras yo, a lo Sophie Calle los seguía hasta que nos detuvimos en un semáforo y ellos, enzarzados ya en una auténtica discusión, se callaron de repente. Pasó un coche fúnebre y el mayor de los dos niños dijo: “Mira mamá, un coche de muertos”. Se hizo un silencio extraño, la conversación se detuvo. Entendieron, como entendí yo, que no teníamos ningún derecho a quejarnos del tío o del cuñado.
Hoy he ido al gimnasio y, asombrada, me he dado cuenta de que habían sustituido la clase de cycling normal por una virtual. Un monigote llamado Aitor nos ha estado motivando en modo holograma. El monigote sudaba y todo. “Cada uno tiene que llevar el peso que pueda cargar, todos somos personas distintas”. Te das las vuelta y zas, acecha sigilosamente Mister Wonderful. Pero una cosa: lo mejor de hacer clase con un holograma es que es más fácil hacer trampas.
El otro día, en el río, a pesar del frío, unos chicos iban en piraguas. Estuve un buen rato observándolos: la última vez que me subí en una de ellas iba con una niña pequeña y tumbamos. Suerte que era verano y hacía calor. Y nos reíamos mientras tragábamos agua salada. Qué difícil el equilibrio. No solo en la piragua o en las canciones de Ivan Ferreiro. Pero qué maravilla cuando lo consigues.
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Las luces navideñas están encendidas siempre en la estantería de los libros. Y no se me ocurre mejor lugar desde el que felicitaros las fiestas.
Me encanta esto que dice E.M Forster -que se acerca mucho a lo que podría decir yo-: “Me gusta la Navidad en conjunto… A su torpe manera, acerca la paz y la buena voluntad. Pero es más torpe cada año”.
Hay Navidades tristes y Navidades alegres, Navidades para recordar a los que se fueron y para brindar por los que están a punto de llegar (aunque lleguen tarde).
Pero sí: feliz Navidad, torpe, triste, alegre, bonita o no tanto. Y un abrazo fuerte desde el rincón de las luces y los libros.
#feliznavidad #navidad #fiestas #literatura #emforster #literatura #barcelona
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Me gusta mucho el título en inglés de las memorias de Michelle Obama: ‘Becoming’, que significa, más o menos, llegando a ser.
Nos pasamos la infancia respondiendo a la pregunta de “qué quieres ser de mayor” y de mayor vuelves a la infancia para descubrir si, en efecto, eres quien querías ser. Y no me refiero tanto a ser piloto, médico o astronauta.
Me gusta el título de Michelle Obama porque resume bien la vida, se trata de ese gerundio que dice que todo está de camino, que verbos como intentar y amar se escriben siempre en ese tiempo verbal que marca un eterno presente.
Así que hoy que empieza el invierno, hoy que tampoco me ha tocado la lotería, me quedo con esto: llegando a ser es quizás la mejor -y la única- manera de ser.
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Uno.
Sigo sin saber si ayer me gustó ‘Roma’ o no. Sí por lo que contaba, pero no por la condescendencia y porque, al final, el amor no lo salva todo o, al menos, no ese tipo de amor. A Cloe, desde luego, no la salvó. Pero en la película hay escenas de esas que la rompen a una y Alfonso Cuarón pone sobre la mesa ese tema tan olvidado: el que cuenta lo mezquinos que somos cuando damos por sentado –porque ni siquiera nos lo planteamos– que el dolor de unos vale más que el de los otros.
Dos.
Leía hoy la carta blanca de Manuel Vilas en El País Semanal que decía: “Y sigue habiendo en tu corazón ese animal que se enamora de todas las cosas que han sido y serán”. Terminaba así “Fuiste un hombre enamorado, aunque no sabemos de qué”.
Tres.
Paseaba antes por esta Barcelona llena de luces navideñas y lo hacía con un bebé de un mes y medio. Sus ojos azules, que aún no ven del todo, iban de un lugar a otro. Luces, sombras. Era bonito verle la cara, de despistada, de sorprendida. Abría la boca como diciendo: “anda, esto sí que no me lo esperaba”. En el asombro, es en eso en lo que yo pensaba, en que cuando dejamos de asombrarnos –y de enamorarnos, aunque no sepamos de qué– es porque empezamos a estar menos vivos, un poco más muertos.
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Ayer me rompí un dedo del pie haciendo yoga mientras hacía el salto del tigre, que no existe -o sí, aunque no en yoga-, pero así lo bauticé yo. Hoy me he levantado con el dedo amoratado de color berenjena y, con humor, me he puesto a escribir un relato. Como el relato no me salía me he puesto a hacer un editing y como el editing no me salía me he puesto a cocinar. Ayer me pedí una cesta-ecológica-de-kilómetro-cero, así que he googleado “receta de calabaza y zanahoria” y tachán, ha aparecido, como siempre, Karlos Arguiñano. Bien, me he dicho.
Bien, Laura, bien.
Retomo lo que iba diciendo: “y como el editing no me salía me he puesto a cocinar”. Pero cocinar tampoco me ha salido (creo que he puesto un vaso más de agua…ay, Karlos, hijo, fíjate en las cantidades que luego no sale), de manera que me he puesto a recoger la cocina. Se ve que hoy es el día en que nada sale y el sumidero se ha atascado y me he quedado con el estropicio, la crema de agua con grumos de calabaza y la pared salpicada gracias al turmix de los años 70 que heredé de mi madre (gracias, mamá).
Quiero decir: hola a todos. Espero que tengáis un buen jueves y si no salen las cosas mejor ponerse a leer un libro que al menos no se atasca el sumidero.
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Terminé hace unos días un libro llamado ‘Aprender a hablar con las plantas’, un libro que no va de plantas –o muy poco–, pero sí de lo que hacemos con los que se van, de esos duelos que uno hace a trompicones, como si no quisiera avanzar del todo porque avanzar quiere decir sobrevivir y hacerlo es, a la postre, asumir que el otro, el que se marcha, no va a hacerlo.
Lo terminé de vuelta a Barcelona, en el interior de un avión que se zarandeaba sobre el Atlántico y, cuando fui a sacar un bolígrafo del bolso, se me cayó el monedero y, de su interior, voló una notita escrita en papel cuadriculado. Ponía: “Aceite, tomate, naranjas”. Detrás, aunque tachado, “podólogo”. No es mi lista de la compra, no, sino las palabras de alguien que no está y las llevo –aceite, tomate, naranjas– como si un día pudiéramos volver a hacer la compra juntos.
Años atrás, un chico que fue mi noviete de juventud, después de que yo me marchara a vivir fuera, me escribió un mensaje que decía: “He pasado por delante de tu bar de la piscina. Ya sabía que no ibas a estar y, sin embargo, he entrado. Qué tonto, ¿verdad?”.
No sé si le contesté, ahora sé que le diría que a todos nos ocurre eso alguna vez, que regamos las plantas ajenas, incluso hablamos con ellas si hace falta. Que llevamos en la cartera fotos o palabras que dicen naranjas y aceite, y entramos en bares que nos recuerdan a alguien, por si está ahí, aunque sepamos que está a miles de kilómetros de distancia.
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Estos días recopilo datos en una habitación de hotel. Datos como que, por ejemplo:

1. A lo largo de nuestra vida, andamos la mitad de la distancia de la tierra a la luna o que en una mesa de oficina cualquiera conviven tantas bacterias como las que hay en cuatro lavabos (sucios). 2. De todos los misterios insondables, mis preferidos son los del mundo de la traducción de películas. Por ejemplo, ‘After hours’, la única comedia de Martin Scorsese, se tradujo como ‘Jo, qué noche’. Y en una de Spike Lee, “That’s the fact Jack” se tradujo, ante la mirada perpleja de un auditorio de espectadores como: “eso cae por su propio peso, sabueso”. Por no hablar de ‘The pacifier’, conocida como ‘Un canguro súper duro’ o ‘Up the creek, que todos sabemos que quiere decir: ‘Las albóndigas en remojo’

3. Otra cosa: a través de la ventana una chica anota: la parte de atrás de un hotel, la piscina de los de al lado, las lucecitas de navidad enredadas en una palmera, un camión de mudanzas en el que se lee ‘Aurora boreal’, una escoba tirada en un tejado. Y el cielo es de un azul muy azul y las hojas de la palmera, de un verde muy verde.

4. “A veces lo que sueño creo que es verdad, y lo que me pasa me parece que lo he soñado antes…Además, lo que ha pasado no está escrito en ninguna parte y al fin se me olvida. En cambio, lo que está escrito es como si hubiera pasado siempre”, decía Elena Fortún.

5.Escribir es hacer que las cosas pasen siempre. That’s the fact, ¡Jack! Y esto, amigos, cae por su propio peso, ¡sabueso!

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Viajar hacia el verano y dejar el abrigo para encontrarse, por ejemplo, con una sombrilla amarilla a pesar de las nubes. Y encontrarse, también, a una comisaria de arte que te dice, cuando la feria está a punto de cerrar –cansada, cuando lleva más de ocho horas de pie y unas cuantas ventas aplazadas– que hace poco, su sobrino, de siete años, le preguntó:
–¿Y tú, tía, qué querías ser cuando eras pequeña? –a lo que ella respondió:
–Exactamente esto.

A pesar de las renuncias, las rozaduras de los zapatos, los nubarrones sobre las sombrillas de color amarillo fosforito. A pesar de los apesares o de no llegar a fin de mes o de nunca tener el vestido o el piso que querrías.

Me imagino que hacerlo bien en la vida debe de parecerse a responder, ante la pregunta del millón, esa que dice en quién soñabas convertirte cuando creías que todo era posible: “Exactamente en esto”.
#miami #miamiartbasel #curators #comisarios #artecontemporaneo #verano #untitledartfair #becoming
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Unas semanas atrás me hicieron un encargo: que escribiera un relato sobre el amor y los libros. Un relato acerca de cómo la literatura acerca –a veces– a dos personas que se quieren.

Al principio dije que no. Pensé: “mira, Laura, este temita ya lo hemos tocado alguna que otra vez”. Después le di una vuelta.
¿Y sí?

Pero, ¿y cómo?
¿Y ahora qué digo?

Bueno: después de una semana encerrada –en la que escribí más horas que cuando terminé la novela– me salió algo que más o menos me gustó. Lo mandé y me prometí a mí misma “ok, este sí que es el último”.
Ahora sé que probablemente no sea así.

Lamentablemente, una no decide sobre qué quiere escribir. Los temas van surgiendo y siempre suelen ser, mal que nos pese, los mismos. Creo que a todos nos ocurre igual.

Cuando escribía este artículo de la fotografía, releí toda la obra de Vivian Gornick. Incluso cuando quería hablar de otra cosa, ella terminaba hablando de lo mismo: del amor. No podemos elegir de quién nos enamoramos, y lo mismo pasa con los intereses.

No sé por qué escribo sobre el amor. Quizás porque es una rareza y un milagro. Porque hay que cuidar al milagro, regarlo, vigilar para que no se convierta en otras cosas. O porque hay parte de suerte y de compromiso.
Aunque, sobre todo, escribo sobre el amor porque nadie sabe por qué llega y por qué cuando se va ya no quiere volver.
@jotdownmagazine #viviangornick #amor #escribir #literatura #relatos #alfaguara #domingo
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Leo a Lucia Berlin en el vagón de un tren. Y Lucia Berlin me lleva a Namibia, a un viaje absolutamente maravilloso y loco que hice un verano. Maravilloso porque no hay colores comparables a los del desierto de Sossusvlei, y loco porque iba con un chico tan poco dado a la organización como yo y no calculamos bien las distancias, ni el tiempo, de manera que nos pasamos una semana encerrados en un coche pinchando una rueda tras otra. Así fue. Suerte del humor y de Lucia Berlin, a la que leí en voz alta durante toda esa semana, asumiendo que Namibia lo vería únicamente a través de los cristales del coche.
Leo a Lucia Berlin en el vagón de un tren. He visto amanecer mientras el tipo de al lado roncaba agarrado a un libro de Stephen King y el revisor me ofrecía los periódicos.
Me da la sensación de que me he pasado media vida dentro de este tren que me lleva al norte. Me da la sensación también de que lo mágico de Lucia Berlin es que consigue que, leyéndola, te leas a ti misma, te encuentres no solo con los colores de un desierto sino también con la chica que, tímida y miedosa, recién cumplidos los dieciocho, cogió por primera vez este tren y se dijo que sería un año y luego fueron siete y luego, como ahora, ya nunca dejó de volver.
#luciaberlin #literatura #namibia #relatos #sossusvlei #pamplona #leer #trenes @editorial_alfaguara
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El anuncio de Ruavieja se ha hecho viral porque le pone cifras a lo que ya sabíamos y no nos atrevemos a cuantificar: pasamos más tiempo dando likes y mirando pantallas que con aquellos a los que queremos más (o eso nos gusta decir). ¿Cúanto tiempo te queda por pasar con aquella amiga a la que quieres con todo tu corazón pero ves un par de veces al año? ¿Cuarenta días más antes de que te mueras? ¿Es excusa no tener tiempo? ¿O el tiempo se encuentra para lo importante? A mí me aterroriza esa gente a la que le propones quedar y te responde que se muere de ganas pero saca la agenda. Hechos son amores, que decía mi abuela.

En la biografía de Scott Fizgerald se lee: “Recuerdo que iba en un taxi una tarde entre altos edificios y bajo un cielo color rosa y malva. Comencé a gritar porque tenía todo lo que quería y sabía que nunca volvería a ser tan feliz”.
Estamos programados para no pensar en el tiempo que nos queda. Pero nos queda un tiempo. Saberlo, en realidad, no es para tener miedo sino para repetirse –en los buenos y los malos días– lo raro que es vivir, que diría Martin Gaite. Raro en el sentido de único y especial que tiene la palabra.
Y lo más raro de todo –del vivir– es que lo encontramos normal.

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Éramos los chicos de la seis en esa larguísima barra de bar que compartíamos con otros muchos. Los chicos de la siete, justo pegados a mí –que no sabía si eran padre e hija u otra cosa– los de la doce, que observaba frente a mí en ese punto en que la barra se doblaba, que habían pedido las croquetas de bogavante y berenjenas y no hablaban mucho pero se hacían selfies . Y las de la cuatro, dos viejas amigas a las que escuché quejarse–cuando se levantaron los de la cinco– de que las alcachofas no habían estado a la altura mientras una de ellas sacaba su espejito del bolso y se retocaba los labios “fíjate, parezco un payaso”. Se reían las dos.

Qué tendrán las barras de los bares. Gente que llega, gente que se levanta y se va. Mundos distintos que se rozan y coinciden por unos minutos en ese cambiante paisaje lleno de platos, comidas y adiós estaba todo buenísimo.
Después, vi a la pequeña L., que pese a que ha engordado 400 gramos, tiene unos bracitos que son tan delgados como mi dedo pulgar. Que se pone bizca y se mira las manos como si quisiera saber qué hay ahí fuera, en este mundo que ahora es para ella nada más que sombras.
Y por último, una fondue, y al llegar a casa recordé algo: la semana pasada leí unos estudios hechos en Suecia acerca de la felicidad. Concluían que el deporte era una gran fuente de endorfinas. Sin embargo, socializar, estar rodeado de personas a las que quieres y reírte, era, sin duda, la mayor fuente de felicidad. Hoy, en el gimnasio, todos habiendo hecho nuestra apuesta por esta filosofía del mens sana in corpore sano pensaba en esto: en lo necesario que es, además de tonificar el cuerpo, ese otro tipo de tonificación que nace en las barras de los bares, cuando le agarras los dedos a un bebé minúsculo o te ríes con aquellos a los que quieres.
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Dice Manuel Vilas en su libro ‘Ordesa’: “Que te espere alguien en algún sitio es el único sentido de la vida y el único éxito.”
Ayer hablabámos de esto, del valor de esperar y de que alguien te espere. Pero también del peligro de llegar tarde. El refrán dice que más vale tarde que nunca pero yo no estoy de acuerdo.
Me explico: hay dos tipos de “tarde”, el primero es ese que se convierte en el momento adecuado (cuando leemos un libro mucho después de haber pensado en hacerlo, cuando coincidimos, por fin, con esa persona tantos años después). Pero este “tarde” es, en realidad, como decía, un sinónimo de “en el momento preciso”.
En su segunda acepción, la definitiva, tarde significa demasiado tarde (y no nada peor que eso). Más vale nunca que tarde, en ese aspecto. Porque ocurre a veces que somos testigos del tren que abandona raudo el andén o nos cruzamos a esa chica pero ay, fíjate que hijo tan bonito tiene. En este segundo aspecto, tarde es sinónimo de “a destiempo”.
El tiempo se mide en segundos y nunca en primeros. Esto es, llegamos tarde. Saber vivir es, supongo, encontrar el equilibro, no dejar que se nos haga peligrosamente tarde, saber apurar los últimos rayos de sol sin olvidar que pronto se hará oscuro.
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Hoy hace justo un año que se publicó ‘Qué vas a hacer con el resto de tu vida’. Y los que me seguís por aquí os habréis dado cuenta de que sigo sin saber qué hacer con ella 😉.
Pero hoy, para celebrarlo -que no sé qué hacer y que cumple años la novela- empiezo a escribir de nuevo una historia.
Veremos dónde me lleva.
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