Todo sucedió exactamente al revés de lo esperado. Me reservé la tarde de sábado para ver una película de Yasujiro Ozu que se me había hecho bola en tantas otras ocasiones y, ya con el dedo en el botón del play, recordé la serie de la que me había hablado mi primo. Y, antes de Ozu, me puse un momento la serie. Infame, por cierto, de tan infame que me vi entera la primera temporada «a ver qué pasa luego», y después ya eran las ocho y tuve que salir rápido. Cura de humildad la mía, como aquella vez que quedé con el rector de una universidad alemana y, como quería impresionarlo para conseguir una beca, memoricé varios pasajes de Heidegger en alemán. Luego, al llegar al restaurante, se me cayó el mp3 sobre la mesa y empezó a sonar, entre servilletas de lino y cubertería de plata, ‘Noche de sexo’ de Wisin y Yandel. Mi vida resumida en un par de escenas. De la beca y de Ozu, ni rastro, claro.
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Tengo una teoría: que uno se muere cuando deja de hacer bien lo que sabe hacer.
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Otra teoría: cuando entro en un duty free lo hago con espanto, como si huyera de una catástrofe nuclear y, sobre todo, evitando fijar la vista en ningún lugar: «Laura, vas a salir sin comprar nada, ¿estamos?», me digo. Y aquí la teoría: la técnica duty free –tú escoges no mirar y pasar rápido– es lo contrario a lo que puedes hacer en la vida en general.
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Ayer, en una fiesta, un tipo me aconsejó –así, gratuitamente, como suceden las peores cosas de la vida– que ya era hora de que empezara a escribir sobre grandes temas. Que la literatura sobre lo cotidiano y temas menores no me iba a llevar a ningún sitio. «Tienes que esforzarte», me dijo. Por eso he decidido escribir hoy sobre Ozu y las series infames, sobre mi amor por el reguetón que eclipsó a Heidegger. Sobre los duty frees y esta manía tan nuestra de pensar que podemos decidir qué ver. Ayer, en esta misma fiesta, nos reíamos con una amiga: «La vida se me hace bola», decíamos. Qué gran título, le preguntaré al hombre que me dio el consejo si le parece que con eso podría escribir algo trascendente.
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Fuimos de excursión. A una cierta edad, te empieza a interesar esa vida que ocurre durante los sábados por la mañana, esas horas que antes estaban simplemente inventadas para que pudieras pasar la resaca.
Fuimos de excursión y la ruta que tomamos, o bien no estaba actualizada, o bien el tipo que la había subido a la aplicación había olvidado comentar el pequeño detalle de las zarzas, de los rosales, del desnivel. Nos pasamos un buen rato yendo campo a través. Pantaloncito corto, bolsa de playa y una mini botella de agua porque «total, ya habrá algún bar en el camino, ¿no». Ya de vuelta, magulladas, sin agua, las piernas marcadas, quemadas en la espalda, yo con un tirón en la pierna izquierda que me hace andar como robocop, nos sentamos en una playa rocosa a tomarnos el bocadillo. Parecía que volviéramos de la guerra. Una amiga, cuando pasan cosas así siempre suele decir «¿Qué aprendes?», y lo hace con voz de gurú espiritual y eso hace que nos riamos todas. Yo, por ejemplo, aprendí que, al fin y al cabo, tener resaca no estaba tan mal. Aprendí, también, que el camino, el que hubiéramos tenido que coger estaba un par de metros más allá. Muy cerca y que si nos hubiéramos detenido unos segundos lo hubiéramos visto. ¿Que qué aprendo? Que lo difícil está sobrevalorado.
Ayer fuimos a comer al Cap de Creus y, de la que volvíamos a Barcelona, pusimos la música que ahora negamos haber escuchado. Laura Pausini, Alejandro Sanz, Eros Ramazzoti. Sergio Dalma –Sergio Trauma, que dice mi amiga P.–, Shakira cuando era Shakira. Y sonaban perlas del calibre: «Cosa más linda que tú, única como eres, inmensa cuando quieres». O el bueno de Alejandro Sanz que te dice que si te enamoras de otro «dile que te cuide mucho, me prometes que lo harás». En fin, todos los tópicos para que luego te pueda ir un poquito mal en la vida. Años después, gracias a dios, llegó el pop británico y empezamos a cantar lo mismo pero en inglés y, al menos, el impacto de aquella educación sentimental almibarada se minimizó: no nos enterábamos tanto.
Ya llegando a Barcelona suspiramos aliviadas. Sonó, en la radio, «Estar soltera está de moda» y me dije que hay esperanza.

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En los años ochenta, en California, muchas mujeres camboyanas acudieron al médico aquejadas por el mismo problema: no veían. Todas ellas eran refugiadas de guerra y, antes de huir de su país, habían sido testigos de las atrocidades de los Jemeres Rojos. Por ejemplo, una mujer se quedó ciega después de que su marido y tres hijos desaparecieran. Lloró durante cuatro años y un día amaneció ciega. Pero no fue la única. Otras sufrieron de visión parcial o borrosa, sus ojos anegados de sombras y dolor.
Los médicos que examinaron a aquellas mujeres no encontraron nada raro. Se trataba de ceguera psicosomática: las mentes de aquellas mujeres, forzadas a digerir tanto horror e incapaces de asimilar más, se las habían ingeniado para decir «basta, hasta aquí» y apagar la luz.

Durante una época fui propensa a los desmayos, a levantarme de golpe y perder la visión en un fundido a negro. Tenía que agarrarme a lo que tuviera cerca para no caerme. Después de darle muchas vueltas al tema, un médico me preguntó: «¿qué es lo que no quieres ver?». Da para pensar.

El trayecto que hicimos de Barreirihnas a Sao Luis fue largo. Íbamos las seis en una mini van con un aire acondicionado como el de los vagones de renfe. Yo estaba sentada al lado de la ventana y, cuando fue imposible leer porque ya había caído el sol, no me quedó más remedio que mirar por la ventana. Siempre hay cosas más urgentes que hacer que mirar por la ventana (y dicen que a veces, lo urgente no deja lugar a lo importante). Porque en las dos horas de trayecto que quedaban hasta Sao Luis vi árboles, porches en los que familias enteras se reunían. Vi puertas de velorios abiertas de par en par y ceremonias religiosas improvisadas, vi cómo un padre recogía los restos de la barbacoa y un abuelo regañaba al que supuse que era su nieto. Vi una mujer pintándole las uñas de verde esmeralda a una niña pequeña.Había una luz tenue, una luz que permitía ver otras cosas. Vi Brasil, por fin, cuando estaba a punto de volverme a casa.

Septiembre tiene una luz distinta. Es amarilla, como aquellos versos de Miguel Hernández: «un día se pondrá el tiempo amarillo sobre mi fotografía». #viajar #literatura #sigridnunez #poesia #brasil
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Más tarde, cuando un dj empezó a poner música demasiado moderna para nosotros, nos fuimos al mirador de El Prat a ver los aviones. «Ya viene, ya viene», se oía entre los niños, entre la gente. Y al principio no era más que un punto de luz en el horizonte y luego el punto se iba haciendo más luminoso, más grande. De repente, el punto se convertía en un avión pequeño. Jerez. Manchester. Roma. Vilnius. «Ya viene, ya viene». Y se escuchaba un ruido y el ruido terminaba siendo atronador hasta que una enorme ballena panzuda pasaba por encima de nuestras cabezas y le seguíamos la pista hasta que descendía más, aún más, y las ruedas impactaban en el suelo creando una nube de polvo.

Pasamos la tarde viendo cómo los aviones aterrizaban. Sin prisa. Con los niños, los jubilados, los prismáticos, los refrescos y las bolsas de patatas fritas, y los que rastreaban la procedencia de los aparatos mediante aplicaciones de teléfono. El cielo se iba cubriendo de ese rastro leve que dejaban los aviones. El rastro terminaba difuminándose pero estaba ahí, había que saber verlo. Como a toda aquella gente que llegaba, a la que tampoco veíamos. Y mientras, todos nosotros mirando hacia arriba, esperando.
Pensé en una canción de Julieta Venegas que se llama ‘Todo está aquí’ y la canción me llevó, misteriosamente, a la columna de Fernando Sabater que había leído en la playa. Sabater, que hablaba de la tristeza y el duelo, citaba a Jacques Prévert «reconocí a la alegría por el ruido que hizo al marcharse». Sé que es absurdo pero, en ese momento, en El Prat, deseé que Sabater estuviera también ahí y pudiera ver aquel cielo de final de agosto y a todos los que estábamos ahí, sin marcharnos, dando la bienvenida, a lo lejos, a los que llegaban.

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Tú y yo no montamos nunca el bar de dim sums en la esquina de la calle de Enrique Granados, ni fuimos a Tokyo, ni leímos ‘Guerra y paz’, ni vimos entera la película aquella de Claude Lanzmann que duraba ocho horas. Y yo la hubiera visto solo para jactarme luego, no creas.

Tú y yo no. Ya no. Nunca jamás. Y no es un poema de Idea Vilariño.

Tú y yo no aprendimos las declinaciones en alemán y por eso nos castigaban en los recreos copiando una misma frase al infinito.

Tú y yo no escalamos el Montblanc y nos gustaba pensar que un día lo haríamos, y yo me bajo del plan que no estoy en forma.

Tú y yo no sabemos dormir con el ruido del aire acondicionado ni con el de la nevera que, a media noche, empieza a vibrar y se convierte en un gigante enfurecido.

Tú y yo no. O quizás sí, quién sabe.

Tú y yo no odiábamos el arenque ni las mollejas pero sí la remolacha o el queso de cabra, y también a los que se excusan de antemano por algo que saben que van a hacer igualmente.

Tú y yo no viajábamos para contarlo y por eso nos gustaba tanto viajar.

Tú y yo no sabíamos cantar y, por eso, en el coro del colegio nos pidieron por favor que solo moviéramos los labios.

Tú y yo no decíamos tú y yo, decíamos nosotros.

Tú y yo no nos vemos ya y por eso, para vernos, para escribirnos, dejamos mensajes en el ascensor de una casa cualquiera.

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Todos los veranos hago algo supuestamente divertido que no volveré a hacer. Un par de años atrás, por ejemplo, hice un safari acuático con tiburones ballena y adivinad quién no se movió ni un centímetro de la lancha. Este año le ha tocado el turno al windsurf. La lección preparatoria de teoría debió haberme bastado para ver que era innecesario intentarlo en el agua. Me hablaron, entre otras cosas, de la teoría del viento. A mí, que soy disléxica.
Lo que aprendí mientras se me caía la vela encima y yo me caía sobre la vela es que cuando ya no hay más remedio y te estás cayendo, lo mejor es soltar lo que tienes entre manos.

Hay una expresión que me da repelús: salir de la zona de confort. A los que dicen que es ahí donde empieza la magia les recomiendo que hagan windsurf por primera vez un ventoso día de agosto.

Existe una teoría del viento y una teoría de las dunas. Las dunas viajan en el tiempo, cruzan océanos lentamente y, granito a granito, llenan parajes como este parque. Da vértigo pensar que un día llegó hasta aquí un primer grano de arena y que ahora son 155.000 hectáreas de arena y agua. Todo se mueve siempre. La alegría, la tristeza, la vida. Hace cientos millones de años Europa se alejó de América a la misma velocidad a la que crecen nuestras uñas. Todo se mueve. Incluso las dunas.

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De una de las personas que más quise me despedí así: le dije que nos veríamos el día siguiente para desayunar y que ahí, en el café, nos decíamos adiós. Después, llegó el día y no pude. No fui capaz. Por cobardía, supongo, pero también porque hay ciertas cosas que no pueden programarse. Uno puede organizar una despedida porque se va un tiempo fuera, porque se cambia de trabajo, porque se casa. Pero es difícil levantarse y quedar a las 9.30 de la mañana en el bar de siempre para despedirse de alguien a quien probablemente no se va a volver a ver en la vida. Por la distancia, por circunstancias. Porque a veces dejamos que sea lo otro, lo que se impone, lo que decide. Pero esa ya es otra historia.
De camino a este pueblo que se encuentra en medio de dunas y playas leí un relato de A.M. Homes que me gustó tanto que decidí no leer nada más en un tiempo. El relato no contaba nada que no se haya contado antes: la historia de amor de dos personas que tienen miedo a la vida. Pero subrayé esa frase de la fotografía y después, esa misma tarde, dentro del agua, sobre una tabla, cuando apenas quedaban olas y empezaba a caer el sol, cuando conseguí, por un momento, dejar de tragar agua, volví a A.M. Homes y a las despedidas. Pensé que, sin embargo, uno se siente a veces afortunado de asistir a determinados finales. Como el del día, el de las olas que mueren en la orilla. Los otros finales, los que no pueden ser programados, dan para poca satisfacción y muchos relatos melancólicos.
Lo que me gusta de hacer surf, aunque sea una pésima alumna, lo que me gusta de las puestas de sol es que hay siempre algo que se acaba –las olas, el sol– pero que continuamente vuelve a empezar. Solo que de otra manera.

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Ayer acuñamos una nueva expresión: «días de relleno». Días que sirven para llegar a otros, a los días importantes en los que hay que hacer algo señalado. Los días de relleno son días de segundas basados en aquello que comúnmente se conoce como «hacer tiempo». Llevamos en esta ciudad tres días de relleno y llueve y, cuando no llueve, tenemos jet lag o se levanta un viento huracanado o llenamos demasiado los platos en el bufé del desayuno.

También ayer, en un lugar llamado Praia do Forte, donde se avistan ballenas y mi animal favorito en el mundo, tortugas –tartarugas aquí–, se puso a llover de nuevo.

Una mujer llamada Cristina me hizo un masaje en la espalda. Como no tenía mucho tiempo porque había anochecido ya, le dije que con treinta minutos me bastaba. Cuando empezó con el masaje y me di cuenta de la sensibilidad tan increíble que tenía, me arrepentí al instante de no haberle pedido un poquito más de tiempo. De manera que me pasé los treinta minutos del masaje pensando en que se iba a terminar demasiado pronto. Y fue cierto, pero se hubiera terminado igualmente sin pensarlo tanto.

Siempre estamos a vueltas con el tiempo: o nos quejamos por los días de relleno y deseamos que se acaben rápido o no disfrutamos de las cosas porque sabemos que se van a terminar demasiado pronto. Y cuando no tenemos jet lag resulta que ya es de noche y nos dicen «no, señorita, por aquí no que es peligroso», y con tanta queja se nos van los días de relleno, pero también los que no lo son.

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Cuando descubro una esquina, un paisaje o un lugar que verdaderamente me emociona recuerdo a Holden Caulfield: «No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo.» Cuando luego, alguien me pregunta por esa esquina, por el paisaje o el lugar, siempre respondo con el mismo fingido desinterés: «Psé, no te pierdes nada». Luego me arrepiento un poco. Pero,de algún modo, uno siempre querría preservar los lugares especiales de la vida, esconderlos un poco, como cuando racionamos algo para que dure solo un poquito más.
En el Delta del Ebro, además de flamencos, animales por los que siento auténtica debilidad, hay muchos agaves. Estas plantas, que proceden de hábitats áridos y soleados, comparten una característica que las hace más que singulares. El agave solo florece una vez en su vida y, después de hacerlo, se muere, algo que se conoce como monocarpismo.
Cuánto que aprender de ellos, he pensado hoy al ver un agave florido. Estamos acostumbrados a entender el final –de la vida y de la mayoría de las cosas– como un sinónimo de hartazgo y decrepitud, pero qué mejor que terminar como ellos, los agaves: con el florecimiento, la celebración.
Y si alguien me pregunta qué me parece el Delta del Ebro: «Psé. No os habéis perdido nada». #flamencos #agave #deltadelebro #deltadelebre #salinger #holdencaulfield #viajar #verano #mar #monocarpismo
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Algunos días me recuerdan a esa sensación de empezar a leer por la noche, en la cama. Lees las tres primeras líneas concienzudamente y, a partir de la tercera, sin que te des ni cuenta, sigues leyendo pero tu cabeza se va de ahí. Está en el supermercado, en lo que tienes que hacer mañana o en no olvidarte de otras muchas cosas. A la segunda, tercera página, asombrada, te das cuenta de que no sabes qué estás leyendo y cierras el libro, apagas la luz, y te dices que ya mañana releerás lo leído. Y a veces, mañana llega y te ocurre exactamente lo mismo.

Ayer no hizo especialmente buen día por aquí. Nublado, plomizo y con rachas de viento. Pero fue el día en que una amiga y yo conseguimos una oferta para hacer Paddle Surf, un deporte que ambas habíamos hecho y que nos parecía la mar de fácil y bla bla bla. Huelga decir que nos plantamos las dos en la orilla con inmensas tablas que casi no pudimos acercar al agua debido al viento y que, una vez en el agua, ninguna se acordaba de exactamente cómo tenía que poner los pies para levantarse. ¿Y el remo? ¿Se remaba siempre con el mismo brazo? Preguntas de nivel. Nos pasamos 45 minutos, de reloj, estrellándonos contra el agua, las boyas y la tabla, luchando contra la corriente, hasta que un buen hombre nos alumbró con la sencillez de la postura y con cómo había que introducir el remo en el agua. Cuando supimos cómo hacerlo quedaban 10 minutos y pudimos disfrutar aún de un simulacro de lo que hubiera sido hacerlo bien desde el principio.
Y me pareció, ya de vuelta, que ocurría igual con algunas de las cosas importantes de la vida: cuando empiezas a saber de qué van, se acaba el tiempo y tienes que abandonar la pista.

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«Te darás cuenta cuando estés a punto de terminar el manuscrito que llevas cinco años escribiendo: en el fondo no has hecho más que dar vueltas a la idea de no haber conseguido hacer feliz a alguien. Hacer feliz a alguien de verdad».
Todo parece sencillo en las canciones. Por ejemplo, en «Make someone happy», de Jimmy Durante, el amor es la respuesta y si haces a alguien feliz, lo serás tú también. Todo parece sencillo, y quizás lo es, pero, en los relatos de Pàmies, que parecen escritos al hilo de una conversación empezada hace tiempo, y que leí el fin de semana por segunda vez, las cosas cuestan un poquito más o son más ambiguas o la gente no es feliz o no sabe que es lo es hasta que termina la canción, y la vida.
En los relatos de Pàmies los hijos sueñan con tener otros padres que se llaman, quizás, Jorge Semprún, o los inventan, o los copian, y las parejas se aburren –y en la vida se puede ser de todo menos un coñazo–, y hay personajes que empiezan a contarse así: «Tuve que morirme para saber si me querían».
Escribimos para darnos cuenta de algo que probablemente supiéramos al empezar la primera línea (escribir es constatar también) y supongo que todo lo que vive es susceptible de ser contado, de transformarse en literatura. Pero alto ahí, porque no todo lo que vivimos puede ser contado para ser literatura.
Cómo contar, por ejemplo, que ayer, mientras ya tramaba todas estas líneas, salí del trabajo, enfilé la calle Bonavista y pensaba en escribirle un email a Pàmies para decirle que a mí lo que dice la canción de Jimmy Durante no parece ni tan fácil ni tan acertado.
¿Quién creerá, entonces, que ante mí apareció un hombre con un chaleco beige y varios bolsillos, como si fuera un explorador, con unos andares parsimoniosos y la actitud del que sabe que, aunque lento, terminará llegando donde quiere llegar?
¿Quién creerá que aquel hombre no era otro que Sergi Pàmies?
Lo seguí durante unos minutos. Dobló por Torrent de l’Olla y, de repente, me detuve. Sabía que lo estaba siguiendo únicamente para contarlo después.
¿Y para qué iba a contarlo si nadie iba a creerme?
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Siendo niños, a mi hermano y a mí nos ponía muy nerviositos cuando mi madre, al terminar de comer, exclamaba: «Pues ya hemos comido», una frase que tenía sus variantes, claro: «Pues ya hemos cenado, ya hemos llegado, ya hemos ido de excusión…». Nosotros, con los ojos en blanco, la mirada de fastidio. Sin embargo, mi madre nunca se dio por aludida.
Resulta que ayer, yo, sin ir más lejos, exclamé: «Pues ya estamos en agosto». Y me puse a mí misma la cara de fastidio porque los genes son los genes. Habíamos salido del cine de ver una película que a todo el mundo le había gustado menos a nosotras. Una película sobre cómo tener un hijo sin que la vida se te resquebraje, sin que pierdas a tu pareja, o a ti, o a los dos.
Después, de camino a casa, al buscar una fotografía, di con una captura de pantalla de Twitter de algunos meses atrás. En ella, una chica listaba sus tres peores momentos en lo que iba de año. El primero, sin lugar a dudas, haberse encontrado a su ex-novio con su pareja actual en un vuelo transoceánico. Un Barcelona- Seúl, trece horas que pasaron los tres bien juntitos en los asientos centrales. Yo quiero pensar, para empeorarlo todo, que la nueva novia debía de estar el centro.
Os dejo el dato para que lo penséis, que estas cosas ocurren.
Por último, llegando a casa, en la marquesina del autobús, evité mirar el maldito anuncio de la película ‘Midsommar’ que hace que tenga pesadillas solo con saber que está allí, pero sonaba en mis auriculares Sidonie aquello de «Nunca podría vivir en el campo/Yo quiero neurosis y supermercados » y no me quedó otra que sonreír. Introduje la llave del portal, con miedo, porque siempre andan mis amigas, las cucarachas, acechando por ahí.

Pero a lo que iba: pues ya estamos en agosto. Otra vez. Y a los que empezáis vacaciones, feliz verano, pero ojito con los asientos que escogéis en el avión. No digáis luego que no os lo he advertido.

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Algunos años atrás, era también verano y, en un pueblito costero de Colombia, intenté hacer submarinismo. Me sumergí, logré bajar hasta la profundidad adecuada, toqué el suelo y, entonces, miré a mi alrededor. Casi me ahogo del susto.
Le dije al instructor que ya estaba tardando en sacarme de ahí porque me dolía el oído izquierdo. Fuera, ya en la superficie, el barquero, al verme y escuchar toda la historia absurda del oído, se quedó callado. Al rato me dijo «A usted lo que le ocurre es que tiene miedo». Sonó, en aquel momento, en la pequeña radio portátil que llevaba, una canción de Sabina, ‘Tiramisú de limón’. «Que sepas que el final no empieza hoy», decía.
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Me reí mucho ayer en esta mesa frente al mar de todos los veranos. Está al lado del pueblo donde nació Josep Pla. Cuentan los biógrafos de Pla que, al llegar a Nueva York a mediados de los cincuenta, se quedó observando atentamente los innumerables rascacielos iluminados y preguntó: «¿Y todo esto quién lo paga?».
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Una ilustradora que me encanta me regaló un paisaje precioso y en él, el sol es rojo y las montañas azules. Y entre las dos montañas, serpentea una carretera hacia el horizonte. No tiene título, pero debajo de la ilustración, ella había escrito: «Sigue en esa misma dirección. Antes de que se termine la carretera, verás otra carretera», dijo Raymond Carver justo antes de quedarse sin gasolina.
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Ayer, frente a este paisaje lluvioso, pensaba, como Pla, en esto: «¿Y todo esto –la felicidad, las gotas de lluvia en el cristal, las historias que siempre son las mismas, los chistes que siempre son los mismos, la promesa de los días de sol– quién lo paga?». #joseppla #calelladepalafrugell #costabrava #literatura #mar #joaquinsabina #musica #playa #verano
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Querido oso panda atrapado en un balcón,

A mí tampoco me gusta el verano. Pero ayer, dentro en un vagón de tren con el aire acondicionado a tope, un chico joven de Castejón de Ebro, ante un grupo de personas mayores arrebujadas bajo sus camisetas, sus camisas de lino, bajó su maleta y la abrió en medio del pasillo. «Tengo de todo que vengo que hacer mudanza», exclamó. Y fue repartiendo sudaderas, cortavientos, un polar. Y era extraordinario ver a cuatro casi ancianos vestidos con las prendas coloridas del jovencito de Castejón. Cuando de apearon del tren, ya casi llegando a Pamplona, le devolvieron la ropa, no sin antes decir aquello de «Gracias, joven». Y detrás de mí, había un grupo de adolescentes que jugaban al chinchón. Venían de un campamento de verano y el monitor, viendo cómo el chico guardaba de nuevo las prendas de ropa, les dijo: «¿Os habéis quedado con la copla, ¿verdad?». Querido oso panda atrapado en un balcón. Ayer, cuando llegué a Pamplona, paseé por mis lugares de siempre. Pensé, no sé si lo recuerdas, en el diálogo de una escena mítica de ‘Smoke’, cuando Harvey Keitel le enseña a su amigo el álbum en el que ha guardado más de 4000 fotos. Son las fotos de la esquina que retrata todos los días a la misma hora. El amigo, claro, al principio empieza a fijarse en cada una de ellas, pero luego, al darse cuenta de que son todas iguales, se queja de eso mismo. Entonces, Harvey Keitel le replica: «Nunca lo entenderás si no vas más despacio». Querido oso panda atrapado en un balcón. A mí tampoco me gusta el verano, pero sí me gustan las cosas que ocurren en verano. Las cosas que ocurren en el interior de los helados vagones de un tren o en ciudades adormecidas por el sopor en las que solo se entienden las cosas cuando uno va despacio, mucho más despacio.

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Recuerdo, sin ningún orden en particular:

Que las pirámides, antes de que nos llegaran como las ruinas que son ahora, estuvieron recubiertas de piedra pulimentada. Y tenían intrincados y preciosos dibujos que se evaporaron con el paso de los años. Con el tiempo se pierden los detalles pero quedan las formas, lo universal. Como esos recuerdos borrosos de la infancia: no sabemos si los vivimos, si nos los han contado o si proceden de fotografías a las que hemos aderezado con recuerdos inventados

A esa editora a la que admiraba tanto que dijo, rodeada de aprendices y lectores, en aquel frondoso jardín, algo que apunté en mi librera roja. Que en el sexo, en la cama, uno es un reflejo de cómo es fuera de ella. Que el generoso será generoso y el que no lo es tanto no lo será tanto. Esa verdad pequeña, o no tan pequeña, sigue hoy apuntada entre una cita de Julian Barnes y otra de Bioy Casares

Hoy me he acordado de ti. Pero también me he acordado de regar las plantas así que no voy a hacer un drama (dice Maruxa Caeiro). Y me he acordado del mono que vimos en Sri Lanka –y de las cadenas–, de cómo te molestaba la comida atascada en el sumidero, la mermelada de naranja o la gente que utilizaba diminutivos.
Recordamos sin ningún orden en particular. Quedan las ruinas de la memoria, enormes y porosas pirámides despojadas de sus vestidos. Se pierden los detalles, quizás, pero quedan las formas.

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Es un vídeo de estos que aparecen de repente en un chat de amigos. En él, un chimpancé de un año, cuya familia murió en manos de unos cazadores furtivos y fue encontrado con neumonía, reconoce la voz de los veterinarios que lo cuidaron. Son unas imágenes preciosas: el animal empieza a dar saltitos sobre una camilla y se abalanza, como si fuera un niño pequeño, sobre sus cuidadores. Es la viva imagen de la gratitud y la ternura.
Veía al chimpancé saltando mientras pagaba la cuenta en el lobby del hotel. El tipo se habrá pensado que se me empañaban los ojos por la cuenta, que hubiera podido ser. Pero era otra cosa.
Un amigo que estuvo a punto de morir en un accidente de coche y que pasó muchos meses en el hospital –que tuvo que aprender, entre otras cosas, a andar de nuevo– me contó que lo que más recordaba de aquellos meses oscuros era la primera vez que salió del hospital. Iba con su padre de la mano por la calle y se sentaron en una terracita. Pidieron una coca cola y, cuando el camarero se la sirvió, mi amigo dijo solo eso: gracias. Y aquello es lo que recuerda. El decir gracias por la coca-cola, por la vida y por el padre que le había enseñado a andar de nuevo.
Pocas veces lo decimos, así, en mayúsculas. En realidad, los chimpancés han aprendido a hacerlo mucho mejor que nosotros.

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Nos contaba que, en la novela ‘Un dique contra el Pacífico’, la madre de Marguerite Duras se quedó en Indochina con tres hijos y sin porvenir. Fue por eso que compró unas tierras frente al Pacífico e invirtió en ellas hasta el último céntimo deseando que el cultivo de aquella concesión los sacara por fin de ese maldito sentimiento de pobreza del que la hija, Marguerite, no se desembarazaría jamás.
Sin embargo, nadie advirtió a la madre de que había comprado aquella concesión cuando la marea estaba baja. Cuando el nivel del agua subía, el mar de China anegaba de agua salada aquel sueño de dicha familiar que desbarataba cualquier posibilidad de salvación.
Pero la madre, lejos de amedrentarse, esa madre obsesiva, pobre, terca, tan terca como para decidir emprender una lucha contra el mar –que es oleaje, fuerza, tempestad– decide que, con el último dinero que puede pedir prestado, levantará un dique contra el mar.
Pero el dique que construye esa mujer portentosa es frágil, tan frágil que un puñado de cangrejos lo corroen. Esa madre lucha con una fuerza tal, con un deseo tan imperioso, que creeríamos que es capaz de derrotar al propio mar de China. Claro que eso –eso de que los deseos sean útiles– ocurre solo al final de los cuentos clásicos, y ni siquiera en todos. Es imposible ponerle un coto al mar, imposible ponerle coto a determinadas cosas que nos ocurren en la vida.
Lo escuche aquí, el otro día, en Santander. Lo contaba la escritora Pilar Adón y, al salir más tarde a pasear, con el Cantábrico que se extendía a mis pies, pensé en la de veces que también nosotros compramos concesiones al mar convencidos de que podremos pararlo. De que podremos construir una barrera lo suficientemente fuerte para creer que sí, que incluso lo inverosímil pude cambiar.
Si desear fuera útil, ¿verdad? Pero crecer, madurar, tiene algo que ver con dejar de poner barreras y asumir que la esperanza sostenida únicamente en el deseo no conlleva más que inundaciones.
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Algo así, como decía Luis Landero: que la infancia es felicidad, la adolescencia amor y el resto, literatura. Y que mirar, atrás, y esto lo añado yo, cuenta lo mismo que mirar hacia delante: nada (porque solo tenemos este trocito de arcilla que llamamos día a día, presente, ahora). Y además, otra cosa, aquello que leí en una entrevista a Isabel Allende. La escritora hablaba de un fenómeno llamado ‘Síndrome del árbol de Navidad’, y consiste en que vamos colgando chirimbolos al abeto –entiéndase abeto como cualquier realidad que nuestras expectativas puedan deformar, o sea, el mundo entero– hasta que se le van cayendo los chirimbolos. Del peso, de la acumulación, de la irrealidad, y entonces, el abeto se seca.

Desde que lo leí, siempre que empiezo con las proyecciones y las expectativas, me imagino al pobre abeto y me digo: “Laura, para, que se van a empezar a caer pronto y no será culpa del abeto sino de los chirimbolos mentales que le estás colgando tú”. Que además, no existen.
Porque solo tenemos este trocito de arcilla que llamamos día a día, presente, ahora. O abeto.

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La noche había caído ya sobre el estadio, que recibía a los tres tenores en aquella época en que lo inaudito sucedió: la ópera se puso de moda. Luciano Pavarotti, José Carreras y Plácido Domingo estaban a punto de salir al escenario y la gente aguardaba impaciente. Uno de los discos más vendidos del año había sido ‘Tutto Pavarotti’, una especie de recopilación de los grandes éxitos del tenor italiano. La fama y el desconocimiento de sus nuevos públicos eran tan grandes que un conjunto de espectadores, antes de que Luciano hiciera su aparición, empezaron a gritar al unísono: «¡Tutto! ¡Tuuuuutto!», «Bravo, Tutto!». Y dicen que Luciano tardó mucho en salir, asustado ante aquel gentío coreaba su nuevo nombre.
Cuenta Judith Schalansky en su prólogo de ‘Atlas de las Islas remotas’ que preguntar por la veracidad de sus relatos no es pertinente ya que no se puede dar una respuesta definitiva. Resulta imposible saber si todo sucedió exactamente como ella lo narró. Lo que sí puede asegurar es que no inventó ninguno de los hechos ahí comprendidos: todos y cada uno están basados en historias de los otros. Basados en hechos reales.
Ocurre un fenómeno extraño en el pueblito de Arles, que recoge estos meses los ‘Reencontres de la photographie’. Las fachadas de sus edificios centenarios están llenos de corazones de tiza o de una misma palabra escrita sobre sus cristales: «L’amour» o «in Love».
Podría contar cualquier historia pero aquí una hipótesis: creo que alguien leyó aquel viejo verso de Sharon Olds: «que mi amor le hubiera llegado a tiempo». #pavarotti #tutto #lostrestenores #opera #musica #arles #rencontresarles #judithschalansky #atlasdelasislasremotas #sharonolds #literatura
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Fuimos andando, ya de vuelta, pasadas las doce de la noche, y dejamos atrás el barecito con las pinturas de Andrea Torres, sorteamos hordas de turistas enloquecidos, despedidas de soltero, las fiestas del barrio de Ciutat vella, los petardos y el ruido de un sábado de verano en el centro de Barcelona. Fuimos andando hasta dejar todo el bullicio atrás y nos adentramos en la monotonía tranquila del Eixample.
De repente, unas luces nos llamaron la atención. Afuera, en la calle, cientos de plantas y flores ocupaban la acera. Nos acercamos. Parecía, o al menos eso me pareció a mí, que veo literatura por todas partes, un relato de Carver: de la más completa oscuridad emerge una floristería abierta a las doce de la noche.
Entramos y el dueño nos explicó que abrían las 24 horas. Desde el tablero del mostrador nos dijo que uno nunca sabe cuándo va a querer comprar una planta o un ramo. «Además, a las plantas hay que moverlas lo menos posible. Por eso no cierro nunca, para no tener que entrar todo lo que veis en la acera».
Compramos Lavanda y de subida, con la maceta en una bolsa, pensaba -como he dicho, veo literatura por todas partes-, en algo que contaba Pedro Mairal.
El escritor argentino sufrió un accidente de autobús y la cercanía con su propia muerte le permitió palpar el borde de la vida. Fue allí, en la casi irreversibilidad, donde encontró un lugar para ejercer su confusión, un lugar desde el que hacer preguntas y darle la vuelta al propio cuerpo, a la propia finitud. Lo cuento porque esto, encontrar un lugar (no solo en la literatura sino especialmente fuera de ella) es lo que cuenta. Y los lugares son como las personas: aparecen de la nada. Solo hay oscuridad y de repente, ahí están las luces de una floristería que no cierra pensando en nosotros, los rezagados que creemos que nunca es tarde no solo para comprar flores, sino también para encontrar esas esquinas anodinas de la vida en las que se esconde la literatura.

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