A veces vuelvo a aquel juego de infancia, el veo-veo. Me acuerdo de ir aburrida en la parte de atrás del coche, en un atasco infernal, y de empezar con las pesquisas. Siempre llegaba el momento en que desesperada, ya sin saber qué más preguntar, imploraba a punto de rendirme: «A ver por qué letra empieza». Y luego, «Y por qué letra sigue». Hasta que alguien, mi madre solía ser, exclamaba desde el asiento del copiloto: «Eso ya no se vale». Ahí terminaba el juego y yo seguía tratando de adivinar qué era aquello negro, revestido de piel, que giraba, estaba dentro del coche y empezaba por VOL. Cuando caía en la cuenta de que hablábamos de un “Volante”, ya había perdido el juego, claro, además de haber gastado todas mis pistas.

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Hablaba con una amiga el otro día y me decía que estos últimos meses se había visto inexplicablemente revisitando fantasmas del pasado. Me hablaba de ese email a un ex enterrado una década atrás, de otro a una amiga perdida de la infancia o de un chat con aquellos chicos de su primer trabajo que eran tan majos. Se lamentaba de sentir aquella nostalgia repentina por cosas ya desaparecidas. Entonces, cuando colgamos, pensé que quizás se debiera a que como el presente se ha convertido en un tiempo incierto y casi agónico, como del futuro no sabemos apenas nada desde hace un año, lo que al final ha terminado por ofrecernos más garantías es el pasado. Solo que el pasado es un circuito cerrado. Invocarlo desde el presente es como aquella fantasía de viajar en el tiempo: fascinante para una película, decepcionante en la realidad.
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Conviene recordar que lo que ya no te gustaba en un momento de tu vida probablemente te siga sin convencer diez años después.
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Vi ayer este almendro florido y pensé de nuevo en pedirle al futuro que me dijera al menos la letra por la que empezaba. Supongo que nombrar es sacar los asuntos del caos, del no ser, pero hace casi un año que nadie sabe. Por el momento, parece que pronto llega la primavera y esa lógica antigua, la de las estaciones, me tranquiliza. Por fin hay algo que sucede como estaba previsto. No me digáis que no es un alivio.

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No sé cuántas veces habré leído ‘Léxico familiar’, de Natalia Ginzburg. Muchas. Y siempre me detengo en un mismo párrafo que habla de lo que es equivocarse de verdad: «Pavese cometía los errores más graves que los nuestros, porque los nuestros se debían a la impulsividad, a la imprudencia, a la estupidez y al candor. En cambio, los suyos nacían de la prudencia, de la sagacidad, del cálculo y de la inteligencia. No hay nada más peligroso que esa clase de errores. Pueden ser mortales, como lo fueron para él, porque de los caminos en que uno se equivoca por sagacidad es difícil regresar». Recuerdo que también yo, durante muchos años, me empeñé en una historia absurda sobre la que había pensado mucho, demasiado. Hasta que un buen día, alguien me dijo: deja de buscar las llaves, Laura, inventa otra puerta.
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Ayer, el revisor del ave, pasado Zaragoza, anunció por megafonía: «Me gustaría recordarles a los pasajeros que está prohibido fumar a bordo del tren. Se lo digo en especial al pasajero del coche número cinco que acaba de hacerlo en el baño». Nos miramos todos los del coche cinco buscando indicios de la fechoría. Se oyeron risitas hasta que una señora de la primera fila dijo: «¿Y cómo sabe este que no era alguien de otro coche que ha venido hasta aquí para disimular?». Alguien soltó una carcajada y pensé: qué nuestro que es esto de echar pelotas fuera.
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A lo largo del trayecto a Barcelona leí ‘Las gratitudes’, de Delphine de Vigan, y me gustó el tema pero no el libro. A veces siento que determinados libros se quedan a medias, como en un borrador. Pero lo que me gustó es esa idea, la de dar las gracias de verdad a las personas que cambian nuestras vidas. Me hizo pensar en eso que escribió Anne Frank, que los muertos reciben más flores que los vivos porque el arrepentimiento es más fuerte que la gratitud. Y relacionándolo con Pavese y con las llaves que no abren puertas, creo que uno de esos errores que uno puede cometer por sagacidad es el de vivir la vida agarrado a ese flotador insípido, el del arrepentimiento.
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Buen domingo. Leed siempre, si podéis, a Natalia Ginzburg y a Cesare Pavese. Y si la llave no entra en la cerradura… no es la llave, es la puerta.

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Volvía ayer andando a casa y lloviznaba. Era tarde y había caído sobre la ciudad esa luz que precede a los días lluviosos (hoy). Me equivoqué de calle y no sé cómo terminé en un lugar en el que nunca había estado. Me detuve casi emocionada: me había perdido en mi propia ciudad. Nada de lo que me rodeaba, ni las calles ni las elegantes fincas, ni aquel jardín tan cuidado, me sonaba lo más mínimo. A través de los auriculares sonaba Leif Vollebekk. Azarosamente, me había perdido.
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Un amigo me pidió que le contara lo más loco que había hecho por amor para un reportaje sobre San Valentín. Le conté esto: durante tres años escribí una novela para volver con un tipo del que llevaba años enamorada. No me atrevía a dar el paso de llamar y simplemente decir «te echo de menos», que era lo que tenía que haber hecho, de manera que escribí 350 páginas para decírselo de otra forma. Con lo fácil que hubiera sido una llamada… pues no. Me enredé en un una carta de amor que me sirvió también para mantener viva esa relación (las palabras sirven, creo, para estrechar, para acercar, para agarrar). Pero luego, obviamente, el tipo no leyó la novela y tuve que acabar cogiendo el teléfono y, como dice aquella canción tan cursi de Stevie Wonder, pronunciar un «I just called to say I love you».
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Pensaba ayer, de vuelta a casa, en cómo nos enredamos a veces con las cosas que son tan fáciles como coger el teléfono o decir una frase. Lo pensaba en aquella plaza, perdida en mi propia ciudad. Sé poco del amor, pero me recuerda un poco a esa sensación tan plácida de estar perdida en un lugar aparentemente conocido pero que no conoces. A dejarse ir, sin demasiadas referencias para ver hasta dónde llegas. Bajé un par de calles más y encontré el camino a casa. Tarareaba aquella canción de Soleá Morente, ‘Todavía’, que dice esto tan fácil: «Todavía tengo tiempo, todavía». Y un spoiler de mi historia con aquel viejo amor es que nuestra historia fracasó pero la novela, sin embargo, salió bien.
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Feliz San Valentín a los que lo celebréis. Y un consejo: si queréis decir algo no escribáis una novela. Vale con un mensaje o una llamada. Y a los que no celebráis San Valentín…poneos a Soleá Morente.

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Me dan miedo algunas cosas.
La gente que dice “tenía tantas ganas de conocerte” y no lo piensa, o los emails promocionales que empiezan con “te hemos echado tanto de menos”. Los recibos de electricidad en los meses fríos. Los que afirman seguros que “querer es poder”. Los de las banderas excluyentes. El refrán “quien bien te quiere te hará llorar”. O los que reparten tranquilamente esa certeza de que no se puede ser fan de Bela Tarr y de Bridgerton al mismo tiempo. También esa frase que dice Frances McDormand en Nomadland “what’s remembered lives”, porque de anclarse en el recuerdo tampoco sé qué clase de vida resulta.
De entre las cosas que más me aterran en el mundo están estos dos versos de un poema de Carver, llamado también ‘Miedo’: “Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado. /Miedo a que lo que ame sea letal para aquellos que amo”.
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Paso todos los días por la esquina de la foto. Han intentado borrar el graffiti entero, pero ha quedado esa palabra que me mira de reojo. A veces cambio de calle para no verla. Pero esa es una estrategia un poco chapucera: ni palabra ni el miedo se van porque no los mires.

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Hay lugares a los que una querría ir solo por como suenan: me ocurre con la ciudad de Valparaíso, por ejemplo. Ayer, en ‘Ema’, la película de Pablo Larraín, la recorrí de la mano de Mariana di Girolamo y aquel amor platónico mío de juventud (y de no tan juventud), Gael García Bernal, y me perdí por los balcones coloridos de esa ciudad que me hace pensar, como su nombre indica, en un paraíso austral, un lugar fuera del mapa.
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Ayer, en una entrevista preciosa que me hicieron, la periodista me contó que el domingo había quedado con un amigo que llegaba tarde y para explicarle el motivo, le envió un mensaje: «tenía que bañar y arreglar a mi suegra, que ya no se vale por sí misma. La vida invisible, ya sabes». Me enamoré irremediablemente de aquel hombre, sea quien sea, que puso en palabras aquello que aspiro hacer mientras escribo: alumbrar la vida invisible. Suelo decir que me gustan lo hombres que: “x, y, z” (lo pongo entre comillas porque los criterios varían según el día y son tan dispares que no merecen ni listarse), pero llevo un buen rato pensando en este tema tan delicado de los cuidados, en la importancia que con los años van adquiriendo todas estas cosas en las que no reparas a los 18. Quizás he madurado. Quizás.
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También me preguntan a menudo a dónde querría viajar ahora. Y entonces imagino aviones y respondo sin dudar Socotra, Valparaíso, o el lago Victoria. Aunque también, cabe la posibilidad de que esté deseando más que cualquier otra cosa volver a ser una chica junto al vaso de vino, esperando encontrar, tras el cristal, al tipo de los domingos y las vidas invisibles. Y ya si además se llama Gael García Bernal…

¿Veis? No, aún he madurado. Pero por pedir que no quede. Que tengáis un buen jueves lleno de vidas invisibles.

(La foto es del prólogo de ‘El cuento de nunca acabar’, de Carmen Martín Gaite)

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Siempre me ha gustado esta historia del cineasta Werner Herzog y Lotte Eisner. En invierno de 1974, a Herzog, que por aquellas rondaría la treintena, le dijeron que su amiga Lotte Eisner, crítica de cine, estaba gravemente enferma. Devastado, decidió ir a verla. Pero no cogió un avión, o un tren, ni siquiera un coche, y recorrió los 684 kilómetros en línea recta que separan Munich de París, a pie. Lo hizo como una suerte de promesa. Se dijo: «mi decisión mantendrá a Lotte viva. Ella no puede morir. Caminaré por ella». Es la épica romántica de Herzog. Empezó el viaje el 23 de noviembre y no llegó hasta su destino el 14 de diciembre. Fue un camino solitario y frío y de ahí surgió el libro ‘Del caminar sobre hielo’.
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Después, regresé a aquella novela de Silvina Ocampo llamada ‘La promesa’ que cuenta la historia de un naufragio. Una mujer, pasajera de un barco, se cae al mar. Sabe nadar muy bien y entonces, para no hundirse, para evitar la desesperación, crea una galería de recuerdos, va nombrando y describiendo, retratando a personajes que conoció durante su vida. Y es esa voluntad, la de anclarse en otro tiempo, lo que la mantiene a flote al menos durante un tiempo.
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Parece fácil y casi intuitivo: andar para que alguien no muera, recordar para no ahogarse.
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La amiga de Herzog, Lotte Eisner, sobrevivió al viaje de Herzog y murió años más tarde, en 1983. El personaje de ‘La promesa’ no, pero era un personaje inventado, así que no podemos tener garantías de si surtió o no efecto el hecho de agarrarse al recuerdo. Sea como fuere, estos días pienso en la de veces que estas gestas románticas y aparentemente inútiles –estas que conquistamos valiéndonos de nuestras palabras y pensamientos– nos salvan un poquito de estos tiempos inciertos, de estos domingos raros.

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Ocurrieron cosas bonitas.

Fuera de la librería esperaba gente para que le firmara el libro y me sentí casi importante, casi famosa (no soy yo, son las restricciones y el aforo), pero lo cierto es que conocí a gente maravillosa. Una chica vino a que le firmara el libro para regalárselo a su padre porque lo iban a leer juntos –y no puedo poner su nombre por aquí porque era una sorpresa–, pero fue casualidad porque luego subí una foto de la cola de gente que esperaba –para que la viera mi madre– y ese hombre me escribió al momento: «¡Mira, la segunda es mi hija X!». Y yo no pude decirle que ya lo sabía. Pero me hizo ilusión que haya un padre y una hija que lean estas historias juntos. Que quizás se encuentren en estos pequeños textos. Porque qué es escribir si no una manera de estrechar lazos, de no estar solo.

Pero eso no fue todo. Porque luego, como si estuviera dentro de uno de mis relatos, se acercó un chico a pedirme que le dedicara el libro a su ex. Levanté la ceja «¿Qué tipo de ex?», porque ya sabéis que soy preguntona de naturaleza, y al ver su cara entendí que era uno de esos regalos que uno lanza con la esperanza de revertir la realidad. «O sea que quieres volver con ella». Así que ahí fuimos: a la reconquista. Porque qué es escribir si no creer que las cosas pueden cambiar, que las palabras lo pueden lograr.
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Ocurren cosas bonitas. Después me llegó la opinión no solicitada del día, porque de esas abundan, de un tipo al que no conocía que me sugirió que me maquillara un poco porque en las fotos salía demasiado natural. Y natural ya sabemos que es un sinónimo de con ojeras y arrugas. Pero qué es escribir si no silenciar las opiniones no solicitadas.
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Y después, volviendo a casa, con esa sonrisa tonta de los días felices, resumiendo un poco todo esto, me llegó como en un eco aquella frase de Robert Frost que dice que la felicidad compensa en altura lo que le falta en longitud.
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En fin. Que tengáis una buena semana y acordaos por favor de maquillaros, que luego salís demasiado naturales.

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Nos seduce lo que no controlamos, que son la mayoría de cosas importantes en la vida.
Esta mañana hablábamos de esto en la radio con @alomasimpe. También de la magia de las instrucciones del mundo material: sigues unos pasos y ahí está el resultado. El armario de Ikea, la actualización del nuevo software, la receta del pastel de zanahoria. Y si no funciona le devolvemos el dinero.
Lo cierto es que querríamos que esas mismas certezas funcionaran en ese otro ámbito tan escurridizo que es el de los afectos o la vida personal. Pero como decía Clint Eastwood, «si quiere una garantía cómprese una tostadora».

Y como no existen las certezas, o al menos yo no tengo muchas, hay que escribir para volver a plantearse esto que decía al principio: que nos seduce y nos atrae lo que no entendemos y que de ahí, del no entenderlo todo surge también la literatura.

Mañana llega oficialmente a librerías –pero creo que ya está por ahí danzando– ‘La gente no existe’, un libro de relatos en el que no hay garantías ni tostadoras, pero en el que viven esos temas y personajes que han llenado mi vida estos últimos años. Dejar ir cuesta, también a los libros, pero es ley de vida: llega un momento en que sin dejar ir no hay hueco para lo que viene.

Así que todo vuestro. Y desde ya, gracias.

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Cosas que echo de menos:

Bailar.

Dar un abrazo. De los de verdad.

Olvidarme de las distancias de seguridad.

Decir: «compro los billetes y voy».

Ir a la sesión golfa.

Que el vocabulario bélico –moral de resistencia, salvoconducto, confinamiento– se quede en los libros de historia.

Seguir bailando. Aunque no sepa.

Soplar las velas del cumpleaños y que nadie recuerde «ahora no se puede soplar».

Organizar una cena y que no importe cuántos vayamos a ser.

Una conversación contigo, aunque no te conozca, en la barra de aquel bar.

Vivir sin miedo a tantas cosas que no se ven.

Pelearme con el señor de al lado por culpa del reposabrazos.

Que nadie hable del aforo reducido.

Que te den un abrazo. De los de verdad.

(Y un beso también).

Que cierren el bar, pero no por toque de queda si no porque está amaneciendo y el dueño tiene ganas de irse a la cama (pero tú no).

Que puedas estornudar en el supermercado con libertad, sin sentir que cometes un delito.

No tener que imaginarme cómo sería el resto de tu cara.

Un concierto lleno de gente.

Planear qué haremos el mes siguiente. O el fin de semana que viene. O mañana.

La sensación de que aún queda mucha noche. De que nos queda todo.

***Humphrey Bogart decía que el mundo tiene más o menos tres copas de vino de retraso. Actualmente la cifra ha aumentado, claro. Diría que le faltan al menos cinco. O veinticinco.

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Compramos una tarta de limón tan bonita que nos daba apuro cortarla: no queríamos estropear las formas tan delicadas que dibujaba el merengue sobre la crema de limón. Al final no hubo más remedio, y por una vez, las expectativas estuvieron a la altura. Nos comimos la mitad y después tratamos de decidir qué hacer con ella, con la tarta de limón más bonita de Barcelona. Decidimos dejarla en la nevera de la oficina «para no tirarla», a sabiendas de que nos íbamos de vacaciones. Porque tirarla nos hubiera parecido una aberración. Y la tarta sigue, dos semanas después, en el mismo sitio donde la dejamos.

A veces me ocurre también y la nevera se me llena de tuppers que no me atrevo a tirar en el momento porque me digo que es una pena.

Que ya me lo comeré.

Por si acaso mañana.

En otra ocasión.

Ya lo haré.

Después.

Obviamente eso nunca ocurre y entonces me olvido por completo del tupper y un buen día aparece moho, o se pudre, y exclamo sorprendida, como si tuviera que darle explicaciones a la nevera: «¡Tendría que haberlo tirado antes!». Pero la nevera sabe que yo ya lo sabía y nunca dice nada.

Ocurre también con la ropa que no sirve, con lo que nos queda pequeño, con los trastos viejos o que se rompen. Con lo irrecuperable. Y la metáfora, claro, es aplicable a las cosas que no son cosas.

Aprendemos pronto, de niños, que las cosas hay que aprovecharlas hasta que ya no sirven y entonces llega el momento de dejarlas ir porque es mejor –aunque esto no nos lo dicen– ahorrarse la decadencia.

No tirar lo que ya no sirve, lo que ya sabemos que no servirá, es una manera como otra de ocupar espacio, de permitir que llegue el moho. Y la nevera, pobre, siempre se queda muda ante nuestra sorpresa, «cómo ha podido ser que esto ha ocurrido» y no se atreve nunca a responder: «Pues porque tú lo has dejado aquí». Así que ahora sí, creo que voy a tirar la tarta.

Buena semana y lo dicho: no guardéis lo que ya no sirve que pronto llega el moho.

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Leí estas líneas de Pizarnik en una lámina que al final no me compré: «Escribes poemas porque necesitas un lugar en donde sea lo que no es». Así ocurre, que hay que buscar lugares a las cosas, incluso a las que se van.
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Día de Reyes y se acaban por fin los excesos –en todos los sentidos– de las Navidades. Estos días, cada vez que he abierto una Caja Roja, como la de la foto, pensaba en mi abuela y en que ahora ya nadie nos decía «todos los blancos para vosotros» mientras ella, a menudo escondidas, se zampaba todos los negros. Si le preguntabas, claro, decía que no había sido ella, jamás lo admitía. Dicen que dios está en los detalles y yo, que no sé qué pensar con respecto a dios, sí sé que en los detalles está la grandeza de las cosas.
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Me gusta mucho una frase de Francis Scott Fitzgerald: «Recuerdo que iba en un taxi una tarde entre altos edificios y bajo un cielo color rosa y malva. Comencé a gritar porque tenía todo lo que quería y sabía que nunca iba a ser tan feliz». No sé por qué, la foto de la caja de bombones me ha hecho pensar en esto, en esa felicidad que dan las cosas tan pequeñas como los bombones con forma de corazón, o los blancos que mi abuela no se comía. Qué felices somos a ratitos. Suerte que está la literatura para que sea lo que no es, pero también para contar y recordar todo lo que se marcha.

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Terminé bien el 2020: bailando Raffaella Carrà, y atragantándome con las uvas, como ya es costumbre, pero empecé 2021 aún mejor: en la oscuridad de una sala de cine que me trajo, veinte años después, aquella película que cuenta la historia de amor más triste del mundo. La había visto muchos años atrás. Aunque lo de “visto” es un decir porque no la terminé: me aburrí y la dejé. Las películas llegan también cuando tienen que llegar y supongo que cuando la estrenaron tenía una edad en la que aún no podía entender que aquellos dos no se dieran un mísero beso a lo largo de la película.
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‘In the mood for love’ se traduce en español como ‘Deseando amar’. He encontrado dos traducciones para su título original en cantonés, ‘Fa yeung nin wa’, en primer lugar: “El frescor de las flores se mantiene con el tiempo”, y también: “la magnificencia de los años pasa como las flores”. A pesar de que no sé ni una palabra en cantonés, entiendo que ambas aproximaciones son acertadas para definir esta película que habla de cómo el deseo y el tiempo se entrelazan y se confunden, de qué hacemos con la potencialidad de lo que no ocurre, de cómo la ausencia y el anhelo terminan conformando las existencias de estas dos personas tristes y solitarias. No recordaba la música: esos violines del tema de Yumeji, pero sobre todo las canciones de Nat King Cole ‘Quizás’ y ‘Aquellos ojos verdes’ que, desde la nostalgia, son una puerta abierta a la esperanza.
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Veinte años atrás no llegué al final de la película ni a estas frases: «Él recuerda esa época pasada como si mirase a través de un cristal cubierto de polvo, el pasado es algo que puede ver, pero no tocar. Y todo cuando ve está borroso y confuso». Decía al principio que las películas llegan cuando tienen que llegar porque solo ahora comprendo qué hace Tony Leung deambulando entre los templos de Angkor Wat. Se da cuenta de que tuvo una oportunidad: de que ellos dos la tuvieron. Pero ahora, desde donde está, no puede hacer nada para alcanzarla. Solo ve a través del polvo y la bruma. Y hubiera sido fácil. Si solo hubieran encontrado las palabras, ¿verdad?

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Sobre el deseo.
En literatura un personaje se define por su deseo. El deseo -que puede ser enorme y apasionante como el de viajar a la luna o mucho más sencillo, como el mío, tomarme un vino blanco y unas patatas fritas– es lo que permite al lector identificarse y empatizar con él. A partir de esa necesidad crece la línea argumental. Por ejemplo, el Espantapájaros de ‘El Mago de Oz’ quiere un cerebro porque su cabeza está rellena de paja y no quiere que la gente le tome por tonto. Con este deseo emprende un viaje que le llevará a descubrir que en realidad no era tan tonto como pensaba.
Qué importante es tener un deseo. Y vale para todo, incluso para atravesar un año como este.
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Sobre la vida.
En ‘La uruguaya’, la novela de Pedro Mairal, un personaje le dice a otro: «Si no podés con la vida, probá con la vidita». Y no sé vosotros, pero este 2020 me he acordado a menudo de la vidita, que es al final lo que hace que nos cuadren o no las sumas del Debe y el Haber.
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Sobre 2020.
Lo diré de la manera más fina que se me ocurre: ha sido lo que comúnmente se conoce como “un año de mierda”. Pero por eso, aquí una teoría que inventé en marzo cuando todo esto empezó (porque yo siempre invento teorías que luego nunca aplico). Se llama la teoría del colador y es tan gráfica como su nombre indica. En momentos como los que hemos pasado, uno se queda por fuerza con lo verdaderamente importante. Lo otro se va por el desagüe. Me quedo con esto de 2020: nos hace falta poco para ser felices, lo que pasa es que a veces nos olvidamos.
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Sobre 2021.
Mi frase favorita de Ian McEwan dice: «De este modo podía cambiarse por completo el curso de una vida: no haciendo nada».
No podemos controlar lo que traerá el 2021, pero sí lo que nosotros hacemos con lo que nos traiga.
Así que desde este rincón: mis mejores deseos para 2021, que parece que tendrá sus cosas, su vidita, sus vacunas, sus contratiempos. Feliz 2021 y gracias a todos por estar aquí.

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(Y en la foto: el 2020 ha traído cosas maravillosas también. Lola corriendo tras los globos el día del cumpleaños de su madre es una de ellas. Es una entrada poderosa en la parte del Haber).

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El final de ‘Postales de invierno’, de Ann Beattie, fue uno de mis favoritos durante muchos años. Dice así:
«Justo antes de que me marchara de casa cayó una nevada. Fuimos a ver a su mujer. De camino al hospital paramos a comprar la comida asquerosa de siempre y le cogimos unas revistas, las del hospital tienen todas las páginas rasgadas, y jabón, y cosas así. Cuando llegamos estaba sentada al lado de la ventana contemplando la nieve, y nos dijo, sin levantar la vista siquiera, sin saber quiénes éramos, que los médicos le habían dicho que sentarse a mirar la nieve era una pérdida de tiempo, que tendría que apuntarse a algo. Se rio un buen rato y nos dijo que no era una pérdida de tiempo. Quedarse mirando los copos de nieve sí que sería una pérdida de tiempo, pero ella los contaba. Y aunque contar copos de nieve fuera una pérdida de tiempo, ella no lo perdía, porque sólo contaba los que eran idénticos.»

Un año después de leer esa novela un amigo mío entrevistó a Beattie cuando publicó su siguiente libro ‘Retratos de Will’ y le contó de mi amor por el final de ‘Postales de invierno’. Al dedicarme el libro, escribió «For Laura, we’ll both wait for the two snowflakes that are just alike». Me gusta esta historia porque si algo podría definirme en una biografía es eso: esperando copos de nieve idénticos desde 1984.

El viernes vi cómo un hombre y una mujer se enamoraban en vivo y en directo. Me di cuenta, más allá de por cómo se fueron acercando y por cómo se miraban, porque cuando ella desapareció unos instantes, el tipo, que debía de tener treinta y largos, hizo una especie de mueca extraña. Empequeñeció los ojos como si tratara de recordar dónde había guardado algo que no encontraba. Era fascinación, sorpresa, un «de dónde ha salido y ahora qué hago». Quise recordarle aquel verso Szymborska, que «hubo algo perdido y encontrado», pero pensé que la poesía siempre sirve a posteriori, pero que los directos es mejor vivirlos sin filtros.

Y en la foto parece que esté en un cuadro de Hopper, pero yo creo que estoy mirando a través de una ventana, porque los libros son también ventanas, y fuera nieva y Ann Beattie escribió ese final solo para mí, o eso me gusta pensar.

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23 de diciembre.
En primer lugar está ese poema maravilloso de Sandra Cisneros. Se llama ‘One last poem for Richard’ y empieza así: «24 de diciembre y aquí seguimos». Cada año lo rescato por estas fechas porque son tiempos en los que, como le ocurre a Sandra Cisneros, uno echa la vista atrás. Las efemérides existen también para recordar, para comparar: un año con el otro, ese verano y el de hace dos, tu cumpleaños y el mío. El poema habla, como su propio título avanza, del último poema que ella (sea quien sea) le escribe a Richard, su ya expareja. Y uno intuye, por cómo se desarrolla el poema, que aquella no ha sido una relación especialmente memorable sino que ha estado llena de desencantos y altibajos. Aunque de ternura también. Y cito aquí mi verso favorito: «There should be stars for great wars/like ours. There ought to be awards and plenty of champagne for the survivors», que en mi traducción de pacotilla quiere decir: « Debería haber estrellas para grandes guerras/como la nuestra. Debería haber premios y mucho champán para los supervivientes».

23 de diciembre.
Así siento que llegamos a estas navidades extrañas: deseosos de que nos den alguna recompensa, un poco de champán para sentir que lo hemos logrado, aunque no nos atrevamos a mirar qué hay detrás de la puerta del nuevo año.

Pero lo más importante: que mañana es 24 y después 25.
Feliz Navidad, feliz lo que sea que se acerca. Tiempo también para echar la vista atrás y pensar en los que no están, en los que hemos perdido en estos tiempos difíciles.

Otra cosa:
Quería encontrar una foto navideña, pero tal y como está el año la cambio por esto que he visto esta mañana. «Acceso privado (un mago nunca revela sus trucos)». No sé qué se escondía tras la puerta, en realidad podría haber girado la llave pero he preferido quedarme con la incógnita. «Seguro que habrá algo bueno», me he dicho de repente, convencida de que cuando menos te lo esperas, cuando ya lo dabas por perdido, ocurre algo. En deporte creo que le llaman los minutos basura, tiempo de descuento. Me he sorprendido a mí misma con este brote de optimismo, pero me ha parecido una imagen fantástica para empezar a despedir el año.

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Volvíamos a casa por esa Rambla de Catalunya increíblemente engalanada. Habíamos salido a buscar regalos pero ninguna de las dos se había fijado realmente en las chaquetas, los gruesos jerséis de angora, los sombreros sofisticados. Entre prenda y prenda una le había ido soltando a la otra: «esto sí que no me lo esperaba», o un «¿pero y esto de dónde sale ahora?», o esa eterna constatación: «cuando menos te lo esperas vuelves a la adolescencia». Nos habíamos reído porque por algo nos conocemos desde que tenemos doce años, y cuando nos despedimos nos embargó esa misma sensación: seguíamos jugando al juego de las sillas. Dejaba de sonar la música y nos abalanzábamos sobre la última que quedaba con esa sensación de llegar por los pelos y preguntándote si era eso lo que querías.

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La escritora Margaret Atwood resume esta problemática en una frase: «Otra creencia mía; que todo el mundo de mi edad es un adulto, mientras que yo voy simplemente disfrazado».

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En un capítulo de ‘Better things’, Max, la hija mayor de Sam, el personaje interpretado por Pamela Adlon, está desanimada porque ha cumplido dieciséis años y ha desaprovechado la oportunidad de entrar en las mejores universidades. Al borde del llanto, Max se arrepiente de no haber sabido antes lo que quería. No sabe aún que por mucho que corras, la vida va siempre un paso por delante. Que uno anda rezagado, haciendo lo que puede y, sobre todo, aparentando que sabe lo que está haciendo. Al final del capítulo, Sam lleva a su hija a probarse ropa “de mayor”. Acostumbrada a ir en vaqueros y enfundada ahora en un traje chaqueta, la imagen que el espejo le devuelve a Max es la de una mujer más encaminada en la vida. Madre e hija ríen frente al espejo entregándose a una simple verdad: el truco no es saber si no que parezca que sabes. Crecer no es garantía de nada.

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No se lo dije a mi amiga, por eso lo escribo ahora: nadie es adulto, no del todo. Todos vamos disfrazados y a veces llega una ráfaga de viento y alguien te descubre la peluca. Tampoco le dije esta obviedad: el verdadero viaje no es geográfico. Pero eso es algo que probablemente todos sabíais menos yo.

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Nunca había leído a María Luisa Bombal y ayer di con un relato suyo llamado ‘El árbol’ que cuenta la vida misma, cuenta la historia de una mujer que observa crecer un árbol mientras trata de dilucidar las grandes cuestiones de su vida. Y se le escurren los días entre condicionales hasta que se queda atada a sus propias indecisiones. O así fue como lo entendí yo porque uno se lee en lo que lee. El cuento era, en definitiva, una advertencia. Y hay que leer las advertencias como lo que son: señales de peligro. En un momento, el relato decía así: «Puede que la verdadera felicidad esté en la convicción de que se ha perdido irremediablemente la felicidad. Entonces empezamos a movernos por la vida sin esperanzas ni miedos, capaces de gozar por fin todos los pequeños goces, que son los más perdurables»

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Creo que a lo que se refiere Bombal es a vivir lejos de grandes eslóganes. Nadie sabe qué es ser feliz e incluso leí una vez que la felicidad compensa en altura lo que le falta en longitud. Pensaba en ello caminando por esta Barcelona de diciembre de una Navidad incierta. Hay momentos, destellos, y hay que estar atento para atraparlos: una vieja canción, el verso de un poema, un vídeo en el que tu abuela se come todos los bombones de la caja roja, una foto en la que tu hermano tiene dos años y va en un vagón de tren –y dices «cuánto hemos cambiado» e incluso «qué fácil era entonces»–. Ayer me hicieron una entrevista y me preguntaron qué era lo que me inspiraba a la hora de escribir. Ahora le diría: todo esto.

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Feliz jueves de pre-Navidad. No os olvidéis de las advertencias que al final, la vida, como en la foto, siempre se abre paso.

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Fue mucho tiempo atrás. Salimos del cine después de ver una comedia romántica que le había impuesto a mi pobre padre y llegamos andando hasta el bar donde servían nuestras patatas bravas favoritas. Recuerdo aún la esquina donde le planteé aquella pregunta tan mía, sobre todo en mi adolescencia. Le pregunté qué haría en la hipotética situación de que, de repente, caminando por la calle, se cruzara con una mujer y, al verla, comprendiera que era el amor de su vida. Imagino que la pregunta debió de ser consecuencia directa de la peli que hubiéramos visto, pero lo cierto es que mi padre, fiel siempre al comando anti-drama y súper pragmático de la vida, me miró apesadumbrado y me dijo: «Ni idea, Laura. Pero pagaría todo lo que tengo para que eso no suceda nunca». Luego nos comimos las patatas bravas y no volvimos a hablar del asunto, y por supuesto no le dije que no había entendido las razones de su respuesta.

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Leía a mi admirada Guadalupe Nettel en ‘La hija única’ y me encontré con esta frase: «¿Quién no se ha sumergido en un amor abismal a sabiendas de que no tiene futuro, aferrado a una esperanza endeble como una brizna de hierba? Pourquoi durer est-il mieux que brûler?, se preguntaba escéptico Roland Barthes. El amor y el sentido común no son siempre compatibles»

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Cuántas películas y cuánta buena literatura han dado esos amores abismales pero tan poco adaptables a la rutina. Sospecho que lo que mi padre me respondió tenía que ver en última instancia con lo que plantea Barthes: esto de si es mejor durar que arder. Y me temo que él tenía una buena respuesta pero yo aún no. Parte de mí sigue en esa esquina de sus trece años, a punto de comerse unas patatas bravas con su padre, sopesando esto de si hay que sacrificar el fuego para quedar viviendo en las brasas. O peor: en las cenizas. Pensaba ayer, mientras regresaba a casa, que lo único que deseo es que si algún día tengo una hija y la llevo a comer patatas bravas un viernes de sus trece años no me haga la misma pregunta. Tendría que mentirle y decirle lo mismo que mi padre.

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Me han preguntado esta mañana de qué va este libro y yo creo –aunque los autores somos los menos indicados para hablar de nuestro libro– que va de las siguientes cosas:

–De las veces que no estamos del todo aquí (aunque quisiéramos estarlo).
–De la distancia que existe entre lo que decimos y eso que se queda atascado en otra parte (pero nadie sabe dónde está esa otra parte llena de deseos y explicaciones).
–De que nos enamoramos de lo que nos falta, o de los que están en otra parte, o fuera de cobertura.
–De las personas que son nuestros padres. De esa palabra quebradiza, la familia.
–De no saber. O no poder. O las dos cosas.
–De que cuando fingimos la felicidad, la normalidad. Y de que fingir es ya lo que veníamos diciendo al principio; otra manera de no estar aquí.

En realidad creo que estos relatos van de lo raro que es vivir, y le robo la expresión a mi querida Carmen Martín Gaite.
Hoy pensaba, una vez cerrado el libro –ya no más cambios ni más dudas ni más “esto no me gusta”–, en ese momento precioso en que un libro deja de ser del que lo escribe, que nunca sabemos muy bien qué escribimos cuando escribimos. Y ahí está la magia.

Saldrá el 21 de enero y entonces espero que seáis vosotros los que me contéis a mí de qué va.
Gracias✨

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Las canciones de Love of lesbian me cuentan siempre la historia de mis fracasos sentimentales más estrepitosos. El viernes subía andando a casa por Rambla Catalunya y revisitaba aquellos dos álbumes: ‘1999’ y ‘La noche eterna’. Llovía y tenía que ir deteniénome porque el paraguas se me daba la vuelta gracias a las ráfagas de viento. Era black friday, o eso decían las tiendas, y me puse la nueva canción de Love of Lesbian, ‘Cosmos’, y un verso decía «Hay veces que una canción que habla de ti/ Le gusta a todo el mundo menos a mí». Lo reconocí como el estribillo que, en otras épocas, me hubiera hecho pensar en X, Y, Z, pero esta vez no me hizo pensar en nadie en particular y no pude entregarme a la nostalgia de un viernes lluvioso. Hacerse mayor debe ser eso, me dije, quedarte sin tus fantasmas.
Supongo que es ese viejo debate de las canciones de música pop y la tristeza de ‘Alta fidelidad’: «¿Escuchaba música pop porque estaba deprimido, o estaba deprimido porque escuchaba música pop?».
Hubo un tipo, el Dr. Jacob Jolij de la Universidad de Groningen, que consiguió elaborar un top 10 de las canciones que mejor nos hacen sentir basándose en una fórmula matemática que él mismo diseñó. La ecuación evalúa la canción que nos hace sentir bien según su letra, su tempo en golpes por minuto y su clave. El autor del estudio la aplicó a 126 canciones y comparó los datos que obtuvo con las opiniones de los sujetos participantes en una encuesta que se llevó a cabo en el Reino Unido. Quiero decir: hay maneras de hacer canciones motivadoras y otras muchas otras de hundir tu estado emocional. Y todo eso está estudiado.
Al llegar a casa, sin paraguas porque se había roto y con la ropa completamente calada, volví de nuevo al estribillo de ‘Cosmos’. Pensé en X, Y, Z y suspiré aliviada. Que sensación tan ligera. Encendí las luces de la cocina aún empapada pero misteriosamente feliz, incluso tranquila, como si me hubiera quitado un peso de encima. Suspiré. Seguía siendo yo. No me había hecho tan mayor. Aún no. Qué sería de nosotros sin nuestros fantasmas en los días de lluvia.

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