Esta historia empieza hace un año cuando un domingo triste de abril vi un documental llamado ‘Honeyland’ del que me enamoré. Contaba la vida de Hatidze Muratova, la última recolectora de abejas de la República de Macedonia del Norte y de Europa. El documental es precioso, no solo por la historia, que ocurre en un pueblito casi abandonado, Bekirlija, si no por la delicadeza con la que está contada. Sea como fuere, el personaje, entrañable, se quedó conmigo todo este tiempo y algunas veces, en mis ensoñaciones visitaba este pueblo en ruinas y me preguntaba por Hatidze, por sus abejas y sus peleas con el vecino, porque así ocurre con las buenas historias: que siguen contigo mucho después de que terminen.
Hace unos días llegamos a Skopje. En un arrebato, pensé que quizás podríamos ir a Bekirlija a hacer algunas fotos. «Pero es casi imposible llegar», me dijeron en la recepción del hotel, «no sin el coche adecuado», añadieron. Ayer, en el último momento, porque se torcieron los otros planes, decidimos salir hacia ahí solo para ver cómo era la zona. Y llegamos al último pueblo antes de adentrarnos en las inmediaciones deshabitadas de Bekirlija. Preguntando por nuestra recolectora, un niño nos llevó a una casa. En el patio vimos a gente sentada sobre taburetes tomando un café y ahí estaba ella, con un jersey lila, rodeada de toda aquella gente que era, como luego supimos, parte del equipo de la película.
Sin saber muy bien qué decir –el momento fan nunca ha sido lo mío–, me acerqué. Y después todo ya es otra historia que no me cabe aquí, pero resumiendo: fuimos con ellos y Hatizde a Bekirlija, a 20 kilómetros de ahí. De camino, con nuestra recolectora de copiloto, tuvimos que parar porque se nos cruzó una serpiente por delante del coche. «Es señal de buena suerte. Algo bueno ocurrirá», dijo Hatidze. Como no hablo macedonio no le pude decir que la suerte era ella, estar ahí, y que las casualidades no sé si existen. O no tanto como nos creemos. Y después nos hicimos esta foto frente a su casa y me llevaré de vuelta a España, dentro de la maleta, dos tarros enormes de miel de la última recolectora de abejas de Macedonia del Norte.

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Prohibido tocar música. Y yo me dije:
¿Seguro?
Pensé, así a bote pronto, en empezar a hacerlo. Ahí, en medio de la plaza, al lado del cartel. Atreverme con ‘The greatest’ de Cat Power, aunque pensé que hubiera desafinado. O quizás con ‘If you need to, keep time on me’, de Fleet Foxes.
Pronto me dije que ya suficiente melancólicos estábamos como para echar más leña al fuego así que me vine arriba. Me puse con Elton John, con Barbra Streisand y la plaza se llenó de gente y un vecino me trajo un micrófono y en la plaza de repente no cabía ni un alfiler. Desapareció el covid, se marchó, y así, ya sin mascarillas ni nada, empecé con los clásicos de mi vida. Tenía, de repente, un grupo de músicos improvisados a mi alrededor, y sonaron, claro, las guitarras de ‘Summer of 69’ y yo volví a ese porche de mi adolescencia y pregunté al público a ver si les apetecía un poco de Goo goo dolls, pero terminamos decantándonos por todo el repertorio de Calamaro –‘Y todo lo demás también’ o ‘Me arde’–. La gente empezó a bailar y claro, supe lo que era la fama por primera vez y todos bailamos encadenando canciones, también de Albano y de Rocío Jurado y, como decía, el covid se había ido, de manera que no había toque de queda y Barcelona estaba abierta, todos los bares sin restricciones. Yo decidí dejar la literatura para empezar a cantar y a bailar porque clausuramos la noche con un poco de kizomba angoleña –De Alma na Paixão– que yo, de repente, me puse a bailar porque por fin sabía hacerlo después de haberlo deseado durante tanto tiempo. Total que al día siguiente, la ciudad despertó feliz, con agujetas, quitamos de la plaza el cartel de prohibido tocar música e inauguramos por fin unos días nuevos.
En ‘El cuento de nunca acabar’, Carmen Martín Gaite habla de que en el colegio había dos tipos de ejercicios de escritura: la redacción y la invención. La redacción era algo pegado a la realidad, a lo que hiciste, por ejemplo, el fin de semana. La invención podía ser cualquier cosa: un sueño, una carta a un amigo que ya no está, memorias de un verano que no existió o incluso un fantasioso relato inventado al hilo de un cartel que prohíbe la música en una plaza del gótico de Barcelona.

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Una anécdota.
El año pasado, antes de que cerraran el mundo a cal y canto, regresé de un viaje de trabajo en Sierra Leona. Al poco de llegar aquí me empecé a encontrar mal. Muy mal. Ardor de estómago, mareos, apatía, nauseas. Empezó mi periplo por diversos médicos y pasé varios domingos de urgencias. Nadie sabía decirme de qué se trataba: me cambiaron la dieta dos veces, me recetaron un sinfín de medicamentos con miles de efectos secundarios, me hicieron otros tantos análisis… Con toda esta desesperación, el último domingo que fui de urgencias me recibió un médico que, al contarle todo este periplo, me dijo: «¿Vives sola?». Yo respondí que sí y me miró apenado «Es que hoy en día la gente está demasiado sola». Hizo una pausa y vi que apuntaba en un papelito el nombre de un medicamento. Y siguió: «¿te puedo hacer una recomendación? Los gatos… Los gatos hacen mucha compañía. ¿Has pensado en comprarte uno?». Después, ya fuera de la consulta, entendí su letra en la receta: además del gato me había recetado un hipnótico.
*
Una frase.
«Estaba solo, abandonado, feliz, cerca del corazón salvaje de la vida» de ‘Retrato del artista adolescente’, de James Joyce.
*
Un obituario.
Ayer, día mundial de la poesía, murió Adam Zagajewski. Me quedo con los versos finales de ‘Cambio’, que dicen así: «Salía a dar largos paseos,/ y deseaba tan solo una cosa:/relámpagos,/ cambios/ a ti.»
*
Otra cosa.
Después de varios meses de búsqueda un médico dio con la respuesta. Lo que me ocurría era que había cogido parásitos, muchos parásitos. Después de varias tandas más de medicamentos, esta vez acertados, se fueron.
En fin. Ha llegado la primavera, dicen. Recordad: algunas veces hay que poner en duda las recetas. Lo que no falla nunca, creo, es la poesía.

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A lo largo de mi vida he pasado por:
–Una psicóloga infantil.
–Un psicólogo para adolescentes.
–Un psiquiatra lacaniano (tardé mucho en entender qué significaba eso).
–Una terapia de integración psicocorporal.
–Una de feldenkrais.
–EMDR.
–Sistémica.
No todas ellas funcionaron pero todas ellas me llevaron a pensar en la persona que era y en la que quería ser. Más allá de mis libros, mis películas, mis momentos de ‘qué vas a hacer con el resto de tu vida’, todos estos intentos de entenderme mejor han definido mi vida.
Muchas cosas me parecen sexys en un hombre o una mujer: lo que piensa del mundo, lo que lee, su mirada, si le gusta o no el cine, cómo se relaciona con los niños (me da mucha ternura ver a gente con niños), si sabe poner límites, si se atreve, aunque solo sea de vez en cuando, a admitir vulnerabilidades y a decir la verdad. Pero una de las cosas que más sexys me parecen, entendido sexy como aquello que me cautiva, son aquellos que si han pasado por un proceso terapéutico, o por varios, lo cuentan. Me suma mucho el intento de alguien por entenderse, por analizar, por no dejarse llevar.
Si pudiera poner la escritura, y mis experiencias vitales al servicio de algo sería al servicio de la salud mental. De hecho, lo intento hacer siempre que puedo. Ayer, con lo que ocurrió en el congreso con Íñigo Errejón pensé que haría falta que todos hiciéramos esto: dar voz, visibilizar, romper el tabú de la estigmatización. Ir al psicólogo o al psiquiatra no puede ser algo de lo que hablemos en voz baja o que intentemos esconder por miedo de miradas reprobatorias. Así que desde este rincón, un deseo: ojalá todos fuéramos al psicólogo y lo contáramos.

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Algunos apuntes de martes.
–Una reflexión de Adrienne Rich sobre lo que queremos todos:
«Nadie vive en este cuarto/ sin atravesar algún tipo de crisis (…) Sin contemplar por último y tarde/ la verdadera naturaleza de la poesía. El impulso/ de conectar. El sueño de una lengua común».

–Un ruego de Leila Guerriero:
«Yo no tengo dios, pero, si lo tuviera, le pediría: sálvame.
Sálvame de pronunciar, alguna vez, las frases «porque mi libro», «según mi obra» o «como ya escribí yo en 1998».

–Un gran verdad de Kiko Llaneras:
«Querer no es poder, como sabe cualquiera que no se dedique a vender libros de autoayuda. Pero querer creer a veces es suficiente».

–Un deseo de Margaret Atwood:
«A la porra la poesía, es a ti a quien deseo:/ tu sabor, la lluvia/ en tu cuerpo, mi boca en tu piel».

–Un consejo de James Salter: «El secreto para hacer arte es sencillo: desechar todo lo que es aceptablemente bueno».

–Un recordatorio de Frank O’Hara: «En tiempos de crisis, todos debemos decidir una y otra vez a quién queremos».

*
Hemos vivido un año lleno de deseos y de «últimas veces».
La última vez que cogí un avión. La última vez que nos fuimos juntas. La última vez que vi a mi abuela. Que te llamé y te dije: cojo un ave y voy. La última vez que me ilusioné con un viaje. Que cerramos el bar. Que me convenciste para lo del baile africano. La última vez que dije «improvisemos».
Empieza a hacer un año de casi todo.
Solo espero que pronto podamos empezar a hablar con tímida ilusión de las otras, de las primeras veces. Y no sé si querer creer es suficiente, pero por algo habrá que empezar, ¿no? Al menos por desearlo.

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Pensaba en ese viejo juego de cartas, el siete y medio. El funcionamiento es aparentemente básico: cada jugador desarrolla una estrategia para obtener siete puntos y medio, o acercarse a ello lo más posible. Pero sin pasarse porque si te pasas, pierdes. El primer paso para empezar el juego es la elección de la banca, figura que debe repartir una carta tapada a cada jugador, incluso a ella misma. Cada jugador podrá pedir a la banca una carta más las veces que desee y cuando considere que ya no quiere más, se lo comunicará para pasar su turno. «Paso», dirá. Eso se llama plantarse y todo es cuestión, parece, de saber hacerlo en el momento adecuado. Pero, ¿cuál es el valor óptimo para plantarse?
*
Por otro lado, vimos ese documental sobre librerías y coleccionistas de libros raros, ‘The Booksellers’. Y a pesar de que se me hizo largo y aburrido, en él se abordaba aquello que, en mayor o menor medida, define la vida de todos: la búsqueda. Antes de la llegada de internet lo que más les interesaba a estos coleccionistas era la búsqueda en sí. El largo camino hasta conseguir algo valioso que se nos resiste. Ahora, sin embargo, es tan fácil como googlearlo. Lo que marca la diferencia, lo que hace que recordemos algo es, a menudo, ese deseo largamente mantenido durante un tiempo. La historia que precede al encuentro.
*
Y la foto podía haber ilustrado un libro de relatos llamado ‘Piscinas vacías’ que trata, supongo, de buscar, pero también de no decir «paso» cuando es aún pronto ni de hacerlo, dios nos libre, cuando es irremediablemente tarde.
Porque podemos plantarnos con un cuatro pensando que es lo más cerca que estaremos del siete y medio. La pregunta es si es posible vivir toda la vida con eso, sin saber si pidiendo otra carta te hubieras acercado un poco más.

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Pensaba en ese viejo juego de cartas, el siete y medio. El funcionamiento es aparentemente básico: cada jugador desarrolla una estrategia para obtener siete puntos y medio, o acercarse a ello lo más posible. Pero sin pasarse porque si te pasas, pierdes. El primer paso para empezar el juego es la elección de la banca, figura que debe repartir una carta tapada a cada jugador, incluso a ella misma. Cada jugador podrá pedir a la banca una carta más las veces que desee y cuando considere que ya no quiere más, se lo comunicará para pasar su turno. «Paso», dirá. Eso se llama plantarse y todo es cuestión, parece, de saber hacerlo en el momento adecuado. Pero, ¿cuál es el valor óptimo para plantarse?
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Por otro lado, vimos ese documental sobre librerías y coleccionistas de libros raros, ‘The Booksellers’. Y a pesar de que se me hizo largo y aburrido, en él se abordaba aquello que, en mayor o menor medida, define la vida de todos: la búsqueda. Antes de la llegada de internet lo que más les interesaba a estos coleccionistas era la búsqueda en sí. El largo camino hasta conseguir algo valioso que se nos resiste. Ahora, sin embargo, es tan fácil como googlearlo. Lo que marca la diferencia, lo que hace que recordemos algo es, a menudo, ese deseo largamente mantenido durante un tiempo. La historia que precede al encuentro.
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Y la foto podía haber ilustrado un libro de relatos llamado ‘Piscinas vacías’ que trata, supongo, de buscar, pero también de no decir «paso» cuando es aún pronto ni de hacerlo, dios nos libre, cuando es irremediablemente tarde.
Porque podemos plantarnos con un cuatro pensando que es lo más cerca que estaremos del siete y medio. La pregunta es si es posible vivir toda la vida con eso, sin saber si pidiendo otra carta te hubieras acercado un poco más.

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Lo que me gusta de las comedias románticas es que terminan siempre igual (y que ocurra lo esperado es algo que valoro mucho, sobre todo en estos tiempos). La escena es siempre parecida: todo parece abocado a la catástrofe hasta que ocurre un giro inesperado. El detalle que más me gusta es la meteorología: de repente llueve mucho, aunque en toda la película haya hecho sol. Quizás incluso nieva, como en el final de ‘Bridget Jone’s diary’, que volví a ver ayer. En esas condiciones meteorológicas adversas los protagonistas por fin se encuentran. Se besan. Y son esos besos tan de Hollywood –me acerco, me alejo, ahora parece que voy a decir algo, alguien nos interrumpe– hasta que zas, ocurre. La lluvia –o la nieve, el vendaval, los rayos– continúa y a nadie se le ocurre ponerse a resguardo bajo un mísero toldo porque así es el amor en Hollywood: disparatado e inverosímil.
*
Me gustó una viñeta de Monstruo Espagueti en la que un chico le preguntaba a la chica: «¿tú has hecho alguna locura por amor?». La chica respondía: «Pues locura no sé, pero el ridículo todas y cada una de las veces». Me reconforta pensar que en ese barco estamos muchos y que madurar debe de ser también eso: aceptar los ridículos con aplomo, con cierta dignidad.
*
Otra cosa que quería contar es que en ‘Bridget Jone’s diary’, Bridget tiene 32 años y es considerada una solterona a la que se le ha pasado el arroz. Vaya. Cuando la vi por primera vez, en 2001, pensé que era, efectivamente, mayor. Cuando la volví a ver, ayer, me pareció poco más que una adolescente. Qué poco recordaba lo que ocurría en la película y eso me hizo pensar que en la vida, incluso en las comedias románticas, no recuerdas lo que pasó. Recuerdas lo que tú querías que pasara.

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A veces, cuando las cosas van no-tan-bien (o sea, mal), pienso en Nora Ephron y querría llamarla. Decirle: ¿puedo ir a verte? (entonces imagino un mundo sin covid y cojo un avión a Nueva York y una Nora Ephron que creo conocer de toda la vida me invita a cenar a su casa y cocina patatas fritas). Pero la ensoñación termina pronto y recuerdo que murió hace años y lo de los hologramas para resucitar a la gente no termina de convencerme. Por eso no me queda otra opción, cuando las cosas van no-tan-bien, que volver a este extracto de su discurso de graduación en el Wellesley College, institución para chicas en la que ella había estudiado. Ephron dijo unas cuantas verdades y urgía a las que se estaban graduando ese día a no armarse con excusas, sino a tomar acción; a utilizar la educación recibida como su mejor arma para ser las heroínas de sus vidas. Este término, el de «heroína de tu vida», me produce sarpullido, pero más allá del repelús, entiendo que Ephron básicamente apunta a esa gran verdad: a que si te equivocas que sea porque así lo has decidido de tú y no los demás. De todas maneras, como decía, cuando las cosas van no-tan-bien, vuelvo a un párrafo, mi parte favorita del discurso, que os copio abajo. No he encontrado traducción al español pero aquí una mía, seguro que torpe e inexacta, pero por si os sirve a alguno:

«¿Qué vas a hacer? Todo, supongo. Será un poco desordenado, pero acepta el desorden. Será complicado, pero abraza las complicaciones. Probablemente no se parezca en nada a cómo ahora crees que será, pero las sorpresas son buenas. Y no te asustes: siempre puedes cambiar de opinión. Lo sé: he tenido cuatro carreras y tres maridos. Y hay algo más que quiero decirte, una de las miles de cosas que no sabía cuando estaba aquí sentada hace tantos años es que no vas a ser tú, fija e inmutablemente tú para siempre».
*
Quiero decir: acordaos de Nora, sabía de lo que hablaba. Tres maridos y cuatro carreras son un buen aval para entender que vamos cambiando de opinión, tomando otras formas y otras vidas. Lo que nos define en un momento no tiene por qué hacerlo veinte años después.

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A veces vuelvo a aquel juego de infancia, el veo-veo. Me acuerdo de ir aburrida en la parte de atrás del coche, en un atasco infernal, y de empezar con las pesquisas. Siempre llegaba el momento en que desesperada, ya sin saber qué más preguntar, imploraba a punto de rendirme: «A ver por qué letra empieza». Y luego, «Y por qué letra sigue». Hasta que alguien, mi madre solía ser, exclamaba desde el asiento del copiloto: «Eso ya no se vale». Ahí terminaba el juego y yo seguía tratando de adivinar qué era aquello negro, revestido de piel, que giraba, estaba dentro del coche y empezaba por VOL. Cuando caía en la cuenta de que hablábamos de un “Volante”, ya había perdido el juego, claro, además de haber gastado todas mis pistas.

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Hablaba con una amiga el otro día y me decía que estos últimos meses se había visto inexplicablemente revisitando fantasmas del pasado. Me hablaba de ese email a un ex enterrado una década atrás, de otro a una amiga perdida de la infancia o de un chat con aquellos chicos de su primer trabajo que eran tan majos. Se lamentaba de sentir aquella nostalgia repentina por cosas ya desaparecidas. Entonces, cuando colgamos, pensé que quizás se debiera a que como el presente se ha convertido en un tiempo incierto y casi agónico, como del futuro no sabemos apenas nada desde hace un año, lo que al final ha terminado por ofrecernos más garantías es el pasado. Solo que el pasado es un circuito cerrado. Invocarlo desde el presente es como aquella fantasía de viajar en el tiempo: fascinante para una película, decepcionante en la realidad.
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Conviene recordar que lo que ya no te gustaba en un momento de tu vida probablemente te siga sin convencer diez años después.
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Vi ayer este almendro florido y pensé de nuevo en pedirle al futuro que me dijera al menos la letra por la que empezaba. Supongo que nombrar es sacar los asuntos del caos, del no ser, pero hace casi un año que nadie sabe. Por el momento, parece que pronto llega la primavera y esa lógica antigua, la de las estaciones, me tranquiliza. Por fin hay algo que sucede como estaba previsto. No me digáis que no es un alivio.

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No sé cuántas veces habré leído ‘Léxico familiar’, de Natalia Ginzburg. Muchas. Y siempre me detengo en un mismo párrafo que habla de lo que es equivocarse de verdad: «Pavese cometía los errores más graves que los nuestros, porque los nuestros se debían a la impulsividad, a la imprudencia, a la estupidez y al candor. En cambio, los suyos nacían de la prudencia, de la sagacidad, del cálculo y de la inteligencia. No hay nada más peligroso que esa clase de errores. Pueden ser mortales, como lo fueron para él, porque de los caminos en que uno se equivoca por sagacidad es difícil regresar». Recuerdo que también yo, durante muchos años, me empeñé en una historia absurda sobre la que había pensado mucho, demasiado. Hasta que un buen día, alguien me dijo: deja de buscar las llaves, Laura, inventa otra puerta.
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Ayer, el revisor del ave, pasado Zaragoza, anunció por megafonía: «Me gustaría recordarles a los pasajeros que está prohibido fumar a bordo del tren. Se lo digo en especial al pasajero del coche número cinco que acaba de hacerlo en el baño». Nos miramos todos los del coche cinco buscando indicios de la fechoría. Se oyeron risitas hasta que una señora de la primera fila dijo: «¿Y cómo sabe este que no era alguien de otro coche que ha venido hasta aquí para disimular?». Alguien soltó una carcajada y pensé: qué nuestro que es esto de echar pelotas fuera.
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A lo largo del trayecto a Barcelona leí ‘Las gratitudes’, de Delphine de Vigan, y me gustó el tema pero no el libro. A veces siento que determinados libros se quedan a medias, como en un borrador. Pero lo que me gustó es esa idea, la de dar las gracias de verdad a las personas que cambian nuestras vidas. Me hizo pensar en eso que escribió Anne Frank, que los muertos reciben más flores que los vivos porque el arrepentimiento es más fuerte que la gratitud. Y relacionándolo con Pavese y con las llaves que no abren puertas, creo que uno de esos errores que uno puede cometer por sagacidad es el de vivir la vida agarrado a ese flotador insípido, el del arrepentimiento.
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Buen domingo. Leed siempre, si podéis, a Natalia Ginzburg y a Cesare Pavese. Y si la llave no entra en la cerradura… no es la llave, es la puerta.

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Volvía ayer andando a casa y lloviznaba. Era tarde y había caído sobre la ciudad esa luz que precede a los días lluviosos (hoy). Me equivoqué de calle y no sé cómo terminé en un lugar en el que nunca había estado. Me detuve casi emocionada: me había perdido en mi propia ciudad. Nada de lo que me rodeaba, ni las calles ni las elegantes fincas, ni aquel jardín tan cuidado, me sonaba lo más mínimo. A través de los auriculares sonaba Leif Vollebekk. Azarosamente, me había perdido.
*
Un amigo me pidió que le contara lo más loco que había hecho por amor para un reportaje sobre San Valentín. Le conté esto: durante tres años escribí una novela para volver con un tipo del que llevaba años enamorada. No me atrevía a dar el paso de llamar y simplemente decir «te echo de menos», que era lo que tenía que haber hecho, de manera que escribí 350 páginas para decírselo de otra forma. Con lo fácil que hubiera sido una llamada… pues no. Me enredé en un una carta de amor que me sirvió también para mantener viva esa relación (las palabras sirven, creo, para estrechar, para acercar, para agarrar). Pero luego, obviamente, el tipo no leyó la novela y tuve que acabar cogiendo el teléfono y, como dice aquella canción tan cursi de Stevie Wonder, pronunciar un «I just called to say I love you».
*
Pensaba ayer, de vuelta a casa, en cómo nos enredamos a veces con las cosas que son tan fáciles como coger el teléfono o decir una frase. Lo pensaba en aquella plaza, perdida en mi propia ciudad. Sé poco del amor, pero me recuerda un poco a esa sensación tan plácida de estar perdida en un lugar aparentemente conocido pero que no conoces. A dejarse ir, sin demasiadas referencias para ver hasta dónde llegas. Bajé un par de calles más y encontré el camino a casa. Tarareaba aquella canción de Soleá Morente, ‘Todavía’, que dice esto tan fácil: «Todavía tengo tiempo, todavía». Y un spoiler de mi historia con aquel viejo amor es que nuestra historia fracasó pero la novela, sin embargo, salió bien.
*
Feliz San Valentín a los que lo celebréis. Y un consejo: si queréis decir algo no escribáis una novela. Vale con un mensaje o una llamada. Y a los que no celebráis San Valentín…poneos a Soleá Morente.

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Me dan miedo algunas cosas.
La gente que dice “tenía tantas ganas de conocerte” y no lo piensa, o los emails promocionales que empiezan con “te hemos echado tanto de menos”. Los recibos de electricidad en los meses fríos. Los que afirman seguros que “querer es poder”. Los de las banderas excluyentes. El refrán “quien bien te quiere te hará llorar”. O los que reparten tranquilamente esa certeza de que no se puede ser fan de Bela Tarr y de Bridgerton al mismo tiempo. También esa frase que dice Frances McDormand en Nomadland “what’s remembered lives”, porque de anclarse en el recuerdo tampoco sé qué clase de vida resulta.
De entre las cosas que más me aterran en el mundo están estos dos versos de un poema de Carver, llamado también ‘Miedo’: “Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado. /Miedo a que lo que ame sea letal para aquellos que amo”.
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Paso todos los días por la esquina de la foto. Han intentado borrar el graffiti entero, pero ha quedado esa palabra que me mira de reojo. A veces cambio de calle para no verla. Pero esa es una estrategia un poco chapucera: ni palabra ni el miedo se van porque no los mires.

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Hay lugares a los que una querría ir solo por como suenan: me ocurre con la ciudad de Valparaíso, por ejemplo. Ayer, en ‘Ema’, la película de Pablo Larraín, la recorrí de la mano de Mariana di Girolamo y aquel amor platónico mío de juventud (y de no tan juventud), Gael García Bernal, y me perdí por los balcones coloridos de esa ciudad que me hace pensar, como su nombre indica, en un paraíso austral, un lugar fuera del mapa.
*
Ayer, en una entrevista preciosa que me hicieron, la periodista me contó que el domingo había quedado con un amigo que llegaba tarde y para explicarle el motivo, le envió un mensaje: «tenía que bañar y arreglar a mi suegra, que ya no se vale por sí misma. La vida invisible, ya sabes». Me enamoré irremediablemente de aquel hombre, sea quien sea, que puso en palabras aquello que aspiro hacer mientras escribo: alumbrar la vida invisible. Suelo decir que me gustan lo hombres que: “x, y, z” (lo pongo entre comillas porque los criterios varían según el día y son tan dispares que no merecen ni listarse), pero llevo un buen rato pensando en este tema tan delicado de los cuidados, en la importancia que con los años van adquiriendo todas estas cosas en las que no reparas a los 18. Quizás he madurado. Quizás.
*
También me preguntan a menudo a dónde querría viajar ahora. Y entonces imagino aviones y respondo sin dudar Socotra, Valparaíso, o el lago Victoria. Aunque también, cabe la posibilidad de que esté deseando más que cualquier otra cosa volver a ser una chica junto al vaso de vino, esperando encontrar, tras el cristal, al tipo de los domingos y las vidas invisibles. Y ya si además se llama Gael García Bernal…

¿Veis? No, aún he madurado. Pero por pedir que no quede. Que tengáis un buen jueves lleno de vidas invisibles.

(La foto es del prólogo de ‘El cuento de nunca acabar’, de Carmen Martín Gaite)

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Siempre me ha gustado esta historia del cineasta Werner Herzog y Lotte Eisner. En invierno de 1974, a Herzog, que por aquellas rondaría la treintena, le dijeron que su amiga Lotte Eisner, crítica de cine, estaba gravemente enferma. Devastado, decidió ir a verla. Pero no cogió un avión, o un tren, ni siquiera un coche, y recorrió los 684 kilómetros en línea recta que separan Munich de París, a pie. Lo hizo como una suerte de promesa. Se dijo: «mi decisión mantendrá a Lotte viva. Ella no puede morir. Caminaré por ella». Es la épica romántica de Herzog. Empezó el viaje el 23 de noviembre y no llegó hasta su destino el 14 de diciembre. Fue un camino solitario y frío y de ahí surgió el libro ‘Del caminar sobre hielo’.
*
Después, regresé a aquella novela de Silvina Ocampo llamada ‘La promesa’ que cuenta la historia de un naufragio. Una mujer, pasajera de un barco, se cae al mar. Sabe nadar muy bien y entonces, para no hundirse, para evitar la desesperación, crea una galería de recuerdos, va nombrando y describiendo, retratando a personajes que conoció durante su vida. Y es esa voluntad, la de anclarse en otro tiempo, lo que la mantiene a flote al menos durante un tiempo.
*
Parece fácil y casi intuitivo: andar para que alguien no muera, recordar para no ahogarse.
*
La amiga de Herzog, Lotte Eisner, sobrevivió al viaje de Herzog y murió años más tarde, en 1983. El personaje de ‘La promesa’ no, pero era un personaje inventado, así que no podemos tener garantías de si surtió o no efecto el hecho de agarrarse al recuerdo. Sea como fuere, estos días pienso en la de veces que estas gestas románticas y aparentemente inútiles –estas que conquistamos valiéndonos de nuestras palabras y pensamientos– nos salvan un poquito de estos tiempos inciertos, de estos domingos raros.

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Ocurrieron cosas bonitas.

Fuera de la librería esperaba gente para que le firmara el libro y me sentí casi importante, casi famosa (no soy yo, son las restricciones y el aforo), pero lo cierto es que conocí a gente maravillosa. Una chica vino a que le firmara el libro para regalárselo a su padre porque lo iban a leer juntos –y no puedo poner su nombre por aquí porque era una sorpresa–, pero fue casualidad porque luego subí una foto de la cola de gente que esperaba –para que la viera mi madre– y ese hombre me escribió al momento: «¡Mira, la segunda es mi hija X!». Y yo no pude decirle que ya lo sabía. Pero me hizo ilusión que haya un padre y una hija que lean estas historias juntos. Que quizás se encuentren en estos pequeños textos. Porque qué es escribir si no una manera de estrechar lazos, de no estar solo.

Pero eso no fue todo. Porque luego, como si estuviera dentro de uno de mis relatos, se acercó un chico a pedirme que le dedicara el libro a su ex. Levanté la ceja «¿Qué tipo de ex?», porque ya sabéis que soy preguntona de naturaleza, y al ver su cara entendí que era uno de esos regalos que uno lanza con la esperanza de revertir la realidad. «O sea que quieres volver con ella». Así que ahí fuimos: a la reconquista. Porque qué es escribir si no creer que las cosas pueden cambiar, que las palabras lo pueden lograr.
*
Ocurren cosas bonitas. Después me llegó la opinión no solicitada del día, porque de esas abundan, de un tipo al que no conocía que me sugirió que me maquillara un poco porque en las fotos salía demasiado natural. Y natural ya sabemos que es un sinónimo de con ojeras y arrugas. Pero qué es escribir si no silenciar las opiniones no solicitadas.
*
Y después, volviendo a casa, con esa sonrisa tonta de los días felices, resumiendo un poco todo esto, me llegó como en un eco aquella frase de Robert Frost que dice que la felicidad compensa en altura lo que le falta en longitud.
*
En fin. Que tengáis una buena semana y acordaos por favor de maquillaros, que luego salís demasiado naturales.

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Nos seduce lo que no controlamos, que son la mayoría de cosas importantes en la vida.
Esta mañana hablábamos de esto en la radio con @alomasimpe. También de la magia de las instrucciones del mundo material: sigues unos pasos y ahí está el resultado. El armario de Ikea, la actualización del nuevo software, la receta del pastel de zanahoria. Y si no funciona le devolvemos el dinero.
Lo cierto es que querríamos que esas mismas certezas funcionaran en ese otro ámbito tan escurridizo que es el de los afectos o la vida personal. Pero como decía Clint Eastwood, «si quiere una garantía cómprese una tostadora».

Y como no existen las certezas, o al menos yo no tengo muchas, hay que escribir para volver a plantearse esto que decía al principio: que nos seduce y nos atrae lo que no entendemos y que de ahí, del no entenderlo todo surge también la literatura.

Mañana llega oficialmente a librerías –pero creo que ya está por ahí danzando– ‘La gente no existe’, un libro de relatos en el que no hay garantías ni tostadoras, pero en el que viven esos temas y personajes que han llenado mi vida estos últimos años. Dejar ir cuesta, también a los libros, pero es ley de vida: llega un momento en que sin dejar ir no hay hueco para lo que viene.

Así que todo vuestro. Y desde ya, gracias.

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Cosas que echo de menos:

Bailar.

Dar un abrazo. De los de verdad.

Olvidarme de las distancias de seguridad.

Decir: «compro los billetes y voy».

Ir a la sesión golfa.

Que el vocabulario bélico –moral de resistencia, salvoconducto, confinamiento– se quede en los libros de historia.

Seguir bailando. Aunque no sepa.

Soplar las velas del cumpleaños y que nadie recuerde «ahora no se puede soplar».

Organizar una cena y que no importe cuántos vayamos a ser.

Una conversación contigo, aunque no te conozca, en la barra de aquel bar.

Vivir sin miedo a tantas cosas que no se ven.

Pelearme con el señor de al lado por culpa del reposabrazos.

Que nadie hable del aforo reducido.

Que te den un abrazo. De los de verdad.

(Y un beso también).

Que cierren el bar, pero no por toque de queda si no porque está amaneciendo y el dueño tiene ganas de irse a la cama (pero tú no).

Que puedas estornudar en el supermercado con libertad, sin sentir que cometes un delito.

No tener que imaginarme cómo sería el resto de tu cara.

Un concierto lleno de gente.

Planear qué haremos el mes siguiente. O el fin de semana que viene. O mañana.

La sensación de que aún queda mucha noche. De que nos queda todo.

***Humphrey Bogart decía que el mundo tiene más o menos tres copas de vino de retraso. Actualmente la cifra ha aumentado, claro. Diría que le faltan al menos cinco. O veinticinco.

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Compramos una tarta de limón tan bonita que nos daba apuro cortarla: no queríamos estropear las formas tan delicadas que dibujaba el merengue sobre la crema de limón. Al final no hubo más remedio, y por una vez, las expectativas estuvieron a la altura. Nos comimos la mitad y después tratamos de decidir qué hacer con ella, con la tarta de limón más bonita de Barcelona. Decidimos dejarla en la nevera de la oficina «para no tirarla», a sabiendas de que nos íbamos de vacaciones. Porque tirarla nos hubiera parecido una aberración. Y la tarta sigue, dos semanas después, en el mismo sitio donde la dejamos.

A veces me ocurre también y la nevera se me llena de tuppers que no me atrevo a tirar en el momento porque me digo que es una pena.

Que ya me lo comeré.

Por si acaso mañana.

En otra ocasión.

Ya lo haré.

Después.

Obviamente eso nunca ocurre y entonces me olvido por completo del tupper y un buen día aparece moho, o se pudre, y exclamo sorprendida, como si tuviera que darle explicaciones a la nevera: «¡Tendría que haberlo tirado antes!». Pero la nevera sabe que yo ya lo sabía y nunca dice nada.

Ocurre también con la ropa que no sirve, con lo que nos queda pequeño, con los trastos viejos o que se rompen. Con lo irrecuperable. Y la metáfora, claro, es aplicable a las cosas que no son cosas.

Aprendemos pronto, de niños, que las cosas hay que aprovecharlas hasta que ya no sirven y entonces llega el momento de dejarlas ir porque es mejor –aunque esto no nos lo dicen– ahorrarse la decadencia.

No tirar lo que ya no sirve, lo que ya sabemos que no servirá, es una manera como otra de ocupar espacio, de permitir que llegue el moho. Y la nevera, pobre, siempre se queda muda ante nuestra sorpresa, «cómo ha podido ser que esto ha ocurrido» y no se atreve nunca a responder: «Pues porque tú lo has dejado aquí». Así que ahora sí, creo que voy a tirar la tarta.

Buena semana y lo dicho: no guardéis lo que ya no sirve que pronto llega el moho.

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Leí estas líneas de Pizarnik en una lámina que al final no me compré: «Escribes poemas porque necesitas un lugar en donde sea lo que no es». Así ocurre, que hay que buscar lugares a las cosas, incluso a las que se van.
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Día de Reyes y se acaban por fin los excesos –en todos los sentidos– de las Navidades. Estos días, cada vez que he abierto una Caja Roja, como la de la foto, pensaba en mi abuela y en que ahora ya nadie nos decía «todos los blancos para vosotros» mientras ella, a menudo escondidas, se zampaba todos los negros. Si le preguntabas, claro, decía que no había sido ella, jamás lo admitía. Dicen que dios está en los detalles y yo, que no sé qué pensar con respecto a dios, sí sé que en los detalles está la grandeza de las cosas.
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Me gusta mucho una frase de Francis Scott Fitzgerald: «Recuerdo que iba en un taxi una tarde entre altos edificios y bajo un cielo color rosa y malva. Comencé a gritar porque tenía todo lo que quería y sabía que nunca iba a ser tan feliz». No sé por qué, la foto de la caja de bombones me ha hecho pensar en esto, en esa felicidad que dan las cosas tan pequeñas como los bombones con forma de corazón, o los blancos que mi abuela no se comía. Qué felices somos a ratitos. Suerte que está la literatura para que sea lo que no es, pero también para contar y recordar todo lo que se marcha.

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