Disculpe la tardanza en responder este email.

Perdona que no te haya contestado hasta ahora.

Quiero expresarle mis más sinceras disculpas por la tardanza en responder su consulta del pasado día X.

Siento enormemente haber tardado tanto en escribirte.

Llego tarde, lo sé.

Rogamos disculpe la demora en responderle a su petición.
***
Porque:
-He estado muy ocupada volviendo de vacaciones y haciendo otras cosas que sí tenía ganas de hacer.
-Me mordió una serpiente en la mano (soy muy aventurera) y no podía teclear bien.
-Tengo jet lag desde que llegué, hace tres meses.
-Mi prima se casa, ¿sabe? Y tuve que comprar el regalo y eso me llevó tiempo, y mis hijos crecen y bueno, a uno se le cayó un diente la semana pasada. Y por eso claro, su email…
-Tengo puesto un filtro de correo selectivo: solo leo lo que me interesa.
-Se coló –él solito– en la carpeta de Spam, ya sabe usted lo traviesas que son las nuevas tecnologías.
-Mi psicólogo me ha puesto un tope de internet al día –internet détox– y su email no entraba en el cupo.
-Me he cambiado la dirección de email y ahora solo utilizo aquella en la que no está su email.
-¿Seguro que me envió el email o lo he soñado?
-Verá, es que había palabras en inglés y no las entendí.
-Quería contestarle un email tan bonito que al final lo dejé en borradores.
-No sabía qué responder a su pregunta y lo dejé en cuarentena hasta que lo supiera.
-Trabajo tantísimo –no como usted, que tiene tiempo para escribir emails– que no he tenido ni un segundo. Llevo viviendo en la oficina desde que tengo 18. ***Ayer leí un artículo en The New Yorker sobre las inverosímiles respuestas que damos para justificar que llegamos tarde a responder un email.
#email #lauraferrero #excusas #tarde #tecnologia #gmail #newyorker #outlook @newyorkermag
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Sospecho que el mundo es de los otros.
Me explico. Cuando el profesor se vuelve hacia el otro lado de la clase y tú te conviertes en ángulo muerto para él, es entonces cuando decides dejar de hacer los ejercicios de la serie. El entrenador levanta la voz, como para animar: “¡vamos, que solo quedan tres!”, “A DARLO TODO”, dice así, en mayúsculas, y a ti no hay cosa que te dé más pereza que eso: la expresión y lo que significa. De manera que te ríes para tus adentros. No piensas hacer ni una más de esas abobinables planchas con patada voladora incluida.
Yo soy de esas: de las que dejan de hacer los ejercicios cuando el profesor no está mirando. Y sospecho que el mundo es de los otros, de los que llegan hasta el final de los abdominales.
Mi abuela, que el otro día cumplió 88 años, nos contaba que nunca había imaginado poder cumplir tantos. Pero añadió: “lo que me consuela es que yo no soy como esas señoras que dicen que se aburren. Yo nunca me aburro. Así sí que no podría vivir…”. Hablaba, supongo, no del aburrimiento de una tarde, si no de cuando pierdes la ilusión, la capacidad de que te maravillen las pequeñas cosas, de dejar de controlarlo todo. Sin eso sí que no se puede vivir.
Efectivamente, nadie puede controlarlo todo. Los deseos no siempre se cumplen, pero ayer, a una amiga muy querida, le concedieron una beca por la que llevaba mucho tiempo luchando. Las plegarias sí son atendidas –a veces– y resulta que además que coinciden con los deseos más profundos mantenidos a lo largo de los años.
Quiero volver al inicio: el mundo es de los otros, de los que no dejan de hacer los ejercicios cuando el profesor no mira. Aunque entonces, siendo honestos, tendría que decir que a mi amiga la he pillado varias veces haciendo lo mismo que yo: tumbada en el suelo mirándose en el espejo, fingiendo que tiene que volver a peinarse para así dejar de hacer el ejercicio.
Resumiendo: el mundo es de los que, si lo intentan, van hasta el final, sobre todo en lo que concierne a la vida de fuera del gimnasio.
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Me gusta, en el prólogo a ‘Un apartamento en Urano’, que Virginie Despentes defina a Paul B. Preciado como alguien que nunca se muda: “te mueves, pero no te mudas. A ti no interesa afincarte”. Habla de su amigo como alguien que habita una clandestinidad permanente.

Me gusta también lo que hizo años atrás el artista chileno Alfredo Jaar para abordar el genocidio ruandés. Montó una exposición, pero las fotografías –que mostraban el horror, lo indecible– estaban ocultas el interior de cajas. Para verlas había que descubrir la tapa. Muchos visitantes lloraban sin ni siquiera hacerlo. No hacía falta: fuera de la caja había una descripción de cada una de las fotografías.
A menudo pienso en eso: en la sutileza de las palabras, en que la imaginación es el arma más poderosa que tenemos para comprender la realidad.

La semana pasada me detuve aquí, en esta fotografía, durante un largo rato. Íbamos de Reno, –la ciudad de la canción de REM, “humming all the way to Reno”– a Tahoe y nos detuvimos a poner gasolina.
Sé que no estuvieron ahí. Ni Edward Hopper ni Richard Estes, pero yo los veía, a todos esos personajes enigmáticos que habitan en la soledad de las gasolineras, en los silencios de los pesados cortinajes que crecen entre parejas adormecidas, neones en cristales, cielos anaranjados que predicen la lluvia. No aparecieron, ni Hopper ni Estes, pero tuve la sensación, por un momento, de que todos, en nuestras clandestinidades permanentes, habíamos sido en algún momento protagonistas anónimos de uno de sus lienzos.

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“Mi padre creía que Groenlandia no era una isla” fue, durante mucho tiempo, la primera frase de ‘Qué vas a hacer con el resto de tu vida’. De alguna manera, de esa frase que contenía un padre y una isla helada y sola, fue surgiendo la historia.

Nunca he viajado a Groenlandia, pero
el otro día sobrevolé esa isla de mi imaginación. Le puse cara, como si fuera alguien a quien hasta el momento hubiera conocido solo virtualmente. Porque, para mí, Groenlandia fue una especie de holograma, un espejismo desde donde tirar del hilo de la escritura.

La vi por la minúscula ventana de un avión y, a pesar de las bandejas de chicken or pasta, del continuo anuncio de fasten-your-seatbelt y del bebé que no dejaba de llorar, fui feliz. Era exactamente como me la imaginaba. Un gigante blanco y solitario.

Hace poco un amigo me habló de una fábula de Bucay. En ella, un viajero llega a un pueblo y, antes de enfilar sus calles, se detiene brevemente en el cementerio. Con extrañeza, se fija en las lápidas: en ellas lee el tiempo de vida exacto de cada uno de los difuntos: 8 años, 5 meses y 2 días; 5 años, 9 meses y 1 día. El viajero cuenta que el más ha vivido son 11 años. Se echa a llorar al darse cuenta de que se encuentra entre lápidas de niños, pero pronto viene el guarda del cementerio y lo saca de su error. Aquél no es un cementero infantil, no. A los habitantes del pueblo, al cumplir los 15 años, se les regala un cuaderno donde van apuntando todo aquello que los ha hecho felices y el tiempo que ha durado. Así, el cómputo de la lápida es una suma de todos esos momentos, la única manera de contar lo vivido.

Los números me hicieron pensar: cinco años de felicidad en una vida de noventa. Pensé, con ironía, que a los personajes de mi novela no les hubiera venido nada mal leer la fábula.

Por mi parte, anoté “ver Groenlandia desde la ventana de un avión” en mi propia lista de la felicidad. Para que vaya sumando.

#groenlandia #quevasahacerconelrestodetuvida #ifyouleave #islas #literatura #jordebucay
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Uno. Al principio solo escuché, –desde mi puesto de vigilancia, en la mesa adyacente a la de la pareja de guapos–, que acaban de llegar de la luna de miel en Hawai. Se lo contó ella a la camarera, a la que imagino que conocería, y repitió varias veces que había sido amaaaazing. La camarera les fue trayendo lo que habían pedido y ellos, por turnos, hacían fotos a los platos para subirlas inmediatamente a sus redes. Ninguno de los dos habló en la cena, a lo sumo un par de frases. En los postres –mochis de té verde– se hicieron tres selfies con caras diferentes y los colgaron. Palabra de espía. No sé qué hashtags debieron de utilizar porque no atinaba a ver, pero es fácil: #enlamejorcompañía #love #tequiero.
No tengo indicios de nada, pero ahí va una hipótesis: el número de fotos que cuelgas es inversamente proporcional a cómo te lo estás pasando.

Dos. Resulta difícil llegar a un acuerdo sobre la finalidad de las pinturas rupestres. A grandes rasgos, existen dos tipos de interpretaciones: la defendida por Henri Breuil, para el que se trata de magia propiciatoria, y otra teoría, la propugnada por un tal Leroi-Gourhan, que afirma que las pinturas estaban ligada a ritos de iniciación. Aquí tampoco tengo ningún indicio, pero me quedo con lo que dice Breuil: pintar un bisonte es desear que aparezca, propiciar la aparición de lo que quizás está por llegar.

Tres. Vuelvo a decir que no tengo indicios de nada. Pero a veces no puedo evitar pensar en que tampoco hemos cambiado tanto. Seguimos invocando las más diversas cosas –la lluvia, un bisonte, el amor–, de las más diversas maneras –una pintura, una fotografía.
Llamémosle magia propiciatoria pero tras la cueva y el selfie lo único que se esconde es el deseo de que algo -la lluvia, un bisonte, el amor- aparezca al fin.

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Años atrás me mudé a Londres. Mi conocimiento de la ciudad, por aquellas bastante deficiente, me llevó a aterrizar en el aeropuerto más alejado posible de la zona donde viviría. Luton, sí, me fui hasta Luton.

A través de las ventanas del autobús, que me llevó a la ciudad, vi el atardecer desde mi asiento pegado al cristal. Tenía esa extraña sensación, mezcla de emoción y de miedo, de que mi vida iba a cambiar.

Me puse el Ipod y recuerdo que sonó, Manel y su canción ‘La bola de cristal’, que decía: “Mira, surt el sol a les ciutats on haguéssim pogut viure” (Mira, sale el sol en las ciudades donde hubiéramos podido vivir). Las ciudades donde hubiéramos podido vivir. Ay, cuánta posibilidad, cuánto deseo.

Entonces era más joven que ahora y vivía con la permanente sensación de que podía hacerlo casi todo. Sin embargo, me costó tiempo aprender que tenerlo casi todo era lo mismo que tener absolutamente nada.

Nunca quise irme a Londres, a Buenos Aires o a Nueva York, ciudades en las que terminé viviendo un tiempo, y, sin embargo, de niña tenía un sueño: vivir en la ciudad de los tranvías, la de la calle Lombard, la de Sausalito y la de las Painted ladies. El causante fue el libro de la carátula naranja, el que estuvo durante años en mi estantería: This is San Francisco. Y me mudé tantas veces a vivir a esa ciudad de la imaginación que después me olvidé de hacer algo para que realmente ocurriera. “Nadie va a venir a buscarte”, me decía mi madre cuando le venía con mis cuentos de la lechera de que quería trabajar en The New Yorker, en Farrar Strauss, en la Nasa. Mi madre quería decirme, claro, que soñar y desear solo es útil en los cuentos. Porque en la realidad lo cierto es que nadie, efectivamente, me vino a buscar.

Siempre amanece en alguna de las ciudades donde hubiéramos podido vivir. De hecho, escribo estas líneas desde una de esas ciudades que habitan en las carátulas naranjas de los libros de nuestra infancia. Hubiera sido tan feliz aquí, me repito, porque Mi San Francisco no ha cambiado nada, ni un ápice: es lo bueno que tiene lo que no existe, que nunca decepciona.
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La vida son también las despedidas y ellas inundan las canciones –y muchos de mis relatos, para qué engañarnos– pero mi parte favorita de vivir son, sin lugar a dudas, las bienvenidas. Y no me refiero a las que dan las señales de las autopistas ni a las de los tarjetones de los hoteles. Me refiero a esas que dicen bienvenida a ese lugar en el que nos convertimos cuando cogemos un recién nacido por primera vez.
El gesto por el que los recién nacidos se agarran con tanta fuerza a la vida se llama reflejo de prensión y se mantiene hasta los seis meses. Me maravilla cómo estos seres diminutos son capaces de cerrar sus deditos largos y milagrosamente perfectos con una fuerza inusitada que es, en realidad, un vestigio evolutivo que nos queda de nuestros primos los chimpancés, de cuando teníamos que agarrarnos a las ramas.
No sé si esto de vivir consistirá al final en ir recordando las cosas importantes que habíamos olvidado, en recuperar lo que ya teníamos, escrito en esa memoria sabia de la piel.

En mi poema favorito de Joan Margarit, ‘Piscina’, un padre lleva a nadar a su hijo por primera vez y el hijo tiene miedo, claro. Años después, el hijo recuerda la imagen sintiendo que era él quien se agarraba a su padre para poder avanzar hacia esa parte oscura de baldosas resbaladizas. Le costó entender toda una vida, a ese hijo tembloroso, que era el padre el que se agarraba a él: “Aprendí a nadar, pero más tarde,/ y olvidé muchos años aquel día./Ahora que ya nunca nadarás,/veo a mis pies el agua azul, inmóvil./ Comprendo que eras tú quien se abrazaba/a mí para cruzar aquellos días.”
Ocurre siempre, incluso en los mejores poemas, nacemos sabiendo agarrar pero tardamos media vida en volver a saber hacerlo.

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Llueve aquí, fuera de la oficina aglomerada de Correos, mientras espero que la señora que va delante de mí acabe –por favor, señora se lo pido– de sacar un sobre tras otro de su abultado bolso.

A menudo, cuando estoy rodeada de mucha gente, se me viene a la cabeza esto que leí en algún lugar: “Everyone here was once in love”.
Todos, habrá los que más y los que menos, estuvimos alguna vez enamorados.

Años atrás, cuando empecé a tener que hablar en público, antes de hacerlo me tomaba una tila. O dos. O un Sumial incluso. Sentirme tan observada, tan “en directo”, sin posibilidad de darle al Stop y volver a grabar, me ponía nerviosa. Entonces, a los que les conté esto de mis nervios, me aconsejaban: “Imagínate que toda esa gente está desnuda, ya verás como se te pasará”. Sin embargo, a mí, imaginarme a cien personas desnudas mirándome fijamente me producía auténticas taquicardias. Supongo que, de haber estado Michael Fassbender entre ellos, la cosa hubiera cambiado, pero no solía ser el caso.

En ocasiones, aún me ocurre esto de lo nervios. No hace falta que sea delante de cien personas, con una que me imponga, basta. Entonces pienso: esta persona estuvo una vez enamorada, y se me pasa. No hay nada que nos haga más vulnerables que eso, ni siquiera estar desnudos. Probadlo si alguna vez os ocurre.

Y por favor, señora de Correos que va delante de mí: yo no sé si usted estuvo enamorada o no, pero haga el favor de terminar ya.

#lluvia #barcelona #amor #literatura #michaelfassbender #enamorarse #love
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Todos hemos asistido a un sinfín de conferencias y discursos en los que grandes mujeres y hombres cuentan cómo han llegado hasta donde están. El resumen es, independientemente del campo, el mismo: “lo pasé mal y mira qué mal estuve, incluso esto y lo otro, pero ya ves lo bien que estoy ahora”. Y entonces: aplausos, muchos aplausos.
Esa historia está bien, incluso muy bien si eres el que la protagoniza, pero a mí, lo que verdaderamente me interesa es esa otra historia, la que no se cuenta, la de todos aquellos que se quedaron por el camino y no llegaron a los aplausos.
La historia de los que no tuvieron éxito.
Es decir, los que lucharon durante años por mantener a flote aquél que creían que era el mejor restaurante, la que quería ser astrofísica, el que soñó con graduarse en Yale, el que amó a fondo perdido a la persona equivocada.
Pensaba en esto mientras iba al mercado a comprar aguacates. Y de casa a la tienda me ha dado para decidir que un día no muy lejano me convertiré en guionista, productora, distribuidora, todo en uno, y venderé una serie –por una auténtica millonada– a Netflix, HBO o cualquier plataforma que esté de moda. La serie no tratará sobre los beneficios del yoga y la comida vegana, ni siquiera habré sido yo la encargada de idear una temporada alternativa para los que se quejan del final de Juego de Tronos, no. Será una serie sobre el fracaso. Sobre cómo fracasar y poder contarlo y que te aplaudan también al final.
Buscaré a la astrofísica, reconvertida en horticultora, los del mejor restaurante, que al final montaron una escuela de escalada, el de Yale, que compró un supermercado macrobiótico abierto las 24 horas.
Porque al del amor a fondo perdido, ay, ese sí que necesita un aplauso.
Nos dan lecciones sobre tantísimas cosas que no sirven para nada y, sin embargo, pocos hablan de la importancia de encontrar un lugar para la decepción, para el fracaso. La importancia de poder aplaudir también a los que no lo lograron, o lograron otra cosa bien distinta. Esos también, que somos todos, necesitamos un aplauso.
Os contaré cuando tenga la serie.
De momento, en el mercado no quedaban aguacates. Sigo en su búsqueda.
#fracaso #netflix #series #hbo
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Dos cosas.
La primera: “Queda mal decirlo pero, a la hora de aparearse, hay evidencias que convendría no perder nunca de vista. En general, la unión de dos personas suele presentar descompensaciones evidentes de belleza, estatus o inteligencia. Yo perdía en las tres comparaciones”.
Esto lo cuenta Sergi Pàmies, pero muchos conocemos esa sensación. Unos años atrás tuve un novio tan guapo que cuando iba paseando por él por la calle solía pensar en aquellas cámaras ocultas que ponían antes en los programas de televisión y que terminaban revelando aquello que ya nos temíamos: que estábamos siendo víctimas de una broma perversa.
La segunda: en una entrevista a raíz de la publicación de su novela, ‘Después de Kim’, Ángeles González Sinde abordaba temas relacionados con el duelo y la pérdida. Entre ellos, una idea maravillosa. “Quienes hablan tanto del primer amor es porque no conocen el último”.
Es cierto que le damos muchas vueltas a ese amor idealizado de los inicios y ese sentimiento da para libros, poemas y canciones. Cuando mi tía abuela tuvo un ictus, ya muy mayor, se había echado un novio que hizo guardia al lado de su cama durante meses. Cuando iba al hospital a visitarla y los veía a los dos juntos solía pensar en eso, en que nos encanta teorizar sobre el amor de nuestras vidas, pero que nunca lo hacemos con esa perspectiva que ofrece la cama de hospital y los ochenta y tantos.
Estos días pienso que deberíamos pedirles justamente eso a los amores, que sean últimos, no en el sentido de que ya no haya más sino en el de que sean amores que se queden.
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“En mi próxima reencarnación es posible que no me apetezca volver a ser la hija de un Escritor Famoso”, habla Scottie, la hija de Francis Scott Fitzgerald, en ‘Cartas a mi hija’, un volumen de cartas que me acompañó ayer en el tren hasta esta ciudad, Madrid. Contaba Scottie que los pintores son la única gente igual de insufrible que los escritores.

En el prólogo a estas cartas absolutamente maravillosas –“la grieta no la tienes tú, Scottie, la tiene el cañón del Colorado”, le dice–, Scottie trae a colación un gran tema: lo solitario que es este trabajo de escribir. Porque lo cierto es que no hay nada que uno pueda hacer para ayudar a un escritor. Por ejemplo, el presidente de una compañía puede contratar a un adjunto, un editor con una carga de trabajo excesiva, a un asistente, pero, ¿quién rescata al que se ha quedado atascado en una frase, al final del capítulo, de la novela?

Algunas veces, lo que más desearía en el mundo es que alguien pudiera terminarme un párrafo, un relato. Decir, “me voy a dar una vuelta, ¿puedes decidir qué ocurre entre ellos? Sabes tanto del tema como yo, y si no te sale, búscalo en Google”. Escribir es difícil, entre otras cosas, porque no hay mapas ni direcciones. Eres tú todo el tiempo, tantas veces tú –como en aquella novela de Bryce Echenique llamada ‘Tantas veces Pedro’–. Ayer salí de la parada de metro de Lavapiés y, al levantar la vista lo vi en la fachada del teatro Valle Inclán. Pensé que mi pasión desmedida por los mapas procede, en realidad, de ese mantra –usted está aquí–, de la ilusión de la coordenada y la ubicación, de que alguien, si estás perdido, ya sea en la vida o en un párrafo, te pueda decir en qué lugar preciso te encuentras.
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La vida pasa mientras le das al botón de instalar actualización de software más tarde. Mientras el ordenador y la impresora se reconocen, se acoplan, como si aquello fuera una cita de Tinder. Mientras le das a solucionar problemas y un señor te aparece en una ventanita inferior de la pantalla para decirte: Es hora de limpiar tu Mac.
La vida pasa mientras te compras un ensayo de Anne Carson -Eros, the bittersweet– porque necesitas sentir, después de todo un día de trabajo absurdo, que eso te hará un poco más interesante. La vida pasa igual cuando dejas a la Carson, intacta, virgen, sin leer siquiera los créditos, “para otro día”. La vida pasa mientras decides ver cualquier serie de Netflix que te cuente que aunque a Fulanita se le quemó la sastrería, eso le sirvió para cumplir su sueño y que ahora tiene un puestecillo de street food con estrella Michelin.
La vida pasa mientras llega el verano, mientras tiendes la ropa, pierdes calcetines, mientras viajas y tienes jet lag, o te mareas por las curvas, mientras se va el invierno.
La vida pasa mientras te dicen que 9 de cada 10 dentistas avalan un colutorio determinado y tú tratas de imaginar qué dijo el único que decidió decir, probablemente, lo que pensaba.
La vida pasa siempre. Dice Joseph Campbell que debemos estar dispuestos a renunciar a la vida que hemos planeado para poder disfrutar de la vida que está esperándonos.

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En ocasiones son el mundo perdido, el antes, la infancia, la respuesta a la pregunta de dónde venimos, las pompas de jabón, las soporíferas tardes de agosto y “mamá es que yo me aburro”, los deberes, los sueños, las que fueron antes de que llegáramos, aunque los hijos -egoístas casi siempre, egoístas siempre- no pensáramos en ello hasta que pensamos, nosotros mismos, en convertirnos también en padres.
Las madres son el antes y el después. Son el lugar, el abrazo, el milagro y la esperanza, el saber eso tan necesario de que hay alguien ahí.
Yo crecí con una madre 2×1, madre y padre a la vez, como esas ofertas del supermercado. A mi madre no le parece muy poética la comparación y, cuando me lo dice, entonces rectifico y añado que con ella me tocó la lotería, el Gordo, lo que aún le parece más desafortunado, y más viniendo de una hija escritora.
En fin.
Feliz día a las madres, a las que no lo sois y queréis serlo, y en definitiva, feliz día a los que tenéis madres, a los que las recordáis porque las madres son la única y verdadera lotería de la vida.

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Esta fotografía tan aparentemente anodina es el resumen de mis 34. No por esto de los aeropuertos, que también, sino porque ahí estaba yo, distraída, comiendo cualquier cosa, uñas pintadas de glamuroso verde, el ordenador por ahí, y ajena a lo que estaba a punto de ocurrir.
Íbamos de Nueva York a Nueva Orleans y estaba a punto de perder mi pasaporte. Debí considerar que tirarlo a la basura con la bolsa de la ensalada incomestible era una buena idea o que perder el pasaporte en Estados Unidos podría inspirarme nuevas aventuras para contar a mis nietos.
Total, que llegué a Nueva Orleans y me di cuenta de que no tenía pasaporte: denuncia, la policía muy amable –ironía, obvio– y como estaba ahí un mes y tenía que moverme más, me obligaron a ir a Houston, a cinco horas y media en coche, donde había una embajada, para que me dieran un pasaporte de emergencia. ¿Que qué ocurrió? Pues que era fiesta, que en Houston nadie atendía al teléfono… ocurrió que perdí una semana entera de un viaje de trabajo, y cuando llegué a Houston, una ciudad que nunca había pensado en visitar, estaba cabreada con el mundo, con la embajada, con España, y conmigo.
Mis 34 han estado llenos de episodios similares. En un primer momento, algo se tuerce, yo me quejo, y hablo del Karma o de Mercurio Retrógrado.
En un segundo momento, las cosas se desarrollan de manera distinta.
Por ejemplo: si no hubiera ido a Houston nunca hubiera visitado el Space Center de la Nasa que hay ahí. Si nunca hubiera visitado el Space Center no habría recordado mi amor por esos hombres que se marcharon lejos para ver lo que tenían cerca. Y si no me hubiera vuelto a enamorar de ellos, de los astronautas, no habría empezado a escribir una historia que no va tanto sobre ellos sino sobre todos nosotros.
Esto es con lo que me quedo para estos 35 que estreno hoy. Las cosas no siempre empiezan como hubiéramos deseado pero, a veces, de esos inicios un poco torcidos y a oscuras, surge lo inesperado. Y en ocasiones, es necesario perder un pasaporte para que lleguen los astronautas, para que empiecen las historias.
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“Me acuerdo de un chico. Trabajaba en una tienda. Me gasté una fortuna comprándole cosas que no quería. Luego, un día, ya no estaba ahí”. Yo me acuerdo también de un chico, se llamaba Frédéric y vivía en N’Djamena aquel verano que mi amiga Sara y yo trabajábamos ahí. Cuando, un mes y medio después regresamos a España, no es que nos hubiéramos enamorado de él, es que habíamos pensado ya en el nombre de los hijos que tendríamos con él (ninguna se lo dijo, ni a Frédéric, ni entre nosotras).
Me acuerdo de que llegó Navidades y fuimos a la FNAC de Plaza Cataluña y nos dejamos el sueldo entero comprando regalos para absolutamente todos los niños del orfanato donde trabajaba nuestro enamorado. Lo hicimos, y ahora me da vergüenza reconocerlo, para ganarnos el amor del pobre Frédéric que, después de Reyes, después de que nos quedáramos sin un duro ante el envío masivo de los libros, los Dvd y todo lo absolutamente prescindible que compramos (eran regalos para impresionar), nos dijo que se había echado novia, la que ahora es su mujer, la madre de su hija. Y nosotras la criticamos, a la novia, claro, porque eso nos unió en la desgracia antes de terminar reconociéndonos la una a la otra lo enamoradísimas que estábamos de Frédéric.
Me acuerdo a menudo de él, de esa proyección de un verano de juventud. Lo veo en sus fotos de Facebook y sonrío. Seguro que jamás podrá imaginar la escena: dos veinteañeras enloquecidas arrasando por los pasillos de la FNAC mandando regalos al Chad por amor.
Me llegó ayer este libro maravilloso de Joe Brainard del que una amiga querida me habló. Más de mil entradas que empiezan así: “Me acuerdo”. Y se acuerda de lo que todos –de los primeros días de colegio, de lo mucho que quería ser guapo y popular en el instituto, de los septiembres y de perder siempre solo un guante– pero también, como todos, se acuerda inevitablemente de lo que nunca sucedió y quisiera que hubiera sucedido.
#joebrainard #meacuerdo #iremember #literatura #recuerdos #memorias #sextopiso
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No sé si son ancla o salvavidas.
Si proceden de países lejanos o si, por el contrario, habitan en el edificio de al lado.
Si soy yo o es que la autora estaba pensando en mí cuando escribía estas páginas.
Si somos nosotros que nos vamos de viaje con ellos o ellos los que se quedan en casa a pesar de que ya no queden más páginas.
No sé si son plegaria, hechizo o sortilegio. Si son la puerta de entrada o la de salida. No sé, en realidad, si son puerta o puente, aunque me decanto más por puente: quien construye un puente, dicen, derriba un precipicio.
No sé si los encontramos nosotros porque hace tiempo que los buscábamos o son ellos que alargan los tentáculos, que son sus palabras, y nos atrapan a nosotros para siempre.
Los libros no nos salvan de nada, ni nos hacen mejores en nada. Nos hacen, si acaso, distintos.
O sí, perdón. Porque sí nos salvan, si nos dejamos, de nuestros precipicios, y aquí cada uno sabrá cómo llamar a ese hueco que nos separa de las cosas que amamos.
Hace unos días, paseando por este río llamado Kallang, pensé que lo que más se acerca a la definición de libro es esto: el reflejo de un mundo.
A lo que iba: feliz día del libro. Que os regaléis muchos mundos, muchos puentes, y que los compartáis. 🌹📚✨ #santjordi #felizdiadellibro #leer #lecturas #reflejo #mundo #puente #literatura #barcelona
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Una buena amiga suele recordarme a menudo los momentos más inverosímiles en los que me ha visto leer. Cuenta las historias delante de gente, echándole imaginación y humor y, sobre todo, riéndose de mí, que es la misión de los buenos amigos. Entonces empieza a disparar. “¿Os suena cuando Laura…?”. Y habla de aquel final de la Liga en que me llevaron a un bar inmundo lleno de gritones y forofos de ambos equipos. Había una mesa al fondo de todo y ahí me ausenté para leer ‘La inmortalidad’ de Milan Kundera. ¿Qué si me enteré de algo entre tanto griterío? Pues no, pero eso es algo que nunca le he confesado a mi amiga.

Luego, un día, hubo unas inundaciones en un barrio de Río de Janeiro. Y yo estaba ahí, sin poder salir del bar, literalmente. Pero no estaba sola porque tenía conmigo ‘Dietario voluble’, de Enrique Vila-Matas y, cuando luego me preguntaron por el agua y el miedo, yo solo recordaba lo mucho que me había divertido con las anécdotas de Enrique.

Después, claro, está aquel día en que me perdí de camino al hospital donde trabajaba aquel verano. Me quedé sola, sentada en un banco de aquel pueblito etíope, pero con Isak Dinesen, hasta que alguien vino a por mí. ¿Que si pasé miedo? Solo recuerdo a Dinesen en ‘El festín de Babette’, pero también que me abracé a la mujer que me rescató como si no hubiera un mañana.

No sé quién decía que escribir es flotar en el vacío. Yo creo que leer es, por el contrario, encontrar el agarradero. Todos escribimos para preguntar algo y leemos, buscando en las palabras de los otros la respuesta que por el momento no hemos encontrado.

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La bahía de Chittatong acoge el mayor cementerio de barcos del mundo. Hasta ahí llegan los agonizantes cachalotes de acero para morir, para que los desguacen. Los cachalotes, con sus hélices, sus cubiertas, sus anclas, ahora ya desprovistas de cualquier utilidad, se quedan entonces varados en la arena durante una eternidad. Son monumentos de óxido y tiempo y, algunos de ellos conservan, aún después de muchos años, los nombres.
Por ejemplo, el ‘Queen of luck’, ironía, claro, que la reina de la suerte acabe atascada en la arena, o el ‘Laura’, un enorme buque pintado de azul sobre el que no me atreví a hacer mucha broma ni a preguntar demasiado.
Es un lugar que tiene algo de desolación, pero también es una especie de museo de la nostalgia. Mientras paseaba por ahí, sin saber por dónde empezar a contar una historia, aparecieron ellos dos. Escuché los cuchicheos, las risitas, me asomé, y allí estaban.
Supongo que el amor tiene esa asombrosa capacidad de transformar la vista a la estructura desangelada de un barco en una escalinata con las mejores vistas de la ciudad. Ésa, claro, esa era la historia, y no la de los barcos.
#chittatong #barcos #desguace #shipyard #historias #ifyouleave #bangladesh
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Cuenta Rosa Montero que se ha acostumbrado a ordenar los recuerdos de su vida con un cómputo de novios y de libros. Sus diferentes parejas y las novelas que ha ido publicando son algo así como las cruces en el mapa de su vida, unas muescas que orientan y señalizan, que trazan caminos y establecen el antes y el después.
Todos urdimos estrategias parecidas, inventamos trucos para tener algo que recordar: mudanzas, sucesivas marcas de coche, cortes de pelo. Decimos: antes del Opel pero después del Alfa Romeo. Justo entre Juan y Alberto. Mucho antes de que fuéramos a China.
Yo, por ejemplo, suelo ordenar mi vida de manera parecida a Rosa Montero: mis años discurren entre novios y libros. Además, añado al tándem algún que otro trabajo pero, sobre todo, viajes. Hablo, por ejemplo, del año en que me fui a la India. O de cuando quería ir a Islandia y no fui. En realidad, creo que muchos medimos la vida por deseos. Acordarnos de los no cumplidos es igual de importante que celebrar a Juan, al Opel o la publicación de tu primera novela.
Hace años quise venir hasta aquí, pero llego hoy. “Happy New Year, Miss”, me han dicho en la recepción del hotel. He pensado que, o bien era mi jet lag que me había jugado una mala pasada, o es que efectivamente andaban con el reloj algo atrasado. Claro que al cabo de un rato me han dicho que Bangladesh celebra hoy el primer día del año 1426.

Hace años quise venir hasta aquí, pero llego hoy para estrenar un año. Ya lo decía Charles Simic y yo misma copiando a Charles Simic. Que la gente llega cuando tiene que llegar. Ocurre igual con los lugares, con las ciudades. Así, años más tarde, estoy segura de que recordaré este día y diré “ah, eso fue antes / después de Dhaka, cuando llegué a una ciudad en la que celebraban el Año Nuevo pero yo no sabía nada”. En fin, feliz domingo de 1426.
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Tenía diecinueve años cuando pisé África por primera vez, aquel verano en me fui a Sierra Leona y, desde entonces, ya nunca he dejado de volver, a África sí, y a tener diecinueve años también.
Así como no escogemos de quién nos enamoramos –más nos gustaría–, igual ocurre con los lugares de nuestras vidas.
De aquellos años, recuerdo, por ejemplo, una serpiente de cascabel dentro de mi habitación en el Chad. Recuerdo, también, una polilla gigante, con cara de conejo –lo juro– en Etiopía. Recuerdo ese olor de jabón –marca Palmolive– en la aldea de Lunsar, en Sierra Leona, cuando no había luz y había que ducharse con linterna. Fui algunos años como voluntaria –profesora, chica para todo, enfermera de pacotilla– y es un tópico, pero nunca les podré devolver a toda la gente con la que traté ni un diez por ciento de lo que me dieron ellos a mí.

Ya siendo un poco más mayor volví en numerosas ocasiones a este continente que es, para mí, sinónimo de misterio y belleza, y un día, me enamoré de un país pequeño y montañoso, un país sin salida al mar cuyas calles están más limpias que las de cualquier lugar en el que he estado, un país que se llama Ruanda. Estos días se cumplen veinticinco años del genocidio que arrasó este trozo de tierra que ha sufrido lo indecible y leo artículos que recuerdan y tratan de explicar con más o menos fortuna el horror (aunque, en realidad, nadie puede explicarlo).
No sé el motivo de mi apego por este país. Como decía, esas cosas no tienen mucha explicación, pero Ruanda me hace pensar en la infinita capacidad que tenemos para volver a empezar, sean cuales sean las circunstancias. Ahí, en Kigali, empecé a escribir varias historias, una de ellas comienza así “En Kigali no hay ningún papel en el suelo”. Y otra “Nadie recuerda lo que es ver por primera vez”. Nunca he terminado estas historias, supongo que dejarlas a medias es tener la excusa de volver siempre, en cualquier momento. (Y la foto es Ruanda, claro, pero no recuerdo el nombre del lago). #ruanda #genocide #rwandangenocide #africa #literatura #journalism #periodismo #lake
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