Se llama ‘Teoría general del olvido’, del escritor angoleño José Eduardo Agualusa, y es un título que siempre me ha hecho pensar en la posibilidad remota de que exista algo parecido a eso: unas leyes más o menos estables que determinan y ponen fecha a la caducidad de los recuerdos. Una teoría para olvidar. La memoria es selectiva, eso ya lo sabemos, pero no es tan selectiva como nos gustaría. Hasta donde yo sé, no podemos hacer nada para olvidar lo que no queremos recordar.

Leí un artículo de Joan Juliet Buck, ex directora de Vogue en Francia, actriz, escritora y mil cosas más. Era algo parecido a “Consejos que le darías a tu yo de 26 años”. Previsible, pensé. Pero el artículo me gustó, y lo que decía ella, más. Apunté: «Deja que tu energía se dirija hacia lo que deseas, no hacia lo que temes. Es más fácil andar cuando dejas de dispararte a los pies». Que suena muy de autoayuda, pero si en vez de estar pensando lo que no queremos que ocurra pensamos en lo contrario, ¿verdad?
Dicen que no hay nada más poderoso que la alegría, que es un estado contagioso y todas esas cosas. Pero a mí, lo que verdaderamente me parece paralizador –y contagioso– es el miedo.
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Fui a casa de mi abuela e hice fotos de lo que quedaba. Que era luz, crucigramas, vasos duralex, el sofa rojo, estampados de colcha pasados de moda y esa máquina de coser mítica, la Singer. Y también una cajita de música de color azul que, contra todo pronóstico, sigue sonando. Sí que podemos hacer cosas para recordar lo que no queremos olvidar. Escribirlas, por ejemplo.
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Fase 1, bienvenida seas. Menos miedo y más Joan Juliet Buck. Menos teorías para el olvido, pero más para recordar.
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Una de las historias que más terror me inspiraba en la infancia, además de las fechorías de Freddy Krueger, era la del accidente de avión en la cordillera de los Andes. Ayer, por casualidad, di con una conferencia en la que Carlos Páez, uno de los supervivientes, contaba algo muy interesante que vale no solo en los Andes si no en la vida en general. Lo que ocurrió en 1972 es ya sabido por todos: que el avión cayó en los Andes y los supervivientes tuvieron que permanecer ahí 70 largos días con sus noches. Carlos Páez cuenta que, un día, un tal Gustavo Nicolich, el encargado de escuchar la radio para ver qué decían de la búsqueda de su avión, le dijo a Carlos: “Carlitos, tengo una buena noticia para darte. Acabo de escuchar en una radio chilena que dieron por finalizada nuestra búsqueda y que van a ir a buscar nuestros restos en febrero, cuando venga el deshielo”. El pobre Carlos se quedó alucinado. ¿Qué narices decía aquel loco? Sin embargo ahora, 47 años después, entendía por fin por qué había supuesto una buena noticia: en aquel preciso instante dejaron de sobrevivir para empezar a vivir. Superviviente es aquel que esta esperando que lo vengan a buscar. ¿Qué tipo de vida cabe esperar de alguien que únicamente pretende ser rescatado?
La foto no es de los Andes ni tiene nada que ver. La recuperé el otro día mientras abría cajas de fotos y postales que llevaban en el mismo sitio desde hace más de treinta años. Soy yo, con cuatro años, la vez que me llevaron a conocer a mis primos de Alicante. El trayecto en coche de Barcelona hasta Alicante es uno de mis recuerdos más antiguos. Llegando, ya de noche, vi aparecer a lo lejos, las luces de la ciudad. Le dije a mi madre “esas luces son tan bonitas que me dan ganas de llorar”. A cursi no me gana nadie, pero a lo largo de los años ha permanecido en mí esa sensación: la de que hay cosas en la vida que existen, y nos hacen existir, más allá de lo inmediato. Es esa vida de la que habla Carlos Páez, supongo. Esa que depende de uno mismo, no de los demás. La que le ofrecen las luces de una ciudad a la niña cursi que va sin cinturón en el asiento de atrás.
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También mueren los lugares donde fuimos felices y esto lo decía Julio Ramón Ribeyro. Así, ayer llovía y, paseando por la Diagonal,vi que nuestro bar, el San Telmo, cerraba. No había más explicaciones. Un cartel, colgado en esos cristales a través de los que he pasado tanto tiempo mirando, anunciaba: «Próximamente: Dumbo».
En el San Telmo siempre nos quedábamos la misma mesa. Una apartada, en el fondo, casi al lado de los baños y de la escalera de caracol. Años atrás iba con aquel chico y yo me pedía siempre unos macarrones y un vino blanco. Algunas de aquellas veces conseguimos no pelearnos, lo cual siempre era un logro, y solo por eso le cogí cariño a aquel barecito. Después, el chico se fue, pero el San Telmo siempre me lo recordaba. Con el tiempo colonicé otras mesas con mi amiga L. –la vida es ir conquistando sitios nuevos dejando intactos los del pasado, por eso nunca volví a la de la esquina– y así puedo decir que tengo un recuerdo para cada rincón del San Telmo. Últimamente nos sentábamos en la barra acristalada que da a la Diagonal. Pedíamos vino y olivas. Cuenta Manuel Vilas en ‘Ordesa’ que una relación que muere da origen a una lengua muerta. «Cada pareja, cuando se enamora y se frecuenta y convive y se ama, crea un idioma que solo pertenece a ellos dos. Ese idioma privado, lleno de neologismos, inflexiones, campos semánticos y sobrentendidos, tiene solamente dos hablantes. Empieza a morir cuando se separan. Muere del todo cuando los dos encuentran nuevas parejas, inventan nuevos lenguajes, superan el duelo que sobrevive a toda muerte. Son millones, las lenguas muertas». Con los bares ocurre algo parecido. Hay lugares que uno guarda como si fueran amuletos, como esas fotografías que revisitamos en un engañoso álbum de familia y que nos cuentan no la historia real sino la historia que nosotros queremos recordar. Así que ayer me quedé unos instantes detenida frente a la cristalera. Hice una foto al cartel, y pensé que seguro que a pesar de aquel nombre absurdo, Dumbo, a alguien le ocurrirá lo mismo que a mí: que encontrará entre las mesas de ese nuevo local un lugar para recordar pero también una esquina desde la que mirar el mundo.

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«Se vende» o «Se alquila» anuncia el letrero y seguidamente: «Razón: portería». Cuando era niña me parecía un cartel de lo más enigmático. Luego comprendí que quien «da razón» del piso es el portero, que conoce sus metros cuadrados, número de habitaciones y baños, orientación y precio, y si este es o no negociable. Y, además, suele custodiar un juego de llaves para enseñarlo.
No sé vosotros pero yo estos días necesitaría a un portero que me explicara algunas cosas.
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No vivas de fotos amarillas, le decía una amiga a otra en ‘La once’, un documental que vi ayer, que me hizo pensar en aquellos versos de Miguel Hernández: «Y un día se pondrá el tiempo amarillo sobre mi fotografía»
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Ayer reía al teléfono: «Qué quieres que te cuente?, ¿lo que he comido?». De manera que los dos terminamos hablando de la carnicería donde compramos el salchichón al que nos hemos hecho adictos. Glamour que no falte. Me decía que todas sus novedades estaban relacionadas con lo que comía, y pensé que igual ocurría con las mías. «Antes salíamos, nos pasaban tantas cosas…». Pero colgamos y me quedé pensando que, en realidad, lo que ocurre es que ahora todo nos sucede por dentro, y como no estamos acostumbrados a hablar de eso, terminamos dándole vueltas al salchichón.
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Una amiga me regaló esta figurita y la miro a menudo. Tiene algo hipnótico. Algo de «Razón: portería», como si pudiéramos preguntarle. La voy poniendo en sitios distintos para ver a través de esta casa de paredes transparente. A veces pienso que la mujer está leyendo, otras que solo observa el mundo y a mí, por ejemplo, mientras hablo de recetas y de mis fotos amarillas, y hago cálculos optimistas sobre playas, piscinas y verano. Que me recibe en casa cuando vuelvo de la carnicería después de haberle respondido al dependiente-de-siempre lo-de-siempre, que todo bien, que ya queda poco para que volvamos a la normalidad, que me llevo el salchichón de siempre que hay que ver lo bueno que está. #laonce #lauraferrero #barcelona #ifyouleave #miguelhernandez #poesia #literatura #documental #cine #instagramstories

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Llevo todo el fin de semana caminando –a mis horas–y pensando en que me gustaría ser directora de cine aunque solo fuera para rodar una escena en la que sonaran los primeros cuarenta segundos de la canción ‘Chinese Translation’ de M.Ward: «I sailed a wild, wild sea /Climbed up a tall, tall mountain/I met a old, old man/ Beneath a weeping willow tree».Tengo incluso la escena pensada, pero la voy cambiando.
Camino y camino y a veces llego a la conclusión de que la escena tampoco tendría que ser nada especial: solo gente que está de sobremesa. Gente que ríe, que habla. El tiempo pasa –aún más rápido porque para eso suenan las canciones en las películas– y todo el mundo sigue estando bien alrededor de la mesa. Vemos los posos del café y las servilletas hechas un gurruño, y una chica sonríe al ver que han sacado un helado de corte y otro se queja de que eso es comida de otra época, pero pronto están todos cortando la barra de helado y todo sigue estando bien hasta que de la boca de algún listillo sale una frase del tipo: «Qué bien lo estamos pasando, ¿verdad?». En ese momento se acaba la magia, también la canción de M. Ward, y yo sigo andando por la calle, y me digo que tengo que pensar en otra escena donde esté prohibido decir esas cosas. Te lo pasas bien hasta que alguien te hace pensar en lo bien que te lo estás pasando. Luego solo tratas de estar a la altura.
Y a veces, y sobre todo estos días, no solo pienso en los helados de corte, sino también en aquel videojuego al mi hermano y yo jugábamos de niños. Mario Bros siempre corriendo por la pantallita, saltando a por las vidas ocultas. Aquí no importa si mueres porque vuelves a empezar desde el punto en donde lo has dejado. Me gusta eso: las vidas extras, el botón de pause. Entonces vuelve a sonar M. Ward y los primeros segundos de esa canción y Mario Bros consigue otro de esos champiñones con superpoderes de la infancia, enfilo la calle Balmes, y sigo andando mientras borro y empiezo, de nuevo, a pensar en una escena. Y así también pasa el tiempo.

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Cinco años atrás, como para olvidarme de la fecha, me llamó el que por aquellos entonces yo consideraba, en el más fiel argot de las pelis protagonizadas por Jennifer Aniston, «el amor de mi vida». Me gustaba pensarlo así, a pesar de que hiciera tiempo de que ni siquiera nos veíamos, de que nos hubiéramos peleado tropecientas veces y todas con peor resultado. Pero la historia es que me llamó y todas las conjeturas fueron pasando una a una por mi cabeza –¿reconquista, amor imposible y ahora volvemos a empezar, se ha dado cuenta de que soy el amor de su vida, me voy a vivir a doce horas en avión de Barcelona?–. Bueno, en definitiva: me llamó para decirme que se casaba. Con otra, claro. Y me puse tan nerviosa que reaccioné como si me acabara de tocar la lotería. Gritos de júbilo, enhorabuenas, risas, «ya me mandarás fotos», «esa chica es estupenda». El tipo se quedó completamente alucinado, sobre todo cuando, ya a punto de colgar, me preguntó por mí y le dije «¡Yo también me caso!»
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La foto es de un relato de Adolfo Bioy Casares incluido en ‘La muñeca rusa’ que releí el otro día. El cuento se llama ‘Amor vencido’ y tuve que leerlo dos veces para entenderlo. Me pasa a menudo con Bioy Casares, y con las cosas en general, pero esa última línea «Me faltó ánimo para explicar» resume tantos episodios de nuestras vidas que me la imprimí y aquí la tengo ahora, colgada en el despacho.
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Obviamente yo ni me casaba ni tenía novio ni sabía qué ni por qué narices estaba diciendo todo aquello, pero colgué rapidísimo porque alguien llamaba a casa, eso también me lo inventé, y le prometí que le llamaba al día siguiente para darle detalles. Ni llamé ni me casé y ese pobre amor de mi vida –que gracias a dios no habla español y no podrá jamás leer estas líneas– se pensó durante tiempo, imagino, que yo también me había casado. Pero perdimos el contacto y el año pasado le vi unos momentos en una boda. No me preguntó por mi marido, ni si quiera por qué nunca le devolví ninguna de las llamadas. Pero si me hubiera dicho algo, tenía la frase: «me faltó ánimo para explicar». Aunque suele ocurrir que cuando tienes la frase preparada ya nadie te pregunta.

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«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Ese sigue siendo, en mi opinión, uno de los mejores inicios de la historia de la literatura. Lo he citado algunas veces, pero sin reconocer, como ahora, que nunca leí ‘Cien años de soledad’. Nunca me atrapó.
Algunas cosas en la vida nos influyen porque las imaginamos. En ocasiones, lo que nos es opaco, lo que no terminamos de entender, permanece envuelto de un brillo de misterio y evocación que luego deja de tener. La importancia de no entenderlo todo, que decía Grace Paley. No sé si leeré ‘Cien años de soledad’. Me gustaría seguir pensándolo como se piensa en todo lo que no llegamos a conocer del todo: desde el anhelo y la perfección.
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Salimos y la ciudad seguía ahí, esperándonos. Escuché quejas, «cuánta gente», como si la gente (y el tráfico) no fuéramos todos nosotros. Aparentemente, estábamos contentos. Incluso sonreíamos, pero había, no sé cómo definirlo, un aura de extrañeza. Como si no fuéramos los mismos. Que quizás no lo somos, aunque los expertos aseguran que nunca cambiamos si no es para peor. Lo que noté era parecido a una marca, como esas vacunas de años atrás, que dejan un surco en la piel que nos recuerda de dónde venimos y que un día tuvimos miedo frente a la aguja de la inyección.
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Hay una metáfora muy bonita en ‘Rayos’, de Miqui Otero. Tiene que ver con aquel mítico juego de las sillas con el que nos entreteníamos de niños. Se nos prometió que la música iba a seguir sonando y que cuando terminara, habría sillas para todos. Pero la música se detuvo en seco y no es que no quedaran sillas, es que se habían roto «como las del mobiliario de las películas del Oeste cuando se arma la bronca». Detesto el juego de las sillas, pero ayer, paseando, buscaba las sillas. Trataba de cerciorarme de que seguían en su sitio, de que no había ocurrido como en el libro de Miqui Otero. De regreso a casa, pasando por la calle Antúnez, me sorprendió, de repente, la música, y entonces entendí que las sillas seguían por ahí, solo que ahora estaban un poco más escondidas.

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Algunas cosas que he recordado a menudo a lo largo de los 35:

Es un recuerdo antiguo. Somos 5 y estamos en Sierra Leona, vamos a pasar el verano ahí, trabajando en un pueblo. A pesar de que ya no somos unos niños, nuestras madres nos han metido en el fondo de cada una de nuestras mochilas bolsas de jamón ibérico al vacío «por si la comida no os gusta». Y luego resulta que comida sí nos gusta, pero decidimos guardar el botín para más adelante, para cuando verdaderamente lo necesitemos. De manera que dejamos las bolsas apiladas en una balda de la nevera –como si siempre tuviéramos electricidad– y vamos relegando el jamón para el gran día, hasta que éste llega y entonces decidimos hacer una cena a lo grande. Lo que ocurrió, claro, es que el jamón ya no estaba bueno y tuvimos que tirarlo. Aquella noche comimos arroz. Otra vez.

Después, he recordado también otra cosa. Me marché pronto de casa, a los 18, y volví diez años después. El primero de aquellos años fue bastante espantoso. Cada vez que tenía un mal día cogía el teléfono y llamaba a casa. Decía: «Quiero volver». Y siempre me decían lo mismo: «Puedes volver cuando quieras». Fue eso, el saber que tenía un lugar al que podía regresar, aunque estuviera lejos, lo que me permitió no volver.

Además de aprender a hacer algunas cosas de gran trascendencia como a cocinar solomillo Wellington o a levantarme sobre la cabeza en una postura de yoga llamada sirsásana (lo mío me ha costado), ha sido un año de recordar mucho estas dos cosas: lo importante que es saber que tienes un lugar (y que ese lugar son personas) y lo absurdo de ese jamón que murió a la espera del momento adecuado. Es ridículo dejar la felicidad para otro momento.
Muchas cosas más, pero no me cabrían aquí.

Empiezo los 36 sin saber qué hacemos con los cumpleaños en la desescalada. Yo creo, aunque eso no lo dijo Pedro Sánchez ayer, que los que queramos podemos pedir una prórroga y cumplir el año que viene, o en la fase 25, cuando ya nos podamos reunir. Así que quizás me espero. O no. Porque quizás con los años pasa como el jamón.

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Puede que seas una persona con suerte y te ocurra dos veces, respondía George Steiner. Pero quién sabe. Hablaba de enamorarse, de esas raras ocasiones en la vida –raras o únicas– en las que uno sabe que ha ocurrido. Se trata de una certeza. Y no hacía referencia al flechazo. El periodista le preguntaba entonces si había posibilidad de que a una persona le ocurriera más de una vez en la vida, y Steiner sonreía escéptico. Yo creo que el entrevistador se lo preguntaba porque a él le había ocurrido y temía no haber salido airoso del tema. Quería asegurarse de que tendría su merecida segunda oportunidad.
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Me gustó una entrevista que le hicieron esta semana a Nacho Vegas. Hablaba de la gran diferencia que existe entre la palabra solitud, el sosiego de esa tranquilidad escogida, y la soledad impuesta, aterradora. «El miedo es más poderoso que la belleza, por desgracia, por eso debemos buscarla precisamente ahora»
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Steiner hablaba del enamorarse como de una epifanía, esta era la frase en concreto: «when light shines through life». Luz que brilla y traspasa la vida. Me pareció una imagen bonita. Además, añadía, él asociaba el amor con la utilización del futuro. Tenemos una palabra y esa palabra es «mañana». Estar enamorado es tener futuro, mirarlo, pensar en cosas que tengan sentido en esa realidad llamada mañana. Entonces volví a pensar en el entrevistador miedoso que preguntaba por su segunda oportunidad, y en el bueno de Steiner sin querer decirle que a pesar de que no tuviera datos concluyentes, nada sabíamos acerca de la regularidad de las epifanías. Lo que sabíamos, lo que sabemos, es que ocurren poco, muy poco, y que se construyen tendiendo la mano hacia el futuro. Creo que no solo hablaba del amor entre dos personas sino de la cantidad de veces que la luz nos atraviesa la vida. Hay que estar atentos porque esa es la belleza que hay que salir a buscar.
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Y en la foto, Lola, yendo también hacia el futuro con su flamante coche rojo. Luz, belleza y, mientras escribo esto escucho, por fin, a niños desde la calle.

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Son dos viñetas de Liniers. En la primera, un chico y una chica, ambos enfrascados en las páginas de un libro, se acercan. Leemos: «Uy…Están leyendo el mismo libro. Ahora se dan cuenta…Charlan…Se enamoran». Pero lo que ocurre en la siguiente viñeta de Liniers no es lo que esperamos. Es decir, estos dos no se enamoran, ¿sabéis por qué? Dice: «Lástima… El libro es demasiado bueno». De manera que los protagonistas se cruzan sin ni siquiera haber levantado la vista de las páginas del libro, y siguen su camino.
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No sé vosotros, pero yo me enamorado de muchos libros y de muchos –bueno, sin exagerar. De alguno– a través de los libros. Es eso que decía Cristina Peri Rossi: «la literatura me mató pero te le parecías tanto».
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Tiempo atrás, cuando escribía la novela, para hablar de un acontecimiento central que no se desvelaba hasta más adelante, escribí una frase que se repetía como un mantra: «Después de todo aquello». El otro día me di cuenta de que hablo de esto que está pasado de una manera similar, sin llamarlo nunca por su nombre, como si no quisiera invocarlo, y digo: «cuando todo esto pase». En fin: día 23 de abril. Cuando todo esto pase volveremos a nuestras librerías de siempre para seguir perdiéndonos en sus pasillos, para seguir llenando nuestras estanterías de todos aquellos libros que luego tampoco tendremos tiempo de leer (y entonces volveremos a quejarnos). Pero hasta entonces, Feliz día del libro, Feliz día de Sant Jordi. Muchas gracias por leer. Y si os cruzáis alguna vez a alguien que esté leyendo el mismo libro que vosotros… No hagáis como en la viñeta de Liniers.
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Fue en una boda familiar muchos años atrás. En Murcia, creo. Eran las tantas de la madrugada, ni yo ni los bajos del vestido éramos los mismos ya, y supongo que trataba de decidir si ir o no a por otro de esos gin-tonics que ponían en vaso de tubo, cuando los gin-tonics no eran todavía una competición floral en copa de balón. Fue entonces cuando se me acercó mi tía, que se encontraba en el mismo estado que yo, y empezamos a hablar todo lo que el volumen de la música y nuestro estado nos permitía. Era esa hora de las confesiones de las que no te acuerdas al día siguiente, y está bien que así sea. Imagino que me contaría muchas cosas, pero lo cierto es que no las recuerdo. Pero sí que, de repente, se quedó en silencio, como si hubiera recuperado la lucidez, y me dijo que había una cosa que la había entristecido siempre: que en muchas ocasiones no había sabido querer a quienes lo merecían. Que era injusto la de veces que se había visto queriendo al que menos se lo había ganado. Entendí que hablaba de un hombre y también entendí que me lo decía porque la genética es la genética y pensó que su sobrina no iba a ser menos. Nunca volvimos a hablar del tema, y luego ella ya leyó ‘Piscinas vacías’, y qué más podía decirme la pobre.
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Cuento esto porque llueve y un amigo lee aquel libro, ‘El bar de las grandes esperanzas’ y ha colgado una frase que siempre me gusta releer: «Aunque me temo que nos sentimos atraídos por aquello que nos abandona, y por lo que parece más probable que vaya a abandonarnos, finalmente creo que nos define lo que nos acoge»
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Nunca es tarde para las advertencias. Aunque llueva, sea domingo, o la música esté demasiado alta. Nunca es tarde para recordar que nos define lo que nos acoge, y esa es una buena frase para empezar la semana.
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En los idiomas y en la vida lo fácil es llegar al nivel intermedio. Estás con la emoción de lo nuevo, aprendes mucho en muy poco tiempo y resulta que apruebas el examen del nivel intermedio con relativa facilidad. A partir de entonces, los phrasal verbs y los falsos amigos se te empiezan a hacer bola y te pasas media vida tratando de llegar al Advanced. Hay un punto en el que todo se estanca, en que los días pasan y parece que nada cambia. Pero para llegar al Advanced es necesario saber transitarlo.
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Una opinión impopular y un apunte para estos días: no me gustan las aplicaciones de videollamadas. Ni Zoom, ni Facetime, ni Skype. Y ojo, no es que tenga nada en contra de las aplicaciones en sí, sino que prefiero el teléfono de toda la vida. Te sientas en el sofá, llamas a tu amigo, le cuentas tus cosas. El teléfono ofrece el simulacro de pensar que todo sigue igual que antes, en esa otra vida que todos teníamos. Sin embargo, cuando me conecto a cualquiera de estas aplicaciones y veo ahí las caras de toda esa gente a la que me gustaría dar un abrazo, es cuando pienso: ah, no, Laura, que no puedes. Por eso, a mí por teléfono. Ojalá incluso por fijo.
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El otro día leí un artículo sobre la cuarentena que me gustó. Era de Mariana Enríquez. Sospecho que me gustó porque entendí lo que contaba, que era, lo mismo que me ocurría a mí. Siempre me maravilla esa infinita capacidad de conectar que tiene la literatura. Es como un mensaje en una botella que siempre encuentra a su destinatario adecuado.
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Cuando parece que nada cambia, cuando crees incluso que estás retrocediendo a la casilla de los principiantes –que es en realidad, lo que somos todos a lo largo de la vida– es cuando uno deja de anotar progresos mentalmente y, por tanto, en el momento en que uno verdaderamente empieza a avanzar.

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Digo a veces la misma cosa y la contraria en el transcurso de una hora. Digo, por ejemplo, que tampoco hace falta la música en los balcones y, luego, resulta que los cuatro chicos que viven en Travessera me alegraron la tarde de ayer cuando pusieron «Para bailar la bamba». Creo que hasta que no fui mayor de edad no entendí, y por casualidad, que no era «bailar la gamba». Así que me pasé la infancia pidiendo la canción de la gamba sin que nadie me corrigiera. Lo mismo ocurrió con aquella otra canción, la de la bilirrubina. A mí siempre me subió la milirubina y pensaba que era algo que tenía que ver con la mili. Hasta aquí mi diagnosis de la música en los balcones.
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Ayer vi ‘The fog of war’, un documental sobre McNamara, y en él se cita aquel verso de T.S. Eliott: «No dejaremos de explorar y al final de nuestra búsqueda llegaremos al lugar desde el que salimos y lo conoceremos por primera vez.
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Me preguntan: ¿Con quién estás pasando la cuarentena?, ¿Has visto ‘Tiger King’?
En la foto, la respuesta. Se llama Texas y lo encontré, como su nombre dice, en una gasolinera de un pueblucho de Texas. Los dos, Texas y yo, salimos a bailar la gamba todos los días a la misma hora.
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Llegar al lugar desde el que salimos. Como si esto, la vida, no fuera más que ir de un lado para otro, tratando de alejarnos lo suficiente del punto de partida –y así tener la sensación de que hemos avanzado– para comprender finalmente que todo estaba ya en el inicio y que no nos teníamos que haber alejado tanto.
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En fin. Feliz domingo de gambas y exploraciones.

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A mí siempre me habían hecho mucha gracia aquellas historias de cuando llegó la televisión. La bisabuela que ve el telediario religiosamente todos los días, y nunca se olvida de responder ante el «Buenas noches» del presentador, un sentido «Buenas noches tengas, hijo». Las cosas te pillan por sorpresa y ayer, sin que pudiera remediarlo, cuando el instructor de yoga de un vídeo grabado cinco horas antes se situó frente a la camarita y nos preguntó si habíamos tenido un buen día, me escuché a mí misma responder, incluso con una ironía que claramente esperaba respuesta que «Hemos hecho lo que hemos podido» *
Tengo una teoría para estos días: la teoría del colador. Las cosas verdaderamente importantes se quedan arriba. Lo demás, también aquellas cosas que nos parecían tan absolutamente imprescindibles, se van por el desagüe. En definitiva: se marcha lo superfluo, el ruido. Se queda lo importante.
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Ayer un amigo me contaba: sus padres, mayores, llevan un mes sin pisar la calle. Todos los días quedan a la misma hora, a las 6, en el salón y se van de paseo. «¿Pero entonces sí que salen?», le pregunté. Me respondió que nada de eso: que hasta esa hora los dos han estado enfrascados en sus cosas y cuando terminan, cada día deciden irse a una ciudad distinta en la que ambos hayan estado. A las 6 se marchan, pongamos, a París. Entonces, se dan la mano y salen a la terraza a dar círculos. Luego siguen por el pasillo. Por la cocina. Y hay unas reglas, claro: están en París y van, por ejemplo, del Marais al canal de Saint Martin y se detienen, quizás, en Republique, para descansar brevemente, pero con las ganas de llegar al bar de la Patache y poderse tomar un vino y unos quesos. Lo que decíamos: la teoría del colador. Siempre nos quedará París, aunque sea el París del recuerdo, que es el que cuenta.

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Me decía el otro día una amiga que en estos tiempos raros, en el transcurso de un día puede pasar una vida entera: «No es que tengas un buen o mal día. Te puedes levantar bien, al ratito no estarlo tanto, de repente ponerte a reír y pensar que ya pasó, y que al cabo de un par de horas más caigas en la más absoluta melancolía. En un día caben muchas cosas, quizás demasiadas». Así que cuando ahora nos preguntan «¿qué tal estás?», en vez de responder el típico «todo bien» podríamos decir: «Bueno, ¿a qué franja horaria te refieres?
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La emoción de bajar a tirar la basura o a comprar el pan. Ahora todos sabemos qué es eso. Nos fijamos en absolutamente todos los detalles de los 30 metros que nos separan del contenedor de plástico. Y sin embargo, yo nunca me había fijado en que vivo al lado de un comercio, sea el que sea, que se llama Mars. Recordé entonces aquellos versos de Luis Alberto de Cuenca que en una época tanto cité: «Viajar a Marte/ o al cuarto de la plancha./Pero contigo»
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Hay una escena de esa película maravillosa que es ‘Un tranvía llamado deseo’ en la que Blanche du Bois le dice a Mitch: «Yo no quiero realismo. Yo quiero magia». Ay, Blanche, pensaba ayer. A ti no te ha tocado vivir una pandemia.
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Yo a estos días también les pido magia. Pero tampoco me hace falta tanta. En realidad, con saber que vivo al lado de Marte, aunque me pase más tiempo encerrada en el cuarto de la plancha, me vale.

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A vivir poco. A no llegar a tiempo. A no tener suficiente experiencia. A estar demasiado cualificado. A llegar demasiado pronto. A que te dejen. A que la pasta no esté al dente. A que nadie te espere en el aeropuerto. A fracasar. A no decir lo que toca cuando toca. A enfadarte. A perder el trabajo. A no volverte a ver. Al teléfono que suena en mitad de la noche (y es una promoción de una mutua de seguros). A morir. A no dar las gracias. A olvidarte del cumpleaños de un amigo. A la oscuridad. A no estar a la altura de tus propias expectativas (y de las de los demás). A sufrir injustamente. A sufrir justamente (si es que el dolor sirve para algo). A no hacerte valer. A las tormentas en la noche. A no amar lo suficiente. A ser torpe. A no aprovechar. A las arañas peludas en el techo del baño. A no ser consecuente. A decir lo que piensas. A no decir lo que piensas. A Freddie Krueger en ‘Pesadilla en Elm Street’. A no tener dinero. A olvidarte de los seres queridos. A las turbulencias. A que nunca nunca nunca sea suficiente.

Leí el otro día que solo existen dos miedos originarios: el miedo a caer y el miedo a los sonidos fuertes. Así que todos los demás son aprendidos. E intuyo que todo lo aprendido puede ser convenientemente desaprendido.

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Ayer leí mi horóscopo. Decía: «Hoy, grandes viajes». De manera que me fui a la cocina y después a la habitación, incluso pasé a controlar si la ropa tendida ya empezaba a secarse, cerré la ventana del baño y recordé que tenía que comprar jabón de manos. Por si esto fuera poco viajé de nuevo hacia la cocina y comprobé que la calabaza seguía a su ritmo, que no el mío, dorándose en el horno. Finalmente, exhausta, volví a la mesa frente al ordenador.
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Cuenta Claudia Durastanti en la que es una de las mejores novelas que he leído últimamente, ‘La extranjera’, que cuando Richard Linklater rodaba la mítica ‘Antes del amanecer’, les contó a Julie Delpie y Ethan Hawke que él no había vivido nunca un accidente aéreo. No había sido espía y nunca había viajado en una nave espacial y, sin embargo su vida estaba llena de dramatismo. Y lo más dramático que le había sucedido había sido intimar con alguien. Un día conoció a una chica y se pasó hablando con ella toda la noche. De ese evento en apariencia tan cotidiano, conocer a alguien y entenderse, surgió la idea de una trilogía sobre la conexión que se establece entre los seres humanos. De lo que quería hablar Linklater era de algo asombrosamente normal, al menos en apariencia: «el espacio entre dos personas»
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Hoy no voy a leer el horóscopo. Capaz es de decir algo parecido a «Hoy, gran historia de amor», y en ese caso no me quedará más remedio que rebuscar entre las calabazas, la ropa tendida y el jabón que aún no he comprado. Este es un mensaje para los editores de los horóscopos: un poquito de por favor. Y acordémonos estos días de Linklater y Durastanti. Una de las cosas más bonitas y difíciles que hacemos en la vida es cuidar de esos espacios en los que nos encontramos con los otros (y dejamos que nos encuentren)

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Hay un viejo chiste en el que una solitaria y minúscula figurita central exclama: «No soy pequeño. Estoy lejos»

Aunque también está Pascal, que dice que «El hombre no es más que un junco, el más débil de la naturaleza, pero un junco que piensa». Pero sí, lo diga la figurita o Pascal, estemos lejos o cerca, somos muy pequeños.

Buen martes. Aunque ya los habrá mejores. De martes y de días.

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«Pues verás, viendo el otro día ‘At the end of the world’ comprendí a qué se dedican los glaciólogos y que también escuchan al viento silbar entre esas enormes placas de hielo que, de deshacerse, podrían mantener el cauce del Nilo durante 75 años. Y fíjate tú que, poco después, me llamaron para hacerme una entrevista. No, no famosa, yo no. Ni en las revistas tampoco, abuela. ¿Sabes en calidad de qué me llamaron? No, no te quites la mascarilla. Ni se te ocurra. ¡Me llamaron en calidad de experta en desamor! Que no te rías tanto, abuela, que te va a dar la tos. Ni tampoco se vale el «ya te lo dije» que lo del desamor no te pasa porque lleves los bajos de los pantalones deshilachados. Es que si al menos me hubiera especializado en amor, ¿verdad? Ser alcahueta, wedding planner, adivina, qué sé yo. Que no te rías más, anda. Y sí, también tienes razón y podría haber montado un programa a lo Isabel Gemio o Jesús Puente, pero ahora se lleva más ‘First Dates’. De eso ya tendremos tiempo para hablar.
Y otra cosa. El otro día hubo una cacerolada real, ¿lo sabías? Se escuchaba el estruendo desde todas partes. La nieta de una amiga salió al balcón con sus padres. Tiene tres añitos y tampoco se entera de mucho aún. De manera que escuchó todo aquel sarao, el sonido de las cacerolas, y que hablaban del rey, de los reyes. La niña se fue a dormir ilusionada solo que, como ocurre algunas veces en la vida, se levantó al día siguiente sintiéndose estafada. No entendía nada: ¿no habían venido los reyes?, ¿dónde habían dejado los regalos después de aquella cabalgata sin carrozas desde los balcones? Mi abuela, al escuchar la historia, rio y, antes de irme, le volví a prometer que le estábamos reservando todos los bombones negros de la caja de Nestle. Con un hijo de voz dijo “Los blancos para vosotros”» #barcelona #domingo #literatura #hospital #wernerherzog #herzog #encountersattheendoftheworld #ifyouleave #somewheremagazine #lauraferrero
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Estos días pienso a menudo en este término japonés que no tiene traducción al español: ‘wabi-sabi’, que significa algo parecido a «encontrar la belleza dentro de las imperfecciones de la vida». Hay otra expresión intraducible, en este caso procedente del inuit, ‘iktsuarpok’ que significa «salir para ver si alguien está viniendo», que también me gusta especialmente porque hace referencia a la ilusión, a la expectativa de que algo bueno ocurra.
Estos días miramos a través de muchas ventanas para ver si alguien o algo viene. Y las ventanas son también las redes sociales, los balcones, la televisión.
No sé vosotros, yo no consigo leer mucho, pero ayer me quedé con esto del libro ‘Los argonautas’, de Maggie Nelson: «Barthes describe cómo el sujeto que dice “Te quiero” es semejante al “argonauta que renueva su nave durante su viaje sin cambiarle el nombre”. Así como las partes del Argo pueden ser reemplazadas sin que la nave pierda su nombre, el significado de la frase “Te quiero” debe renovarse cada vez que los amantes la enuncian, ya que “el verdadero trabajo del amor y del lenguaje es darle a una misma frase inflexiones siempre nuevas”» Estos días tienen también algunas cosas bonitas, muy bonitas, inlcuso. Cuánta gente que te escribe para decir simplemente, «¿estás bien?» o «bájate esta aplicación y nos tomamos un vino viéndonos por la pantalla». Pensaba en eso ayer por la noche mientras miraba las luces del balcón, mientras volvía a ese término, wabi-sabi. La belleza –fracturada, renqueante, un poco disfrazada– está siempre en todas partes. Basta con saber mirar y salir al balcón en el momento adecuado. Siempre hay alguien que está viniendo.
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