Tienes razón, Lola, en esto de intentarte zafar. Ayer estuve observando durante todo el día como, cada vez que alguno de nosotros intentaba levantarte y ponerte las piernas verticales en el suelo, como diciéndote «hija, que ya va siendo hora de que andes» fruncías el ceño, levantabas las piernas como si el suelo ardiera y hacías pucheros. Creo que lo has pillado: sabes que cuando empiezas a andar ya no puedes volver atrás.¿Conoces la tecla «deshacer»? Pues la vida es al revés, y lo intuyes, por eso crees que mientras no levantes las piernas del suelo estás a salvo.
Ayer vi el primer episodio de la serie ‘Moderm love’, la adaptación de la columna del ‘New York Times’. Y voy a hacer un spoiler como una casa, así que quien quiera verlo puede dejar de leer aquí. Bueno, pues el capítulo cuenta la historia entre Maggie, una chica de unos treinta, y Guzmin, el portero del edificio donde vive.
Maggie quiere encontrar el amor, como todos. Y día tras día queda con distintos hombres a los que Guzmin, solo con verlos entrar, descarta: «No te llamará», «éste tiene serrín en la cabeza». Maggie ya teme el momento de traspasar el umbral de su portería a la espera del juicio inclemente de Guzmin.
Luego, Maggie se queda embarazada de uno de estos hombres que pasan, y es Guzmin el que le ayudará con la niña. Pero entonces, las cosas cambian y Maggie y la niña se marchan de la ciudad. Regresan cinco años más tarde y, en ese periodo, Maggie ha conocido a un hombre bueno. Esta vez, cuando pasa el umbral de la casa, Guzmin asiente. Maggie se extraña. ¿Ha sido tan fácil, ha necesitado simplemente 30 segundos para mirar al hombre y entender que éste sí?
Guzmin le responde: «Yo nunca miré a ninguno de esos hombres. Yo solo me fijaba en ti, en cómo te sentías tú con ellos». Ay.
Mira Lola, moraleja: el amor no siempre acaba en beso pero sí en mirada, preocupación, cuidado. En la vida, que te miren bien.
Y tú tranquila que yo ya me ocupo de que, por el momento, nadie se entere de que tú ya sabes andar, de que lo que no quieres es que nadie se entere.

Feliz primera vuelta a sol, Lola.

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Cosas que ocurren en una semana.

Se hablaba el otro día de autocrítica, esa virtud tan en desuso y ya en vías de extinción, a raíz del destacado de un periódico que decía: «un vecino de Dodro, a punto de morir tras morderle una víbora: “Foi fallo meu ir a pasear en chanclas”».
Ojalá más de nosotros viviéramos diciendo algo parecido. Yo, por ejemplo, cuando me corto, siempre digo que es culpa del cuchillo.

Perdí el collar, el collar con la piedra verde, y llevo dos días poniéndome la mano sobre la clavícula, como si fuera a encontrar el tacto frío del metal. Desaparecen los objetos y dejan un hueco, pero nosotros, torpes, a tientas, tardamos tiempo en acostumbrarnos a que nos faltan collares y otras tantas cosas que no lo son, pero es cierto que todo lo que se va ocupa un lugar.

En un bar, uno de nuestros favoritos, que está en aquella plaza cerca de Trafalgar, nos juntamos los tres. En la mesa de al lado, una pareja se daba el lote sin parar. Después, se fue la pareja y llegaron dos amigas que hablaban, creo de alguna relación o intento de relación. Escuché, entre los consejos, uno: «escógete a ti». Eso mismo.

El otro día un tipo que nos adelantó en coche empezó a hacernos gestos a través de la ventanilla de forma muy violenta. Creo que no habíamos hecho nada o, al menos, nada que mereciera esa agresividad. En un ataque de lucidez, le dije al copiloto: «él tiene el poder de gritarnos. Nosotros el de no mirarle». Y la foto. Bueno, qué os voy a contar de la foto. Ya lo he dicho: cosas que ocurren en una semana.

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Aquí unas reflexiones sobre el amor mientras termino de leer ‘Gente normal’, de Sally Rooney.

Está claro que, en la vida y en las relaciones, te pueden dejar. Que puedes dejar. En ningún caso es fácil, agradable o divertido. Unos dirán que es más fácil si te dejan a ti y otros que es más duro dar el primer paso.
Pero lo peor no es que te dejen, ni siquiera que dejes tú a alguien a quien quieres. Lo verdaderamente triste es no saber hacerlo, no saber dar con la manera de estar con la persona que quieres estar.
Sally Rooney cuenta una historia de dos personas que se quieren pero que no saben encontrarse. Pasa a veces. Deberíamos saber -o haber sabido- querer a esa persona. Y lo intentamos, de hecho, una y otra vez, pero ocurrió como en aquella canción de Nacho Vegas, Como los erizos, se llama.

Otras reflexiones que hago después de comer hoy con mi abuela.
“Laura, todo eso que dices son tonterías. Querer es poder.

Y unas últimas reflexiones que hago yo sin necesidad de leer a Sally Roney y haciendo oídos sordos a lo que dice mi encantadora abuela.
Cuando te dejan, cuando dejas, hay dolor, pero está también eso otro, la certeza de que no ha podido ser. Cuando no sabes hacerlo te queda la incertidumbre, el subjuntivo. Y qué precioso y peligroso es todo aquello que al final no pudimos tener.

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No soy de lágrima fácil y mucho menos de llorar en público. Recuerdo, sin embargo, que unos años atrás, me fui a los Verdi a ver ‘Manchester by the sea’ y tuve que salirme a media película porque me ahogaba, literalmente, entre pañuelos, lágrimas y mocos. Logré terminar de ver esa película en la que siempre hace tanto frío y nadie logra encontrar las palabras para decir lo fácil, que es también lo que más cuesta –cosas como lo siento, te quiero, o no supe hacerlo mejor­–. Recuerdo especialmente esa escena en la que Michelle Williams y Casey Affleck se encuentran por la calle, él le dice: « I can’t beat it. I can’t beat it. I’m sorry. ». Ahí fue cuando me levanté de la butaca.
Nunca pensé que un día vendría hasta aquí, hasta Manchester by the sea, ni que me encontraría, en la única y preciosa librería de todo el pueblo, un libro que se llama ‘A history of the theories of rain’ porque incluso la lluvia tiene una historia y una teoría, aunque vivamos tan deprisa y tan de espaladas que solo creamos que existe aquello que vemos.
No soy demasiado fan de ese tipo de frases grandilocuentes del tipo «este libro/esta película me salvó la vida». Pero ‘Manchester by the sea’ me la salvó un poco. Por eso llegué aquí, en una especie de peregrinación, a este Manchester que parece una postal de un lugar detenido en el tiempo, y recordé a Casey y a Michelle, perdidos entre la nieve y los silencios y les di las gracias. Lo que ocurre con el arte es que es espejo, que es, a veces, la mecha que enciende el otro relato, el que escribimos dentro de cada uno de nosotros.

Ayer, de noche, regresando ya a casa en un avión que se pasó medio vuelo «atravesando un área de turbulencias», un azafato español, Antonio, que tenía un inglés la mar de divertido, dijo, por si alguien necesitaba ayuda: «Let us know if you need any hope». Sonreímos todos los de la fila de atrás. Más de uno hubiera querido levantar la mano: que la esperanza pase por aquí, 49L. Aquí la espero.

#machesterbythesea #manchester #usa #film #caseyaffleck #michellewilliams #love #amor #literatura #aviones #cine
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Tres cosas voy a decir.
Uno.
¿Qué sentido tiene agotarse en un gimnasio si con solo desabrochar un sujetador con las manos temblorosas se queman 67 calorías? Además, otro dato a tener en cuenta: con los orgasmos femeninos se queman 127 calorías si son reales, y 60 si son fingidos.

Dos.
En Penn Station. Viendo trenes, buscando la vía. Lo peligroso no es ver marchar trenes -todos lo hemos hecho en algún momento-. Lo peligroso, perverso casi, es quedarse en el andén por si de repente vuelven. Como si un río fuera a darse la vuelta, así, de repente. “Al otro lado de la vida, de donde no se vuelve”, que decía Alberto García Alix.

Tres.
El niño, que no aparece en la foto, perdía todo el rato y su padre se reía. “Estoy jugando mal a propósito, dejándote ganar”, ha dicho al final, ya medio lloroso. No me digáis que a veces no dan ganas de decirle eso mismo a la vida, al karma y a todos los demás: que no es más que una técnica para despistar.

Apunte al Uno: 60 calorías equivalen a 200gramos de brócoli o a una naranja mediana. No sé si lo de fingir sale a cuenta.

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Fuimos de Reno al Lake Tahoe y, cuando llegué a aquel hotel destartalado frente al lago, abrí la maleta y me di cuenta de que me había dejado un plumón azul marino –que era importante– en el armario del hotel de Reno.
Recuerdo que le di vueltas a la posibilidad de dar marcha atrás. Pero si volvía se me hubiera hecho tarde y hubiera tenido que conducir de noche y no conocía la carretera.
Aunque, en realidad, podría haberlo hecho. Volver a por ella, a por la chaqueta –que era importante porque la chaqueta era lo que me quedaba– pero me vinieron a la cabeza tantas frases hechas, tantos eslóganes facilones que te advierten de que lo importante es avanzar siempre –move on, get over it–, que dicen en inglés, que al final me quedé en el lago y salí a comprarme otra chaqueta. Además, resultó ser mucho más bonita que aquella azul que procedía de otra época.
Ayer, entre risas, le contaba la anécdota a una mujer que me dijo: «Sabes que tendrías que haber vuelto a por la chaqueta, ¿no?». Se quedó en silencio, cambiamos de tema y la conversación se fue por otros derroteros y terminamos hablando de la última de Tarantino.

Tiempo atrás movilicé a un aeropuerto entero, el de Doha, para que encontraran una almohada de viaje negra que me había dejado en el control. Me mandé más de diez emails con un tipo que, aún lo recuerdo, se llamaba Joseph. Lo cierto es que nunca recuperé la almohada, pero lo intenté.

De vuelta a casa, dentro del vagón de metro, pensé en mi chaqueta extraviada. La mujer de ayer tenía razón: podría haber vuelto a Reno.
En realidad, siendo honestos, lo de que se hiciera tarde y oscuro era lo de menos. Supongo que uno no regresa a los lugares de donde viene porque ha escuchado alguna vez aquello de que no hay que volver atrás ni para coger impulso.
Quizás sea al revés y el impulso –lo del move on, get over it– solo puede llegar desde atrás.
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Mi amiga Ángela cuenta que hay dos tipos de personas. Aquellas que, ante la inocente pregunta de «qué tal», tienen la desfachatez de contestar siempre «todo bien», y las demás, las de «espera que pido un vino antes de empezar a contarte». No sé vosotros pero yo, si alguna vez he dicho «todo bien» era porque estaba al borde de la catástrofe. Además, ¿cómo sigue la conversación cuando alguien te responde «todo bien»? ¿Pago y nos vamos?
A todo esto, me di cuenta el otro día, hablando en una terraza adornada con unas luces que parecen sacadas de la película de ‘El jardín secreto’ (película que alimentó mis sueños de ser una princesa india y vivir en una casa como la de la protagonista) que, al contarnos, utilizamos mucho una expresión: «Estaba pasando por una época en que…».
–No dormía por las noches.
–No sabía qué hacer.
–Estaba perdida.
–Me mordía las uñas.
–Me había quedado sin trabajo.
–Encontré ácaros en mi cama

La vida consiste, supongo, en encadenar todas esas épocas para nunca, bajo ningún concepto, poder decir que todo bien. Si no, camarero, por favor, la cuenta. *La foto no tiene que ver ni con los ácaros ni con morderse las uñas. Me paseé el otro día por el Raval buscando localizaciones para hacer unos retratos. Pero hay una regla de oro: cuando buscas un lugar determinado nunca lo encuentras, probablemente porque no existe. A cambio, encuentras otros muchos, como éste que me llevó, de nuevo a ese relato de Carver: ‘Si me necesitas llámame’.
Qué fácil es decirlo. Solo que a veces, con tanto botón, tarjeta, bell o timbre, es difícil encontrar la manera de llamar.

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Pocos consejos me ha dado mi padre en la vida, pero hay uno que siempre me acompaña. Fue un verano de mucho calor, en una terraza de Madrid. Me dijo que uno puede resignarse a muchas cosas, pero nunca resignarse a quedarse con las migas del pastel. Aplicable a todo: parejas, relaciones, trabajos. A lo que uno espera de sí mismo.

Cuando quiero reírme un rato, como hoy, releo el correo literario de Wislawa Szymborska. En especial, las líneas que hablan de aquella aspirante a poeta llamada Baska, que le envió sus poemas buscando su opinión.
Empezaba: «Mi novio dice que soy demasiado guapa para escribir buena poesía. ¿Qué piensan de los poemas que adjunto?». Respondía Szymborsksa: «Creemos que es usted, efectivamente, una chica muy guapa.» Bravo.

Estábamos el otro día de sobremesa y empezamos a rememorar episodios embarazosos que nos habían ocurrido a cada uno. Terminamos confesando las peores cosas que nos habían dicho. «Eres tan feo como un cacahuete», le dijeron a un amigo. Gané yo, que me llevé a casa después de una boda, un valiente «No eres tan guapa para ser tan estúpida». Con los años, todo hay que decirlo, le sacamos mucho jugo a la frase y terminó siendo el nombre de un grupo de WhatsApp e incluso un estampado de una camiseta.

No me gusta dar consejos a nadie. Pero hoy sí. Vuelvo a lo que me dijo mi padre, a lo de las migas, que, en realidad, me lleva a Cortázar: «le quedaba la sensación de que él no era eso, de que en alguna parte estaba como esperándose». Las migas: hay que acordarse de ellas y de que no constituyen por sí mismas, por grandes que nos parezcan, ningún trozo del pastel.
#migas #relatos #ifyouleave #instagramstories #literatura #wislawaszymborska #poesia #cortazar
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Me refiero, sin ningún orden en particular, a las siguientes personas:
-El chico que, el miércoles pasado, hacía gigantescas burbujas de jabón para que los niños jugaran en Gala Placidia.
-El librero mejicano que compra incunables y los vende en una librería escondida del Paral.lel.
-La mujer que, con un avanzado Alzheimer me susurró, en aquella residencia de ancianos a la que no volví, que de lo único que se arrepentía era de no haber sido feliz.
-Mi sobrino, que se viste de princesa, y dice que si alguien no lo entiende es su problema.
-La profesora de yoga que dijo que uno no integra lo que quiere sino lo que puede.
-La mujer que, rotunda, afirmó que hablar de poiesis y némesis después de cenar y con una copa en la mano era de muy mala educación.
-Mi madre, que no es filósofa, pero que siempre me insta a contar hasta 10, o hasta 100, antes de abrir la boca.

En fin.
En la tarima -la de la vida- nunca tienen la palabra ni el micrófono las personas a las que yo querría escuchar.

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El profesor exclamó eufórico: «¡Llegados a este punto ya no es posible abandonar!, ¡no tenéis más opción que seguir!». Justo por eso, porque no había más elección, me bajé de la bici. Sofocada, recogí el agua y la toalla y, dignamente, abandoné aquella clase y, antes de cerrar la puerta, le dirigí una mirada desafiante al monitor de cycling.
Las peores cosas en la vida proceden de esa imposición absurda de alargar las cosas hasta un punto que excede lo deseable. Hay que saber bajarse de la bici, de las relaciones y de los malos libros antes de que se cronifiquen. Cada vez que os digan algo parecido a «ahora ya, para lo que queda, tienes que terminarlo», bajaos de la bicicleta. Es liberador.
*
Varias parejas amigas, después de preguntarles qué tal había sido la experiencia de tener hijos, nos habían respondido con lo mismo: «Compensa». Aquello me recordó a lo que contaba Sergi Pámies, que llega un momento que uno empieza a ir al médico para «descartar». *
Hay sitios bonitos y después está este lugar de la fotografía. Leí un verso de Xurxo Chapela que decía: «Quieres ser inmortal, pero luego no sabes qué hacer con los domingos por la tarde». Ojalá todos los domingos por la tarde frente a este mar de Formentor.

#formentor #mallorca #literatura #cycling #islas #xurxochapela #domingos #hijos #ifyouleave
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Todo sucedió exactamente al revés de lo esperado. Me reservé la tarde de sábado para ver una película de Yasujiro Ozu que se me había hecho bola en tantas otras ocasiones y, ya con el dedo en el botón del play, recordé la serie de la que me había hablado mi primo. Y, antes de Ozu, me puse un momento la serie. Infame, por cierto, de tan infame que me vi entera la primera temporada «a ver qué pasa luego», y después ya eran las ocho y tuve que salir rápido. Cura de humildad la mía, como aquella vez que quedé con el rector de una universidad alemana y, como quería impresionarlo para conseguir una beca, memoricé varios pasajes de Heidegger en alemán. Luego, al llegar al restaurante, se me cayó el mp3 sobre la mesa y empezó a sonar, entre servilletas de lino y cubertería de plata, ‘Noche de sexo’ de Wisin y Yandel. Mi vida resumida en un par de escenas. De la beca y de Ozu, ni rastro, claro.
*
Tengo una teoría: que uno se muere cuando deja de hacer bien lo que sabe hacer.
*
Otra teoría: cuando entro en un duty free lo hago con espanto, como si huyera de una catástrofe nuclear y, sobre todo, evitando fijar la vista en ningún lugar: «Laura, vas a salir sin comprar nada, ¿estamos?», me digo. Y aquí la teoría: la técnica duty free –tú escoges no mirar y pasar rápido– es lo contrario a lo que puedes hacer en la vida en general.
*
Ayer, en una fiesta, un tipo me aconsejó –así, gratuitamente, como suceden las peores cosas de la vida– que ya era hora de que empezara a escribir sobre grandes temas. Que la literatura sobre lo cotidiano y temas menores no me iba a llevar a ningún sitio. «Tienes que esforzarte», me dijo. Por eso he decidido escribir hoy sobre Ozu y las series infames, sobre mi amor por el reguetón que eclipsó a Heidegger. Sobre los duty frees y esta manía tan nuestra de pensar que podemos decidir qué ver. Ayer, en esta misma fiesta, nos reíamos con una amiga: «La vida se me hace bola», decíamos. Qué gran título, le preguntaré al hombre que me dio el consejo si le parece que con eso podría escribir algo trascendente.
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Fuimos de excursión. A una cierta edad, te empieza a interesar esa vida que ocurre durante los sábados por la mañana, esas horas que antes estaban simplemente inventadas para que pudieras pasar la resaca.
Fuimos de excursión y la ruta que tomamos, o bien no estaba actualizada, o bien el tipo que la había subido a la aplicación había olvidado comentar el pequeño detalle de las zarzas, de los rosales, del desnivel. Nos pasamos un buen rato yendo campo a través. Pantaloncito corto, bolsa de playa y una mini botella de agua porque «total, ya habrá algún bar en el camino, ¿no». Ya de vuelta, magulladas, sin agua, las piernas marcadas, quemadas en la espalda, yo con un tirón en la pierna izquierda que me hace andar como robocop, nos sentamos en una playa rocosa a tomarnos el bocadillo. Parecía que volviéramos de la guerra. Una amiga, cuando pasan cosas así siempre suele decir «¿Qué aprendes?», y lo hace con voz de gurú espiritual y eso hace que nos riamos todas. Yo, por ejemplo, aprendí que, al fin y al cabo, tener resaca no estaba tan mal. Aprendí, también, que el camino, el que hubiéramos tenido que coger estaba un par de metros más allá. Muy cerca y que si nos hubiéramos detenido unos segundos lo hubiéramos visto. ¿Que qué aprendo? Que lo difícil está sobrevalorado.
Ayer fuimos a comer al Cap de Creus y, de la que volvíamos a Barcelona, pusimos la música que ahora negamos haber escuchado. Laura Pausini, Alejandro Sanz, Eros Ramazzoti. Sergio Dalma –Sergio Trauma, que dice mi amiga P.–, Shakira cuando era Shakira. Y sonaban perlas del calibre: «Cosa más linda que tú, única como eres, inmensa cuando quieres». O el bueno de Alejandro Sanz que te dice que si te enamoras de otro «dile que te cuide mucho, me prometes que lo harás». En fin, todos los tópicos para que luego te pueda ir un poquito mal en la vida. Años después, gracias a dios, llegó el pop británico y empezamos a cantar lo mismo pero en inglés y, al menos, el impacto de aquella educación sentimental almibarada se minimizó: no nos enterábamos tanto.
Ya llegando a Barcelona suspiramos aliviadas. Sonó, en la radio, «Estar soltera está de moda» y me dije que hay esperanza.

#musica #erosramazzotti #capdecreus
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En los años ochenta, en California, muchas mujeres camboyanas acudieron al médico aquejadas por el mismo problema: no veían. Todas ellas eran refugiadas de guerra y, antes de huir de su país, habían sido testigos de las atrocidades de los Jemeres Rojos. Por ejemplo, una mujer se quedó ciega después de que su marido y tres hijos desaparecieran. Lloró durante cuatro años y un día amaneció ciega. Pero no fue la única. Otras sufrieron de visión parcial o borrosa, sus ojos anegados de sombras y dolor.
Los médicos que examinaron a aquellas mujeres no encontraron nada raro. Se trataba de ceguera psicosomática: las mentes de aquellas mujeres, forzadas a digerir tanto horror e incapaces de asimilar más, se las habían ingeniado para decir «basta, hasta aquí» y apagar la luz.

Durante una época fui propensa a los desmayos, a levantarme de golpe y perder la visión en un fundido a negro. Tenía que agarrarme a lo que tuviera cerca para no caerme. Después de darle muchas vueltas al tema, un médico me preguntó: «¿qué es lo que no quieres ver?». Da para pensar.

El trayecto que hicimos de Barreirihnas a Sao Luis fue largo. Íbamos las seis en una mini van con un aire acondicionado como el de los vagones de renfe. Yo estaba sentada al lado de la ventana y, cuando fue imposible leer porque ya había caído el sol, no me quedó más remedio que mirar por la ventana. Siempre hay cosas más urgentes que hacer que mirar por la ventana (y dicen que a veces, lo urgente no deja lugar a lo importante). Porque en las dos horas de trayecto que quedaban hasta Sao Luis vi árboles, porches en los que familias enteras se reunían. Vi puertas de velorios abiertas de par en par y ceremonias religiosas improvisadas, vi cómo un padre recogía los restos de la barbacoa y un abuelo regañaba al que supuse que era su nieto. Vi una mujer pintándole las uñas de verde esmeralda a una niña pequeña.Había una luz tenue, una luz que permitía ver otras cosas. Vi Brasil, por fin, cuando estaba a punto de volverme a casa.

Septiembre tiene una luz distinta. Es amarilla, como aquellos versos de Miguel Hernández: «un día se pondrá el tiempo amarillo sobre mi fotografía». #viajar #literatura #sigridnunez #poesia #brasil
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Más tarde, cuando un dj empezó a poner música demasiado moderna para nosotros, nos fuimos al mirador de El Prat a ver los aviones. «Ya viene, ya viene», se oía entre los niños, entre la gente. Y al principio no era más que un punto de luz en el horizonte y luego el punto se iba haciendo más luminoso, más grande. De repente, el punto se convertía en un avión pequeño. Jerez. Manchester. Roma. Vilnius. «Ya viene, ya viene». Y se escuchaba un ruido y el ruido terminaba siendo atronador hasta que una enorme ballena panzuda pasaba por encima de nuestras cabezas y le seguíamos la pista hasta que descendía más, aún más, y las ruedas impactaban en el suelo creando una nube de polvo.

Pasamos la tarde viendo cómo los aviones aterrizaban. Sin prisa. Con los niños, los jubilados, los prismáticos, los refrescos y las bolsas de patatas fritas, y los que rastreaban la procedencia de los aparatos mediante aplicaciones de teléfono. El cielo se iba cubriendo de ese rastro leve que dejaban los aviones. El rastro terminaba difuminándose pero estaba ahí, había que saber verlo. Como a toda aquella gente que llegaba, a la que tampoco veíamos. Y mientras, todos nosotros mirando hacia arriba, esperando.
Pensé en una canción de Julieta Venegas que se llama ‘Todo está aquí’ y la canción me llevó, misteriosamente, a la columna de Fernando Sabater que había leído en la playa. Sabater, que hablaba de la tristeza y el duelo, citaba a Jacques Prévert «reconocí a la alegría por el ruido que hizo al marcharse». Sé que es absurdo pero, en ese momento, en El Prat, deseé que Sabater estuviera también ahí y pudiera ver aquel cielo de final de agosto y a todos los que estábamos ahí, sin marcharnos, dando la bienvenida, a lo lejos, a los que llegaban.

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Tú y yo no montamos nunca el bar de dim sums en la esquina de la calle de Enrique Granados, ni fuimos a Tokyo, ni leímos ‘Guerra y paz’, ni vimos entera la película aquella de Claude Lanzmann que duraba ocho horas. Y yo la hubiera visto solo para jactarme luego, no creas.

Tú y yo no. Ya no. Nunca jamás. Y no es un poema de Idea Vilariño.

Tú y yo no aprendimos las declinaciones en alemán y por eso nos castigaban en los recreos copiando una misma frase al infinito.

Tú y yo no escalamos el Montblanc y nos gustaba pensar que un día lo haríamos, y yo me bajo del plan que no estoy en forma.

Tú y yo no sabemos dormir con el ruido del aire acondicionado ni con el de la nevera que, a media noche, empieza a vibrar y se convierte en un gigante enfurecido.

Tú y yo no. O quizás sí, quién sabe.

Tú y yo no odiábamos el arenque ni las mollejas pero sí la remolacha o el queso de cabra, y también a los que se excusan de antemano por algo que saben que van a hacer igualmente.

Tú y yo no viajábamos para contarlo y por eso nos gustaba tanto viajar.

Tú y yo no sabíamos cantar y, por eso, en el coro del colegio nos pidieron por favor que solo moviéramos los labios.

Tú y yo no decíamos tú y yo, decíamos nosotros.

Tú y yo no nos vemos ya y por eso, para vernos, para escribirnos, dejamos mensajes en el ascensor de una casa cualquiera.

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Todos los veranos hago algo supuestamente divertido que no volveré a hacer. Un par de años atrás, por ejemplo, hice un safari acuático con tiburones ballena y adivinad quién no se movió ni un centímetro de la lancha. Este año le ha tocado el turno al windsurf. La lección preparatoria de teoría debió haberme bastado para ver que era innecesario intentarlo en el agua. Me hablaron, entre otras cosas, de la teoría del viento. A mí, que soy disléxica.
Lo que aprendí mientras se me caía la vela encima y yo me caía sobre la vela es que cuando ya no hay más remedio y te estás cayendo, lo mejor es soltar lo que tienes entre manos.

Hay una expresión que me da repelús: salir de la zona de confort. A los que dicen que es ahí donde empieza la magia les recomiendo que hagan windsurf por primera vez un ventoso día de agosto.

Existe una teoría del viento y una teoría de las dunas. Las dunas viajan en el tiempo, cruzan océanos lentamente y, granito a granito, llenan parajes como este parque. Da vértigo pensar que un día llegó hasta aquí un primer grano de arena y que ahora son 155.000 hectáreas de arena y agua. Todo se mueve siempre. La alegría, la tristeza, la vida. Hace cientos millones de años Europa se alejó de América a la misma velocidad a la que crecen nuestras uñas. Todo se mueve. Incluso las dunas.

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De una de las personas que más quise me despedí así: le dije que nos veríamos el día siguiente para desayunar y que ahí, en el café, nos decíamos adiós. Después, llegó el día y no pude. No fui capaz. Por cobardía, supongo, pero también porque hay ciertas cosas que no pueden programarse. Uno puede organizar una despedida porque se va un tiempo fuera, porque se cambia de trabajo, porque se casa. Pero es difícil levantarse y quedar a las 9.30 de la mañana en el bar de siempre para despedirse de alguien a quien probablemente no se va a volver a ver en la vida. Por la distancia, por circunstancias. Porque a veces dejamos que sea lo otro, lo que se impone, lo que decide. Pero esa ya es otra historia.
De camino a este pueblo que se encuentra en medio de dunas y playas leí un relato de A.M. Homes que me gustó tanto que decidí no leer nada más en un tiempo. El relato no contaba nada que no se haya contado antes: la historia de amor de dos personas que tienen miedo a la vida. Pero subrayé esa frase de la fotografía y después, esa misma tarde, dentro del agua, sobre una tabla, cuando apenas quedaban olas y empezaba a caer el sol, cuando conseguí, por un momento, dejar de tragar agua, volví a A.M. Homes y a las despedidas. Pensé que, sin embargo, uno se siente a veces afortunado de asistir a determinados finales. Como el del día, el de las olas que mueren en la orilla. Los otros finales, los que no pueden ser programados, dan para poca satisfacción y muchos relatos melancólicos.
Lo que me gusta de hacer surf, aunque sea una pésima alumna, lo que me gusta de las puestas de sol es que hay siempre algo que se acaba –las olas, el sol– pero que continuamente vuelve a empezar. Solo que de otra manera.

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Ayer acuñamos una nueva expresión: «días de relleno». Días que sirven para llegar a otros, a los días importantes en los que hay que hacer algo señalado. Los días de relleno son días de segundas basados en aquello que comúnmente se conoce como «hacer tiempo». Llevamos en esta ciudad tres días de relleno y llueve y, cuando no llueve, tenemos jet lag o se levanta un viento huracanado o llenamos demasiado los platos en el bufé del desayuno.

También ayer, en un lugar llamado Praia do Forte, donde se avistan ballenas y mi animal favorito en el mundo, tortugas –tartarugas aquí–, se puso a llover de nuevo.

Una mujer llamada Cristina me hizo un masaje en la espalda. Como no tenía mucho tiempo porque había anochecido ya, le dije que con treinta minutos me bastaba. Cuando empezó con el masaje y me di cuenta de la sensibilidad tan increíble que tenía, me arrepentí al instante de no haberle pedido un poquito más de tiempo. De manera que me pasé los treinta minutos del masaje pensando en que se iba a terminar demasiado pronto. Y fue cierto, pero se hubiera terminado igualmente sin pensarlo tanto.

Siempre estamos a vueltas con el tiempo: o nos quejamos por los días de relleno y deseamos que se acaben rápido o no disfrutamos de las cosas porque sabemos que se van a terminar demasiado pronto. Y cuando no tenemos jet lag resulta que ya es de noche y nos dicen «no, señorita, por aquí no que es peligroso», y con tanta queja se nos van los días de relleno, pero también los que no lo son.

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Cuando descubro una esquina, un paisaje o un lugar que verdaderamente me emociona recuerdo a Holden Caulfield: «No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo.» Cuando luego, alguien me pregunta por esa esquina, por el paisaje o el lugar, siempre respondo con el mismo fingido desinterés: «Psé, no te pierdes nada». Luego me arrepiento un poco. Pero,de algún modo, uno siempre querría preservar los lugares especiales de la vida, esconderlos un poco, como cuando racionamos algo para que dure solo un poquito más.
En el Delta del Ebro, además de flamencos, animales por los que siento auténtica debilidad, hay muchos agaves. Estas plantas, que proceden de hábitats áridos y soleados, comparten una característica que las hace más que singulares. El agave solo florece una vez en su vida y, después de hacerlo, se muere, algo que se conoce como monocarpismo.
Cuánto que aprender de ellos, he pensado hoy al ver un agave florido. Estamos acostumbrados a entender el final –de la vida y de la mayoría de las cosas– como un sinónimo de hartazgo y decrepitud, pero qué mejor que terminar como ellos, los agaves: con el florecimiento, la celebración.
Y si alguien me pregunta qué me parece el Delta del Ebro: «Psé. No os habéis perdido nada». #flamencos #agave #deltadelebro #deltadelebre #salinger #holdencaulfield #viajar #verano #mar #monocarpismo
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Algunos días me recuerdan a esa sensación de empezar a leer por la noche, en la cama. Lees las tres primeras líneas concienzudamente y, a partir de la tercera, sin que te des ni cuenta, sigues leyendo pero tu cabeza se va de ahí. Está en el supermercado, en lo que tienes que hacer mañana o en no olvidarte de otras muchas cosas. A la segunda, tercera página, asombrada, te das cuenta de que no sabes qué estás leyendo y cierras el libro, apagas la luz, y te dices que ya mañana releerás lo leído. Y a veces, mañana llega y te ocurre exactamente lo mismo.

Ayer no hizo especialmente buen día por aquí. Nublado, plomizo y con rachas de viento. Pero fue el día en que una amiga y yo conseguimos una oferta para hacer Paddle Surf, un deporte que ambas habíamos hecho y que nos parecía la mar de fácil y bla bla bla. Huelga decir que nos plantamos las dos en la orilla con inmensas tablas que casi no pudimos acercar al agua debido al viento y que, una vez en el agua, ninguna se acordaba de exactamente cómo tenía que poner los pies para levantarse. ¿Y el remo? ¿Se remaba siempre con el mismo brazo? Preguntas de nivel. Nos pasamos 45 minutos, de reloj, estrellándonos contra el agua, las boyas y la tabla, luchando contra la corriente, hasta que un buen hombre nos alumbró con la sencillez de la postura y con cómo había que introducir el remo en el agua. Cuando supimos cómo hacerlo quedaban 10 minutos y pudimos disfrutar aún de un simulacro de lo que hubiera sido hacerlo bien desde el principio.
Y me pareció, ya de vuelta, que ocurría igual con algunas de las cosas importantes de la vida: cuando empiezas a saber de qué van, se acaba el tiempo y tienes que abandonar la pista.

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