Todas las cosas con moderación menos:
–Las patatas fritas.
–Las señoras que te llaman “cariño” en el mercado.
–Las buenas noticias.
–Las ganas de llegar (a un lugar, a una persona).
–Las películas que acaban con una dedicatoria.
–La frase “es benigno”.
–Los reencuentros (los deseados, claro).
–Las novelas de Carmen Martín Gaite.
–¡El amor!
–Reírse de uno mismo.
–Jorie Graham.
–Decir “no pasa nada” (si es verdad).
–Una canción en el momento adecuado.
–Catedral, de Raymond Carver.
–Recordar que nos queda todo, incluso lo mejor.

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Este libro cumple un año y aquí algunas cosas que me han ocurrido:
–Hice parte de la promoción desde la cama, de la mano de nuestro querido Covid. Voz ronca, sexy, moqueando. Sobreviví.
–Además, de tanta radio que hice, pude al fin vencer mi pavor al directo y a decir cualquier tontería. La amenaza de decir cualquier cosa sigue ahí, claro, pero la disimulo.
–Os he conocido a muchos de vosotros que, a través de estos relatos, me habéis contado también vuestras historias (qué éxito si la literatura nos sirve para eso, para acercarnos, y perdonad la cursilada).
–Mi padre se leyó su cuento, ‘Mi padre en Atocha’ y ahora, cada vez que me lleva a la estación, imagino que siente la presión de saber que cualquier cosa es susceptible de ser escrita -y un poco manipulada- por su hija.
–Recibí una opinión que me hizo gracia: “los relatos me han gustado, pero no pasa nada. O casi nada”. Supongo que tenía razón. Pero en ese adverbio, en el casi, a mí me parece que nos cabe la vida entera.

Gracias a todos por haber seguido leyéndolo, recomendándolo, escribiéndome por este rincón para contarme lo que os parece. Gracias por hacer que siga vivo.

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Hoy he recordado a Nora Ephron y una de sus frases míticas: nunca te cases con un hombre del que no querrías estar divorciada. Muchos años atrás conocí a un tipo que decía algo parecido; “tienes que salir con alguien que imagines que sería un buen ex”. Me convenció. Y resulta que luego salimos juntos, lo dejamos, y fue el peor ex que tuve jamás. También dice Ephron que si el zapato no te va bien en la tienda, nunca lo hará fuera de ella. Y se aplica a cosas que no son zapatos.
*
Mañana es blue Monday, dicen, así que si tenéis un domingo triste ahora ya sabéis la razón. El cuerpo lo sabe así que ya se adelanta.
*
Lo importante: recordad a Ephron, que siempre vela por todos nosotros. Pero sobre todo, para atravesar semanas que empiezan con un blue Monday, vale la pena rescatar esto otro que un amigo me dijo hace poco: da más fuerza saberse amado que saberse fuerte.

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El otro día volví a ver ‘La vida secreta de las palabras’ y recordé cómo me había impresionado en su momento –y me sigue impresionando– una frase que le dice Tim Robbins a Sarah Polley. Ella le cuenta que no pueden estar juntos porque tiene miedo de que un día cualquiera, de repente, se suma en un llanto tan profundo que sea imposible de parar y acabe arrastrándolos a los dos. Él le responde: “Aprenderé a nadar”.
*
Por la noche, en la sobremesa, contaron que un álbum de música de un grupo que yo no conocía –Ed is dead– se llamaba ’Your last 48 hours’ y el título de cada una de las canciones respondía a una de las cosas que haría el cantante de saber que le quedaban sobre la tierra solo dos días. De manera que los que estábamos en la mesa empezamos a debatir qué haríamos. Hubo risas: desde robar un banco, hacer puenting, conocer a Michael Fassbender, hacer feliz a alguien –make someone happy, como dice la canción–. Pero cuando la conversación se puso más seria, resultó que la mayoría de cosas que haríamos la mayoría eran tan sencillas como coger el teléfono y llamar a alguien para decir cosas distintas pero importantes que se habían quedado en tintero: perdona, lo hice fatal, eres un imbécil, te quiero, te echo de menos, vamos a darnos una oportunidad, ¿y si?, quizás podríamos, voy donde estés, hola, mamá, etc. Por eso volví a la película de nuevo. Si nos quedaran 48 horas de vida no querríamos robar un banco, o no solo, pero probablemente todos nos preguntaríamos si alguna vez hemos dicho –o nos han dicho– esto de aprenderé a nadar (y qué hemos hecho con ello).

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Le tenía mucha fe, pero el 2021 no ha sido, para decirlo finamente, un buen año.

Sin embargo, ayer por la noche, desde Reikjavik, salimos a ver auroras boreales. Sigues una ruta y, en medio de la nada, en la más completa oscuridad, detienes el coche y apagas las luces. Uno se siente pequeño, ínfimo, bajo el cielo estrellado.

Conforme avanzábamos a lo largo de la carretera, veíamos pequeñas luces rojas de coches detenidos que hacían lo mismo. Parecía que no había nadie, pero estábamos acompañados de otros buscadores de auroras.

Con esta imagen, con la oscuridad y el frío, pero con los buscadores, termino mi año. A pesar de que la meteorología era favorable, las auroras no aparecieron (muy de 2021), pero no siempre quien busca encuentra. O dicho de otro modo, a veces encuentras algo mejor (aunque aún no lo sepas).

Como decía, 2021 ha sido un mal año, pero salpicado de destellos bonitos. Y con eso me quedo. Algo parecido a este poema de Mary Oliver:
“Alguien a quien una vez amé me regaló
una caja llena de oscuridad.
Me llevó años comprender
que esto también era un regalo”.

Me imagino que se aplica igualmente a los años. Así que bienvenido seas 2022.
Que estéis bien, que lo aprovechéis. Y si alguna vez os sentís solos, congelados, en medio de la oscuridad, solo es cuestion de mirar alrededor: pequeñas luces rojas saldrán a vuestro encuentro.

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No sé qué Navidades estaréis pasando. Si confinados, si en familia, trabajando, si separados de muchos de los vuestros, si pensando en las sillas vacías, en los que no están. Si estáis felices y esperanzados, o por el contrario, extenuados, enfadados ya. O si es todo un poco. Así que quería traer por aquí algo que, en mi opinión, se ajusta mejor a las felicitaciones para estos tiempos extraños.

Akira Kurosawa tiene una película llamada ‘Madadayo’, de 1993, a la que le robo el título para esta “felicitación”. Madadayo significa “Aún estoy aquí”. Madadayo es lo que le responde el viejo profesor ya jubilado a sus alumnos cuando le van a ver y le preguntan cómo está.
O sea que, a pesar de todo, Feliz Navidad y lo dicho: aquí seguimos. Y ya es mucho 🎄✨.

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Somos muy malos con las proyecciones: tanto con las buenas como con las malas.
Supongo que a todos nos ha ocurrido: estar imaginando durante meses ese fin de semana fantástico y cuando llega, como lo hemos imaginado tanto –cómo será, y qué haremos, y las vistas, y el restaurante–  quizás resulta un poco decepcionante. Pero ocurre también con lo malo, especialmente con lo malo. Ante una noticia aciaga, uno empieza a enredarse en funestas proyecciones y pronósticos. Luego, lo malo llega y es concreto, y suele haber un plan. La abstracción es lo que tiene: deforma. A la realidad le vamos colgando adornos, como si fuera un árbol de Navidad, y luego el pobre árbol, de tanto peso, se va curvando. Pero no es culpa del pobre árbol sino de nuestro afán por cargarlo de todo lo que vendrá y aun no ha llegado.
 
En la foto, hacía un mal día. Y de repente, eso, el sol. No solemos contar con lo inesperado y eso es lo que hace interesante a la vida.

Foto @isabel.coixet

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Todo mal.

Estar comiendo en un restaurante sin mascarilla y ponértela para el tramo –los dos metros– que te separan de la puerta de salida.

Una nueva variante, la que sea.

Los que nunca tienen tiempo para ti “voy liadísimo…cuando tenga un hueco te llamo”. (¡Cuando tenga un hueco el Señor Ministro!)

Los agoreros que siempre cuentan con que todo irá a peor.

Los que te mandan un email para ofrecerte trabajo pero “no contamos con un presupuesto para…”.

La palabra Happy en cafeterías, logos, camisetas, anuncios, lápices, fundas del teléfono.

Los que empiezan “yo a tu edad ya…”. O peor: “estás bien para la edad que tienes”.

Los que creen que vas a pagar el alquiler con visibilidad.

Las frases motivacionales: “los caminos difíciles conducen a destinos hermosos”. (¡Pues depende!).

Los que hacen ghosting, orbiting, benching, pocketing.

Las luces de Navidad en octubre.

Todo puede estar mal, como se lee en la foto, pero Miqui Otero tiene una frase que me encanta y dice: “Las cosas nunca van bien del todo, pero no van mal cuando eres capaz de imaginar que irán mejor.” Así que imaginemos que irán mejor. Feliz semana.

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Esta definición de amor: «No dejaron de ser novios a pesar de ser marido y mujer». La he leído hoy en un artículo de Berna González Harbour sobre la historia de amor entre Almudena Grandes y Luis García Montero.
*
Y estos versos de Pedro Casariego Córdoba: «Nuestras palabras/ nos impiden hablar./ Parecía imposible. / Nuestras propias palabras».
*
Supongo que esto de lograr ser novios toda la vida, casados o no, tiene que ver con la capacidad de encontrar las palabras, de poder rectificarlas, de no ocupar todo el espacio para que la conversación siempre sea de dos. La vida es una conversación, hay que asegurarse de que sea una buena.
*
Feliz domingo ventoso de puente largo, completamente domingo.

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Siempre que regreso a esta ciudad vuelvo a tener quince, dieciséis, veinte, veinticinco, treinta, treinta y tres. Vuelve a ser la primera vez que viajé sola con mi padre. Vuelve a ser un noviembre frío con un amigo en un hostal infame, volvemos a estar en un restaurante chino en el que no entendemos el menú y nos dan algo infame y crujiente. Vuelvo a Murray Hill y a un hotel cuyas paredes están recubiertas de un papel floreado muy hortera. Vuelvo a llorar después de leer Aquarium, de Aleksander Hemon, y bajo por la Sexta sintiéndome triste, y es la primera vez que estoy triste en esta ciudad, pero al otro lado de la pantalla, a seis horas de diferencia, alguien me espera. Vuelvo a esa editorial en la que pienso que quiero quedarme para siempre a pesar de que me dé miedo coger el teléfono. Vuelvo ir a la Estatua de la Libertad con mi madre y ella me dice que si la vemos de lejos ya no hace falta bajarse del barco. Vuelvo a llegar a la calle Bleecker y pienso en la canción de Paula Cole que escuchaba en mi adolescencia que empieza: Humility on Bleecker Street. Vuelvo a mirar los puentes desde la azotea y a pensar en los que no están. Vuelvo a encontrar una rata bebé debajo de una servilleta y a mí me parece un animal precioso (solo a mí, deduzco por los gritos que escucho).
Esta ciudad, Nueva York, me da siempre la medida de todas estas personas que he sido a lo largo de los años. Yo, que nunca siento que tengo casa, o no estoy segura de dónde está, me siento aquí como en una casa en movimiento, que nunca es la misma.
Ayer, en el puente, recordé también el poema de Luis García Montero, Life vest under your seat: «Señores pasajeros buenas tardes /y Nueva York al fondo todavía,/delicadas las torres de Manhattan/con la luz sumergida de una muchacha triste». Pensaba en la tristeza infinita por la muerte de Almudena Grandes, en esas últimas líneas del poema: «rogamos hagan uso/ del cinturón, no fumen/ hasta que despeguemos,/ cuiden que estén derechos los respaldos,/ me tienes que llamar,/ de sus asientos». Asombroso como lo importante se queda a veces soterrado, a medio decir entre los asientos y los respaldos de esta ciudad en la que siempre querría quedarme.

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El otro día leí una columna de Leila Guerriero en la que hablaba sobre la inutilidad del dolor. «¿Cuántas toneladas de autoayuda y ‘mindfulness’ hemos tragado para engendrar esa necesidad maníaca de encontrarle a todo una enseñanza? El dolor, a veces, es simplemente dolor», decía. Como especie, supongo, estamos programados para encontrarle un sentido a las cosas, sobre todo a las malas. Recuerdo aún aquel libro de Peter Cameron ‘Algún día este dolor te será útil’. El título me atrapó. Sigo ahí, de hecho. Pensando en que los años me proporcionarán la sabiduría para poder encontrar el sentido –o la utilidad– a las cosas que no la tienen.

Tiempo atrás, un chico al que no conocía apenas, me consoló después de algo muy triste que me había ocurrido. Me contó que diez años atrás él había pasado por lo mismo. Dijo una frase que ha permanecido conmigo todo este tiempo: «Te parecerá extraño, pero aquel no lo recuerdo como el peor momento de mi vida». Entonces no entendí a qué se refería, incluso me molestó porque pensé que estaba relativizando lo que yo le contaba. Ahora entiendo que lo que me decía aquel chico es que en medio del dolor, de la pena, también se ríe y existe algo muy parecido a la felicidad, en paréntesis, eso sí. Es como si hubiera menos luz, pero la que hay es más clara, más definitiva.
Bien pensado, no creo que logre encontrarle ningún sentido al dolor. Solo que a veces, al atravesarlo, uno aprende a aprovechar mejor esos tímidos rayos de luz en los que quizás antes no reparaba.

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La obra de Cristina Peri Rossi gira, en mi opinión, en torno a ese gran tema de qué hacer con la ausencia. De por qué un día te levantas y la vida sigue pero tú estás un poco más cojo y tienes que acostumbrarte a ese leve y aparentemente imperceptible deje, a esa manera de arrastrar el otro pie de manera silenciosa. En la realidad y, en general, la gente que te rodea, nunca está preparada para hablar de despedidas, de rupturas o de pérdidas, por eso me gusta tanto la poesía de esta uruguaya que ayer ganó el Premio Cervantes. En sus poemas hay mucha lluvia, fantasmas, ciudades anegadas de agua y deseo, la pasión que nace y se desvanece. Entre sus líneas siempre se cuela alguien que no está –y en la vida ocurre igual– y una tiene que aprender a no decir su nombre, o a decirlo camuflado entre palabras y versos de un poema.
Me gusta mucho un poema que empieza así: «Salimos del amor/ como de una catástrofe aérea». Y termina «y nos despedimos con la vaga sensación/ de haber sobrevivido/ aunque no sabíamos para qué». Durante años leí mal ese último verso del poema y en mi versión decía: «aunque no sabíamos a qué». Porque me daba la sensación de que sobrevivir a un gran amor y salir ileso –mmm difícil me temo– se parece un poco más a esa pregunta que yo inventé para que el poema diera sentido a mis días de entonces. Nos leemos en lo que leemos hasta ese punto: al de adaptar el poema a nuestra vida.
Hoy, que llueve en Barcelona, he pasado por este bar por el que paso casi todos los días. Alguien pintó ayer ese mensaje en la pared. No sé si el corazón está roto, o deshinchado, si es alguien que te echa de menos, o eso dice –porque hechos son amores–, o si además, como yo, leyó también a Peri Rossi e interpretó mal alguna de sus líneas.

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Solo una cosa:
Ayer una amiga hablaba de su ex novio con un cariño y un amor que me hizo replantearme todas mis relaciones de golpe. Dijo algo que apunto por aquí por si a alguien, como a mí, le viene bien recordarlo: que a veces es fácil encontrar a un amor, pero no a un interlocutor.
Pensé entonces en la obra de mi querida Carmen Martín Gaite, que está hilada por ese motor: la búsqueda de un interlocutor que, además de ser el título de uno de sus libros de ensayos, es a lo que aspiran sus personajes y, en conjunto, me atrevo a decir que su literatura. En su obra, como en las vidas de todos nosotros, existe una imperiosa necesidad de comunicación, de encontrar ese espejo en el que encontrarse, que es el de las palabras y los gestos.
No es que la palabra interlocutor me guste especialmente, pero me gusta lo que significa. Es el recordatorio de que la vida es una conversación, y de que no depende solo de ti que sea una buena charla. Así que apunto por aquí que un gran amor debería ser también eso mismo: nuestro gran interlocutor en el mundo. No es fácil, supongo, que eso coincida y cuando ocurre es un milagro.
Miguel de Unamuno escribió: «No sé hablar si no veo unos ojos que me miran y no siento detrás de ellos un espíritu que atiende». Después de la conversación, pensativa, me fui a casa y, pasando lista a mis interlocutores, me detuve en la puerta de una iglesia donde vi estos pétalos y el arroz esparcido por el suelo.

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Hoy, una enfermera la mar de simpática nos ha enseñado un documento llamado “evaluación de fragilidad”. He sonreído, incluso se me ha escapado un poco la risa y la chica me ha mirado intrigada. No le he dicho lo que pensaba: que me parecía un documento que debería ser extensible a ámbitos extrahospitalarios. Entrevistas de trabajo, reuniones infernales, citas de Tinder. «Antes de empezar rellene usted este formulario». Algo así como una declaración de intenciones o un indicador, el rótulo en rojo –FRÁGIL– sobre esas cajas que transportan cristalería fina, adornos preciosos, carísimos mármoles. O huevos.
*
Por otro lado, viajo ahora en un tren y siempre pienso en el encantamiento que supone estar en movimiento, en esa magia de estar yendo, en gerundio, a un lugar. También pienso que nos gusta viajar porque sabemos que tenemos un lugar al que podemos volver. Quizás viajamos también para volver a casa.
*
El último libro del Cuarteto Estacional de Ali Smith, ‘Verano’, empieza así: «Todo el mundo dijo: ¿y?». Pero no todo el mundo dice «¿y?», eso se explica luego. A mí me gusta pensar –y estoy cerca de pensar– que el mundo dice lo que se lee en la fotografía.

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Esto de Sergi Pàmies:
«Tengo una teoría: si te enamoras bajo la lluvia, el amor dura más que si luce el sol. En los últimos años, y sin ninguna pretensión científica, he preguntado a cuantas personas he conocido en qué condiciones meteorológicas se han enamorado(…). Guardo setecientas quince respuestas archivadas cronológicamente y, con el rigor de un diletante, me atrevo a afirmar que la lluvia es beneficiosa para este tipo de sentimiento». Y aquí me pregunto:
¿Y si te enamoras en un interior?, ¿cómo saber si fuera ha empezado a llover?
*
El sábado estuve en una boda en la que llovió, y me acordé de Pàmies y de muchas otras cosas. En realidad, mi relación con las bodas me daría para un libro entero. De hecho, empecé un relato de ‘La gente no existe’ con la afirmación más real que hay en el libro: «Durante años, lloré en las bodas». Mis acompañantes pueden dar fe de ello: a menudo no era capaz ni siquiera de llegar al final de los innumerables discursos y terminaba escondida en baños, roperos, detrás del biombo. Nunca supe por qué lloraba (un poco por los discursos, la verdad). Pero también, cuando me lo preguntaban, quizás podría haber contado que pensaba a menudo en Doris Salcedo y aquella obra suya, Shibboleth, en el Tate Modern de Londres. Sé que la intervención artística, una grieta irregular de 167 metros en el suelo del museo, se entendió como una interpelación contra el racismo y el colonialismo, pero a mí, durante un tiempo, Doris y la grieta se me aparecían en las bodas.
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Ya he contado esta historia, pero me gusta recordarla: tiempo atrás conocí a un fotógrafo de bodas que me contó que, después de veinte años en el oficio y viendo a gente casarse, él sabía perfectamente cuando una pareja se quería de verdad o no. «Porque cuando no están juntos, se buscan con la mirada. Se miran a lo lejos, aunque cada uno esté a sus cosas». Son esas señales, además de la lluvia de Pàmies, las que cuentan, supongo. Y el sábado ambas se dieron cita y respiré tranquila. Ahora, en las bodas, pienso cada vez menos en la grieta de Doris Salcedo. También, claro, porque ser escritora tiene la ventaja de que puedes encargarte del discurso.

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Son peores los finales, y lo dice unas líneas más abajo: «Cuando te conviertes en coleccionista de inicios también puedes corroborar con precisión casi científica, la poca variabilidad que tienen los finales». Supongo que tiene razón, aunque esto ya es de mi cosecha, porque las historias pueden acabar de tres maneras: bien, mal o regular.
*
Bueno. También pueden no acabar. Y eso sí que es una tragedia.
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Dice Graham Greene en ‘El final del romance’ que «Una historia no tiene principio ni fin: arbitrariamente uno elige el momento de la experiencia desde el cual mira hacia atrás o hacia adelante». Resulta más fácil cifrar los inicios, con los finales es distinto. Tengo debilidad por los inicios de las historias porque en el momento a menudo nos pasan desapercibidos. Esa amiga que empezó cayéndote tan mal, ese novio que durante años solo fue un tipo que trabajaba en el mismo edificio que tú y un día, de repente, lo viste de otra forma. Me conmueve pensar que damos vueltas en la oscuridad y que la vida teje sus hilos a nuestras espaldas. Confundimos a veces inicios con finales, finales con inicios e incluso cuenta el refrán, aunque no sé si estoy de acuerdo, que cuando una puerta se cierra otra se abre. O una ventana al menos.
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En una novela, las primeras frases son puertas que abren mundos enteros. Los finales son también contundentes e incluso se cierran, los personajes llegan a la última frase y exclaman: ah, era esto. Con la vida ocurre al revés: a veces las primeras frases son tediosas, pasan desapercibidas, y de eso no depende que la historia valga o no la pena. Y con los finales, ay. Lo peor que puede ocurrir en la vida son los finales abiertos que tanto me gustan a mí para la literatura. La vida, que no se cansa de coleccionar inicios, insiste recurrentemente en esos tres puntos eternos, ese etcétera de las historias que nunca se acaban.

*** El libro es ‘Conjunto vacío’, de Verónica Gerber.

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Ayer estuve en el rodaje de un anuncio. Yo hacía de amiga de los protagonistas y entré soltera en una escena y salí con un novio con el que me estaba a punto de casar. Me gusta actuar por eso: en cuestión de segundos te conviertes en otra persona, incluso empiezas a hablar como otra persona. Durante una época de mi vida quise ser actriz. De películas, de teatro, hacer anuncios. Supongo que deseaba que, al menos sobre el escenario, pudiera asegurarme de que, a pesar de las sorpresas y los giros de guion, las cosas iban a salir según lo previsto.
*
El otro día publiqué una columna sobre esa enfermedad sin nombre, el cáncer, y olvidé mencionar una cosa preciosa en la que me vengo fijando desde hace tiempo. En el pasillo del hospital, en la entrada a esa zona donde se da la quimio –vetada a los familiares, que nos quedamos fuera– me fijaba en todos nosotros, los acompañantes. Nunca he visto yo tanto amor y tanto cariño como en ese pasillo. Me fijo siempre en una pareja de gente mayor. Ella lleva un gorro rosa con una visera y él, que no está enfermo, como para mimetizarse con ella, lleva exactamente ese mismo gorro en verde. Siempre que los veo los observo a escondidas. No se dicen gran cosa, o al menos que yo pueda escuchar. Pero se dan la mano cuando están sentados hasta que un pitido anuncia el turno de ella en la pantalla y él la acompaña hasta la puerta, que está a unos metros. Después, no se marcha a ningún lado: se queda esperando en una silla de plástico incómoda hasta que, horas después, ella aparece de nuevo.
*
Me reía ayer, de vuelta a casa, maquillada como una actriz, después de haber estado a punto de casarme en la ficción de un anuncio. Todos hablamos del amor, pero qué poco previsible que es. En algunas ocasiones surge por exigencias de guion, pero sospecho que es más fácil reconocerlo sobre la incomodidad de las sillas de plástico de un hospital.

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Cuenta Ocean Vuong en ‘En la tierra somos fugazmente grandiosos’ que, a partir de otoño, en algún lugar de Michigan, una colonia de mariposas monarcas, más de quince mil, empieza su migración anual hacia el sur. A lo largo de dos meses, de septiembre a noviembre, viajarán aleteo tras aleteo, del sur de Canadá y los Estados Unidos hasta el centro de México, donde se quedarán a pasar el invierno. Basta una noche de helada para matar a toda una generación. De manera que vivir es, al fin y al cabo, encontrar el momento oportuno para hacerlo. Como si fuera así de fácil.
La migración, que cubre un trayecto de 7773 kilómetros, puede desatarse por detalles aparentemente ínfimos como un cambio en el ángulo de la luz del sol, que indica un cambio de estación, de temperatura.
Cada partida es, además de frágil, definitiva. Las mariposas que sobreviven a la migración pasan el mensaje a sus crías. La memoria se teje en los genes y prepara para la supervivencia. Pero, ¿qué queremos decir cuando decimos supervivientes?
*
Por otro lado, ahora que hablamos tanto de volcanes, existe esa palabra hawaiana preciosa: ‘Kipuka’, que es el terreno que resulta intocado por el río de lava que baja por una ladera tras una erupción, una isla formada por todo lo que sobrevive a ese apocalipsis.
*
El otro día se veía esta luz, la iglesia en la montaña del Tibidabo recortada sobre el cielo anaranjado al atardecer. A esta época en la que confluyen dos tiempos, los coletazos del verano y los inicios del otoño, la conocemos porque conviven sandalias y lanas, porque las monarcas empiezan su periplo a través de los días –y quién sabe si alguna se perderá y cruzará el Atlántico hasta esta parte del mundo–. Pero cada época tiene sus propias kipuka, islas de lo que permanece a salvo de las noches de helada, recordatorios de que la vida se parece a veces a los videojuegos: cuando crees que mueres tienes otras vidas e incluso después de leer game over existe la posibilidad de volver a empezar.

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Iba escuchando un podcast muy interesante. Se llama ‘Forever is a long time’ y aborda el final del amor, ese gran tema sobre el que nunca se hablará lo suficiente. A lo largo de los episodios, el narrador, Ian Coss, entrevista a los miembros de su familia y consigue que todos ellos se adentren con una honestidad sobrecogedora en la complejidad del sus relaciones de pareja y en los motivos por los que terminaron. Me fascinan ese tipo de relatos, supongo que pienso que podría, eventualmente, aprender de ellos, como si fueran advertencias. Iba escuchando ese podcast cuando llegué a la Plaza del Obradoiro y me quedé observando a los peregrinos, recién llegados del camino, descansando en el suelo, emocionados. Me quedé ahí un buen rato escuchándolos, preguntándome también por qué estaban ahí, qué los había llevado a recorrer todos aquellos kilómetros, si era el sentido de la experiencia, de la aventura, o si había tras sus pasos un sentido que nadie, ni siquiera ellos, alcanzaban a ver. Después entré en la catedral y encendí dos velas. Me quedé mucho rato dentro, sentada en un banquito de madera. Delante de mí, una chica lloraba. Había dejado su mochila, con la concha de vieira colgando, a su lado, y desde las filas de atrás la observaba. También había puesto una vela y nos quedamos las dos ahí manteniendo conversaciones con nosotras mismas mientras alrededor la gente pasaba, hacía fotos, se marchaba. Tuve la sensación, aunque pueda parecer muy extraño, que también yo había hecho una suerte de camino muy largo hasta llegar hasta ahí, pero no sabía por qué, así que para qué iba a contarlo.
Al cabo de un tiempo salí y me fui a comer. Me equivoqué de restaurante y me metí en uno de aquellos de manteles blancos y arreglos florales sobre la mesa, de esos en los que nadie come solo. «¿Comerás solita, hija?», me dijo amable la dueña. Asentí, porque las mujeres estamos solitas, que no solas, que es como decir que es una pena. Pero tampoco dije nada y disfruté del mantel blanco, de haber llegado a Santiago, de buscar siempre las razones aunque las razones de lo importante siempre están lejos, se nos escapan, no están en ningún podcast. Y está bien que así sea.

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Hacer cosas que valgan la pena está sobrevalorado. Porque luego la gente espera que siempre seas así, lo dice Kate Winslet en Mare of Eastown y ahora casi no me acuerdo de qué va la serie, solo sé que me gustó, y que me acompaña esa frase desde entonces.
He pensado en ella hoy en la sala de espera del hospital. Al letrero del departamento se le han caído las letras y reza divertido “ nco ogia Radioterapica”. Ya lo podrían arreglar, me digo, pero si lo arreglaran no podríamos reírnos de estar en un lugar que no puede pronunciarse.
Digo que pensaba en la frase de Mare of Eastown porque delante nuestro iba una viejecita adorable, vestida impecablemente, como solo la gente mayor se viste ya, pero estaba triste y cabizbaja, que es el ambiente que suele haber por estos lares. Y he querido hacer algo que valiera la pena, por ejemplo, decirle si quería que entraba con ella y apuntábamos juntas los nombres de los medicamentos, que suelen ser largos y engorrosos.
He pensado que si hoy me dieran a escoger un trabajo que valiera la pena sería poder acompañar a la gente mayor que va sola al médico. O a la gente joven que va sola a determinados médicos. Este pensamiento -infantil, eso es cierto– me ha retrotraído al final de ‘El guardián entre el centeno’, el deseo utópico de ser el vigilante, el único adulto en el borde de un precipicio y tratar de evitar que los niños caigan por él.
Cuando salía la viejecita entrañable le he sonreído y me ha devuelto la sonrisa, o eso he intuido a través de la mascarilla. Luego también he pensado que quizás ella no necesitaba que nadie la acompañara, que a veces uno proyecta en los demás cosas y necesidades que son únicamente suyas. Sea como fuere me quedo con esto: acompañar a los demás, eso sí que me parece algo que vale la pena. Aunque después haya que pagar el hipotético precio de que la gente espere que estés a la altura.

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