Recuerdo, sin ningún orden en particular:

Que las pirámides, antes de que nos llegaran como las ruinas que son ahora, estuvieron recubiertas de piedra pulimentada. Y tenían intrincados y preciosos dibujos que se evaporaron con el paso de los años. Con el tiempo se pierden los detalles pero quedan las formas, lo universal. Como esos recuerdos borrosos de la infancia: no sabemos si los vivimos, si nos los han contado o si proceden de fotografías a las que hemos aderezado con recuerdos inventados

A esa editora a la que admiraba tanto que dijo, rodeada de aprendices y lectores, en aquel frondoso jardín, algo que apunté en mi librera roja. Que en el sexo, en la cama, uno es un reflejo de cómo es fuera de ella. Que el generoso será generoso y el que no lo es tanto no lo será tanto. Esa verdad pequeña, o no tan pequeña, sigue hoy apuntada entre una cita de Julian Barnes y otra de Bioy Casares

Hoy me he acordado de ti. Pero también me he acordado de regar las plantas así que no voy a hacer un drama (dice Maruxa Caeiro). Y me he acordado del mono que vimos en Sri Lanka –y de las cadenas–, de cómo te molestaba la comida atascada en el sumidero, la mermelada de naranja o la gente que utilizaba diminutivos.
Recordamos sin ningún orden en particular. Quedan las ruinas de la memoria, enormes y porosas pirámides despojadas de sus vestidos. Se pierden los detalles, quizás, pero quedan las formas.

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Es un vídeo de estos que aparecen de repente en un chat de amigos. En él, un chimpancé de un año, cuya familia murió en manos de unos cazadores furtivos y fue encontrado con neumonía, reconoce la voz de los veterinarios que lo cuidaron. Son unas imágenes preciosas: el animal empieza a dar saltitos sobre una camilla y se abalanza, como si fuera un niño pequeño, sobre sus cuidadores. Es la viva imagen de la gratitud y la ternura.
Veía al chimpancé saltando mientras pagaba la cuenta en el lobby del hotel. El tipo se habrá pensado que se me empañaban los ojos por la cuenta, que hubiera podido ser. Pero era otra cosa.
Un amigo que estuvo a punto de morir en un accidente de coche y que pasó muchos meses en el hospital –que tuvo que aprender, entre otras cosas, a andar de nuevo– me contó que lo que más recordaba de aquellos meses oscuros era la primera vez que salió del hospital. Iba con su padre de la mano por la calle y se sentaron en una terracita. Pidieron una coca cola y, cuando el camarero se la sirvió, mi amigo dijo solo eso: gracias. Y aquello es lo que recuerda. El decir gracias por la coca-cola, por la vida y por el padre que le había enseñado a andar de nuevo.
Pocas veces lo decimos, así, en mayúsculas. En realidad, los chimpancés han aprendido a hacerlo mucho mejor que nosotros.

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Nos contaba que, en la novela ‘Un dique contra el Pacífico’, la madre de Marguerite Duras se quedó en Indochina con tres hijos y sin porvenir. Fue por eso que compró unas tierras frente al Pacífico e invirtió en ellas hasta el último céntimo deseando que el cultivo de aquella concesión los sacara por fin de ese maldito sentimiento de pobreza del que la hija, Marguerite, no se desembarazaría jamás.
Sin embargo, nadie advirtió a la madre de que había comprado aquella concesión cuando la marea estaba baja. Cuando el nivel del agua subía, el mar de China anegaba de agua salada aquel sueño de dicha familiar que desbarataba cualquier posibilidad de salvación.
Pero la madre, lejos de amedrentarse, esa madre obsesiva, pobre, terca, tan terca como para decidir emprender una lucha contra el mar –que es oleaje, fuerza, tempestad– decide que, con el último dinero que puede pedir prestado, levantará un dique contra el mar.
Pero el dique que construye esa mujer portentosa es frágil, tan frágil que un puñado de cangrejos lo corroen. Esa madre lucha con una fuerza tal, con un deseo tan imperioso, que creeríamos que es capaz de derrotar al propio mar de China. Claro que eso –eso de que los deseos sean útiles– ocurre solo al final de los cuentos clásicos, y ni siquiera en todos. Es imposible ponerle un coto al mar, imposible ponerle coto a determinadas cosas que nos ocurren en la vida.
Lo escuche aquí, el otro día, en Santander. Lo contaba la escritora Pilar Adón y, al salir más tarde a pasear, con el Cantábrico que se extendía a mis pies, pensé en la de veces que también nosotros compramos concesiones al mar convencidos de que podremos pararlo. De que podremos construir una barrera lo suficientemente fuerte para creer que sí, que incluso lo inverosímil pude cambiar.
Si desear fuera útil, ¿verdad? Pero crecer, madurar, tiene algo que ver con dejar de poner barreras y asumir que la esperanza sostenida únicamente en el deseo no conlleva más que inundaciones.
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Algo así, como decía Luis Landero: que la infancia es felicidad, la adolescencia amor y el resto, literatura. Y que mirar, atrás, y esto lo añado yo, cuenta lo mismo que mirar hacia delante: nada (porque solo tenemos este trocito de arcilla que llamamos día a día, presente, ahora). Y además, otra cosa, aquello que leí en una entrevista a Isabel Allende. La escritora hablaba de un fenómeno llamado ‘Síndrome del árbol de Navidad’, y consiste en que vamos colgando chirimbolos al abeto –entiéndase abeto como cualquier realidad que nuestras expectativas puedan deformar, o sea, el mundo entero– hasta que se le van cayendo los chirimbolos. Del peso, de la acumulación, de la irrealidad, y entonces, el abeto se seca.

Desde que lo leí, siempre que empiezo con las proyecciones y las expectativas, me imagino al pobre abeto y me digo: “Laura, para, que se van a empezar a caer pronto y no será culpa del abeto sino de los chirimbolos mentales que le estás colgando tú”. Que además, no existen.
Porque solo tenemos este trocito de arcilla que llamamos día a día, presente, ahora. O abeto.

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La noche había caído ya sobre el estadio, que recibía a los tres tenores en aquella época en que lo inaudito sucedió: la ópera se puso de moda. Luciano Pavarotti, José Carreras y Plácido Domingo estaban a punto de salir al escenario y la gente aguardaba impaciente. Uno de los discos más vendidos del año había sido ‘Tutto Pavarotti’, una especie de recopilación de los grandes éxitos del tenor italiano. La fama y el desconocimiento de sus nuevos públicos eran tan grandes que un conjunto de espectadores, antes de que Luciano hiciera su aparición, empezaron a gritar al unísono: «¡Tutto! ¡Tuuuuutto!», «Bravo, Tutto!». Y dicen que Luciano tardó mucho en salir, asustado ante aquel gentío coreaba su nuevo nombre.
Cuenta Judith Schalansky en su prólogo de ‘Atlas de las Islas remotas’ que preguntar por la veracidad de sus relatos no es pertinente ya que no se puede dar una respuesta definitiva. Resulta imposible saber si todo sucedió exactamente como ella lo narró. Lo que sí puede asegurar es que no inventó ninguno de los hechos ahí comprendidos: todos y cada uno están basados en historias de los otros. Basados en hechos reales.
Ocurre un fenómeno extraño en el pueblito de Arles, que recoge estos meses los ‘Reencontres de la photographie’. Las fachadas de sus edificios centenarios están llenos de corazones de tiza o de una misma palabra escrita sobre sus cristales: «L’amour» o «in Love».
Podría contar cualquier historia pero aquí una hipótesis: creo que alguien leyó aquel viejo verso de Sharon Olds: «que mi amor le hubiera llegado a tiempo». #pavarotti #tutto #lostrestenores #opera #musica #arles #rencontresarles #judithschalansky #atlasdelasislasremotas #sharonolds #literatura
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Fuimos andando, ya de vuelta, pasadas las doce de la noche, y dejamos atrás el barecito con las pinturas de Andrea Torres, sorteamos hordas de turistas enloquecidos, despedidas de soltero, las fiestas del barrio de Ciutat vella, los petardos y el ruido de un sábado de verano en el centro de Barcelona. Fuimos andando hasta dejar todo el bullicio atrás y nos adentramos en la monotonía tranquila del Eixample.
De repente, unas luces nos llamaron la atención. Afuera, en la calle, cientos de plantas y flores ocupaban la acera. Nos acercamos. Parecía, o al menos eso me pareció a mí, que veo literatura por todas partes, un relato de Carver: de la más completa oscuridad emerge una floristería abierta a las doce de la noche.
Entramos y el dueño nos explicó que abrían las 24 horas. Desde el tablero del mostrador nos dijo que uno nunca sabe cuándo va a querer comprar una planta o un ramo. «Además, a las plantas hay que moverlas lo menos posible. Por eso no cierro nunca, para no tener que entrar todo lo que veis en la acera».
Compramos Lavanda y de subida, con la maceta en una bolsa, pensaba -como he dicho, veo literatura por todas partes-, en algo que contaba Pedro Mairal.
El escritor argentino sufrió un accidente de autobús y la cercanía con su propia muerte le permitió palpar el borde de la vida. Fue allí, en la casi irreversibilidad, donde encontró un lugar para ejercer su confusión, un lugar desde el que hacer preguntas y darle la vuelta al propio cuerpo, a la propia finitud. Lo cuento porque esto, encontrar un lugar (no solo en la literatura sino especialmente fuera de ella) es lo que cuenta. Y los lugares son como las personas: aparecen de la nada. Solo hay oscuridad y de repente, ahí están las luces de una floristería que no cierra pensando en nosotros, los rezagados que creemos que nunca es tarde no solo para comprar flores, sino también para encontrar esas esquinas anodinas de la vida en las que se esconde la literatura.

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Yo también me emborraché en San Juan por primera vez. Tenía doce años y aquello me pilló totalmente de improviso. Los mayores habían preparado sangría de verdad, no de las de tetrabrik de Don Simón. A alguien, que fui yo, se le ocurrió que, de postre, podía terminarse toda aquella fruta blandita, con sabor azúcar, que se había quedado en el fondo del barreño. Me la terminé toda. Después, me levanté para ir a tirar petardos pero, a medio camino, me detuve. Todo se movía a mi alrededor. «Mamá –grité asustada–. Es que creo me ha pasado algo». Mi madre vino a por mí y, cuando vio el desastre, su hija tirada en el pasillo, apestando a vino y a fruta macerada, me dijo «a ti lo que te pasa es que te has emborrachado»

El sábado, en la tarima de El tropical había un señor maravilloso –debería de tener cincuenta y largos– que bailaba con un ritmo que, en fin, ya nos gustaría a muchos. Estábamos nosotras abajo, embobadas con sus improvisadas coreografías. Tanto, que se acercó otro señor de su misma edad, le fue a dar un gintonic al acróbata, y después vino hacia nosotras: «¿A que baila bien mi marido? Pues solo hay alguien que lo haga mejor… ¡Yo!». Después, maravilla, se arrancó él también a lo Fred Astaire. Animado por los bailarines, subió un grupito de adolescentes a la tarima. Los niños, desgarbados, saltando, con un sentido del ritmo más que cuestionable, y tratando de llamar la atención de las niñas haciendo cualquier gansada. Y las niñas, más coquetas que cuchicheaban entre ellas en un extremo de la tarima avergonzadas, supongo, de los intentos de seducción de sus compañeros. Ay, la vida, pensé. Lo que nos cuesta aprender que no hay que hacer payasadas para llamar la atención.

Decía Anthony Trollope que no existe felicidad en el amor, a no ser que sea al final de una novela inglesa. Yo creo que al tal Trollope le hubiera hecho falta una visita fugaz a la barra de El tropical. Las verbenas, Anthony, son para tomarse todas las frutas del fondo de la jarra de sangría, para bailar con el mejor bailarín de Cadaqués, que es tu marido. Para decirle a la chica de clase, ahora que se acerca el verano y que los dos os vais de campamentos, que sí, que te gusta.
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Cero. He empezado el día temprano con una revisión médica. No es agradable esto de las mamografías, pero la enfermera y yo nos hemos estado riendo un rato. Yo ahí, de pie, completamente agarrotada, diciéndole, «Esto es una auténtica sandwichera. Pero resulta que ahora soy yo el sándwich»

Uno. Como no tengo pulso, pero ninguno, le he pedido a mi madre si me podía pintar las uñas del pie. Y total, con el día que llevaba, de la risa y del absurdo, hubiera dado lo mismo si me hubiera pintado yo misma los pies con una brocha. No veáis el destrozo que hemos hecho.

Dos. Nos hemos cruzado toda Barcelona para llegar a una clase de yoga y al pasar por Jardinets, un señor, ya mayor, leía un libro: ‘Cómo hacer que te pasen cosas buenas’. Después, claro, pensaba que las cosas buenas pasan en las clases cuando se es disléxica y «la mirada, por favor por debajo de la axila izquierda, la rodilla derecha y la mano con los dedos bien abiertos hacia arriba y si puedes, el cuello y la cara y no te olvides de sonreír»

Tres. Después de la mamografía, mis dedos –que no uñas–, pintados de rojo, el señor y el libro, y la contorsión del yoga, he llegado a casa. Ha llegado ahora. Y he vuelto a este libro. Algunas de mis personas favoritas del mundo son editores o fotógrafos. Algunos suertudos, como la autora de ‘Microgeografías de Madrid’, es las dos cosas.

Cuatro. Vuelvo: Algunas de mis personas favoritas del mundo son editores o fotógrafos, pero mis personas favoritas, sin duda, no importa que hagan, son las que saben mirar. Este libro que he sacado por mi ventana con tanto arte está lleno de los mapas que nos salen al paso cuando caminamos por la ciudad. Lleno de explicaciones: por qué las lágrimas de dolor no son las mismas que las de alegría, por qué explotan las estrellas, o los meteorólogos pronostican más días de lluvia de los que hay. Y es una reivindicación de aquello que dijo Kafka: que la alegría es nuestro deber cotidiano.

Cinco: no soy yo quien os tenga qué decir que libros tenéis que ir a buscar rápidamente. Pero por una vez, lo hago: se llama ‘Microgeografías de Madrid’ y es de Belén Bermejo, editora y fotógrafa. Todo en uno.
Enhorabuena @belenbermejo 💙
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Mi querida Lola,
Ahora que llevas ya casi tanto tiempo fuera como dentro, déjame contarte un par de cosas.

Me reí mucho el otro día cenando con una amiga. Me preguntaba que cómo me iban las cosas, a lo que le respondí que creía que muy bien, pero que a veces dudaba. Dudaba porque la vida que uno acaba teniendo es tan distinta a cómo se la había imaginado que, bueno, a veces es fácil no tenerlo claro. Se reía ella, al otro lado de la mesa, entre croquetas de jamón y ensalada de ventresca de atún. «Tú te imaginabas un poco aquello de “persiga usted su sueño” y resulta que te encantaba la idea, pero que has terminado viviendo en las antípodas del sueño y resulta, además, que ni tan mal». Y no te creas, Lola, me reía, pero a medias, porque la visualizaba perfectamente. Esa peliculita que todos nos montamos desde que tenemos uso de razón, convencidos de que es la única que nos hará felices. Luego, va y llega la vida, tan pancha, y te quedas sin tu película. Pero, ¿sabes qué? Que también se es feliz así. En realidad, la vida siempre empieza cuando terminan las películas, ¿no?

Otra cosa. En mi casa, mi madre y yo utilizamos una expresión: «estar en la UVI» que no tiene nada que ver con los hospitales. Nunca he sido ningún prodigio de los cuidados del hogar, así que a menudo llego a casa de mis padres con un cactus moribundo, un desastre de ropa desteñida de amarillo fluorescente, una mancha de aceite demoledora y mi madre suele encontrar soluciones incluso para devolver a cactus muertos a la vida. Entonces, decimos: «el cactus está en la uvi o el vestido ha tenido que pasar por la uvi, pero ya está mejor, etc».
Estar en la uvi es señal de que se está en cuarentena y en buenas manos (y de que todo lo que sale, lo hace renovado). Pensaba ayer, en la hamaca, Lola, con tus ocho meses y los equilibrios que haces aún para mantener la espalda recta, que lo que hay que poner en cuarentena es la película que nos montamos de la propia vida. Hay que dejar de perseguir los deseos que no eran para nosotros sino para que quedaran bien en nuestra película.
Te lo iré recordando.

#lola #pelicula #vida #literatura #calpedros #pradelldesio #expectativas #ifyouleave
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Disculpe la tardanza en responder este email.

Perdona que no te haya contestado hasta ahora.

Quiero expresarle mis más sinceras disculpas por la tardanza en responder su consulta del pasado día X.

Siento enormemente haber tardado tanto en escribirte.

Llego tarde, lo sé.

Rogamos disculpe la demora en responderle a su petición.
***
Porque:
-He estado muy ocupada volviendo de vacaciones y haciendo otras cosas que sí tenía ganas de hacer.
-Me mordió una serpiente en la mano (soy muy aventurera) y no podía teclear bien.
-Tengo jet lag desde que llegué, hace tres meses.
-Mi prima se casa, ¿sabe? Y tuve que comprar el regalo y eso me llevó tiempo, y mis hijos crecen y bueno, a uno se le cayó un diente la semana pasada. Y por eso claro, su email…
-Tengo puesto un filtro de correo selectivo: solo leo lo que me interesa.
-Se coló –él solito– en la carpeta de Spam, ya sabe usted lo traviesas que son las nuevas tecnologías.
-Mi psicólogo me ha puesto un tope de internet al día –internet détox– y su email no entraba en el cupo.
-Me he cambiado la dirección de email y ahora solo utilizo aquella en la que no está su email.
-¿Seguro que me envió el email o lo he soñado?
-Verá, es que había palabras en inglés y no las entendí.
-Quería contestarle un email tan bonito que al final lo dejé en borradores.
-No sabía qué responder a su pregunta y lo dejé en cuarentena hasta que lo supiera.
-Trabajo tantísimo –no como usted, que tiene tiempo para escribir emails– que no he tenido ni un segundo. Llevo viviendo en la oficina desde que tengo 18. ***Ayer leí un artículo en The New Yorker sobre las inverosímiles respuestas que damos para justificar que llegamos tarde a responder un email.
#email #lauraferrero #excusas #tarde #tecnologia #gmail #newyorker #outlook @newyorkermag
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Sospecho que el mundo es de los otros.
Me explico. Cuando el profesor se vuelve hacia el otro lado de la clase y tú te conviertes en ángulo muerto para él, es entonces cuando decides dejar de hacer los ejercicios de la serie. El entrenador levanta la voz, como para animar: “¡vamos, que solo quedan tres!”, “A DARLO TODO”, dice así, en mayúsculas, y a ti no hay cosa que te dé más pereza que eso: la expresión y lo que significa. De manera que te ríes para tus adentros. No piensas hacer ni una más de esas abobinables planchas con patada voladora incluida.
Yo soy de esas: de las que dejan de hacer los ejercicios cuando el profesor no está mirando. Y sospecho que el mundo es de los otros, de los que llegan hasta el final de los abdominales.
Mi abuela, que el otro día cumplió 88 años, nos contaba que nunca había imaginado poder cumplir tantos. Pero añadió: “lo que me consuela es que yo no soy como esas señoras que dicen que se aburren. Yo nunca me aburro. Así sí que no podría vivir…”. Hablaba, supongo, no del aburrimiento de una tarde, si no de cuando pierdes la ilusión, la capacidad de que te maravillen las pequeñas cosas, de dejar de controlarlo todo. Sin eso sí que no se puede vivir.
Efectivamente, nadie puede controlarlo todo. Los deseos no siempre se cumplen, pero ayer, a una amiga muy querida, le concedieron una beca por la que llevaba mucho tiempo luchando. Las plegarias sí son atendidas –a veces– y resulta que además que coinciden con los deseos más profundos mantenidos a lo largo de los años.
Quiero volver al inicio: el mundo es de los otros, de los que no dejan de hacer los ejercicios cuando el profesor no mira. Aunque entonces, siendo honestos, tendría que decir que a mi amiga la he pillado varias veces haciendo lo mismo que yo: tumbada en el suelo mirándose en el espejo, fingiendo que tiene que volver a peinarse para así dejar de hacer el ejercicio.
Resumiendo: el mundo es de los que, si lo intentan, van hasta el final, sobre todo en lo que concierne a la vida de fuera del gimnasio.
#literatura #historias #relatos #gym #bukowski #ifyouleave #beca #fulbright #abuela
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Me gusta, en el prólogo a ‘Un apartamento en Urano’, que Virginie Despentes defina a Paul B. Preciado como alguien que nunca se muda: “te mueves, pero no te mudas. A ti no interesa afincarte”. Habla de su amigo como alguien que habita una clandestinidad permanente.

Me gusta también lo que hizo años atrás el artista chileno Alfredo Jaar para abordar el genocidio ruandés. Montó una exposición, pero las fotografías –que mostraban el horror, lo indecible– estaban ocultas el interior de cajas. Para verlas había que descubrir la tapa. Muchos visitantes lloraban sin ni siquiera hacerlo. No hacía falta: fuera de la caja había una descripción de cada una de las fotografías.
A menudo pienso en eso: en la sutileza de las palabras, en que la imaginación es el arma más poderosa que tenemos para comprender la realidad.

La semana pasada me detuve aquí, en esta fotografía, durante un largo rato. Íbamos de Reno, –la ciudad de la canción de REM, “humming all the way to Reno”– a Tahoe y nos detuvimos a poner gasolina.
Sé que no estuvieron ahí. Ni Edward Hopper ni Richard Estes, pero yo los veía, a todos esos personajes enigmáticos que habitan en la soledad de las gasolineras, en los silencios de los pesados cortinajes que crecen entre parejas adormecidas, neones en cristales, cielos anaranjados que predicen la lluvia. No aparecieron, ni Hopper ni Estes, pero tuve la sensación, por un momento, de que todos, en nuestras clandestinidades permanentes, habíamos sido en algún momento protagonistas anónimos de uno de sus lienzos.

#richardestes #edwardhopper #literatura #usa #alfredojaar #ruanda #rwanda #viajar #paulbpreciado #virginiedespentes
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“Mi padre creía que Groenlandia no era una isla” fue, durante mucho tiempo, la primera frase de ‘Qué vas a hacer con el resto de tu vida’. De alguna manera, de esa frase que contenía un padre y una isla helada y sola, fue surgiendo la historia.

Nunca he viajado a Groenlandia, pero
el otro día sobrevolé esa isla de mi imaginación. Le puse cara, como si fuera alguien a quien hasta el momento hubiera conocido solo virtualmente. Porque, para mí, Groenlandia fue una especie de holograma, un espejismo desde donde tirar del hilo de la escritura.

La vi por la minúscula ventana de un avión y, a pesar de las bandejas de chicken or pasta, del continuo anuncio de fasten-your-seatbelt y del bebé que no dejaba de llorar, fui feliz. Era exactamente como me la imaginaba. Un gigante blanco y solitario.

Hace poco un amigo me habló de una fábula de Bucay. En ella, un viajero llega a un pueblo y, antes de enfilar sus calles, se detiene brevemente en el cementerio. Con extrañeza, se fija en las lápidas: en ellas lee el tiempo de vida exacto de cada uno de los difuntos: 8 años, 5 meses y 2 días; 5 años, 9 meses y 1 día. El viajero cuenta que el más ha vivido son 11 años. Se echa a llorar al darse cuenta de que se encuentra entre lápidas de niños, pero pronto viene el guarda del cementerio y lo saca de su error. Aquél no es un cementero infantil, no. A los habitantes del pueblo, al cumplir los 15 años, se les regala un cuaderno donde van apuntando todo aquello que los ha hecho felices y el tiempo que ha durado. Así, el cómputo de la lápida es una suma de todos esos momentos, la única manera de contar lo vivido.

Los números me hicieron pensar: cinco años de felicidad en una vida de noventa. Pensé, con ironía, que a los personajes de mi novela no les hubiera venido nada mal leer la fábula.

Por mi parte, anoté “ver Groenlandia desde la ventana de un avión” en mi propia lista de la felicidad. Para que vaya sumando.

#groenlandia #quevasahacerconelrestodetuvida #ifyouleave #islas #literatura #jordebucay
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Uno. Al principio solo escuché, –desde mi puesto de vigilancia, en la mesa adyacente a la de la pareja de guapos–, que acaban de llegar de la luna de miel en Hawai. Se lo contó ella a la camarera, a la que imagino que conocería, y repitió varias veces que había sido amaaaazing. La camarera les fue trayendo lo que habían pedido y ellos, por turnos, hacían fotos a los platos para subirlas inmediatamente a sus redes. Ninguno de los dos habló en la cena, a lo sumo un par de frases. En los postres –mochis de té verde– se hicieron tres selfies con caras diferentes y los colgaron. Palabra de espía. No sé qué hashtags debieron de utilizar porque no atinaba a ver, pero es fácil: #enlamejorcompañía #love #tequiero.
No tengo indicios de nada, pero ahí va una hipótesis: el número de fotos que cuelgas es inversamente proporcional a cómo te lo estás pasando.

Dos. Resulta difícil llegar a un acuerdo sobre la finalidad de las pinturas rupestres. A grandes rasgos, existen dos tipos de interpretaciones: la defendida por Henri Breuil, para el que se trata de magia propiciatoria, y otra teoría, la propugnada por un tal Leroi-Gourhan, que afirma que las pinturas estaban ligada a ritos de iniciación. Aquí tampoco tengo ningún indicio, pero me quedo con lo que dice Breuil: pintar un bisonte es desear que aparezca, propiciar la aparición de lo que quizás está por llegar.

Tres. Vuelvo a decir que no tengo indicios de nada. Pero a veces no puedo evitar pensar en que tampoco hemos cambiado tanto. Seguimos invocando las más diversas cosas –la lluvia, un bisonte, el amor–, de las más diversas maneras –una pintura, una fotografía.
Llamémosle magia propiciatoria pero tras la cueva y el selfie lo único que se esconde es el deseo de que algo -la lluvia, un bisonte, el amor- aparezca al fin.

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Años atrás me mudé a Londres. Mi conocimiento de la ciudad, por aquellas bastante deficiente, me llevó a aterrizar en el aeropuerto más alejado posible de la zona donde viviría. Luton, sí, me fui hasta Luton.

A través de las ventanas del autobús, que me llevó a la ciudad, vi el atardecer desde mi asiento pegado al cristal. Tenía esa extraña sensación, mezcla de emoción y de miedo, de que mi vida iba a cambiar.

Me puse el Ipod y recuerdo que sonó, Manel y su canción ‘La bola de cristal’, que decía: “Mira, surt el sol a les ciutats on haguéssim pogut viure” (Mira, sale el sol en las ciudades donde hubiéramos podido vivir). Las ciudades donde hubiéramos podido vivir. Ay, cuánta posibilidad, cuánto deseo.

Entonces era más joven que ahora y vivía con la permanente sensación de que podía hacerlo casi todo. Sin embargo, me costó tiempo aprender que tenerlo casi todo era lo mismo que tener absolutamente nada.

Nunca quise irme a Londres, a Buenos Aires o a Nueva York, ciudades en las que terminé viviendo un tiempo, y, sin embargo, de niña tenía un sueño: vivir en la ciudad de los tranvías, la de la calle Lombard, la de Sausalito y la de las Painted ladies. El causante fue el libro de la carátula naranja, el que estuvo durante años en mi estantería: This is San Francisco. Y me mudé tantas veces a vivir a esa ciudad de la imaginación que después me olvidé de hacer algo para que realmente ocurriera. “Nadie va a venir a buscarte”, me decía mi madre cuando le venía con mis cuentos de la lechera de que quería trabajar en The New Yorker, en Farrar Strauss, en la Nasa. Mi madre quería decirme, claro, que soñar y desear solo es útil en los cuentos. Porque en la realidad lo cierto es que nadie, efectivamente, me vino a buscar.

Siempre amanece en alguna de las ciudades donde hubiéramos podido vivir. De hecho, escribo estas líneas desde una de esas ciudades que habitan en las carátulas naranjas de los libros de nuestra infancia. Hubiera sido tan feliz aquí, me repito, porque Mi San Francisco no ha cambiado nada, ni un ápice: es lo bueno que tiene lo que no existe, que nunca decepciona.
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La vida son también las despedidas y ellas inundan las canciones –y muchos de mis relatos, para qué engañarnos– pero mi parte favorita de vivir son, sin lugar a dudas, las bienvenidas. Y no me refiero a las que dan las señales de las autopistas ni a las de los tarjetones de los hoteles. Me refiero a esas que dicen bienvenida a ese lugar en el que nos convertimos cuando cogemos un recién nacido por primera vez.
El gesto por el que los recién nacidos se agarran con tanta fuerza a la vida se llama reflejo de prensión y se mantiene hasta los seis meses. Me maravilla cómo estos seres diminutos son capaces de cerrar sus deditos largos y milagrosamente perfectos con una fuerza inusitada que es, en realidad, un vestigio evolutivo que nos queda de nuestros primos los chimpancés, de cuando teníamos que agarrarnos a las ramas.
No sé si esto de vivir consistirá al final en ir recordando las cosas importantes que habíamos olvidado, en recuperar lo que ya teníamos, escrito en esa memoria sabia de la piel.

En mi poema favorito de Joan Margarit, ‘Piscina’, un padre lleva a nadar a su hijo por primera vez y el hijo tiene miedo, claro. Años después, el hijo recuerda la imagen sintiendo que era él quien se agarraba a su padre para poder avanzar hacia esa parte oscura de baldosas resbaladizas. Le costó entender toda una vida, a ese hijo tembloroso, que era el padre el que se agarraba a él: “Aprendí a nadar, pero más tarde,/ y olvidé muchos años aquel día./Ahora que ya nunca nadarás,/veo a mis pies el agua azul, inmóvil./ Comprendo que eras tú quien se abrazaba/a mí para cruzar aquellos días.”
Ocurre siempre, incluso en los mejores poemas, nacemos sabiendo agarrar pero tardamos media vida en volver a saber hacerlo.

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Llueve aquí, fuera de la oficina aglomerada de Correos, mientras espero que la señora que va delante de mí acabe –por favor, señora se lo pido– de sacar un sobre tras otro de su abultado bolso.

A menudo, cuando estoy rodeada de mucha gente, se me viene a la cabeza esto que leí en algún lugar: “Everyone here was once in love”.
Todos, habrá los que más y los que menos, estuvimos alguna vez enamorados.

Años atrás, cuando empecé a tener que hablar en público, antes de hacerlo me tomaba una tila. O dos. O un Sumial incluso. Sentirme tan observada, tan “en directo”, sin posibilidad de darle al Stop y volver a grabar, me ponía nerviosa. Entonces, a los que les conté esto de mis nervios, me aconsejaban: “Imagínate que toda esa gente está desnuda, ya verás como se te pasará”. Sin embargo, a mí, imaginarme a cien personas desnudas mirándome fijamente me producía auténticas taquicardias. Supongo que, de haber estado Michael Fassbender entre ellos, la cosa hubiera cambiado, pero no solía ser el caso.

En ocasiones, aún me ocurre esto de lo nervios. No hace falta que sea delante de cien personas, con una que me imponga, basta. Entonces pienso: esta persona estuvo una vez enamorada, y se me pasa. No hay nada que nos haga más vulnerables que eso, ni siquiera estar desnudos. Probadlo si alguna vez os ocurre.

Y por favor, señora de Correos que va delante de mí: yo no sé si usted estuvo enamorada o no, pero haga el favor de terminar ya.

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Todos hemos asistido a un sinfín de conferencias y discursos en los que grandes mujeres y hombres cuentan cómo han llegado hasta donde están. El resumen es, independientemente del campo, el mismo: “lo pasé mal y mira qué mal estuve, incluso esto y lo otro, pero ya ves lo bien que estoy ahora”. Y entonces: aplausos, muchos aplausos.
Esa historia está bien, incluso muy bien si eres el que la protagoniza, pero a mí, lo que verdaderamente me interesa es esa otra historia, la que no se cuenta, la de todos aquellos que se quedaron por el camino y no llegaron a los aplausos.
La historia de los que no tuvieron éxito.
Es decir, los que lucharon durante años por mantener a flote aquél que creían que era el mejor restaurante, la que quería ser astrofísica, el que soñó con graduarse en Yale, el que amó a fondo perdido a la persona equivocada.
Pensaba en esto mientras iba al mercado a comprar aguacates. Y de casa a la tienda me ha dado para decidir que un día no muy lejano me convertiré en guionista, productora, distribuidora, todo en uno, y venderé una serie –por una auténtica millonada– a Netflix, HBO o cualquier plataforma que esté de moda. La serie no tratará sobre los beneficios del yoga y la comida vegana, ni siquiera habré sido yo la encargada de idear una temporada alternativa para los que se quejan del final de Juego de Tronos, no. Será una serie sobre el fracaso. Sobre cómo fracasar y poder contarlo y que te aplaudan también al final.
Buscaré a la astrofísica, reconvertida en horticultora, los del mejor restaurante, que al final montaron una escuela de escalada, el de Yale, que compró un supermercado macrobiótico abierto las 24 horas.
Porque al del amor a fondo perdido, ay, ese sí que necesita un aplauso.
Nos dan lecciones sobre tantísimas cosas que no sirven para nada y, sin embargo, pocos hablan de la importancia de encontrar un lugar para la decepción, para el fracaso. La importancia de poder aplaudir también a los que no lo lograron, o lograron otra cosa bien distinta. Esos también, que somos todos, necesitamos un aplauso.
Os contaré cuando tenga la serie.
De momento, en el mercado no quedaban aguacates. Sigo en su búsqueda.
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Dos cosas.
La primera: “Queda mal decirlo pero, a la hora de aparearse, hay evidencias que convendría no perder nunca de vista. En general, la unión de dos personas suele presentar descompensaciones evidentes de belleza, estatus o inteligencia. Yo perdía en las tres comparaciones”.
Esto lo cuenta Sergi Pàmies, pero muchos conocemos esa sensación. Unos años atrás tuve un novio tan guapo que cuando iba paseando por él por la calle solía pensar en aquellas cámaras ocultas que ponían antes en los programas de televisión y que terminaban revelando aquello que ya nos temíamos: que estábamos siendo víctimas de una broma perversa.
La segunda: en una entrevista a raíz de la publicación de su novela, ‘Después de Kim’, Ángeles González Sinde abordaba temas relacionados con el duelo y la pérdida. Entre ellos, una idea maravillosa. “Quienes hablan tanto del primer amor es porque no conocen el último”.
Es cierto que le damos muchas vueltas a ese amor idealizado de los inicios y ese sentimiento da para libros, poemas y canciones. Cuando mi tía abuela tuvo un ictus, ya muy mayor, se había echado un novio que hizo guardia al lado de su cama durante meses. Cuando iba al hospital a visitarla y los veía a los dos juntos solía pensar en eso, en que nos encanta teorizar sobre el amor de nuestras vidas, pero que nunca lo hacemos con esa perspectiva que ofrece la cama de hospital y los ochenta y tantos.
Estos días pienso que deberíamos pedirles justamente eso a los amores, que sean últimos, no en el sentido de que ya no haya más sino en el de que sean amores que se queden.
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“En mi próxima reencarnación es posible que no me apetezca volver a ser la hija de un Escritor Famoso”, habla Scottie, la hija de Francis Scott Fitzgerald, en ‘Cartas a mi hija’, un volumen de cartas que me acompañó ayer en el tren hasta esta ciudad, Madrid. Contaba Scottie que los pintores son la única gente igual de insufrible que los escritores.

En el prólogo a estas cartas absolutamente maravillosas –“la grieta no la tienes tú, Scottie, la tiene el cañón del Colorado”, le dice–, Scottie trae a colación un gran tema: lo solitario que es este trabajo de escribir. Porque lo cierto es que no hay nada que uno pueda hacer para ayudar a un escritor. Por ejemplo, el presidente de una compañía puede contratar a un adjunto, un editor con una carga de trabajo excesiva, a un asistente, pero, ¿quién rescata al que se ha quedado atascado en una frase, al final del capítulo, de la novela?

Algunas veces, lo que más desearía en el mundo es que alguien pudiera terminarme un párrafo, un relato. Decir, “me voy a dar una vuelta, ¿puedes decidir qué ocurre entre ellos? Sabes tanto del tema como yo, y si no te sale, búscalo en Google”. Escribir es difícil, entre otras cosas, porque no hay mapas ni direcciones. Eres tú todo el tiempo, tantas veces tú –como en aquella novela de Bryce Echenique llamada ‘Tantas veces Pedro’–. Ayer salí de la parada de metro de Lavapiés y, al levantar la vista lo vi en la fachada del teatro Valle Inclán. Pensé que mi pasión desmedida por los mapas procede, en realidad, de ese mantra –usted está aquí–, de la ilusión de la coordenada y la ubicación, de que alguien, si estás perdido, ya sea en la vida o en un párrafo, te pueda decir en qué lugar preciso te encuentras.
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