Llueve aquí, fuera de la oficina aglomerada de Correos, mientras espero que la señora que va delante de mí acabe –por favor, señora se lo pido– de sacar un sobre tras otro de su abultado bolso.

A menudo, cuando estoy rodeada de mucha gente, se me viene a la cabeza esto que leí en algún lugar: “Everyone here was once in love”.
Todos, habrá los que más y los que menos, estuvimos alguna vez enamorados.

Años atrás, cuando empecé a tener que hablar en público, antes de hacerlo me tomaba una tila. O dos. O un Sumial incluso. Sentirme tan observada, tan “en directo”, sin posibilidad de darle al Stop y volver a grabar, me ponía nerviosa. Entonces, a los que les conté esto de mis nervios, me aconsejaban: “Imagínate que toda esa gente está desnuda, ya verás como se te pasará”. Sin embargo, a mí, imaginarme a cien personas desnudas mirándome fijamente me producía auténticas taquicardias. Supongo que, de haber estado Michael Fassbender entre ellos, la cosa hubiera cambiado, pero no solía ser el caso.

En ocasiones, aún me ocurre esto de lo nervios. No hace falta que sea delante de cien personas, con una que me imponga, basta. Entonces pienso: esta persona estuvo una vez enamorada, y se me pasa. No hay nada que nos haga más vulnerables que eso, ni siquiera estar desnudos. Probadlo si alguna vez os ocurre.

Y por favor, señora de Correos que va delante de mí: yo no sé si usted estuvo enamorada o no, pero haga el favor de terminar ya.

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Todos hemos asistido a un sinfín de conferencias y discursos en los que grandes mujeres y hombres cuentan cómo han llegado hasta donde están. El resumen es, independientemente del campo, el mismo: “lo pasé mal y mira qué mal estuve, incluso esto y lo otro, pero ya ves lo bien que estoy ahora”. Y entonces: aplausos, muchos aplausos.
Esa historia está bien, incluso muy bien si eres el que la protagoniza, pero a mí, lo que verdaderamente me interesa es esa otra historia, la que no se cuenta, la de todos aquellos que se quedaron por el camino y no llegaron a los aplausos.
La historia de los que no tuvieron éxito.
Es decir, los que lucharon durante años por mantener a flote aquél que creían que era el mejor restaurante, la que quería ser astrofísica, el que soñó con graduarse en Yale, el que amó a fondo perdido a la persona equivocada.
Pensaba en esto mientras iba al mercado a comprar aguacates. Y de casa a la tienda me ha dado para decidir que un día no muy lejano me convertiré en guionista, productora, distribuidora, todo en uno, y venderé una serie –por una auténtica millonada– a Netflix, HBO o cualquier plataforma que esté de moda. La serie no tratará sobre los beneficios del yoga y la comida vegana, ni siquiera habré sido yo la encargada de idear una temporada alternativa para los que se quejan del final de Juego de Tronos, no. Será una serie sobre el fracaso. Sobre cómo fracasar y poder contarlo y que te aplaudan también al final.
Buscaré a la astrofísica, reconvertida en horticultora, los del mejor restaurante, que al final montaron una escuela de escalada, el de Yale, que compró un supermercado macrobiótico abierto las 24 horas.
Porque al del amor a fondo perdido, ay, ese sí que necesita un aplauso.
Nos dan lecciones sobre tantísimas cosas que no sirven para nada y, sin embargo, pocos hablan de la importancia de encontrar un lugar para la decepción, para el fracaso. La importancia de poder aplaudir también a los que no lo lograron, o lograron otra cosa bien distinta. Esos también, que somos todos, necesitamos un aplauso.
Os contaré cuando tenga la serie.
De momento, en el mercado no quedaban aguacates. Sigo en su búsqueda.
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Dos cosas.
La primera: “Queda mal decirlo pero, a la hora de aparearse, hay evidencias que convendría no perder nunca de vista. En general, la unión de dos personas suele presentar descompensaciones evidentes de belleza, estatus o inteligencia. Yo perdía en las tres comparaciones”.
Esto lo cuenta Sergi Pàmies, pero muchos conocemos esa sensación. Unos años atrás tuve un novio tan guapo que cuando iba paseando por él por la calle solía pensar en aquellas cámaras ocultas que ponían antes en los programas de televisión y que terminaban revelando aquello que ya nos temíamos: que estábamos siendo víctimas de una broma perversa.
La segunda: en una entrevista a raíz de la publicación de su novela, ‘Después de Kim’, Ángeles González Sinde abordaba temas relacionados con el duelo y la pérdida. Entre ellos, una idea maravillosa. “Quienes hablan tanto del primer amor es porque no conocen el último”.
Es cierto que le damos muchas vueltas a ese amor idealizado de los inicios y ese sentimiento da para libros, poemas y canciones. Cuando mi tía abuela tuvo un ictus, ya muy mayor, se había echado un novio que hizo guardia al lado de su cama durante meses. Cuando iba al hospital a visitarla y los veía a los dos juntos solía pensar en eso, en que nos encanta teorizar sobre el amor de nuestras vidas, pero que nunca lo hacemos con esa perspectiva que ofrece la cama de hospital y los ochenta y tantos.
Estos días pienso que deberíamos pedirles justamente eso a los amores, que sean últimos, no en el sentido de que ya no haya más sino en el de que sean amores que se queden.
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“En mi próxima reencarnación es posible que no me apetezca volver a ser la hija de un Escritor Famoso”, habla Scottie, la hija de Francis Scott Fitzgerald, en ‘Cartas a mi hija’, un volumen de cartas que me acompañó ayer en el tren hasta esta ciudad, Madrid. Contaba Scottie que los pintores son la única gente igual de insufrible que los escritores.

En el prólogo a estas cartas absolutamente maravillosas –“la grieta no la tienes tú, Scottie, la tiene el cañón del Colorado”, le dice–, Scottie trae a colación un gran tema: lo solitario que es este trabajo de escribir. Porque lo cierto es que no hay nada que uno pueda hacer para ayudar a un escritor. Por ejemplo, el presidente de una compañía puede contratar a un adjunto, un editor con una carga de trabajo excesiva, a un asistente, pero, ¿quién rescata al que se ha quedado atascado en una frase, al final del capítulo, de la novela?

Algunas veces, lo que más desearía en el mundo es que alguien pudiera terminarme un párrafo, un relato. Decir, “me voy a dar una vuelta, ¿puedes decidir qué ocurre entre ellos? Sabes tanto del tema como yo, y si no te sale, búscalo en Google”. Escribir es difícil, entre otras cosas, porque no hay mapas ni direcciones. Eres tú todo el tiempo, tantas veces tú –como en aquella novela de Bryce Echenique llamada ‘Tantas veces Pedro’–. Ayer salí de la parada de metro de Lavapiés y, al levantar la vista lo vi en la fachada del teatro Valle Inclán. Pensé que mi pasión desmedida por los mapas procede, en realidad, de ese mantra –usted está aquí–, de la ilusión de la coordenada y la ubicación, de que alguien, si estás perdido, ya sea en la vida o en un párrafo, te pueda decir en qué lugar preciso te encuentras.
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La vida pasa mientras le das al botón de instalar actualización de software más tarde. Mientras el ordenador y la impresora se reconocen, se acoplan, como si aquello fuera una cita de Tinder. Mientras le das a solucionar problemas y un señor te aparece en una ventanita inferior de la pantalla para decirte: Es hora de limpiar tu Mac.
La vida pasa mientras te compras un ensayo de Anne Carson -Eros, the bittersweet– porque necesitas sentir, después de todo un día de trabajo absurdo, que eso te hará un poco más interesante. La vida pasa igual cuando dejas a la Carson, intacta, virgen, sin leer siquiera los créditos, “para otro día”. La vida pasa mientras decides ver cualquier serie de Netflix que te cuente que aunque a Fulanita se le quemó la sastrería, eso le sirvió para cumplir su sueño y que ahora tiene un puestecillo de street food con estrella Michelin.
La vida pasa mientras llega el verano, mientras tiendes la ropa, pierdes calcetines, mientras viajas y tienes jet lag, o te mareas por las curvas, mientras se va el invierno.
La vida pasa mientras te dicen que 9 de cada 10 dentistas avalan un colutorio determinado y tú tratas de imaginar qué dijo el único que decidió decir, probablemente, lo que pensaba.
La vida pasa siempre. Dice Joseph Campbell que debemos estar dispuestos a renunciar a la vida que hemos planeado para poder disfrutar de la vida que está esperándonos.

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En ocasiones son el mundo perdido, el antes, la infancia, la respuesta a la pregunta de dónde venimos, las pompas de jabón, las soporíferas tardes de agosto y “mamá es que yo me aburro”, los deberes, los sueños, las que fueron antes de que llegáramos, aunque los hijos -egoístas casi siempre, egoístas siempre- no pensáramos en ello hasta que pensamos, nosotros mismos, en convertirnos también en padres.
Las madres son el antes y el después. Son el lugar, el abrazo, el milagro y la esperanza, el saber eso tan necesario de que hay alguien ahí.
Yo crecí con una madre 2×1, madre y padre a la vez, como esas ofertas del supermercado. A mi madre no le parece muy poética la comparación y, cuando me lo dice, entonces rectifico y añado que con ella me tocó la lotería, el Gordo, lo que aún le parece más desafortunado, y más viniendo de una hija escritora.
En fin.
Feliz día a las madres, a las que no lo sois y queréis serlo, y en definitiva, feliz día a los que tenéis madres, a los que las recordáis porque las madres son la única y verdadera lotería de la vida.

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Esta fotografía tan aparentemente anodina es el resumen de mis 34. No por esto de los aeropuertos, que también, sino porque ahí estaba yo, distraída, comiendo cualquier cosa, uñas pintadas de glamuroso verde, el ordenador por ahí, y ajena a lo que estaba a punto de ocurrir.
Íbamos de Nueva York a Nueva Orleans y estaba a punto de perder mi pasaporte. Debí considerar que tirarlo a la basura con la bolsa de la ensalada incomestible era una buena idea o que perder el pasaporte en Estados Unidos podría inspirarme nuevas aventuras para contar a mis nietos.
Total, que llegué a Nueva Orleans y me di cuenta de que no tenía pasaporte: denuncia, la policía muy amable –ironía, obvio– y como estaba ahí un mes y tenía que moverme más, me obligaron a ir a Houston, a cinco horas y media en coche, donde había una embajada, para que me dieran un pasaporte de emergencia. ¿Que qué ocurrió? Pues que era fiesta, que en Houston nadie atendía al teléfono… ocurrió que perdí una semana entera de un viaje de trabajo, y cuando llegué a Houston, una ciudad que nunca había pensado en visitar, estaba cabreada con el mundo, con la embajada, con España, y conmigo.
Mis 34 han estado llenos de episodios similares. En un primer momento, algo se tuerce, yo me quejo, y hablo del Karma o de Mercurio Retrógrado.
En un segundo momento, las cosas se desarrollan de manera distinta.
Por ejemplo: si no hubiera ido a Houston nunca hubiera visitado el Space Center de la Nasa que hay ahí. Si nunca hubiera visitado el Space Center no habría recordado mi amor por esos hombres que se marcharon lejos para ver lo que tenían cerca. Y si no me hubiera vuelto a enamorar de ellos, de los astronautas, no habría empezado a escribir una historia que no va tanto sobre ellos sino sobre todos nosotros.
Esto es con lo que me quedo para estos 35 que estreno hoy. Las cosas no siempre empiezan como hubiéramos deseado pero, a veces, de esos inicios un poco torcidos y a oscuras, surge lo inesperado. Y en ocasiones, es necesario perder un pasaporte para que lleguen los astronautas, para que empiecen las historias.
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“Me acuerdo de un chico. Trabajaba en una tienda. Me gasté una fortuna comprándole cosas que no quería. Luego, un día, ya no estaba ahí”. Yo me acuerdo también de un chico, se llamaba Frédéric y vivía en N’Djamena aquel verano que mi amiga Sara y yo trabajábamos ahí. Cuando, un mes y medio después regresamos a España, no es que nos hubiéramos enamorado de él, es que habíamos pensado ya en el nombre de los hijos que tendríamos con él (ninguna se lo dijo, ni a Frédéric, ni entre nosotras).
Me acuerdo de que llegó Navidades y fuimos a la FNAC de Plaza Cataluña y nos dejamos el sueldo entero comprando regalos para absolutamente todos los niños del orfanato donde trabajaba nuestro enamorado. Lo hicimos, y ahora me da vergüenza reconocerlo, para ganarnos el amor del pobre Frédéric que, después de Reyes, después de que nos quedáramos sin un duro ante el envío masivo de los libros, los Dvd y todo lo absolutamente prescindible que compramos (eran regalos para impresionar), nos dijo que se había echado novia, la que ahora es su mujer, la madre de su hija. Y nosotras la criticamos, a la novia, claro, porque eso nos unió en la desgracia antes de terminar reconociéndonos la una a la otra lo enamoradísimas que estábamos de Frédéric.
Me acuerdo a menudo de él, de esa proyección de un verano de juventud. Lo veo en sus fotos de Facebook y sonrío. Seguro que jamás podrá imaginar la escena: dos veinteañeras enloquecidas arrasando por los pasillos de la FNAC mandando regalos al Chad por amor.
Me llegó ayer este libro maravilloso de Joe Brainard del que una amiga querida me habló. Más de mil entradas que empiezan así: “Me acuerdo”. Y se acuerda de lo que todos –de los primeros días de colegio, de lo mucho que quería ser guapo y popular en el instituto, de los septiembres y de perder siempre solo un guante– pero también, como todos, se acuerda inevitablemente de lo que nunca sucedió y quisiera que hubiera sucedido.
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No sé si son ancla o salvavidas.
Si proceden de países lejanos o si, por el contrario, habitan en el edificio de al lado.
Si soy yo o es que la autora estaba pensando en mí cuando escribía estas páginas.
Si somos nosotros que nos vamos de viaje con ellos o ellos los que se quedan en casa a pesar de que ya no queden más páginas.
No sé si son plegaria, hechizo o sortilegio. Si son la puerta de entrada o la de salida. No sé, en realidad, si son puerta o puente, aunque me decanto más por puente: quien construye un puente, dicen, derriba un precipicio.
No sé si los encontramos nosotros porque hace tiempo que los buscábamos o son ellos que alargan los tentáculos, que son sus palabras, y nos atrapan a nosotros para siempre.
Los libros no nos salvan de nada, ni nos hacen mejores en nada. Nos hacen, si acaso, distintos.
O sí, perdón. Porque sí nos salvan, si nos dejamos, de nuestros precipicios, y aquí cada uno sabrá cómo llamar a ese hueco que nos separa de las cosas que amamos.
Hace unos días, paseando por este río llamado Kallang, pensé que lo que más se acerca a la definición de libro es esto: el reflejo de un mundo.
A lo que iba: feliz día del libro. Que os regaléis muchos mundos, muchos puentes, y que los compartáis. 🌹📚✨ #santjordi #felizdiadellibro #leer #lecturas #reflejo #mundo #puente #literatura #barcelona
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Una buena amiga suele recordarme a menudo los momentos más inverosímiles en los que me ha visto leer. Cuenta las historias delante de gente, echándole imaginación y humor y, sobre todo, riéndose de mí, que es la misión de los buenos amigos. Entonces empieza a disparar. “¿Os suena cuando Laura…?”. Y habla de aquel final de la Liga en que me llevaron a un bar inmundo lleno de gritones y forofos de ambos equipos. Había una mesa al fondo de todo y ahí me ausenté para leer ‘La inmortalidad’ de Milan Kundera. ¿Qué si me enteré de algo entre tanto griterío? Pues no, pero eso es algo que nunca le he confesado a mi amiga.

Luego, un día, hubo unas inundaciones en un barrio de Río de Janeiro. Y yo estaba ahí, sin poder salir del bar, literalmente. Pero no estaba sola porque tenía conmigo ‘Dietario voluble’, de Enrique Vila-Matas y, cuando luego me preguntaron por el agua y el miedo, yo solo recordaba lo mucho que me había divertido con las anécdotas de Enrique.

Después, claro, está aquel día en que me perdí de camino al hospital donde trabajaba aquel verano. Me quedé sola, sentada en un banco de aquel pueblito etíope, pero con Isak Dinesen, hasta que alguien vino a por mí. ¿Que si pasé miedo? Solo recuerdo a Dinesen en ‘El festín de Babette’, pero también que me abracé a la mujer que me rescató como si no hubiera un mañana.

No sé quién decía que escribir es flotar en el vacío. Yo creo que leer es, por el contrario, encontrar el agarradero. Todos escribimos para preguntar algo y leemos, buscando en las palabras de los otros la respuesta que por el momento no hemos encontrado.

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La bahía de Chittatong acoge el mayor cementerio de barcos del mundo. Hasta ahí llegan los agonizantes cachalotes de acero para morir, para que los desguacen. Los cachalotes, con sus hélices, sus cubiertas, sus anclas, ahora ya desprovistas de cualquier utilidad, se quedan entonces varados en la arena durante una eternidad. Son monumentos de óxido y tiempo y, algunos de ellos conservan, aún después de muchos años, los nombres.
Por ejemplo, el ‘Queen of luck’, ironía, claro, que la reina de la suerte acabe atascada en la arena, o el ‘Laura’, un enorme buque pintado de azul sobre el que no me atreví a hacer mucha broma ni a preguntar demasiado.
Es un lugar que tiene algo de desolación, pero también es una especie de museo de la nostalgia. Mientras paseaba por ahí, sin saber por dónde empezar a contar una historia, aparecieron ellos dos. Escuché los cuchicheos, las risitas, me asomé, y allí estaban.
Supongo que el amor tiene esa asombrosa capacidad de transformar la vista a la estructura desangelada de un barco en una escalinata con las mejores vistas de la ciudad. Ésa, claro, esa era la historia, y no la de los barcos.
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Cuenta Rosa Montero que se ha acostumbrado a ordenar los recuerdos de su vida con un cómputo de novios y de libros. Sus diferentes parejas y las novelas que ha ido publicando son algo así como las cruces en el mapa de su vida, unas muescas que orientan y señalizan, que trazan caminos y establecen el antes y el después.
Todos urdimos estrategias parecidas, inventamos trucos para tener algo que recordar: mudanzas, sucesivas marcas de coche, cortes de pelo. Decimos: antes del Opel pero después del Alfa Romeo. Justo entre Juan y Alberto. Mucho antes de que fuéramos a China.
Yo, por ejemplo, suelo ordenar mi vida de manera parecida a Rosa Montero: mis años discurren entre novios y libros. Además, añado al tándem algún que otro trabajo pero, sobre todo, viajes. Hablo, por ejemplo, del año en que me fui a la India. O de cuando quería ir a Islandia y no fui. En realidad, creo que muchos medimos la vida por deseos. Acordarnos de los no cumplidos es igual de importante que celebrar a Juan, al Opel o la publicación de tu primera novela.
Hace años quise venir hasta aquí, pero llego hoy. “Happy New Year, Miss”, me han dicho en la recepción del hotel. He pensado que, o bien era mi jet lag que me había jugado una mala pasada, o es que efectivamente andaban con el reloj algo atrasado. Claro que al cabo de un rato me han dicho que Bangladesh celebra hoy el primer día del año 1426.

Hace años quise venir hasta aquí, pero llego hoy para estrenar un año. Ya lo decía Charles Simic y yo misma copiando a Charles Simic. Que la gente llega cuando tiene que llegar. Ocurre igual con los lugares, con las ciudades. Así, años más tarde, estoy segura de que recordaré este día y diré “ah, eso fue antes / después de Dhaka, cuando llegué a una ciudad en la que celebraban el Año Nuevo pero yo no sabía nada”. En fin, feliz domingo de 1426.
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Tenía diecinueve años cuando pisé África por primera vez, aquel verano en me fui a Sierra Leona y, desde entonces, ya nunca he dejado de volver, a África sí, y a tener diecinueve años también.
Así como no escogemos de quién nos enamoramos –más nos gustaría–, igual ocurre con los lugares de nuestras vidas.
De aquellos años, recuerdo, por ejemplo, una serpiente de cascabel dentro de mi habitación en el Chad. Recuerdo, también, una polilla gigante, con cara de conejo –lo juro– en Etiopía. Recuerdo ese olor de jabón –marca Palmolive– en la aldea de Lunsar, en Sierra Leona, cuando no había luz y había que ducharse con linterna. Fui algunos años como voluntaria –profesora, chica para todo, enfermera de pacotilla– y es un tópico, pero nunca les podré devolver a toda la gente con la que traté ni un diez por ciento de lo que me dieron ellos a mí.

Ya siendo un poco más mayor volví en numerosas ocasiones a este continente que es, para mí, sinónimo de misterio y belleza, y un día, me enamoré de un país pequeño y montañoso, un país sin salida al mar cuyas calles están más limpias que las de cualquier lugar en el que he estado, un país que se llama Ruanda. Estos días se cumplen veinticinco años del genocidio que arrasó este trozo de tierra que ha sufrido lo indecible y leo artículos que recuerdan y tratan de explicar con más o menos fortuna el horror (aunque, en realidad, nadie puede explicarlo).
No sé el motivo de mi apego por este país. Como decía, esas cosas no tienen mucha explicación, pero Ruanda me hace pensar en la infinita capacidad que tenemos para volver a empezar, sean cuales sean las circunstancias. Ahí, en Kigali, empecé a escribir varias historias, una de ellas comienza así “En Kigali no hay ningún papel en el suelo”. Y otra “Nadie recuerda lo que es ver por primera vez”. Nunca he terminado estas historias, supongo que dejarlas a medias es tener la excusa de volver siempre, en cualquier momento. (Y la foto es Ruanda, claro, pero no recuerdo el nombre del lago). #ruanda #genocide #rwandangenocide #africa #literatura #journalism #periodismo #lake
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Se extinguieron:
Los dinosaurios, las hombreras (bueno, casi), los mamuts, el radiocasete extraíble, las cartas de amor, los pantalones de pana, el pijama (ese postre de la infancia), los trovadores, las guías telefónicas, la peseta, los charcos en las ciudades.

Deberían extinguirse:
Los que aseguran: “ya te lo dije”. Los que dicen “no te preocupes”. Los gorros de ducha. Las alfombras anti deslizantes de la bañera. Las fundas peludas del retrete. El asiento central de los aviones. Las esperas, las llegadas no deseadas y el “disculpen las molestias”. El hilo musical con sonido de cascada, pájaros y bambú (esto va para mi fisio que ojalá me esté leyendo)

Por todo esto y por mucho más, conviene siempre tenerlo a mano. Uno nunca sabe cuándo va a necesitar un extintor.

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Me gusta visitar una imagen preciosa que recuerdo de un poema de Joan Margarit.
Una mujer aparca en una calle cerca del mar. Baja del coche y, de la parte de atrás, saca una silla de ruedas. En ella coloca al chico y, empujándola suavemente, se dirige al mar. Entra en la playa por el pasadizo que forman las tablas de madera, pero el pasillo no llega hasta el mar sino que se detiene abruptamente a falta de algunos metros.
Entonces, la mujer coge al chico en brazos y sus pies, los pies del chico, dejan surcos en la arena conforme avanzan hacia la orilla.
Y los surcos son tristes, creo, porque hablan justamente de esos últimos metros en los que a veces se va difuminando, lenta, la vida.

Pero lo que no es triste es el amor.
Porque el amor es justamente el que recorre esos últimos metros –aunque la arena arda, incluso aunque arda– y, al final, cuando termina el poema y empieza la vida, puedo imaginar a la mujer que, firme, sigue sosteniendo al chico en la orilla.
Todo está escrito en esos últimos metros: quien se detiene en la comodidad de las tablas de madera, no llegará nunca al principio de las cosas.
El mar no empieza nunca en el espigón.
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Salí con prisas y con el teléfono sin cargar. Cogí el metro, me equivoqué de salida. Me perdí, claro, aunque luego, con Google Maps, terminé encontrando el sitio donde habíamos quedado.
“Estoy aquí”, dije al grupo, que llegaba en coche por otro lado. Mandé la ubicación. El grupo dijo “Vamos para ahí”, y yo respondí: “vale”.
Me senté en las escaleras del monasterio y, entonces, el grupo mandó otra ubicación: “mejor desde aquí que estamos acerca”. Yo dije “vale, voy”, y empecé a andar hacia allí.
De camino, inesperadamente, el teléfono murió. La ubicación desapareció. Fundido a negro. Me quedé con el móvil en la mano, rodeada de padres y niños a la salida de un colegio pensando, claro, que era otra vez Mercurio Retrógrado, pero luego me acordé de que ya se había terminado y de que era yo la que no había cargado el teléfono.

Siendo niña, al llegar a cualquier sitio, mi madre me buscaba un lugar fácilmente reconocible y señalándolo, decía: “Si nos perdemos, búscalo, yo iré a por ti en cuanto vea que no estás”. A mí eso me reconfortaba.
¿Qué hacer si nos perdemos ahora?
Volví al inicio de todo, me senté en las escaleras del monasterio de nuevo, pensando:
¿Vendrán?
¿Me encontrarán?
¿Pensarán que ya me he ido y se irán?
¿Vendrán?
Pero no venían. Y pasó un rato, luego otro, y yo veía a los niños de uniforme jugar con los perros, y los padres vigilándolos, y pensé que no hay nada más extraño que esa inquietud de no saber si alguien irá a por ti.
Entonces las vi. Ellas y los dos perros, entrando por el callejón, buscándome por la plaza, desorientadas también, como si yo fuera a estar a lejos, perdida. Que, en realidad, lo estaba.
Arranqué a correr a vida o muerte, como si escapara de un desastre nuclear. “¡Estoy aquí!”.
Pensé en algo que vengo repitiendo de un tiempo a esta parte, eso que dice Manuel Vilas: que te espere alguien en algún sitio es el único sentido de la vida, y el único éxito. Creo que no tiene razón. Que alguien te espere está bien, no lo discuto. Lo que está aún mejor es que, llegado el caso, alguien vaya a buscarte.

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Andar por los callejones soleados de Gràcia un martes cualquiera y escuchar, así en aleatorio, a Quique González, me hace volver al verano de mis veinticinco. Verano que se condensa, en mi memoria, en dos semanas en el Algarve, vacaciones sin ordenador, pero con Quique, claro, y con una amiga, de playa en playa, quemándonos siempre a pesar de la protección, llenas de picadas de mosquitos y sin dinero, pero las dos –cada una por su parte– completamente enamoradas y hablando de los respectivos en un bucle eterno mientras Quique vuelve a sonar.
Y como Quique González me recuerda a eso, a estar de vacaciones y complemente atontada, por eso, a Quique me gusta escucharlo cuando hace sol o cuando necesito que haga sol.
Aquel verano de mis veintincinco estábamos tan fuera de la realidad –tan absortas por aquella historia que luego, todo hay que decirlo, no nos salió a ninguna de las dos– que no nos enteramos ni siquiera de que en Portugal el reloj se atrasa una hora. De manera que estuvimos quince días viviendo con una hora de retaso –mental también– y esta mañana, cuando ha vuelto a sonar Quique y hacía sol he pensado que enamorarse tiene algo de no mirar el reloj, de vivir en otra hora, en la tuya, y que eso, además, te dé absolutamente igual.

Y estas flores de la foto son Pensamientos. Qué mejor título para toda esta historia de devaneos, veranos y de Quique, y de cuando hace sol en modo aleatorio.

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La vida está en los detalles y son ellos los primeros en cambiar. Por ejemplo, en la mesa baja del salón, donde antes había revistas y alguna que otra cerveza vacía, ahora hay otros libros y en algunos se lee First-time parent o Your baby. En la nevera, por otro lado, las viejas polaroids que cuelgan de imanes inverosímiles, los folletos de takeaway que tienen las esquinas ya dobladas, protegen ahora a una fotografía que cuelga exactamente del centro. Es una imagen en blanco y negro y en ella se distingue, también en el centro, algo en un color más blanquecino, algo que dentro de cinco meses será un bebé.

Es eso a lo que me refiero: la vida siempre se desliza hacia otro lado, hacia otra estancia, a través de esas lianas a las que llamamos detalles.
En esta ciudad inglesa hay un callejón que tiene un nombre que me gusta: Alma Road. Siempre que estoy de visita me acerco y hago esta misma fotografía. No sé si para ellos, para los habitantes de esta ciudad, este cartelito significa lo mismo que para mí. Que la belleza siempre está al acecho, aunque sea en un mísero callejón, en el nombre de una calle. In tutto c’è stata bellezza, que reza el título italiano de ‘Ordesa’, de Manuel Vilas.
Contaba Julian Barnes en una entrevista que al amar, no se puede escoger mucho. Se escoge poco o más bien nada, “con el amor no se puede ir con cuidado: hay que ir a por todas”. Antes pensaba que con la vida es igual y que lo importante ocurre y nos ocurre cuando no escatimamos, cuando vivimos a fondo perdido.

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Lo bueno de los días malos es que suelen terminar mejor de lo que empiezan. No hay ninguna pauta acerca de cómo se tuercen, pero en la escalada del desastre –cuya etimología, según leí, tiene que ver con “caos en los astros”– los eventos más significativos suelen desarrollarse por la mañana y toman una fuerza inusual conforme va avanzando el día.
A lo que iba. El día de ayer no mejoró ni con la tostada de nocilla de dos colores de la merienda, ni con el gimnasio a media tarde con las jubiladas del barrio –nena, y qué haces aquí hoy tan temprano–, ni mucho menos con mi intento de pintarme las uñas –que terminó con las cutículas rebozadas de pintura roja porque nunca he tenido pulso–.
Y sin embargo.
Existe una regla de oro para estos días: siempre ocurre algo muy bueno al final de lo malo. Algo que me lleva a aquello que decía mi abuela, que Dios aprieta pero no ahoga.
Una amiga me había recomendado un libro que me llegó por correo por la mañana. Ya en la cama, al borde del drama, lo abrí y, al ver la primera página, me quedé muda. Encontré aquel párrafo que leí hace años, el párrafo del que hice una captura de pantalla y me acompañaba sin haberlo podido ubicar. “He dado la vuelta al mundo”, empezaba.
Por fin te tengo, Antonio Orejudo, me dije. Allá vamos.
Me cubrí con la manta y me olvidé de las uñas rojas, los días raros, y del último martes de invierno. Después, me dormí con el libro en el otro lado de la cama sabiendo que por fin lo había encontrado.
Y hoy es miércoles, pero ya de primavera. Y sí, los libros también te encuentran a ti.

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Imposible mirar a través del retrovisor sin fijarse cada vez en el “objects in mirror are closer than they appear”. Que siempre me ha parecido que es un buen título para unas memorias.

Llegar a Chefchaouen y ver por fin el pueblito azul, que parece el fondo de una piscina. La historia cuenta que el color lo trajeron los refugiados judíos allá por 1930 y el color hace referencia al cielo. De manera que sí, la idea, creo, fue pintar un pueblo del color del cielo. Aunque ahora siguen insistiendo -quizás demasiado- con el azul y solo es para que los turistas podamos hacer fotos bonitas y subirlas a Instagram.

De vuelta en el coche, sabiendo que los objetos en el retrovisor están más cerca de lo que parece, subrayé esto de Mary Karr: “lo que más duele de la juventud no son las hostias que da el mundo, sino las estúpidas esperanzas que se hacen pasar por certezas”. Se equivoca con lo de estúpidas. Nunca son estúpidas, las esperanzas, son lo que nos permite mirar por el retrovisor sabiendo de dónde venimos y hacia dónde estamos yendo.

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