Hacer cosas que valgan la pena está sobrevalorado. Porque luego la gente espera que siempre seas así, lo dice Kate Winslet en Mare of Eastown y ahora casi no me acuerdo de qué va la serie, solo sé que me gustó, y que me acompaña esa frase desde entonces.
He pensado en ella hoy en la sala de espera del hospital. Al letrero del departamento se le han caído las letras y reza divertido “ nco ogia Radioterapica”. Ya lo podrían arreglar, me digo, pero si lo arreglaran no podríamos reírnos de estar en un lugar que no puede pronunciarse.
Digo que pensaba en la frase de Mare of Eastown porque delante nuestro iba una viejecita adorable, vestida impecablemente, como solo la gente mayor se viste ya, pero estaba triste y cabizbaja, que es el ambiente que suele haber por estos lares. Y he querido hacer algo que valiera la pena, por ejemplo, decirle si quería que entraba con ella y apuntábamos juntas los nombres de los medicamentos, que suelen ser largos y engorrosos.
He pensado que si hoy me dieran a escoger un trabajo que valiera la pena sería poder acompañar a la gente mayor que va sola al médico. O a la gente joven que va sola a determinados médicos. Este pensamiento -infantil, eso es cierto– me ha retrotraído al final de ‘El guardián entre el centeno’, el deseo utópico de ser el vigilante, el único adulto en el borde de un precipicio y tratar de evitar que los niños caigan por él.
Cuando salía la viejecita entrañable le he sonreído y me ha devuelto la sonrisa, o eso he intuido a través de la mascarilla. Luego también he pensado que quizás ella no necesitaba que nadie la acompañara, que a veces uno proyecta en los demás cosas y necesidades que son únicamente suyas. Sea como fuere me quedo con esto: acompañar a los demás, eso sí que me parece algo que vale la pena. Aunque después haya que pagar el hipotético precio de que la gente espere que estés a la altura.

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Ayer me mandaron este poema de Ida Vitale. Se titula ‘Amar a un conejo’.
Te dieron un conejo.
Te dejaron amarlo
sin haberte explicado
que es inútil amar
lo que te ignora.

Cuántos de nuestros problemas terminarían si en vez de tantos ríos y afluentes nos lo hubieran enseñado en el colegio.
*
Hablaba el otro día de Sally Rooney ahora que todo el mundo habla de Sally Rooney y quizás me habré hecho mayor, pero a veces querría llamar por teléfono a sus personajes y decirles que las cosas son más fáciles. Que en vez de liarse escribiendo larguísimos emails y echar mano de ambiguas citas literarias hace muchos años que existe el teléfono y las palabras, además de para perderse en florituras, también están para decir lo importante.
*
Lo que más me gusta de los libros de Sigrid Nunez es que en ellos las cosas no mejoran: solo siguen su curso. No hay grandes revelaciones ni giros de guion. Tampoco la gente deja de ser como es por alguna suerte de iluminación, y por eso sus libros se parecen más a la vida que a la literatura. En el último, ‘Cuál es tu tormento’, que tanto he subrayado estos días, aborda esa grandísima verdad: Susan Weil mantenía que el sentido real de ser capaz de amar al otro se resumía en poder formular esta pregunta: cuál es tu tormento. Yo añado que además de preguntar –porque sabemos que existen aquellos que preguntan por quedar bien– hay, sobre todo, que saber sentarse, decir “tengo tiempo”. O mejor: “tengo todo el tiempo del mundo”.
*
Lo que decía: que quizás me habré hecho mayor. Pero he llegado a Barcelona y llovía y por eso he vuelto a los conejos, a la empatía, y a Sally Rooney. Entonces he recuperado esta foto: no se aprecia la luz tan bonita que había aquel anochecer, pero se intuye. Así ocurre siempre, ¿no? Nos vamos acercando a las cosas. Sobre todo a las importantes. Quizás un día incluso estemos tan cerca que lo consigamos.

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Cuenta Jorge Semprún que cuando fue liberado de Buchenwald salió del campo con una idea fija: ir hasta una casa que durante años había estado viendo cada día durante su cautiverio. Llegó hasta ahí como pudo, débil después del infierno por el que había pasado. Llamó a la puerta y la mujer alemana que le abrió se asustó debido a su aspecto. Semprún, sin decir nada, entró en esa casa que en cierto modo conocía de memoria y se dirigió hasta la ventana del salón. A través de los cristales miró hacia el campo de concentración del que venía y solo en ese momento habló con la mujer y le dijo: «lo que suponía: se ve todo». Luego salió de la casa.

Es diferente ver que mirar. Imagino que aquella mujer había mirado miles de veces por la ventana, pero no había visto. No se había atrevido a hacerlo. Es cierto que puedes pasar toda la vida mirando por la ventana sin ver absolutamente nada.
El amor, lo repito muchas veces, es que alguien te vea. Con todo lo que eso conlleva. Ver consiste en dejar que la realidad entre en ti, que te rompa.
Todos estamos acostumbrados a mirar la vida a través de nuestras ventanas, es cuestión de tiempo y voluntad que un día decidamos ver. La posibilidad siempre está ahí.

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Lola inventó una expresión maravillosa. Dijo: «te quiero mucho de menos».
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Además, cogí hace unos días los ensayos de Lydia Davis y en ellos encontré una reseña sobre algunas frases de Lucia Berlin que se encuentran entre mis favoritas: «Una vez me dijo que me amaba porque yo era como San Pablo Avenue». O «Él era como el vertedero de Berkeley». Pero en ese vertedero que recuerda Berlin, allá donde mires, se ve el cielo.
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A lo largo de todos estos años he repetido que si había un lugar en el que nunca trabajaría ese lugar era la radio. El concepto «en directo» bastaba para darme escalofríos. Ayer empecé como colaboradora de La Ventana y constato que la vida se encarga siempre de ponerte en tu sitio. Algunas de las cosas que terminan siendo importantes para nosotros se nos presentan en un inicio revestidas de resistencias y miedos. Cómo me gusta ahora esto de la radio. Y cuánto tengo que aprender, por cierto.
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En la foto, venía de ver pueblos encantadores de la Provenza, todos limpios, prolijos, rodeados de lavanda y exquisitas tiendas, pero encontré el paraíso cerca de un cementerio de chatarra. Traté de hacerle una foto, pensé en las frases que se inventan los niños, en San Pablo Avenue, en la radio, en que cada uno termina avistando la felicidad en los lugares más desacostumbrados que quepa imaginar.

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El otro día entendí por fin qué significa el adjetivo «metafísico» cuando se aplica a un lugar geográfico. Lo entendí estando en una playa. El agua estaba tan congelada que todos hacíamos lo mismo: dejábamos la toalla agobiados por el calor y nos desplazábamos hasta la orilla. Hasta ahí todo normal. Tocábamos el agua. Un paso y después otro. Avanzábamos esperando que ocurriera el milagro: que nos acostumbráramos. Sin embargo, pronto llegaba el punto de no retorno. Cuando el agua te cubría hasta la cintura te detenías mirando el horizonte y allí podías pasarte un buen rato tratando de analizar los pros y los contras. Intentando dilucidar si merecía o no la pena tamaño sacrificio. Desde lejos, la playa ofrecía un insólito panorama: los bañistas, todos detenidos en el mismo lugar, el agua hasta la cintura y la vista fija en el horizonte. Podía parecer que estábamos atrapados en una cuestión trascendental, metafísica, pero solo se trataba de si merecía o no la pena el dolor del frío o si era preferible regresar al sol ardiente de la toalla. Casi todos emprendimos el segundo camino.
*
Leí ayer un artículo de Enrique Vila-Matas que contaba lo siguiente: «Eric Satie no abría nunca las cartas que recibía, pero las contestaba todas. Miraba quién era el remitente y le escribía una respuesta. Cuando murió, encontraron todas las cartas por abrir, y algunos amigos se lo tomaron a mal». Pero no era para tanto. Más tarde se publicaron las cartas con sus respuestas y el resultado fue muy interesante. Una suerte de teléfono escacharrado. Me pregunto si esa no es, en el fondo, la esencia de la comunicación: el malentendido. Eric Satie lo sabía y se ahorraba la lectura e inventaba directamente la respuesta a lo que le hubiera gustado leer.
*
Con respecto al punto uno, antes de irme de la playa me convencí de que
que era necesario meterme en el agua. Lo hice. Después de pasar ese punto metafísico de la cintura me hundí en el agua. Salí horrorizada. Este post tendría que ser una metáfora de que hay que atreverse, pero es todo lo contrario: si tenéis frío quedaos en la toalla. Vale para todas las situaciones de la vida.

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Me he enamorado de este texto, pequeño y certero, sobre el origen y el porqué de las historias. Está en ‘Vida secreta’, un precioso poemario de Javier Rodríguez Marcos.
“Cuenta un relato de la tradición jasídica que cuando el gran rabino Shem-Tov creía que se avecinaba una desgracia para su pueblo se retiraba a meditar en un lugar del bosque. Allí encendía un fuego, recitaba una plegaria y se cumplía el milagro de que la desgracia quedaba conjurada.
Años más tarde, cuando le tocó a su discípulo implorar al cielo por la misma razón, acudía a aquel mismo lugar en el bosque y decía: «Señor, escúchame. No sé cómo encender el fuego, pero todavía soy capaz de recitar la plegaria». Y el milagro volvía a cumplirse.
Más adelante, y también con el objeto de salvar a su pueblo, otro rabino se encaminó al bosque para decir: «No sé cómo encender el fuego, no conozco la plegaria pero puedo colocarme en el lugar preciso». Y eso fue suficiente.
Finalmente, cuando le llegó el turno a un rabino posterior, éste, sentado en un sillón, habló así a Dios: «Soy incapaz de encender el fuego, no conozco la plegaria, ni siquiera puedo encontrar el lugar del bosque. Todo lo que sé hacer es contar esta historia». Y aquello bastaba. Dios creó al hombre, concluye el cuento, porque le gustaban las historias”.
*
De niña, yo pedía siempre que me contaran cuentos “de inventiva”. No tenía sentido, al menos en mi opinión, escuchar siempre lo mismo: que el lobo se come a Caperucita, que la Cenicienta pierde un zapato. El término “de inventiva” hacía referencia a la necesidad de que la historia, aunque fuera conocida, variara ligeramente, que cambiaran sus detalles: a partir de ellos podía fabular, imaginar otros caminos, otras posibilidades.
Lo importante anida siempre ahí, en los detalles.
Existe esa frase hecha que todos hemos repetido mil veces enfadados: “no me cuentes historias”. Pero nada tan falso: en realidad, todos queremos que nos cuenten historias, desde el rabino Shem-Tov hasta la niña que sigo siendo yo. Así que si algún día queréis hacer un buen regalo, regalad una buena historia.

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Antes de que empezara el verano, una amiga me dijo: «De las mayores desventuras nacen algunas de las mejores aventuras». Le respondí que se dejara de tonterías, que era una frase muy de taza de Mr. Wonderful, pero ayer me detuve frente a esta atracción, Fantasy, y volví a esa frase de Camus que cito tan a menudo: «En medio del invierno descubrí que había en mí un verano invencible».

La verdad es que está siendo un verano extraño lleno de pequeñas aventuras en la ciudad. Descubrí un lugar donde cocinan un baba ganoush increíble -casa de mi amiga Angie–, comí en una terraza de Poble Sec y me atraganté con una alcachofa que tenía esos pelos que se quedan en la garganta, –y nos reímos mucho–, tengo un compañero de piso nuevo durante diez días, un hámster de quince centímetros que come fresas sin parar, vi mi primera película de Atom Egoyan, aprendí a hacer una cosa que no sé ni pronunciar: chakrasana, me leí muchos prospectos de fármacos y milagrosamente los entendí, vencí la pereza de lavar las cortinas , y preparé una ensalada que lleva sandía, quinoa y hojas de menta.

Y hoy he leído dos poemas maravillosos, uno se llama: ‘Poema pleno de amor para Elena Ferrer’, de Juan Antonio González Iglesias (es largo, no me cabe por aquí), y este otro de Ángeles Mora que os copio abajo:

GASTOS FIJOS

Estuve haciendo cuentas
pues no sé hacer milagros
ni esas cosas que dicen
sabemos las mujeres.

Y ahora que estás lejos me pregunto
si acaso vivir sola
no me cuesta más caro.

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He comentado ya mis líos con los GPS y la pelota de google maps. Últimamente me sigo equivocando, y me ocurre que en esos momentos en que los caminos -el de la pelota y el mío- se bifurcan irremediablemente hay unos segundos en que dudo y pienso que es el GPS que se ha confundido. Que la ruta se enderezará y tendré razón al fin. Que es una cuestión de falta de cobertura. Nunca ocurre.
*
Llegué a Portbou, al memorial de Karavan, en homenaje a la última parada de Walter Benjamin. Es un lugar a medias, un lugar de tránsito. Unas escaleras cubiertas con un túnel de acero conducen hacia el mar. Protegido tras una pared de cristal se lee, inscrito, un fragmento de Benjamin: “Es una tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de las personas célebres. La construcción histórica se consagra a la memoria de los que no tienen nombre”.
De Benjamin me gusta su carácter fronterizo, que para mí significa la virtud del que ve la vida desde los dos lados.
*
Casi nunca ocurre esto de que la pelota se equivoque. Pero hay unos instantes mágicos en que se queda dubitativa, sin avanzar. Y yo seguí al tipo del sombrero, el que aparece en la foto. Esperé un buen rato, pero no se movió. No supe muy bien qué hacía, y supongo que se me vino a la cabeza todo este asunto de los GPS, pero también, misteriosamente, esta frase de Cervantes que vale para todo, incluso para seres de frontera: “saber sentir es saber decir”.

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A veces conviene recordar el monólogo de La Agrado en ‘Todo sobre mi madre’.
«Me llaman la Agrado porque toda mi vida solo he pretendido hacerle la vida agradable a los demás. Además de agradable, soy muy auténtica. Miren qué cuerpo, todo hecho a medida: rasgado de ojos 80.000; nariz 200, tiradas a la basura porque un año después me la pusieron así de otro palizón… Ya sé que me da mucha personalidad, pero si llego a saberlo no me la toco ». Y termina de enumerar sus múltiples operaciones así: «porque una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma». Y tiene razón, pero cabría preguntarse a qué responde el sueño.
*
Por otro lado, el sábado nos subimos a un invento diabólico llamado Crazy sofa. El adjetivo crazy debió haber bastado para disuadirnos y abortar misión. Se trataba de una suerte de sofá hinchable remolcado a una lancha que cogía una velocidad de infarto y literalmente volaba sobre las olas. No os queráis imaginar lo que le ocurría al sofá, que iba dando bandazos y girando como la cabeza de Linda Blair en ‘El exorcista’. Íbamos las cinco agarradas como si no hubiera un mañana. Risas, adrenalina, tortícolis, rozaduras en los nudillos de la fuerza de agarrarse, y náuseas, muchas náuseas. Todos los veranos me ocurre algo similar: años atrás hice un safari acuático (mal) y también me atreví con el windsurf (muy mal). Y yo me pregunto: ¿por qué sigo haciendo cosas que ya sé cómo acaban? Supongo que porque es verano, porque empieza agosto y tengo la sensación de que hay que atreverme con experiencias nuevas. Y como veis, no son experiencias transformadoras del estilo de hacer el camino de Santiago, no. Es subirme al crazy sofa.
*
En fin. Feliz agosto. Recordad el monólogo de La Agrado y sobre todo no os subáis en nada que lleve la palabra crazy delante.

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Así, a bote pronto, se me ocurren:
–A Juan, electricista y ávido lector que iba a mi lado en un vuelo a Santander que terminó aterrizando en Oviedo por aquella tormenta terrible. Gracias por darme la mano mientras yo ya pensaba que aquello se iba a caer.
–A la recepcionista de un hostal en Cuzco, que me acompañó a las 5 de la mañana a una parada de autobús para que no fuera sola.
–Al dueño de un Alfa Romeo de color rojo que años atrás me llevó hasta casa en una noche de lluvia.
–A la taxista argentina que vino a traerme hasta la puerta de casa el bolso que me había dejado y no quiso cobrarme la carrera.
–A la carnicera que me regaló un par de libritos porque le recordaba a su hija.
–A la mujer del 061 que me dijo que se iba a ocupar personalmente y que no iba a parar hasta que lo lograra.

El otro día leí un hilo de twitter en que varias personas daban las gracias a toda esa gente desconocida y de buen corazón que uno se encuentra en momentos complicados. Gente que, sin conocerte, te ayuda. Me gustó leer ese hilo, confirma lo que siempre pienso aun a riesgo de que se me considere naif: el mundo está lleno de buena gente pero solo hablamos de la mala.
*
Y a propósito de los agradecimientos aquí este monólogo de John Nash en la película ‘Una mente maravillosa’, en la ceremonia de entrega del Premio Nobel.
«¡Gracias! Siempre he creído en los números. En las ecuaciones y la lógica que llevan a la razón. Pero, después de una vida de búsqueda me digo, ¿Qué es la lógica? ¿Quién decide la razón? He buscado a través de lo físico, lo metafísico, lo delirante, … y vuelta a empezar. Y he hecho el descubrimiento más importante de mi carrera, el más importante de mi vida. Solo en las misteriosas ecuaciones del amor puede encontrarse alguna lógica. Estoy aquí esta noche gracias a ti. Tú eres mi única razón de ser. Eres todas mis razones. ¡Gracias!».
*
En fin: conviene hacer determinadas listas, aunque sea mentalmente, todos los días antes de salir a la calle. Conviene, también, acordarse de John Nash, de que existe eso tan necesario y que a veces damos por hecho. Ya sabéis de qué se trata.

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La frase me pareció un poco cursi, pero entonces recordé la siguiente historia.
En la etapa del conductismo de B. F. Skinner –lo estudiamos todos en el colegio– se defendía que a los niños había que criarlos en espacios cerrados, protegerlos de la presencia contaminante de la madre. No se hablaba aún, claro, de la importancia de los vínculos o de las figuras de apego y todas esas cosas. A finales de 1950, el psicólogo Harry Harlow empezó a llevar a cabo una serie de experimentos con monos para demostrar que los niños necesitaban el afecto para crecer. Uno de estos estudios es el de las llamadas «madres monstruo». Aislaron a los monos y los separaron de sus madres, a las que reemplazaron, en un caso por unas muñecas de alambre y, en el otro, por unas muñecas de trapo suave. A las figuras de alambre se les acopló un biberón, de manera que los monos tendrían que haberlas escogido en el caso de que predominaran las necesidades de alimento como se creía en esos momentos. Pero el tema es que manifestaron una preferencia absoluta por las madres de trapo. Se agarraban a ellas tanto si tenían leche como si no. A la madre de alambre solo se acercaban para mamar, alejándose enseguida de ella para regresar a esas madres de trapo sin alimento en las que encontraban cobijo, en las que podían acurrucarse.
Este experimento de Harlow me cuenta casi todo lo que sé de los apegos y del amor. Que por otro lado tampoco lo sé por mí misma sino porque se lo leí en una newsletter a Nick Cave. El amor tiene mucho que ver con el concepto de «ser visto». Acoger a alguien de verdad es decir «te veo. Te reconozco».
Así que bueno, al final lo cursi termina teniendo mucho más de verdadero que de cursi.

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Ha salido el sol por primera vez desde que llegué aquí y he puesto un pie en el mar, ese mar del norte que siempre está mucho más frío de lo que a mí me gustaría, y me he dado la vuelta hacia la toalla. Hacia mi libro.
Ahí, he encontrado esta historia maravillosa que relata Paul Auster en ‘Brooklyn Follies’. Todas las tardes, siendo ya mayor, Kafka salía a dar un paseo por el parque y un buen día, se encuentra con una niña pequeña que está llorando a mares. Kafka le pregunta qué le ocurre, y ella contesta que ha perdido su muñeca. Inmediatamente, el escritor se pone a inventar un cuento para explicarle lo que ha pasado. «Tu muñeca ha salido de viaje», le dice. «¿Y tú cómo lo sabes?», le pregunta la niña. «Porque me ha escrito una carta. Me la he dejado en casa sin darme cuenta, pero mañana te la traigo». Lo dice tan serio que la niña no sabe qué pensar. Kafka regresa a casa para escribir la carta y no defraudar a la niña. Si se le ocurre una mentira bonita y convincente, podrá sustituir la muñeca perdida por una realidad diferente y así acompañar a la niña en el duelo por la muñeca perdida. Durante tres semanas, todos los días, Kafka le entrega cartas a la niña donde le cuenta acerca del paradero de la muñeca. Que necesitaba ver mundo, que se ha ido a estudiar, que necesitaba conocer a gente nueva. Finalmente la muñeca se casa y le escribe a la niña una carta de despedida, pero para entonces, claro, la niña ya no echa de menos a su antigua amiga. Kafka le ha dado otra cosa a cambio, una historia, un regalo, un lugar que habitar.
He cerrado el libro y he pensado que era 15 de julio y que aún no me había bañado en el mar. Y me he bañado, aunque hiciera frío porque yo también quería una historia que contar. Aunque fuera de esas anodinas, tan anodinas como darte un baño cuando el verano ya hace rato que empezó.

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De niña vivía pendiente de que nos tocara la lotería. Ocurrió después de que nos tocara un lote navideño con dos jamones que ni siquiera cabía en la mesa de la cocina. Después, sabiendo que ya nos había ocurrido una vez, viví muy pendiente de que nos volviera a tocar algo de nuevo. Obligaba a mi familia a comprar más de un boleto en las ferias mientras escuchaba atenta el resultado y a un hombre anunciaba «otro perrito piloto», pero siempre eran peluches y juguetes para otros niños. Secretamente, y no tan secretamente, seguí soñando con loterías, con habitaciones llenas de juguetes, piscinas de altísimos toboganes. Huelga decir que nunca más nos volvió a tocar nada y me quejé, con un punto de dramatismo peliculero, de que nunca teníamos suerte. Recuerdo que mi padre que dijo serio que en la vida él no pedía la lotería de las piscinas y los toboganes, que a la vida solo le pedía que no le tocara la otra, la lotería de lo peor. Que también existe.
*
Isak Dinesen mantuvo a lo largo de la vida varios lemas que se adaptaron a los diferentes momentos por los que pasó. Uno de ellos, que se atribuye a Pompeyo Plutarco, dice: «Navigare necesse est vivere non necesse» (Navegar es necesario; vivir no). Con él hacía referencia al motor que movió su vida: ese viaje que no termina jamás, al movimiento en el que todo sucede.
*
Nunca me he hecho un tatuaje ni me lo haré, pero ayer, mirando esta piscina, pensaba en que, de hacerlo, me tatuaría esa palabra: navigare. Supongo que la vida entera sucede entre estas dos loterías, la buena y la mala. Con los años he ido entendiendo a mi padre, entendiendo también que no por mucho pedir la buena acaba tocándote ni por mucho alejarte de la mala logras burlarla. Que lo único que puedes hacer es navegarlas.

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Te dedico:
Un atardecer desde la muralla de una ciudad antigua.
La canción que dice lo que no me atrevo a decir.
El gol que da la victoria.
Las ganas de empezar.
Un libro: «A los supervivientes», o «A los que buscan».
El silencio.
El dibujo que hice en clase porque me aburría.
Una fotografía de esa esquina que te gusta.
El poema que dice lo que no me atrevo a decir.
Un brindis por lo que vendrá.
El primer día sin mascarilla.
Una cima, cualquiera, que haya subido con esfuerzo.
Esta cita de Albert Camus: «En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible».

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No he sabido hacer la foto, pero del cielo de las cuatro de la tarde de la plaza Sant Felip Neri, una de mis favoritas de Barcelona, llovían pétalos de acacia. La plaza se ha quedado tapizada de amarillo mientras mirábamos todos al cielo y una niña corría de un extremo al otro y hacía lo que todos queríamos hacer: alargar los brazos para atrapar con los dedos algún pétalo antes de que tocara el suelo. Estábamos en silencio. Al fondo de la plaza un tipo tocaba la armónica. Rodeando la fuente, pensaba en ese deseo que existe desde el inicio de los tiempos: que no se nos vayan los días así de rápido, que siempre haya acacias que florecen en las plazas y las calles de la ciudad.
*
Esto de Ali Smith: «Imagino que, sea lo que sea que haya olvidado, está acurrucado muy cerca de mí, como un pájaro dormido. Un pájaro salvaje. De cualquier especie. Ya sabrás la especie cuando te pase. Y entonces lo que hago es sostenerlo sin apretar demasiado y dejar que duerma».
*
O esto que leí en ‘La vida pequeña’ de J.A Gomez Sainz: «Durante un tiempo me ha gustado especular con la idea de ir a vivir a un sitio donde –por seguir la triada de Camus– se trabajara, se amara y se muriera de otra manera. ¿De qué otra manera? Con la sospecha de que existe otra cosa».
Pensaba hoy que esa otra cosa es justamente eso, la vida, detenerse una tarde cualquiera en una plaza cualquiera mientras hay pájaros dormidos, perros que corretean por ahí mientras persiguen a niñas que a su vez tratan de salvar a los pétalos de la inevitable gravedad. Mientras otras, como yo, piensan en esa otra cosa que es la vida. Que es estar ahí, por ejemplo.

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Un par de cosas.

La primera.

No sé dónde leí una frase interesante de esas para que nos acompañen ya no unos días sino toda la vida: que no hay que esperar a que la vida sea fácil para ser feliz.

La otra.

Un chico al que conocí hace poco contaba que odiaba las bodas, pero que en el hipotético caso de que algún día se casara ya tenía pensado en qué consistiría el menú. Quería una boda exclusivamente de postres. Tiramisú, tarta sacher, cuajada, pastelillos de hojaldre rellenos de crema, tarta tatin, crème brûlée, mochis de te verde, mousse de chocolate, cheese cake, helado, tortel de cabello de ángel. ¿Por qué reservar siempre lo bueno para el final? Si además, luego, cuando llegan los postres, a menudo ya no tienes hambre.

El bonus track.

Esta foto que me hizo el otro día Jennifer a través del cristal. Seguro que pensaba en una vida de postres y patatas fritas, en no dejar para más adelante, perdonadme el tópico, todas las cosas buenas que puedas hacer hoy.

Foto: @dear__jennifer

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Preparaba un texto sobre la nostalgia y lo hice mientras paseaba por la playa de la foto en este verano que ya se intuye. La de la foto no es una ciudad en la que querría vivir nunca más, pero pensaba en la persona que era yo cuando paseaba por ahí. Uno quisiera volver a los sitios donde vivió no por los sitios en sí, si no por rescatar a la persona que fuimos, por vivir de nuevo una versión mejorada de la existencia. Como en un borrador que, cuando estuviéramos listos, pudiéramos pasar a limpio.
*
Todo, afirmaba Epicteto, tiene dos asas: una por la que se puede asir y otra por la que no, una gran reflexión que me acompaña especialmente estos días. Se me ocurren varios asideros por los que es mejor no agarrar la vida, el de la nostalgia es complicado. Parece que no quema, pero termina abrasándote los dedos.
*
Lola estrenó la semana pasada unas chanclas que le compré en Brasil hace un par de veranos. Nunca acierto con las tallas de los niños, así que la pobre va vestida con ropa que ya ni está de moda. El otro día, su madre me mandó un video de Lola con sus flamantes hawaianas y le preguntaba: «¿De qué país vienen las chanclas que te compró Laura?». Mirando a cámara, Lola respondía: «Del Verano». Lola sabe ya mejor que nadie que las estaciones son también y especialmente países, lugares a los que uno pertenece. Eso sí que me da nostalgia: desaprender las grandes verdades que atesoramos de niños.

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«Me he acostumbrado a ordenar los recuerdos de mi vida con un cómputo de novios y libros.(…) Todos los humanos recurrimos a trucos semejantes; sé de personas que cuentan sus vidas por las casas en las que han residido, o por los hijos, o por los empleos, e incluso por los coches. Puede que esa obsesión que algunos muestran por cambiar de automóvil cada año no sea más que una estrategia desesperada para tener algo que recordar».
Para ser tenemos que contarnos y para contarnos tenemos que recordar. Repito a menudo que la memoria es el gran editor de nuestras vidas, que sin ella moriríamos porque es connatural al ser humano ese deseo de contarse, ese deseo de dar con un relato y el relato se construye al mirar atrás.
Y en mi caso, coches no porque no conduzco, casas o habitaciones tampoco porque me habría perdido en el recuento, hijos tampoco, así que, como Rosa Montero, autora de la frase de arriba, yo también cuento los años en cómputos de novios y libros. Pero además de recordar todo lo que fue, recuerdo especialmente lo que no fue. Ayer, por ejemplo, paseando por este paseo de Calafell, donde pasé algunos días quince años atrás, recordé con una claridad meridiana a un malagueño del que yo andaba perdidamente enamorada por aquellas y con el que a lo largo de los siete años de carrera nunca terminé de cruzar más de dos palabras seguidas.
Lo cuentan las películas y las canciones: no siempre se recuerda lo que fue si no lo que uno hubiera querido que fuera. Y en ese mismo orden de cosas, recuerdo también las novelas que hubiera querido escribir, las ideas que se quedaron en el tintero. Aquel relato que nunca supe terminar.
Enrique Vila-Matas tiene una frase que me gusta: «A veces tengo la sensación de que surjo de lo que he escrito como una serpiente surge de su piel». La modifico ahora: a veces tengo la sensación de que surjo de lo que no he escrito como una serpiente surge de su piel.
Porque también nos definen los deseos, las tentativas. Y las biografías deberían empezar por ahí: por reconocer que lo que no pudimos o supimos vivir, que lo que no pudimos o supimos escribir es justamente aquello que en ocasiones termina por definirnos.

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«Barthes escribió que la naturaleza de un objeto tiene que ver con la manera en que se convierte en basura». Esa es una de las preguntas que le hacía Anatxu Zabalbeascoa a Alice Rawsthorne en una entrevista. Aquello me trajo a la cabeza, salvando las distancias, la mítica frase de Nora Ephron: «Never marry a man you wouldn’t want to be divorced from». Resumiendo: si no estas seguro de poder hacerte cargo de algo en todas sus versiones no lo compres.
*
Vi esta semana ‘Toni Erdman’, una película que os recomiendo muchísimo. No cuenta nada que no se haya contado –la historia de una hija y un padre que están distanciados– pero como siempre, no se trata del qué sino del cómo. En la película, que es un disparate milagroso, el padre se inmiscuye en la vida de su hija disfrazándose de los más variopintos personajes porque teme que su hija no sea feliz y quiere averiguarlo. En mi escena favorita, padre e hija están en casa de unos casi desconocidos pintando huevos de pascua y para agradecerles la hospitalidad el padre anuncia que la hija va a honrarles con una canción. La hija lo mira atónita pero, obligada por su padre, que empieza a tocar en el piano las primeras notas de ‘Greatest love of all’, de Whitney Houston, termina cantando la canción a grito pelado. Al principio me pareció un poco cursi, pero luego me detuve en la letra y entendí que aquel era un poco el resumen de la película (y de la vida si nos ponemos grandilocuentes).
*
«Siempre queremos una vida, ¿verdad? Creemos que las cosas que son la vida no son la vida». Como si la vida nos estuviera esperando en esa parte donde no estamos. ‘Toni Erdman’ va justamente de eso. De que pasan los años y uno no se acuerda de aquella tarde en la parada en el autobús, del membrillo para merendar, o del tedio del Tour de Francia en agosto. También eso es la vida, especialmente eso, sin olvidarse jamás del recordatorio de Nora Ephron, que ayuda a no añadir dificultades a lo que ya de por sí es difícil.

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No de mucha gente puedo decir lo que digo de Franco Battiato: que me sirve tanto para los buenos días como para los malos. Más allá de que sigo abonada desde que nací a la frase de cerco un centro di gravità permanente, me pongo sus canciones a menudo, en días de sol, pero también en días menos claros. Por ejemplo, esta canción, ‘Sentimiento nuevo’, y que canto como si supiese lo que dice. Qué manera tan maravillosa esta de hablar con lenguajes que no entendemos del todo, como quien mira por un agujerito pero no ve la habitación entera: «Es un sentimiento nuevo/Che mi tiene alta la vita/La passione nella gola/ L’eros che si fa parola». La pongo y el día ya es un poco mejor.
*
He encontrado esta foto que me dio mi tío entre las páginas de un libro que leí hace años. Dediqué ‘La gente no existe’ a los que fuimos, así que supongo que también a la niña de la foto. A veces me pregunto qué le diríamos a todas esas personas que hemos sido, pero solo hoy he encontrado la respuesta. La he leído en el Instagram de @buarena y es una frase preciosa que le robo y que os recomiendo que leáis en su último post. Dice así: «en el cielo se nos evaluará en amor». Me ha recordado a las líneas que encabezan ‘Sobre la belleza’, de Zadie Smith: «El tiempo es cómo invertimos el amor». Ahí está. Verdades que tardamos tiempo en comprender, como si fueran parte de un lenguaje antiguo y olvidado que empezamos a intuir un poco a ciegas, y al que nos vamos acercando lentamente hasta que al fin vemos el dibujo escondido y entendemos la canción.

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