Volvimos ayer al último restaurante al que fuimos antes de que lo cerraran todo. Diez de marzo y nosotras que no nos lo creíamos «qué va, esto es una tontería. En dos semanas se pasa», creo que dije. Ahí sentadas, seis meses después, con los dim sums y el arroz de flor de cereza, lo vi todo como en un sueño, como cuando en las películas el personaje está a punto de morir y por su cabeza se suceden flashes, imágenes que son el resumen de su vida.

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Mi madre tiene una teoría. Cuando todo esto empezó, cuando las fatalidades se fueron sucediendo una tras otra, dijo que ella ya había tenido la premonición de que todo iba a salir mal. Fue el 31 de diciembre, por Nochevieja, cuando no pudo terminarse las uvas. Se atragantó a partir de la sexta. Cuando escuchamos la teoría, mi hermano y yo nos reímos. Sin embargo, aún ahora, cada vez que escucho las noticias o entro en twitter, pienso: «mamá, las uvas»

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En un curso en el que estoy, una mujer muy sabia contaba que la vida es como el camino de Santiago. Hay distintas etapas y en cada una de ellas te acompaña gente distinta. En ocasiones, vais al mismo ritmo y el grupo se mantiene. En otras, unos van más rápido y el grupo se diluye. Pierdes de vista a algunos, te los vuelves a encontrar más adelante o quizás no. Contaba que a ella le había costado casi toda una vida entender eso: los acompañantes de la etapa, esa gente con la que disfrutaste tanto, quizás ya no estén en la próxima. Pero está bien que así sea. Cuesta mucho aprender a hacerlo, pero soltar es también ser capaz de dar paso a lo nuevo.

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Supongo que pensaba en eso ayer, subiendo a casa seis meses después, con esa especie de melancolía que supone echar la vista atrás. A mí, lo que me salva siempre son los compañeros de etapa. Y por otro lado, solo puedo deciros que este 31 de diciembre voy a asegurarme de que mi madre se termina las uvas una a una.

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Sobre la necesidad de decir muy a menudo «terrific», aunque no sea del todo cierto:

En la última escena de ‘Kramer contra Kramer’, una llorosa Meryl Streep se abraza a su ex, a Dustin Hoffman, y habiendo tomado una sabia e irrevocable decisión, se mete en el ascensor. Antes de dar al botón para que se cierren las puertas, mira a su ex, que se queda fuera. Tiene esa pinta de congoja de cuando uno ha llorado desconsoladamente un buen rato. Entonces, en un giro hacia lo banal, le pregunta por su aspecto. Nadie quiere estar hecho una piltrafa cuando se dispone a dar según qué noticias. Dustin Hoffman, mirándole a los ojos le responde «Terrific», que es una de mis palabras favoritas en inglés. Y que es una mentira como una casa, porque ella para nada está terrific. Pero a veces, en la vida, cuando las cosas me salen mal, me lo repito a mí misma. Terrific, Laura. Y entonces todo es menos grave y me convierto en Meryl Streep dentro de un ascensor.

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Sobre la necesidad de coleccionar silencios, aunque a veces sean incómodos:

Hay un personaje de un cuento Heinrich Böll que se dedica a coleccionar silencios. Le ha tocado vivir en una época y en un país terrible, la Alemania de después de la guerra, y trabaja en la radio. Una de sus tareas es preparar las cintas grabadas para su emisión. Él tiene que revisarlas, y hacer cortes, para evitar las pausas innecesarias. Pero no tira esos trozos, los guarda en una caja con la intención de volver a unirlos un día y obtener así una cinta en que lo único que se escuche sea el silencio.

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Sobre la necesidad de pasear por delante de esta puerta enrollable al menos un par de veces por semana:

No para tomarse algo ni para pensar en Descartes si no para recordar que estamos aquí. Que tenemos suerte. Que también lo pasamos mal, que es domingo, que hace sol, que podemos tomar un helado de nieve japonés, que hay cines, que nos quejamos, que sentimos, que a veces nos quedamos sin palabras, que nos enamoramos, que llega el otoño, que alguien te dice «terrific», que aún no es tarde. Que todo esto. Que tantas cosas. Luego, existimos.

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Cuando escribía la novela viajé muchas veces a Ibiza para documentarme y buscar lo que quería encontrar. Una de esas veces, a finales de noviembre, la isla quedó anegada de agua después de una tormenta como he visto pocas. Me refugié en el hotel Montesol, que por aquellos entonces acababan de renovar, y, sentada en una mesa pequeña, me pedí, como siempre, una de mis ensaimadas rellenas de cabello de ángel. Al lado se sentó una mujer mayor, elegante y misteriosa y, como estábamos las dos solas, acabamos hablando. Me contó su vida, sus idas y venidas, y su amor incondicional por aquella isla que había cambiado tanto en tan poco tiempo. Solo cuando había dejado de llover y pagué la cuenta para irme, me preguntó qué me había traído a mí a aquella isla lluviosa a las puertas del invierno. Le dije que estaba escribiendo una novela y que necesitaba documentarme. Entonces se me quedó mirando fijamente, con sus ojos increíblemente azules, aún los recuerdo, y sentenció: «Tú no estás aquí para escribir una novela. No te engañes». Y quise preguntarle por qué lo decía, incluso añadir que no entendía de lo que me estaba hablando, pero no hubiera servido de nada.

Aquella fue la última vez que viajé a Ibiza. Cuando volví, la frase de aquella mujer me persiguió durante mucho tiempo y a veces, incluso ahora, sigue conmigo. Y me recuerda que nunca sabemos la razón última por la que hacemos las cosas. O la sabemos pero no logramos juntar las palabras adecuadas para decirla (y mira que sería fácil).

Escribir una novela sirve, entre otras cosas, para comprender que incluso cuando escribes una novela estás tratando de contarte algo que no hubieras logrado explicarte de otro modo. Escribir es buscar lo que está ahí, encerrado. Para mí, después de todas esas idas y venidas a esa isla a la que no creo que vuelva, fue comprender que la vida a veces se nos escurre entre esas dos frases que encabezan la novela.

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Al final, lo entendí. Ayer me subieron en una báscula que parecía una nave espacial. Me pidieron que sujetara una barra, que la extendiera, y que me quedara ahí unos instantes. Aquello empezó a vibrar y yo ya esperaba el humo, las lucecitas, el «3, 2, 1». Entonces, cuando la cosa prometía, se detuvo. Siempre ocurre lo mismo: las cosas se acaban cuando se ponen realmente interesantes. El entrenador que estaba conmigo me miró sonriente y me dijo que tenía una edad metabólica de 21 años. Él esperaba, estoy segura, que yo me sintiera orgullosa. En lugar de eso, me salió una mueca. Pero no se lo conté. No le dije que mi edad mental ronda los 86 y que eso, claro, son 65 años de diferencia.

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Siempre estamos un poco –o muy– perdidos. A la que la conversación empieza a ir en serio, a la que uno se arranca y cuenta algo de verdad, el de al lado le sigue. Y entonces ya no se habla de trabajo ni del nuevo restaurante del barrio. A veces pienso en los exploradores, en que siempre estaban perdidos en sus expediciones puesto que nunca habían estado en esos lugares. Nunca esperaban saber exactamente dónde estaban. Lo que les hacía sobrevivir era su optimismo a la hora de pensar que iban a encontrar el camino. No nos encontramos a nosotros mismos hasta que no estamos perdidos o hasta que perdemos el mundo y podemos reconocer dónde estamos.

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Contaba Charles Baudelaire que esta vida es un hospital en el que cada enfermo está poseído por el deseo de cambiar de cama. Este deseo tiene que ver con hablar poco porque cuando te sientas en la cama de al lado y hablas cinco minutos con tu compañero de habitación te das cuenta de que está exactamente en el mismo lugar que tú.

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Sé que uno nunca querría estar perdido. Pero una vez leí que la certeza es una cosa muerta, así que aunque a veces busque cifras que justifiquen ese sentimiento de perpetuo extravío –65 años de desnivel lo justifican perfectamente–, al final llego a esa misma conclusión de los exploradores: lo único que no hay que perder es la esperanza de encontrar el camino.

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En ‘El sueño’, una obra de teatro de August Strindberg, hay un personaje que lo que más desea en el mundo es que la vida le conceda una de esas cajas verdes en las que los pescadores guardan la carnada, el hilo y los anzuelos. La desea tanto que la ha imaginado hasta el último detalle. Así, transcurren sus días lentamente mientras suplica a los dioses que se apiaden de él y le concedan su tan ansiado deseo. Tal es su insistencia que finalmente, cuando su vida toca ya a su fin, los dioses le ayudan a cumplir su deseo. Y es entonces cuando el personaje, viejo, maltratado por la vida y por aquel anhelo que se ha visto permanentemente incumplido, se acerca al proscenio, observa durante un buen rato la cajita y luego, con una insondable tristeza, casi insoportable, exclama: «No era este verde»

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Dicen que soñar es gratis. Pero lo que no lo es, es equivocarse de sueño.

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Solo muere un amor que ha dejado de soñarse. Las cosas, recordémoslo, solo pueden morir cuando están vivas. De ahí que muchos prefieran quedarse con la proyección, con el deseo, esa antesala de la realidad en la que todo vale y todo es posible aún. Luego llega la caja verde y se impone la insalvable distancia entre lo soñado y la realidad. Y lo peor es que no solo le pasa al personaje de Strindberg. Lo peor es que nos pasa a todos: nunca es ese verde.

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La vida moderna, la mal llamada nueva normalidad, acabará pronto conmigo. Ayer, sin ir más lejos, sufrí un pequeño percance en la recepción del gimnasio. Llevaba varios bultos encima, todo mezclado. Para los despistados la nueva normalidad es una verdadera gincana. Si ya tenías que acordarte de algunas cosas –el pin de la tarjeta, la contraseña del icloud, del correo, de HBO, del número del pasaporte–, súmale ahora el gel, la distancia de seguridad y la omnipresente la mascarilla.
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Tengo un leimotiv para estos días de septiembre, sobre todo para cuando no llega el pago de las facturas y alguien pretende convencerte de que está bien que aceptes una pequeña reducción –del 60 %, por ejemplo– de la cantidad inicial que pactaste. Por eso, me compré una lámina en la que se lee esta frase de Iris Apfel: «More is more, and less is a bore». He pensado que cuando me lleguen emails de este tipo les mandaré la ilustración que desmiente la mítica frase de Mies van der Rohe. Menos no es más. Menos es un fastidio.
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Con respecto al incidente de ayer, fue todo muy rápido. Yo llegaba tarde y me había asegurado de coger todo lo que había en la taquilla: bolsos, bolsas, mi comida del mediodía, los auriculares, la pulsera de goma negra para salir del gimnasio. Entonces llegué a los tornos de salida y me sonó el teléfono, lo cogí, y resulta que no podía pasar por el torno porque la pulsera estaba mojada. Forcejeé y, desde la recepción, un chico me lanzó una mirada asesina: «la mascarilla». Triunfante, me miré el codo, donde me la cuelgo siempre para no olvidarla y vi el elástico. Pasé por fin el torno, me acerqué a recepción, sonriendo con superioridad, y entonces fui a ponerme la mascarilla, aún con la llamada, que colgué de golpe cuando descubrí el elástico de otra cosa, pero ya era tarde porque le estaba enseñando al recepcionista, que me miraba ojiplático, unas bragas negras que me había desenrollado del codo. Quise decirle «pero están limpias, eh», pero me tuve que ir porque él, literalmente, se atragantó de la risa. Guardé las bragas y saqué del fondo de la ropa, por fin, el elástico de mi mascarilla.

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Cuenta Emmanuel Carrère en ‘De vidas ajenas’ que lo que salva una vida del fracaso más absoluto no es el éxito, tampoco que te publiquen en las editoriales más prestigiosas, que adapten tus libros y lleguen a Hollywood, o que viajes en primera en vuelos transoceánicos. Después de haber experimentado en sus carnes una catástrofe –el tsunami del sudeste asiático de 2004–,llega a esa misma conclusión que adelantó Raymond Carver unas décadas antes en aquellos versos llamados ‘Ultimo Fragmento’

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Me hablaron el otro día de las palomas mensajeras. En las películas, estas recorren un largo camino para finalmente entregar a su destinatario aquel mensaje que será vital para el desenlace de la historia. Nunca me había planteado cómo sabe una paloma dónde tiene que ir. Me contaron que, en realidad, las palomas mensajeras no son lanzadas y enviadas a cualquier destino, sino que la técnica está en que han sido criadas en un palomar determinado y las sueltan desde otro punto, así que lo que ellas hacen es regresar al lugar donde han vivido. Ellas solo saben volver a casa.

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Las líneas del poema de Carver dicen: «¿Y conseguiste lo que/ querías de esta vida? /Lo conseguí. /¿Y qué querías? /Considerarme amado, /sentirme amado en la tierra.» Y Carrère añade que no basta solo con esa certeza, que si uno muere sin haber sabido amar, sin haber logrado dar ese giro invisible por el que la vida cobra sentido, el balance será al final negativo. Me preguntaba si no tendría esto que ver con esta práctica que tienen tan integrada las palomas mensajeras: esto tan misterioso que se llama volver a casa, entendida casa como aquellos que nos quieren y a los que queremos, esto que a nosotros nos cuesta casi toda la vida aprender.

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Al principio me he entristecido pensando que al oso de peluche lo echaban de casa, que ya nadie lo quería, pero después me han venido a la cabeza las artimañas del pájaro pergolero. Yo de pájaros sé lo justo, pero me contaron que para ganarse a las exigentes hembras, los pergoleros machos –que no son mi muy guapos, ni cantan muy bien–, se contonean, arrullan pero sobre todo hacen otra cosa que los diferencia de los demás: decoran. Construyen casas. Ramita a ramita, el pergolero construye una pérgola. Su objetivo es atraer a una hembra a su santuario e impresionarla para que se aparee con él.

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Hay algo que me gusta hacer los domingos por la tarde: ver una película triste. Ayer le tocó el turno a ‘Magnolias de acero’, esa película tan mítica de finales de los 80 que junta a actrices como Olympia Dukakis, Sally Field, Shirley MacLaine, Dolly Parton o Julia Roberts (y sale Sam Shepard, lo que es siempre un aliciente). Si algun día queréis llorar con motivo podéis poneros ‘Magnolias de acero’ en el minuto 1:40.

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Sonaba esta mañana en mis auriculares una canción bastante cursilona de la Bien Querida, ‘Los jardines de marzo’. Hay un verso que dice: “Todo el mundo buscó algo algún día”, lo cual es bien cierto, pero sigue así: “Y no lo encontró, no lo encontró, no lo encontró”. Esa triple repetición es bastante matadora. Sonaba en el preciso momento en que me he encontrado al oso despechado en un portal. Pero entonces, al instante, antes de ponerme trágica, he recordado al pergolero. Igual no estaba despechado, ni triste, ni si quiera solo: quizás solo estaba tratando de impresionar a una hembra de peluche para que viera que era el dueño de todo el edificio.

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A las tardes de agosto en la ciudad.
A las pandemias.
A los malos ratos.
A enfermedades de nombres impronunciables.
A los días que terminan con una nota triste.
Al «ya te llamaré».
A las guerras, también a las familiares.
A las bebidas light.
A las frases hechas.
A los que van de graciosos.
A los que dicen que nunca es tarde.
Al «hemos estado a punto de seleccionarte».
A los que no eran tan amigos.
A los chinches.
Al aire acondicionado del autobús de línea.
A las expectativas.
A quedarse sin datos.
A que te marches.
A los atascos, no solo de tráfico.
A los cubatas de garrafón.
A un gran amor (e incluso seis veces como contaba Luis Racionero).
A los eslóganes de Mister Wonderful.
A los Excel.
A los que dicen «yo es que soy demasiado sincero»
A lo que no fue.
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Sobrevivimos a muchas cosas.
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Lo que más me gusta de la novela que escribí es la dedicatoria. Dice así: «A los que buscan». Sin embargo, podría haber sido esta también, la de ‘Adiós fantasmas’, que está dedicada a todos nosotros. Sobrevivimos a muchas cosas. A veces pienso que a demasiadas.

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Escuché el otro día una TED que os recomiendo. Se trata de un episodio de ‘Las narrativas complejas de nuestras vidas’, de Lucas Raspall, y pivotaba acerca de ese escurridizo concepto sobre el que nunca se escribe demasiado: la invención del relato con el que nos contamos. Si la figura del editor es importantísima cuando escribimos, entre cosas para detectar las incoherencias de la historia, también nuestra vida cuenta con un editor que no es otro que uno mismo. Así, en aras de la coherencia, uno va repitiéndose ciertas verdades universales –soy así, esto se me da fatal, me gusta lo otro– para explicarse. Y olvida unas cosas y realza otras porque nadie quiere ser incoherente, o estar perdido o simplemente no saber. De manera que mientras estamos aquí, leyendo esto, viendo una serie, en medio de una cena, nuestra mente, en silencio, va escribiendo.
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Leo ‘Prosas apátridas’ una vez al año. Lo hice hace un par de días, cuando aún estaba en esa playa y me fijé en la cita que lo encabeza, que no recordaba. Julio Ramón Ribeyro, en estas anotaciones que casi conozco de memoria, habla, entre otras cosas, acerca de cómo uno se agarra al pasado y ese baúl de los años inútiles se convierte a veces en algo verdaderamente paralizante. Estos días terminé una de las mejores novelas que he leído últimamente, ‘Nuestra parte de noche’, y Mariana Enriquez lo decía claramente, sin tapujos, vivir del pasado, de lo que ya está muerto, te impide muchas cosas pero sobre todo una: vivir con los que no lo están.
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Todos construimos nuestra identidad en base a unas verdades que un día compramos y que luego no cuestionamos. La mente editora tiene una función biológica y evolutiva muy importante, pero también entraña un peligro enorme. No nos acordamos de que el relato es simplemente eso: un cuento. Y qué cantidad de sufrimiento quedarse atrapado ya no solo en el pasado sino en el cuento.

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Viví en Londres durante un tiempo. Trabajaba en una agencia de scouting y dormía en el salón de casa de una amiga, en un colchón hinchable que cada día volvía a deshincharse (y me levantaba a pocos centímetros del suelo). Aquellos los recuerdo como meses divertidos, alegres. Todos los días, sin excepción alguna, salía a tomar algo. Como mi economía no estaba para muchas fiestas, me acostumbré a cenar siempre lo mismo: una copa de vino blanco, solía ser un Pinot Grigio infame, y patatas fritas. De aquellos días procede mi amor incondicional por las patatas. Me basta con olerlas, con intuirlas, para ser un poco más feliz.
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Ayer leí una entrevista a un director de cine. Decía, entre otras desfachateces, que hacer cine entendido como entretenimiento –como mal arte– era como comer patatas fritas. Que un día no estaba tan mal, pero si lo hacías muchos días era terrible. La verdad es que me lo pasé muy bien con la entrevista, me reí mucho, aunque no sé si era el objetivo del entrevistado. Dios me libre de hacer esas diferenciaciones entre el Arte y el entretenimiento, de enfundarme el traje de guardiana de las esencias e ir repartiendo carnets de lo que es bueno o malo.
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Las mejores patatas fritas que he probado son las de un pub llamado Carpenter’s arms, cerca de Bethnal Green. Ayer, sin embargo, se colaron en el top 2 las de un lugar llamado Guvat, desde donde está hecha la foto. Mientras las saboreaba, patata a patata, con un vino igual de infame que el de mis tiempos londinenses, les hice una foto con un atardecer maravilloso. Las pequeñas cosas, qué haría yo sin ellas, si aprendí tiempo atrás que esas eran justamente las grandes cosas.

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Vine un verano a los Balcanes y fueron unas semanas preciosas, aunque llenas de ocasos. Recuerdo, sin ningún orden en particular, Srebrenica y un tipo llamado David, que tenía los ojos más impresionantes que he visto, y que fue el que nos mostró aquel lugar fantasmal. Y también una isla, Korčula, y como, al regresar a Barcelona, en mi neceser se colaron dos polillas y grité aterrada al descubrirlas. O también una piscina colosal, fascinante, heredera de tiempos soviéticos, en la bahía de Montenegro. Pero de aquel verano recuerdo también lo que no fue y un deseo, el de cruzar la frontera e ir a Tirana.
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Leí una noticia que me encantó (espero que no sea fake news). Las autoridades rusas recomendaban a todos aquellos directores de cine y/o series que estuvieran pensando en proyectos nuevos, que dada la coyuntura actual, fueran producciones amables y con final feliz. ¿Os imagináis?, ¿algo así como «te damos la subvención si los protagonistas acaban juntos»? Maravilla.
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Habría que especificar qué es un final feliz, claro (yo creo, por ejemplo, que lo opuesto a ‘Piscinas vacías’, pero por si acaso, les enviaré el libro a las autoridades rusas a ver si ven clara la adaptación al cine, o al menos, como muestra de mala praxis). Por el momento, final feliz me parece haber llegado hasta esta ciudad. A los deseos que no caducan hay que hacerles caso (y no solo vale para las vacaciones).

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Último día de julio. El sopor de agosto llega mañana y ayer me detuve un rato frente a esta encina preciosa. Pensaba en aquello que me contaron una vez, que no es tan fácil saber si un árbol está vivo o muerto. La mayoría de árboles se muere de fuera hacia adentro y así, puede estar erguido y tener hojas y que no haya vida dentro de él. Por eso, para saber si un árbol está vivo, no hay que fijarse únicamente en los aspectos más evidentes.
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Los veranos vuelvo siempre a James Salter, en concreto a ‘Años luz’: «La vida es el tiempo que hace. Son las comidas. Los almuerzos en un mantel azul a cuadros sobre el cual hay sal vertida. El olor de tabaco. Queso Brie, manzanas amarillas, cuchillos con mangos de madera». La vida, pienso ahora, es desear el calor pero resguardarse también del exceso de calor, del sol cegador.

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La dendrocronología, del griego δένδρον, es la ciencia que se ocupa de la datación de los anillos de crecimiento de los árboles. No existen dendrocronólogos que estudien los años que acumula el ser humano, de manera que a pesar de que tengamos una fecha de nacimiento e incluso un cumpleaños –y las velas y las tartas–, yo estoy convencida de que a veces nos ocurre como a los árboles. Que parece que estemos vivos y tenemos hojas, planes, y comemos queso brie e incluso lo cortamos con cuchillos con mangos de madera. Pero la vida es otra cosa. Y Salter también dice que «a veces se experimenta esa sensación de que la vida verdadera se vive en algún sitio pero no donde estás tú». Pero para eso tampoco hay dendrocronólogo que valga. Esas cosas solo las saben estas poderosas encinas sin edad que protegen al caminante del abrasador sol de casi agosto.

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La encontré. Después de toda una vida buscándola, di al fin con la palabra mágica y no era abracadabra. Cené el otro día con una amiga y al terminar, conforme se fue vaciando el restaurante y el vino se recalentó, en esos minutos de descuento en los que siempre ocurre lo relevante, me dijo: «no es verdad, no tienes 36 años. Te falta una palabra para que la frase esté bien»
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Leo estos días ‘Habla, memoria’, de Nabokov, y subrayo y guardo frases y palabras como si pudiera quedarme con ellas. Cuenta Nabokov que durante los veranos de su infancia, en su casa de Vyra, su madre solía repetirle: «vot zampomni», que significa «ahora, recuerda». Como si ella hubiera podido saber que en el curso de unos años moriría todo aquello de lo que entonces disfrutaban y quisiera ir almacenando alondras, cielos claros, los árboles en la noche, las huellas que deja un pájaro en la tierra.
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La palabra mágica es simple, quizás demasiado simple incluso. «No tienes 36 años -repitió mi amiga-. SOLO tienes 36 años». Probadlo: funciona con cualquier cosa. Solo tienes 18, o 67, y no has perdido un verano, solo has perdido un verano. Y no llegas tarde, solo has llegado tarde. De manera que «ahora, recuerda» que además del mar, y las boyas amarillas hacia el infinito, hay tiempo y esa palabra mágica, solo, que dice que absolutamente nada está perdido.

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Me acuerdo de las cartas de verano. De la ilusión de recibirlas y de la emoción de esperarlas. La llegada del cartero a la casa del pueblo y ese sentimiento de anticipación, como esa palabra del inuit sin traducción al español “Iktsuarpok”, un término a medio camino entre la impaciencia y la anticipación. Salía y entraba de casa continuamente por si llegaban esas cartas que me conectaban, cuando no vivíamos pegados a estas pantallas perversas y maravillosas por igual, a los que estaban lejos. No sé vosotros, pero yo me guardaba lo importante de las cartas para la postdata. Podía extenderme folios y más folios que dejaba lo otro para el final. En un par de palabras, que es como hay que decir todo lo importante: directamente y sin subordinadas.
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En la segunda temporada de ‘Better things’ –para mí la mejor de las 4 temporadas– Sam, la protagonista, llama a uno de sus mejores amigos al borde del llanto. Quedan y, desconsolada, como si alguien se estuviera muriendo, le cuenta que ha conocido a alguien, y que parece que todo va bien. Además, el tipo es maravilloso, la cuida, la quiere y…. que justo por eso lo va a dejar. Su amigo, alucinado, le pregunta que si está mal de la cabeza. Pero creo que muchos de los que hemos visto la serie hemos sido Sam alguna vez: de repente llega algo bueno, algo tan bueno que crees que es mejor terminarlo por adelantado por si se rompe.
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Tengo un buen lema para una camiseta o una tote bag: «Casi, pero no», que resume las vidas de muchos, pero especialmente un talante, el de intentarlo o haberlo intentado. A Sam le ocurre todo el tiempo: que lo intenta y como casi siempre le sale mal, no es capaz de encontrar el camino cuando le sale bien. Nos preparamos para el fracaso, pero qué difícil salir airoso, sin boicoteos o pataletas, cuando de repente algo marcha bien. Incluso muy bien. Sin subordinadas ni demasiados adverbios, con las palabras adecuadas, que siempre son pocas, como en las postdatas de las cartas de verano.

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En el caso de los bebés se llama ansiedad por separación y es el nombre que recibe el terror que experimentan los niños al ser separados de sus padres. Cuando los dejan de ver, cuando desaparecen de su campo de visión, aún no pueden comprender que solo se van a ausentar un rato. Para ellos simplemente desaparecen. Nunca más.

Lo cierto es que siempre me dan lástima esos llantos desesperados. Uno querría decirles: «va a volver. Tu madre solo se va a comprar el pan», pero hoy, en el parque, frente a este estanque lleno de islas, la pobre niña, que no tendría más de nueve meses, se ha quedado desgañitándose y nadie podía convencerla de que su madre iba a volver en nada. He recordado aquello que me había hecho reír unos días atrás: John Huston le explicó a su hija Anjelica que, si los samuráis solo tenían permitido llorar tres veces en toda su vida, no había motivo para que ella llorase tres veces al día. Lo mismo valía también para la pobre bebé llorosa.

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Escribí estos días un artículo sobre el verano en SModa y le robé una frase a mi querido Pablo d’Ors que dice: «Lo que pasa siempre es mejor que lo que podría haber pasado». Yo a veces me la repito cientos de veces hasta que termino por creérmela.

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En el caso de los adultos no se llama ansiedad por separación, pero a veces uno teme por las cosas que no ve. Como si volviéramos a tener meses, a ese miedo de estar en una sillita de paseo sin lograr ver a nuestros padres. Hoy, viendo a la bebé, imaginando nombres para tantas islas verdosas, pensaba en que es una suerte hacerse mayor para entender que los tuyos, aunque se hayan ausentado, estén de vacaciones, o incluso fuera de cobertura, están siempre ahí. No se van. No me digáis que eso no es una alegría, incluso en los días en que es difícil creerse lo que dice el bueno de Pablo d’Ors.

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Con respecto al verano, lo diré directamente: está siendo un verano raro y lleno de incertidumbres (y también, por qué no decirlo, de tristezas). Aquí acaba mi análisis.
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Con respecto a la temperatura, diré que esto quizás es algo nos ha ocurrido a todos. Pongamos que es invierno en una ciudad desconocida. Previsores, hemos preparado la maleta adelantándonos al tiempo que hará. Sin embargo, el termómetro marca seis grados e inexplicablemente parece que hace mucho más frío. Un frío helador. De hecho, luego, en un parte meteorológico, leemos que a pesar de que los grados fueran, efectivamente, seis, la sensación térmica era de uno. Yo pensaba que era algo que solo ocurría con la temperatura, pero estos días pienso que es un concepto extrapolable a la mayoría de cosas de la vida. El termómetro puede decir misa, la realidad va por otro lado. Y no tenemos parte meteorológico que lo mida.
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Con respecto al amor y a las novelas de Lena Andersson. Había leído ya ‘Apropiación indebida’ y he terminado hoy, en la playa, ‘Hechos poco fieles’. Leer a esta mujer es como ser testigo de una operación quirúrgica. Pura realidad, sin filtros. Una acaba sus novelas y parece que salga de una guerra. He anotado: «Igual que todo lo demás, el sentimiento amoroso se rige por los principios inamovibles de la evolución. Muta ante las tentaciones para sobrevivir a las condiciones cambiantes y, como todo ser vivo, lo que en instancia desea es persistir. Las personas quieren poder amar. Eso les resulta más importante que ser amados». Qué gran verdad y cuántas cosas explica.
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En fin. Estos días tengo mucho la sensación de que aparentemente todo está bien, o nada está bien, o todo a la vez. Querría preparar una maleta adecuada pero sé, sabemos, que quizás sería inútil porque la sensación térmica de últimamente es la de la incertidumbre.

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Contaba Ana María Matute que un gin-tonic te da una lucidez bárbara. Pero como tampoco es cuestión de estar tan lúcido, la gente nunca se toma solo uno. Y ahí el tema se empieza a complicar.
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Mi historia con las bodas de mis amigos daría para novelas, teleseries, películas –de terror, drama y de un poco de amor también– pero para no aburrir, la mayoría de ellas tienen que ver con la dificultad de encontrar el equilibrio entre la más pura lucidez y la completa ausencia de ella.
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Leí una cosa preciosa en la newsletter de Nick Cave. Alguien le preguntaba qué era el amor y el cantante respondía que el amor tiene mucho que ver con el concepto de «ser visto». Lo contrario a la invisibilidad. Querer a alguien de verdad es decir «te veo. Te reconozco». Me lo confirmó, hace años, un fotógrafo de bodas. Me dijo que él sabía detectar perfectamente a las parejas que iban a estar juntas por mucho tiempo por un simple detalle: se miraban, aunque no estuvieran juntos. Se buscaban.
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Años atrás, conocí a un tipo fantástico en una boda y estuvimos toda la noche hablando frente a un estanque. Después, llegaron los gintonics y no recuerdo demasiado, pero sé que en algún momento a alguno de los dos se le pasó por la cabeza tirarse a nadar al estanque de aguas verdosas. Que sí, que no, que no te atreves, que vaya valiente. Una discusión completamente absurda, estoy de acuerdo, pero luego, ese chico fue mi novio y siempre pensé que ahí, en el no habernos tirado al estanque a pesar de haberlo comentado durante horas y horas, se resumía toda nuestra vida en común. Yo creo que nos tendríamos que haber tirado.
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En definitiva. Verse, mirarse. Y cuidado con la lucidez, y con no tirarse, cuando toca, a estanques verdosos.

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Veo islas por todos lados. Las busco. Las confundo con otras cosas y las encuentro, por ejemplo, en la fachada de un edificio ruinoso.

En el libro ‘Crónicas de motel’, Sam Shepard cuenta cómo un día se encontró con una especie de pájaro acuático muerto, aplastado contra el asfalto de un aparcamiento. Sorprendido por el curioso hallazgo, lo llevó a un taxidermista, que le contó: «el pájaro debía de estar volando por encima del aparcamiento y confundió los reflejos del pavimento con el lago». La pregunta que se hacía Sam Shepard era: ¿por qué un pájaro así se encontraba, para empezar, tan lejos de los lugares en donde había lagos? ¿Cómo era posible que un pájaro se perdiese tantísimo?

Estos días de verano, de verano extraño, entiendo más que nunca al pobre pájaro extraviado y yo también veo islas por todos lados, incluso donde no las hay.

Intuyo que estos meses, al mar habrá que buscarlo en la ciudad, de manera que imagino archipiélagos entre los desconchones de las fachadas azules del barrio.

Escribí una vez, aunque ya no sé ni dónde, que un archipiélago está unido por lo que lo separa, el agua, y así ocurre también con las personas, que estamos unidas por lo que nos falta, o lo que nunca termina de estar, y a eso se le llama recuerdos, creo, aunque no me hagáis caso. Qué tipo de credibilidad puede tener alguien que busca al mar en la fachada de un edificio a 31 grados a la sombra.

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A veces, las historias llegan en el momento preciso y hoy, en clase, nos han contado que los vencejos tienen las alas más largas que el cuerpo. Hasta aquí todo normal porque así ocurre con los pájaros. Sin embargo, el caso de los vencejos es singular porque sus alas son mucho más largas y les pesan mucho. Demasiado. Tanto que, cuando están en el suelo, les cuesta mucho levantar el vuelo. Por eso, a los vencejos los vemos tan poco por el asfalto: porque casi siempre están arriba, aprovechando las corrientes de aire, dejándose llevar, viéndonos a nosotros con la perspectiva adecuada, siempre tan pequeños, y ellos flotando, ligeros.

Ayer se fue una persona maravillosa a la que muchos admirábamos y queríamos mucho. Hoy pensaba en ella y era pronto, y el cielo azul de las ocho de la mañana se ha llenado de la alegría de los vencejos, y la profesora ha contado esta historia.
Nunca me salen las palabras cuando me hacen falta. Pero me quedo con la alegría de los vencejos, con que siempre están volando por encima de nosotros, viéndonos, aunque nosotros no los veamos a ellos.
Gracias, Belén ❤️

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