Las canciones de Love of lesbian me cuentan siempre la historia de mis fracasos sentimentales más estrepitosos. El viernes subía andando a casa por Rambla Catalunya y revisitaba aquellos dos álbumes: ‘1999’ y ‘La noche eterna’. Llovía y tenía que ir deteniénome porque el paraguas se me daba la vuelta gracias a las ráfagas de viento. Era black friday, o eso decían las tiendas, y me puse la nueva canción de Love of Lesbian, ‘Cosmos’, y un verso decía «Hay veces que una canción que habla de ti/ Le gusta a todo el mundo menos a mí». Lo reconocí como el estribillo que, en otras épocas, me hubiera hecho pensar en X, Y, Z, pero esta vez no me hizo pensar en nadie en particular y no pude entregarme a la nostalgia de un viernes lluvioso. Hacerse mayor debe ser eso, me dije, quedarte sin tus fantasmas.
Supongo que es ese viejo debate de las canciones de música pop y la tristeza de ‘Alta fidelidad’: «¿Escuchaba música pop porque estaba deprimido, o estaba deprimido porque escuchaba música pop?».
Hubo un tipo, el Dr. Jacob Jolij de la Universidad de Groningen, que consiguió elaborar un top 10 de las canciones que mejor nos hacen sentir basándose en una fórmula matemática que él mismo diseñó. La ecuación evalúa la canción que nos hace sentir bien según su letra, su tempo en golpes por minuto y su clave. El autor del estudio la aplicó a 126 canciones y comparó los datos que obtuvo con las opiniones de los sujetos participantes en una encuesta que se llevó a cabo en el Reino Unido. Quiero decir: hay maneras de hacer canciones motivadoras y otras muchas otras de hundir tu estado emocional. Y todo eso está estudiado.
Al llegar a casa, sin paraguas porque se había roto y con la ropa completamente calada, volví de nuevo al estribillo de ‘Cosmos’. Pensé en X, Y, Z y suspiré aliviada. Que sensación tan ligera. Encendí las luces de la cocina aún empapada pero misteriosamente feliz, incluso tranquila, como si me hubiera quitado un peso de encima. Suspiré. Seguía siendo yo. No me había hecho tan mayor. Aún no. Qué sería de nosotros sin nuestros fantasmas en los días de lluvia.

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El principio del equivalente funcional no siempre funciona. Ayer, frente a una copa de vino, le dije a una amiga que sí, pero no han pasado ni veinticuatro horas y ya me he convencido de lo contrario.
Planteemos la siguiente hipótesis: pierdes a alguien irremplazable –ahora me diréis que todo el mundo es reemplazable y no–. Seguimos: pierdes a una persona que para ti no tiene sustituto y entonces aparecen de la nada todos aquellos que tratan de demostrarte que existe eso que se llama el equivalente funcional. Es decir: ¿que echas de menos esas charlas sobre literatura rusa que solo tenías con esa persona? Pues seguro que hay clubs literarios donde puedes hablar de ‘El capote’ de Gogol hasta el hartazgo. ¿Que vuestras pelis favoritas eran las mismas y os sabíais los diálogos de memoria y…? Pues es momento de ver otro tipo de películas, o de no ver películas en absoluto. ¿Que nadie como esa persona entendía tus neuras? Pues hay unos terapeutas la mar de majos. ¿Que hacíais deporte juntos y que encontrabais la manera de divertiros incluso pasándolo mal? Pues habrá que probar el spinning en el gimnasio y que suene Maluma mientras sudas bajo luces de neón.
Cuánto daño ha hecho ese concepto, el de «funcional». Y yo me he visto muchas veces enarbolando ese tipo de discursos sin saber que lo que estaba diciendo era que si bien todo no podrás tenerlo, tal vez encuentres consuelo en las pequeñas partes que sí te hacían feliz. Bueno, pues no. O no siempre.

Dicen que solo el amor de los padres es necesario y que los demás son contingentes. Yo a veces incluso estoy de acuerdo. Pero hoy no es el día. Será que voy en un tren. Será que a veces una piensa que hay cosas –pocas, pero las hay– que solo ocurren una vez y que hay que hacer lo posible por atraparlas. Porque si no, terminamos quedándonos con eso que llamamos sucedáneos. O simulacros.

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En la foto, el toldo de un quiosco frente a la estación de Atocha al que siempre le saco una foto. Pienso que un día lo arreglarán, pero entonces perderá su gracia.

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Uno.

Ocurrió la última vez que fui al cine. El hombre de delante compró su entrada y escuché la conversación con el taquillero: «Mejor pasillo. Sobre todo que pueda ver la salida». No entendí a qué se refería y el hombre hizo una pausa antes de justificarse: «Es que si no veo la salida, no estoy tranquilo». No le di más importancia, pero luego, en la oscuridad de la sala, pensé en lo triste de vivir pendientes de una salida.

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Dos.

El otro día, en una sobremesa, salió ese gran tema: chupar o no las cabezas de las gambas. Yo no lo hago, y llevo toda la vida escuchando una misma cantinela: «te pierdes lo mejor». Siempre me ha fascinado esa frase que significa, en el fondo, que no estás entendiendo nada, ni de la vida ni de las gambas. Si te pierdes lo mejor, ¿qué te queda?

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Tres.

No sé si lo mejor son las cabezas de las gambas y ese sonido espantoso que se produce cuando sorbes un pequeño cerebro, pero de lo que estoy segura es que siempre hay alguien que te cuenta cómo deberías tú vivir la vida para hacerlo mejor de lo que lo estás haciendo.

Desconozco a qué se refiere exactamente la expresión perderse lo mejor. Intuyo, sin embargo, que tiene que ver con que tu criterio para escoger la butaca del cine sea estar en un lugar que te permita no perder de vista la salida para, en caso de necesidad, huir a la mínima de cambio. Serás el primero en irte si hay un apocalipsis zombie, si la película te aburre, si hay un incendio. Y así una infinidad de condicionales. Pero protegiéndote del dolor te proteges también de la vida (y de la alegría). Y eso, creo, eso sí es perderte lo mejor.

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Cuenta María Gainza en ‘El nervio óptico’ que «en la distancia que va de algo que te parece lindo a algo que te cautiva se juega todo en el arte». Me pareció una frase brillante. Pero sobre todo me pareció algo que era extrapolable a todos los aspectos de la vida. Nos gustan muchas cosas, pero nos enamoramos irreversiblemente de muy pocas (y está bien que así sea)

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He terminado ya la edición de mi nuevo libro de relatos. En esta fase final suele ocurrirme, ya a punto de cerrar definitivamente el manuscrito, que me planteo si era esto realmente lo que quería decir. Y siempre llego a la misma conclusión: uno escribe algo para contar otra cosa. Esa otra cosa es lo que nos da el impulso, la guía, eso que nunca acaba de hacerse presente. Es importante no entenderlo todo, especialmente a uno mismo.

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Desde que empezó todo esto me dedico a ver mucho cine, pero leo más bien poco. Me cuesta entrar en narraciones largas, prefiero lo fragmentario porque mi atención parpadea, como un fluorescente a punto del apagón final. Una lectura que me acompaña estos días es ‘El libro de las lágrimas’, de Heather Christie. Me reconfortó encontrarme en uno de sus sabios párrafos: «La gente suele llorar en los aviones». Yo, que no soy nada dada al llanto, y menos en público, me he escondido más de una vez bajo las mantas de la aerolínea. Sin ninguna razón en particular: me basta una película de dibujos animados. Una vez, el señor que tenía al lado, me fue a comprar una chocolatina y me la dejó sobre la mesita plegable. Cuando le di las gracias, me dijo que el chocolate iba bien para la tristeza y que si necesitaba hablar. ¿Cómo le iba a decir que acababa de ver ‘Coco’ y que ese era el motivo de las lágrimas desconsoladas?

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He dicho antes que uno escribe algo para contar otra cosa. En realidad, yo solo quería decir que echo de menos viajar. Esa sensación de movimiento, de que los paisajes pasen veloces a través de la ventana de un tren. O la emoción de llegar a un lugar en el que nunca has estado. Ese trayecto en coche hasta el centro de esa ciudad que has visitado tantas veces en tu mente, ese momento justo en que las expectativas se encuentran con la realidad.

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Hoy este libro cumple tres años. La historia de esta familia llena de islas, de equívocos y silencios, de esta familia un poco extraviada y a la deriva, coja, como si para avanzar necesitara siempre de muletas, sigue viviendo gracias a todos vosotros.
Lo que menos envejece de la novela es el título, que es, al menos para mí, tan misterioso como la primera vez que lo escribí y sospecho que así seguirá siendo. El día que sepa qué hacer con mi vida, el día que no haya más dudas ni preguntas, simplemente no habrá que seguir escribiendo. Pero ya os adelanto que eso no va a suceder.

La semana pasada se puso en marcha la séptima reimpresión y desde aquí os lo quería agradecer. Gracias por vuestras palabras, por vuestro cariño y todos vuestros mensajes, que siempre llegan el día adecuado.

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No lo digo yo, lo dice el cartel. Hay que bailar por varias razones.

1.Porque la película de terror no era ‘El Exorcista’, sino que años después entiendo que era ‘Atrapado en el tiempo’. Por mucho que lo intente, Bill Murray se despierta y siempre es el día de la marmota. A mí me ocurre cada mañana: apago el despertador, leo las noticias y me cubro con la sábana de nuevo. Sigue siendo 2020.

2.Por la canción de Rigoberta Bandini que dice una gran verdad, que ‘In Spain we call it soledad’

3.Para llegar al final del día.

4.Por aquel verso de Louise Glück: «miramos al mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria», y ayer observé cómo un padre, a la salida del colegio, subía a su hijo de cuatro años en el sillín de la bici. El niño, con cara de velocidad, convencido de que la conducía él, le dijo «papá, pero que si no te apartas, no despega»

5.Porque hay muchos que ya no pueden bailar y se lo debemos.

6.Para atravesar el año.

7.Por aquella escultura de Juan Muñoz, ‘Una habitación donde siempre llueve’, a la que siempre hay que volver. Porque descubres, de repente, algo nuevo que te emociona, como Chiharu Shiota y aquel espacio abstracto, una inmensa red roja en la que imaginas nadando.

8.Por lo que decía Marta Pesarrodona: «El amor multiplica, quieres a quien te quiere». Y lo contrario debería ser igual de cierto, aunque a veces no.

9.Por las ensaimadas rellenas, el vino blanco, las palabras que te alegran el día cuando ya lo dabas por perdido, los tiovivos, los abrigos rojos, las microgeografías en un adoquín, por las croquetas, porque existe mañana e incluso aquello tan difuso a lo que llamamos futuro.

10.Hay que bailar. Aunque no sepas. No lo digo yo, lo dice el cartel.

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A raíz de un artículo que leí, recordé aquellos versos de Cristina Peri Rossi:

«Líbranos, Señor, /de encontrarnos/ años después,/

con nuestros grandes amores». El poema se llama ‘Oración’ y hace referencia a uno de mis géneros favoritos: el reencuentro, las tan denostadas segundas oportunidades. Y aquí me refiero también a esa serie de la que te enamoras cuando la empiezas a ver por segunda vez (la primera no estabas tú muy centrado), esa amiga a que al principio te cayó fatal o los moniatos, que detestaste durante diez años hasta que los volviste a probar. El amor es también cuestión de timings, de aquello que llamamos «momento adecuado», de decir: «¿sabes qué? Vuelve en un par de años que ahora no me va bien». Como en aquella novela de Bryce Echenique,’ La amigdalitis de Tarzan’, la historia de dos personas que pueden ponerse de acuerdo casi en todo menos para encontrar el momento de estar juntos, y así se les pasa una vida. Su vida.

Estos amores nostálgicos y acróbatas, que uno arrastra a través del tiempo (e incluso de pareja en pareja), son uno de mis géneros literarios y cinematográficos preferidos. Tiene que ver con esa ilusión de que lo importante a veces permanece. De que la vida te lo reserva para tiempo después, para cuando puedes entenderlo. El spoiler es que eso no ocurre, que a veces la vida te lo guarda para cuando es tarde o para cuando lo último que necesitas, como dicen los versos de Peri Rossi es encontrarte con uno de esos grandes amores.

A todas estas, he empezado a escribir el guion de una serie que no tiene título pero sí subtítulo: «Hay historias que solo funcionan veinte años después». La semana pasada, le conté la idea a una mujer y me sorprendí diciendo, al final del pitch, una frase demoledora: «Tendrá final feliz». Y no supe, ni sé ahora, a qué me refería con eso porque nadie, que yo sepa, sabe qué es un final feliz y menos en este tipo de casos.

En fin. Feliz día de Todos Los Santos. Ya sé que este post tendría que ser, en realidad, una historia de terror pero, bien pensado, igual lo es. Para que no lo sea, no os dejéis llevar por el tópico y acordaos de que segundas partes a veces sí fueron buenas.

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Fuimos a comprar ropa de estar por casa, que es lo que parece que se va a llevar estos próximos meses. Mientras rebuscábamos entre percheros, montones de pantalones cómodos y sudaderas de dudoso gusto, vi una blusa de terciopelo con las mangas abullonadas. Mi madre se rio «muy adecuado para estar en casa», de manera que seguimos bajando por Paseo de Gràcia, de tienda en tienda.

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Releí ayer los diarios de Iñaki Uriarte. En una de sus primeras entradas habla de que en 1962 hubo una epidemia de risa en Tanganica. Empezó en una escuela con dos chicas que comenzaron a reírse como histéricas. Se extendió a los demás alumnos, luego al pueblo, al distrito, al país entero. Solo remitió por completo seis meses más tarde.

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Todo el mundo conoce la utilidad de lo que es útil, pero pocos conocen la utilidad de lo inútil, decía Zhuang Zi, así que ayer no encontré ropa cómoda pero volví a por la blusa de terciopelo. Ya que estamos, pensé, esperaré la epidemia de risa, pero lo haré con dignidad. Con una amiga que ya no está y a la que echo mucho de menos hablábamos a menudo de la importancia de comprarse un abrigo rojo, entendido un abrigo rojo como aquello que no es del todo útil –lo sería más si fuera oscuro–, pero que te alegra un poco los días grises. En fin, si algún día veis a alguien con unas mallas agujereadas y con una incomodísima pero elegante blusa de terciopelo, esa seré yo.

(En la foto, un murciélago de pre-Halloween. Aunque pocos adornos nos hacen falta para que 2020 nos de miedo)

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Leí un artículo de Tony Judt llamado ‘In love with trains’ en el que contaba que de niño se había estresado mucho por las imposiciones del verbo «ser» –being– , que entrañaban multitud de cargas. La soledad era una bendición a la que no podía accedía fácilmente. Ser, cuenta, siempre le resultó estresante: dondequiera que estuviera, había algo que hacer, alguien a quien complacer, un deber que cumplir. Por el contrario, «convertirse» –becoming–, fue un alivio. Dice que nunca fue tan feliz como cuando iba solo a algún lugar. Cuánto más tardara en llegar, mejor. Caminar era placentero, ir en bicicleta, divertido. Pero el tren era un paraíso. El movimiento le había dado las claves para ser, para ir atravesando los años.
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Ayer, Lola soplaba el pastel con las velas de sus dos años y la miraba y pensaba en los trenes de Tony Judt, en cómo pasan de rápido los paisajes a través de sus ventanas, pero también las vidas de aquellos a los que queremos. Años atrás, cuando me imaginaba a mí misma teniendo hijos siempre pensaba en viajes, en que me los llevaría a Sri Lanka de vacaciones, en que viviríamos fuera. En que tendrían, en definitiva, una vida emocionante. Ahora solo pienso que si algún día los tengo seré inmensamente feliz con que sepan una cosa: que estoy ahí, a su lado.
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Cenábamos el viernes y salió aquella conversación tan de relato de Raymond Carver, la de qué es estar enamorado y cada uno dijo una cosa distinta. Constaté que las cosas importantes no tienen, afortunadamente, una respuesta única, monolítica, inmutable. Cada uno encuentra la suya y lo más lógico es que vaya mudando con los años. Y volví a Lola, y a Tony Judt, que contaba que el amor, siguiendo aquella advertencia de Rilke, consiste en dejar al ser amado un espacio para que sea él mismo mientras se le brinda la seguridad en la que ese yo pueda florecer. Qué difícil saber ofrecer ese espacio, saber mirar a los que queremos desde la ventana del tren: con esa distancia necesaria para observar no únicamente lo que son, si no también en lo que se están convirtiendo.

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1. Sobre la soledad.

Muchos años atrás cogí un billete de ida a Perú. Había tomado la firme de decisión de viajar sola unos meses. Me imaginaba a mí misma viviendo de forma improvisada, escribiendo en los alrededores del lago Titicaca, terminando aquel largo reportaje sobre Julio Ramón Ribeyro en una cafetería del limeño barrio de Miraflores.
Qué bien queda esto de decir que viajas sola. Me harté de decirlo antes de hacerlo.

2. Sobre decir algo ingenioso cuando ya no hace falta.
Siempre digo que soy mejor por escrito. Por eso, el otro día encontré el nombre justo para lo que me ocurre: l’esprit de l’escalier: pensar una respuesta ingeniosa cuando ya es demasiado tarde para darla. No sé si os pasa, pensar «podría haber dicho…» y que ya nadie está esperando la conversación.

3. Sobre el martes.
He salido pronto esta mañana. En el parque de al lado de casa, dos mujeres tomaban un café en un banco. Me ha parecido que una de ellas se había levantado con mal pie porque he escuchado de refilón un «necesito estar sola», que es una frase engañosa que hemos dicho todos mil veces y en cualquier momento, y que a veces tiene otro significado. A veces, “sola” quiere decir que necesitas estar con otra persona, o con otras personas.
Pero volviendo por un momento a Perú, huelga decir que a las dos semanas había regresado sin haber escrito ni una palabra y cargando con el tomo de 1000 páginas de los diarios de Ribeyro, ‘La tentación del fracaso’ que tampoco entonces terminé. Lo que más se acerca a definir la soledad, o al menos, lo que yo pienso de ella, lo dijo Buñuel: «Yo adoro la soledad a cambio de que un amigo venga a hablarme de ella».
Y eso: buen martes y ojo con invocar a la soledad, que no siempre se presenta cuando uno desea.

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Es una buena pregunta aunque, como toda buena pregunta, no es de respuesta fácil ni inmediata. Me la hicieron la semana pasada en una entrevista, y dice así: en sus ‘Historias reales’, la artista francesa Sophie Calle escribe que un tal D. la invitó a comer y que su miedo a no estar a su altura, hizo que le preguntara de qué iban a hablar durante el encuentro. D. le propuso este tema: «¿Qué es lo que hace que te levantes por la mañana?». Calle le dio algunas vueltas al tema y después de reflexionar toda la semana, llegó a la cita y le respondió a D.: «El olor a café.» La pregunta que me hicieron era, claro: ¿qué es lo que te hace a ti poner un pie en el suelo cada mañana?

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–Un verso de Tranströmer, por ejemplo el que dice que: “en cada hombre hay un verano subterráneo”.
–Los niños que, la mar de disciplinados, hacen fila frente a la puerta del colegio.
–El dibujo infantil en el que, sobre un arcoíris se resumen estos casi ocho meses: “Todo va a salir regulinchi”
–Que sea tarde pero aún queden ensaimadas rellenas de cabello de ángel.
–Conocer a alguien a quien tienes la impresión de haber conocido ya antes, aunque no sea así.
–Que por fin puedas empezar a escribir aquel texto que has ido postergando y que tampoco salga tan mal.
–Que siempre puedas volver a ‘El paciente inglés’ y ver en bucle esa escena en la que Ralph Fiennes señala dónde está el Bósforo de Almasy, un estrecho, una pequeña cavidad en la base del cuello de la persona amada.
–Que tu madre te enseñe, por fin, el secreto para hacer las albóndigas y al salir de su casa te hayas olvidado por completo de la mitad de los pasos (pero te lleves un tupper de albóndigas).
–Que el parte meteorológico se equivoque y haga sol al fin.
–Pensar que todo volverá. Porque todo volverá (y esto no es una raza de Mr. Wonderful).
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La lista es larga aunque haya días, como estos, como hoy, ayer, en los que uno, ante la pregunta, se dice «pues tampoco se me ocurren tantas cosas». Pero salen muchas. Solo hay que hacer la lista.

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Fuimos al observatorio del Montsec y ya de noche, en aquel planetario enigmático, el guía iba señalando puntos del firmamento. Nos acercamos a uno en concreto y nos contó que la luz de aquella estrella que veíamos de una forma tan nítida estaba a 25 años luz. Es decir, que la luz que recibíamos había salido de su estrella de origen, 25 años atrás. Mi cabeza es incapaz de comprender ese tipo de magnitudes, pero intento no decirlo en publico. De manera que asentí, como si entendiera. Sospecho que es eso lo que hacemos todos con las grandes preguntas.
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Leo estos días a mi querido Benjamin Sacks en un conjunto de ensayos llamado ‘Todo en su sitio’. En uno de ellos cuenta que Len, su tía favorita, le contó al llegar a los ochenta que no le había costado demasiado adaptarse a todas las novedades que fueron apareciendo durante su vida –los aviones de reacción, los viajes espaciales–, pero no se podía acostumbrar a la desaparición de lo antiguo. Ella, que se había criado en un Londres lleno de caballos y carruajes, se preguntaba; «¿Dónde han ido a parar todos los caballos?». Así, sin ningún orden, pienso también en las catapultas, en los trenes de vapor. En el huevo hilado o el pijama de postre. El vhs, el sidecar, la revista Superpop. Borges contaba que hay un basural donde están amontonadas las explicaciones. Creo que ocurre lo mismo en el caso de las cosas que desaparecen. Lo que pasa es que nadie sabe dónde está ese basural.
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Hoy, Isabel Coixet entrevista a Timothy Spall en El País. Le pregunta al actor inglés lo que cree que Peter –el personaje que interpreta en ‘Nieva en Benidorm’– aprende a lo largo de la película. Él responde: «Que la vida puede empezar en cualquier momento. Que merece la pena vivir aunque solo sea porque, tanto si te corresponden como si no, merece la pena amar a alguien. Y que ese alguien, por un instante, te vea». La invisibilidad: eso es lo contrario del amor. Y cuando leo cosas así, tan contundentes, tan sabias, asiento. Las apunto y vuelvo a las estrellas que brillan a años luz, a las cosas que desaparecen. Son tantas cosas para las que no tenemos respuesta. Y, sin embargo, son esas las cosas por las que merece la pena estar aquí.

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Gmail me anunció el viernes que ya no me quedaba suficiente espacio de almacenamiento de manera que, antes de sumar otra cuota mensual, decidí empezar a hacer limpieza del correo. Me fui a la última página y me pasé un buen rato haciendo arqueología digital. Los primeros emails que escribí en esa cuenta datan de agosto de 2008 y me leí a mí misma, desde uno de mis primeros trabajos como becaria, asegurarle a alguien que pronto lograríamos aquello que nos habíamos propuesto. Que un día tendríamos 30 años –que por aquellas me precerían muchos- y nos reiríamos de los problemas que describíamos en ese email. Y me reí, claro, pero de mi propia ingenuidad. En esa misma cadena de emails yo terminaba añadiendo que «teníamos tiempo, todo el tiempo del mundo»

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El otro día me hablaron por primera vez del llamado síndrome de la rana hervida. Lo resumo por aquí por si a alguno, como a mí, le puede servir. Dice así: si una rana se pone repentinamente en agua hirviendo, saltará, pero si esa misma rana se pone en agua tibia que luego se lleva a ebullición lentamente, no percibirá el peligro y se cocerá hasta que… bueno, hasta que se muere. Lo típico: tú ya ves que no estás dónde tendrías que estar, o que ni siquiera estás haciendo lo correcto, pero te dices que tienes tiempo. Pero el agua se va poniendo calentita y como se está tan cómodo, ¿verdad?

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Los domingos son el mejor día de la semana para hacer una cosa: releer ‘Me acuerdo’, el libro de Joe Brainard. Leo: «Me acuerdo de desear haber sabido antes lo que sé ahora», o «me acuerdo de esas veces en que no sabes si estás muy feliz o muy triste». Por eso, después de mi paseo por las ruinas digitales de mi pasado, he pensado también eso es la vida, escribir emails lanzando deseos al tiempo, ignorar a la pobre rana que se quema porque está cómoda, porque se ha hecho tarde, porque le han dicho que habrá tiempo. Porque también hay otro verso de Brainard que dice «me acuerdo de arrepentirme de no haber hecho cosas».

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A los dieciocho gané un premio por haber escrito sobre Emma Bovary. El premio me valió una matrícula gratis para la universidad, pero nunca hasta entonces experimenté ese sentimiento que se ha hecho tan famoso últimamente, el del síndrome del impostor. Me entregaron el diploma y alguien del jurado dijo que le había impresionado enormemente la madurez de la ponente, que parecía comprender al dedillo aquel endiablado asunto llamado bovarismo. Sonreí, supongo. Pero no tenía la más absoluta idea de qué significaba aquello sobre lo que versaba mi trabajo. De hecho, a mí ni siquiera me caía bien Emma Bovary. Yo era más de Jennifer Aniston en una comedia romántica, de citar a Mariah Carey para explicar algo que a mí me parecía verdaderamente profundo. Pero pronto, imagino, integré que me hacía parecer más inteligente citar a Proust que a la Carey y, por lo tanto, dejé de citarla.

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Se entiende por bovarismo el estado de insatisfacción crónica de una persona, producido por el contraste entre sus ilusiones y aspiraciones y la realidad, que suele frustrarlas. Pero se habla poco de esa otra lacra, del “richardguerismo”, un término que acuñamos el otro día entre copas y que hace referencia a las inconmensurables expectativas con respecto al amor que proceden de un empacho de películas de Hollywood. He escrito mucho sobre las desafortunadas consecuencias del richardguerismo que, en su vertiente más cotidiana de la vida, no quiere decir que seas tan tonto como para pensar que llegará Richard Gere y te dirá que te vayas a vivir a un monasterio budista con él. El richardguerismo significa vivir de prestado de ideas que han inventado los demás y que son muy bonitas, preciosas. Pero también son preciosos los unicornios.

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A menudo pienso en esa nostalgia de todas las vidas que no tenemos. Emma Bovary terminó mal, me recrimino, y Richar Gere al final se casó con una española, fíjate tú, Laura. Sospecho que bovarismo y richardgerismo son una y la misma cosa. Y cuando bajo a la realidad recuerdo aquello que dijo un filósofo, Leibniz, que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Los otros probablemente serían mejores, pero simplemente no existen.

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Volvimos ayer al último restaurante al que fuimos antes de que lo cerraran todo. Diez de marzo y nosotras que no nos lo creíamos «qué va, esto es una tontería. En dos semanas se pasa», creo que dije. Ahí sentadas, seis meses después, con los dim sums y el arroz de flor de cereza, lo vi todo como en un sueño, como cuando en las películas el personaje está a punto de morir y por su cabeza se suceden flashes, imágenes que son el resumen de su vida.

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Mi madre tiene una teoría. Cuando todo esto empezó, cuando las fatalidades se fueron sucediendo una tras otra, dijo que ella ya había tenido la premonición de que todo iba a salir mal. Fue el 31 de diciembre, por Nochevieja, cuando no pudo terminarse las uvas. Se atragantó a partir de la sexta. Cuando escuchamos la teoría, mi hermano y yo nos reímos. Sin embargo, aún ahora, cada vez que escucho las noticias o entro en twitter, pienso: «mamá, las uvas»

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En un curso en el que estoy, una mujer muy sabia contaba que la vida es como el camino de Santiago. Hay distintas etapas y en cada una de ellas te acompaña gente distinta. En ocasiones, vais al mismo ritmo y el grupo se mantiene. En otras, unos van más rápido y el grupo se diluye. Pierdes de vista a algunos, te los vuelves a encontrar más adelante o quizás no. Contaba que a ella le había costado casi toda una vida entender eso: los acompañantes de la etapa, esa gente con la que disfrutaste tanto, quizás ya no estén en la próxima. Pero está bien que así sea. Cuesta mucho aprender a hacerlo, pero soltar es también ser capaz de dar paso a lo nuevo.

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Supongo que pensaba en eso ayer, subiendo a casa seis meses después, con esa especie de melancolía que supone echar la vista atrás. A mí, lo que me salva siempre son los compañeros de etapa. Y por otro lado, solo puedo deciros que este 31 de diciembre voy a asegurarme de que mi madre se termina las uvas una a una.

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Sobre la necesidad de decir muy a menudo «terrific», aunque no sea del todo cierto:

En la última escena de ‘Kramer contra Kramer’, una llorosa Meryl Streep se abraza a su ex, a Dustin Hoffman, y habiendo tomado una sabia e irrevocable decisión, se mete en el ascensor. Antes de dar al botón para que se cierren las puertas, mira a su ex, que se queda fuera. Tiene esa pinta de congoja de cuando uno ha llorado desconsoladamente un buen rato. Entonces, en un giro hacia lo banal, le pregunta por su aspecto. Nadie quiere estar hecho una piltrafa cuando se dispone a dar según qué noticias. Dustin Hoffman, mirándole a los ojos le responde «Terrific», que es una de mis palabras favoritas en inglés. Y que es una mentira como una casa, porque ella para nada está terrific. Pero a veces, en la vida, cuando las cosas me salen mal, me lo repito a mí misma. Terrific, Laura. Y entonces todo es menos grave y me convierto en Meryl Streep dentro de un ascensor.

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Sobre la necesidad de coleccionar silencios, aunque a veces sean incómodos:

Hay un personaje de un cuento Heinrich Böll que se dedica a coleccionar silencios. Le ha tocado vivir en una época y en un país terrible, la Alemania de después de la guerra, y trabaja en la radio. Una de sus tareas es preparar las cintas grabadas para su emisión. Él tiene que revisarlas, y hacer cortes, para evitar las pausas innecesarias. Pero no tira esos trozos, los guarda en una caja con la intención de volver a unirlos un día y obtener así una cinta en que lo único que se escuche sea el silencio.

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Sobre la necesidad de pasear por delante de esta puerta enrollable al menos un par de veces por semana:

No para tomarse algo ni para pensar en Descartes si no para recordar que estamos aquí. Que tenemos suerte. Que también lo pasamos mal, que es domingo, que hace sol, que podemos tomar un helado de nieve japonés, que hay cines, que nos quejamos, que sentimos, que a veces nos quedamos sin palabras, que nos enamoramos, que llega el otoño, que alguien te dice «terrific», que aún no es tarde. Que todo esto. Que tantas cosas. Luego, existimos.

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Cuando escribía la novela viajé muchas veces a Ibiza para documentarme y buscar lo que quería encontrar. Una de esas veces, a finales de noviembre, la isla quedó anegada de agua después de una tormenta como he visto pocas. Me refugié en el hotel Montesol, que por aquellos entonces acababan de renovar, y, sentada en una mesa pequeña, me pedí, como siempre, una de mis ensaimadas rellenas de cabello de ángel. Al lado se sentó una mujer mayor, elegante y misteriosa y, como estábamos las dos solas, acabamos hablando. Me contó su vida, sus idas y venidas, y su amor incondicional por aquella isla que había cambiado tanto en tan poco tiempo. Solo cuando había dejado de llover y pagué la cuenta para irme, me preguntó qué me había traído a mí a aquella isla lluviosa a las puertas del invierno. Le dije que estaba escribiendo una novela y que necesitaba documentarme. Entonces se me quedó mirando fijamente, con sus ojos increíblemente azules, aún los recuerdo, y sentenció: «Tú no estás aquí para escribir una novela. No te engañes». Y quise preguntarle por qué lo decía, incluso añadir que no entendía de lo que me estaba hablando, pero no hubiera servido de nada.

Aquella fue la última vez que viajé a Ibiza. Cuando volví, la frase de aquella mujer me persiguió durante mucho tiempo y a veces, incluso ahora, sigue conmigo. Y me recuerda que nunca sabemos la razón última por la que hacemos las cosas. O la sabemos pero no logramos juntar las palabras adecuadas para decirla (y mira que sería fácil).

Escribir una novela sirve, entre otras cosas, para comprender que incluso cuando escribes una novela estás tratando de contarte algo que no hubieras logrado explicarte de otro modo. Escribir es buscar lo que está ahí, encerrado. Para mí, después de todas esas idas y venidas a esa isla a la que no creo que vuelva, fue comprender que la vida a veces se nos escurre entre esas dos frases que encabezan la novela.

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Al final, lo entendí. Ayer me subieron en una báscula que parecía una nave espacial. Me pidieron que sujetara una barra, que la extendiera, y que me quedara ahí unos instantes. Aquello empezó a vibrar y yo ya esperaba el humo, las lucecitas, el «3, 2, 1». Entonces, cuando la cosa prometía, se detuvo. Siempre ocurre lo mismo: las cosas se acaban cuando se ponen realmente interesantes. El entrenador que estaba conmigo me miró sonriente y me dijo que tenía una edad metabólica de 21 años. Él esperaba, estoy segura, que yo me sintiera orgullosa. En lugar de eso, me salió una mueca. Pero no se lo conté. No le dije que mi edad mental ronda los 86 y que eso, claro, son 65 años de diferencia.

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Siempre estamos un poco –o muy– perdidos. A la que la conversación empieza a ir en serio, a la que uno se arranca y cuenta algo de verdad, el de al lado le sigue. Y entonces ya no se habla de trabajo ni del nuevo restaurante del barrio. A veces pienso en los exploradores, en que siempre estaban perdidos en sus expediciones puesto que nunca habían estado en esos lugares. Nunca esperaban saber exactamente dónde estaban. Lo que les hacía sobrevivir era su optimismo a la hora de pensar que iban a encontrar el camino. No nos encontramos a nosotros mismos hasta que no estamos perdidos o hasta que perdemos el mundo y podemos reconocer dónde estamos.

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Contaba Charles Baudelaire que esta vida es un hospital en el que cada enfermo está poseído por el deseo de cambiar de cama. Este deseo tiene que ver con hablar poco porque cuando te sientas en la cama de al lado y hablas cinco minutos con tu compañero de habitación te das cuenta de que está exactamente en el mismo lugar que tú.

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Sé que uno nunca querría estar perdido. Pero una vez leí que la certeza es una cosa muerta, así que aunque a veces busque cifras que justifiquen ese sentimiento de perpetuo extravío –65 años de desnivel lo justifican perfectamente–, al final llego a esa misma conclusión de los exploradores: lo único que no hay que perder es la esperanza de encontrar el camino.

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En ‘El sueño’, una obra de teatro de August Strindberg, hay un personaje que lo que más desea en el mundo es que la vida le conceda una de esas cajas verdes en las que los pescadores guardan la carnada, el hilo y los anzuelos. La desea tanto que la ha imaginado hasta el último detalle. Así, transcurren sus días lentamente mientras suplica a los dioses que se apiaden de él y le concedan su tan ansiado deseo. Tal es su insistencia que finalmente, cuando su vida toca ya a su fin, los dioses le ayudan a cumplir su deseo. Y es entonces cuando el personaje, viejo, maltratado por la vida y por aquel anhelo que se ha visto permanentemente incumplido, se acerca al proscenio, observa durante un buen rato la cajita y luego, con una insondable tristeza, casi insoportable, exclama: «No era este verde»

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Dicen que soñar es gratis. Pero lo que no lo es, es equivocarse de sueño.

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Solo muere un amor que ha dejado de soñarse. Las cosas, recordémoslo, solo pueden morir cuando están vivas. De ahí que muchos prefieran quedarse con la proyección, con el deseo, esa antesala de la realidad en la que todo vale y todo es posible aún. Luego llega la caja verde y se impone la insalvable distancia entre lo soñado y la realidad. Y lo peor es que no solo le pasa al personaje de Strindberg. Lo peor es que nos pasa a todos: nunca es ese verde.

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La vida moderna, la mal llamada nueva normalidad, acabará pronto conmigo. Ayer, sin ir más lejos, sufrí un pequeño percance en la recepción del gimnasio. Llevaba varios bultos encima, todo mezclado. Para los despistados la nueva normalidad es una verdadera gincana. Si ya tenías que acordarte de algunas cosas –el pin de la tarjeta, la contraseña del icloud, del correo, de HBO, del número del pasaporte–, súmale ahora el gel, la distancia de seguridad y la omnipresente la mascarilla.
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Tengo un leimotiv para estos días de septiembre, sobre todo para cuando no llega el pago de las facturas y alguien pretende convencerte de que está bien que aceptes una pequeña reducción –del 60 %, por ejemplo– de la cantidad inicial que pactaste. Por eso, me compré una lámina en la que se lee esta frase de Iris Apfel: «More is more, and less is a bore». He pensado que cuando me lleguen emails de este tipo les mandaré la ilustración que desmiente la mítica frase de Mies van der Rohe. Menos no es más. Menos es un fastidio.
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Con respecto al incidente de ayer, fue todo muy rápido. Yo llegaba tarde y me había asegurado de coger todo lo que había en la taquilla: bolsos, bolsas, mi comida del mediodía, los auriculares, la pulsera de goma negra para salir del gimnasio. Entonces llegué a los tornos de salida y me sonó el teléfono, lo cogí, y resulta que no podía pasar por el torno porque la pulsera estaba mojada. Forcejeé y, desde la recepción, un chico me lanzó una mirada asesina: «la mascarilla». Triunfante, me miré el codo, donde me la cuelgo siempre para no olvidarla y vi el elástico. Pasé por fin el torno, me acerqué a recepción, sonriendo con superioridad, y entonces fui a ponerme la mascarilla, aún con la llamada, que colgué de golpe cuando descubrí el elástico de otra cosa, pero ya era tarde porque le estaba enseñando al recepcionista, que me miraba ojiplático, unas bragas negras que me había desenrollado del codo. Quise decirle «pero están limpias, eh», pero me tuve que ir porque él, literalmente, se atragantó de la risa. Guardé las bragas y saqué del fondo de la ropa, por fin, el elástico de mi mascarilla.

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