El otro día, una amiga me preguntaba si había sitios a los que evitaba ir porque me traían malos recuerdos. Pensé, ¿tienes tiempo?
*
Es una historia que ya he contado pero, una vez, tuve un novio con el que compartimos una larga historia de peleas y reproches en restaurantes japoneses. Da la casualidad de que la comida japonesa es, entre todas las gastronomías del mundo, mi favorita. De manera que, durante una época, íbamos los dos a cualquier lugar maravilloso y no lográbamos pasar del edamame porque ya se nos atragantaban los aperitivos. Jamás de los jamases llegamos a los postres. No sé por qué, después de la primera escenita, no me dio por pensar: a partir de ahora vamos al McDonald’s por si acaso. Que si no pasamos de las patatas fritas ya habrá ocasión de llegar al Mc Flurry. Cuando me preguntan por un buen japonés en Barcelona, se me pasa por la cabeza una galería de imágenes en la que dos personas se quedan mudas frente a un plato de sashimi, con el wasabi deshecho ya.
Tengo que volver a esos restaurantes para llegar a los postres. Mientras tanto, no me preguntéis por japoneses a no ser que queráis que os responda si tenéis tiempo.
*
Ayer volví a Annie Ernaux. El primer capítulo de ‘Los años’ empieza así: «Todas las imágenes desaparecerán». Es un libro que habla de la memoria, de lo que queda, que es el recuerdo de esas pequeñas y grandes imágenes a las que el tiempo irá haciendo desaparecer en una generación remota. Conocí a Ernaux este septiembre. La conocí, digo, porque pasé tres días en el mismo lugar que ella. No fui capaz de acercarme a ella para decirle lo mucho que significaban ella y sus libros para mí. La tuve delante tantas veces: en el buffete de ensaladas, tomando un café en la terraza frente al mar, después de una rueda de prensa. Pero el deseo de no molestar es a veces más fuerte que el deseo de acercarse. Un día, la observé en la barra del desayuno hasta que ella me miró también a mí y os juro que estuve a punto de levantarme. No lo hice, solo le sonreí. Pensé: ella ya lo sabrá.

Conclusión: no vayáis a un restaurante si no estáis seguros de que llegaréis a los postres. Si veis a Annie Ernaux no basta con sonreír. Hay que levantarse.
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Tres apuntes para un viernes lluvioso.

Uno.
Me contó ayer una amiga que, cuando su padre se puso enfermo, muy enfermo, ella no pudo cogerse días en el trabajo. Decidió cogerse los pocos días que le daban cuando la cosa estuviera realmente mal y su padre no pudiera valerse por él. Al final, mi amiga no se tomó esos días porque su padre murió antes. Ayer pensaba en esto; en lo del tiempo. Uno piensa que lo puede controlar, el suyo y el de los demás. Si hay algo que he aprendido, y mira que he aprendido pocas cosas, es que el tiempo siempre es ahora. Luego se escapa, se acorta, se esconde, se detiene. No llega.

Dos.
También ayer aprendí un nuevo concepto: negativo esférico. Todos conocemos a personas que tienen un carácter de natural bajo, quejumbroso, y la mayoría ellas son inocuas. Pero después existe otra tipología de negatividad un poco más corrosiva, expansiva. La gente que, con ella, con su negatividad, logra teñir la atmósfera de ese mismo estado de ánimo. Negativo esférico.

Tres.
Dice Evelyn Waugh que «Entenderlo todo es perdonarlo todo». Yo últimamente no entiendo muchas cosas.

Bonus track.
En uno de mis libros favoritos, ‘Qué es el qué’ ocurre lo mismo que en el punto uno. Y tampoco ahí es ficción, por desgracia. ¿Os imagináis la mejor historia de amor del mundo? Esa es la que tiene lugar en esas páginas entre Achak y Tabitha. Lástima, claro, que uno de los personajes dice que tienen tiempo, que ya encontrarán la manera de quererse cuando sea el momento. No os hago spoiler pero podéis suponer lo que ocurre: que el tiempo se escapa, se acorta, se esconde, se detiene. O no llega. Estoy segura de que si lo invocas, si dices que ya tendrás tiempo, éste simplemente desaparece.

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Trajeron el roscón de reyes y, sin saber las consecuencias, lo dije bien alto: me encanta la fruta escarchada. Se hizo un silencio en la mesa y hubo miradas de incredulidad. De incomodidad. Joé, ésta que parecía tan normal… «Yo nunca he conocido» empezó a decir una mujer, y siguió la frase una amiga «a ver, que haya gente que tolere la fruta escarchada…sí, pero, ¿qué le encante?». Mientras, fui arramblando con cerezas, membrillos, eso verde que nadie sabe qué es.
Eso sí que es ir a contracorriente: decir que te gusta la fruta escarchada. Probadlo. Veréis que luego nadie quiere hablar contigo.
*

Hay un poema de Juan Carlos Mestre que se llama ‘Carpe diem’. No sé qué verso me gusta más. «Cuando el amor se termina no queda nadie que traiga flores los sábados / Las botellas de Lambrusco dejan de hacer ¡plop! / Las deliciosas películas de arte y ensayo se vuelven aburridas (…). Cuando un amor se termina dan las diez un cuarto de hora antes». Y «te paran todos los taxis, vas derecho al motel de las metáforas». Pero sí mi verso favorito es este: Cuando un amor se termina, llaman por teléfono, otra vez la noche se ha equivocado de número.
*
Es que voy en un tren. Y a mí los trenes siempre me hacen pensar en poemas y en cuando la noche se equivoca de número.
*
En fin. Feliz vuelta a la realidad desde el tren de las metáforas, deseando echar mano a unas frutas escarchadas. Pero ahora ya sé que no hay que decirlo muy alto.
#nochedereyes #roscondereyes #reyes #navidad #poesia #literatura #juancarlosmestre #amor #tren #barcelona #ave #comidaviejuna #frutasescarchadas
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Si queréis poner a prueba una relación, os recomiendo encarecidamente que viajéis a Chisinau, Odessa o Tiráspol. La ausencia absoluta de hospitalidad por parte de los locales, el frío, el desconocimiento del concepto «ocio» o «alfabeto latino» hacen de la estancia por estos lares una especie de carrera de obstáculos en contra del tedio que termina en tedio. Al final del día, o sea, a las 5 de la tarde, cuando se pone el sol, simplemente llegas al hotel y te dices: al menos buscaré un buen sitio para cenar. Ajá. En realidad, seguro que lo es, un buen sitio, y que se come estupendamente. Si solo entendieras lo que dice el menú, ¿verdad?

Ayer, cansadas, llegamos por fin al restaurante. Nos miraron mal, pero a eso una se acostumbra. Se nos acercó la camarera y nos habló en moldavo. Al ver que no había manera, malhumorada, dijo: «chicken, open». Le dije que qué bien que la cocina estuviera abierta, que a eso habíamos venido. Se nos quedó mirando, se fue, y transcurrieron unos minutos hasta que volvió y añadió: «chicken close». O sea, cocina-pollo, cerrado. Nos levantamos y volvimos al hotel.
*

En las iglesias ortodoxas está lleno de velas, de luz. En unos enormes candelabros dorados, los fieles van dejando sus velas, sus rezos. Hay unas mujeres que se encargan de retirar las velas que ya son muy pequeñas, que se están a punto de consumir. Lo hacen con la yema de los dedos, apagan la llama con ellas, y se llevan la vela y el deseo. Cómo sabrán cuáles se han cumplido ya, y cuáles están aún en la cola de las peticiones, sincronizándose aún en una infinita nube de deseos y aspiraciones.
*

Una frase de Fitzgerald que tengo apuntada en mis notas: «Recuerdo que iba en un taxi una tarde entre altos edificios y bajo un cielo color rosa y malva. Comencé a gritar porque tenía todo lo que quería y sabía que nunca volvería a ser tan feliz». Eso es exactamente lo que me ocurrió paseando el otro día, cuando encontré este carrusel aparentemente anodino. No grité, pero pensé en lo misterioso de la felicidad. A veces la encuentras en un mar de tedio paseando por una ciudad dormida.
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31 de diciembre otra vez y me parece a mí que los años se me escurren entre una lista de propósitos y otra.

De mis doce propósitos del año pasado se han cumplido tres y medio (el medio porque he querido ser benevolente). Deduzco que por mucho que te esmeres en la lista, en lo que hay que esmerarse es fuera de la lista: 35 años (y dos carreras, que apuntillaría mi madre) para llegar a esta sabia conclusión.
También, los años se me escurren así, como en esta anotación del diario de Witold Gombrowicz.

Lunes
yo,

Martes
yo,

Miércoles
yo,

Jueves,
yo.
Cambiemos los días de la semana por años y podría hasta proponer un título: tantas veces yo.
Se pasan los años así, frente a una copa de vino blanco preguntándose uno siempre por las mismas cosas. Sin embargo, después de la trascendencia llega la realidad y también hay que darle a la actualización del software, cambiar la contraseña de la Smart tv –y la del banco, la de LinkedIn– pero de repente no te acuerdas. Hay que reclamar una factura, arreglar el extractor, y no olvidarse de sonreír a pesar de que los días terminen a veces con una nota triste, que decía el poema de Raymond Carver.
*

Este año, un amigo me contó una anécdota buena. Iban en un velero y, de vuelta a la costa, les pillo un temporal horrible. Tanto que no hubo nada que hacer. Tuvieron que dejar el timón y encerrase en el interior de la embarcación hasta que el temporal pasara. Me llamó la atención eso: que para avanzar a veces es necesario dejar que lo malo pase.

Y bueno, imagino que también hay años así. Momentos así. Dicen que después de la tormenta viene la calma, pero no puedes hacer nada para que no pase.
*

El tiempo pasa de muchas maneras. Mi 2019 pasó ayer cuando leí de nuevo esta frase de Ian McEwan: «De este modo podía cambiarse por completo el curso de una vida: no haciendo nada». En fin: que se os pase el tiempo de muchas maneras pero nunca no haciendo nada. Esto es lo que os deseo para 2020.

FELIZ AÑO. **y la foto es de ayer, entrando en Ucrania. Una hora y media sin poder avanzar. Así se pasa la vida también.

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Años atrás pasé un verano en los Balcanes y terminé, casi por casualidad, en una de las ciudades más feas en las que he estado: Podgorica, capital de Montenegro. Fue ahí, tratando de buscar información sobre aquella extraña ciudad, cuando di con un artículo que hablaba de que existe algo parecido a una liga de ciudades de segunda –o de tercera, o cuarta…–, alejadas del circuito ganador que forman otras urbes como Roma, París, Londres, Praga, Estocolmo, etc., ciudades indudablemente bonitas, o con encanto, o con un interés histórico. O con todo eso junto.

No puedo evitar que me gusten más estas otras ciudades que viven en las antípodas de los folletos turísticos y al margen de las de los sueños y películas. No sabría decir qué es lo que me gusta de ellas. Todo, supongo. Que no son protagonistas, y lo asumen. Que no están para impresionar a nadie, que tienen su propio relato y creen en él, que muchas, como ésta, Tiráspol, la capital de la república fantasma de Transnistria, pertenecen a países que ni siquiera “existen” oficialmente.
Estas ciudades –me refiero, por ejemplo, a Chisináu, Stepanakert, en Nagorno Karabakh, la propia Podgorica– tienen también algo de caso perdido. Y bueno, aquí una fan de los casos perdidos, ciudades incluidas.

Así que eso: hola desde Tiráspol.

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Llegué a casa tarde, ya de noche, y la balda para la ducha que había comprado aquella misma mañana se había caído. Todos mis champús, siempre más caros de lo que me gustaría, sin tapón porque nunca me acuerdo de ponérselo, yacían en el plato de la ducha y su interior, de distintos colores, se había ido escapado por el desagüe.
Muy dada a buscar metáforas donde no hay más que cotidiana fatalidad, empecé a buscarlas. ¿Querría decirme la vida alguna cosa?, ¿Había tirado yo, como lo decía Renata Adler en ‘Oscuridad total’, lo más importante?
Lo que me contaba la vida, supongo, es que a veces no hay que saltarse las instrucciones, que por algo existen. Si te dicen que, una vez echado el pegamento en la balda, es necesario pasar el secador, pues se pasa. Y si te da pereza y dices, como yo, que «total, no vendrá de que le pase el secador», pues te atienes a las consecuencias y te dejas, otra vez, tus ahorros en champús que no puedes permitirte.
Después, ayer, puse por fin las luces de Navidad. Día 22, siempre por los pelos. Y como no sabía cómo ponerlas estuve un rato haciendo el tonto, como se ve en la fotografía. Tirándolas hacia arriba, hacia los lados, tratando de salir bien en alguna de las 800 fotografías que debimos hacer.
El resultado: se enredaron las luces y luego quedó una especie de maraña de cables luminosos que no hay donde poner.

Día 23, lunes. Ahora sí: que tengáis una Feliz Navidad, que no busquéis señales porque no existen, y acordaos de no jugar con las luces que después se enredan.
Este año, yo, a Papá Noel le pido instrucciones, así, en general. Pero sobre todo, champús. Muchos champús.

#navidad #christmas #barcelona #luces #champus #somewheremagazine #ifyouleave #renataadler #señales #papanoel #santaclaus
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El otro día vi un accidente de moto cerca de casa. Al motorista no le pasó absolutamente nada, pero fue un buen susto. Lo vi desde lejos y me di cuenta de algo: de la amabilidad de la gente. No había pasado ni un minuto y el motorista ya estaba rodeado, perfectamente atendido. Y os aseguro que esa gente no estaba paseando ni tomándose el apertivo tranquilamente: era hora punta y todos iban, con prisas, al trabajo.

Se habla muy poco de la amabilidad de los extraños y mucho del egoísmo en general. No sabéis la de gente que, a mí, que me dan un miedo atroz los vuelos complicados, me ha dado un abrazo en medio de turbulencias infames, que me ha contado su vida para acompañarme en el mal trago. En estas fechas tan señaladas de la Navidad me gusta pensar en eso: en que siempre hay alguien que te da un abrazo en medio de días turbulentos.
*

En tardes como la de hoy, desde esta casa de infancia en la que el sol de invierno se pone pronto, pienso en mi querida Wislawa Szymborska. En ese poema que dice que:

La vida en la tierra sale bastante barata.

Por los sueños, por ejemplo, no se paga ni un céntimo.

Por las ilusiones, sólo cuando se pierden.

Por poseer un cuerpo, se paga con el cuerpo

Y por si eso fuera poco,

giras sin billete en un carrusel de planetas

y junto a éste, de gorra, en un torbellino de galaxias,

en unos tiempos tan vertiginosos

que nada aquí en la Tierra llega ni siquiera a moverse.
*

Por los sueños, repito, no se paga ni un céntimo. Además, a veces, incluso se cumplen. Y si no, es muy probable que haya alguien a tu lado que te agarre de la mano mientras el piloto anuncia por megafonía aquello de fasten your seatbelts.

#sábado #tarde #amabilidad #navidad #christmas #barcelona #aqui #ifyouleave #somewheremagazine #fotografia #photography #wislawaszymborska #poesia #fastenyourseatbelt
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Nos enseñan muchas cosas:
A atarnos los cordones.
A pronunciar la «r». Carro. Carretilla. Roca.
A pedir perdón antes de pedir permiso.
A no poner los codos en la mesa.
A calcular el área de un triángulo.
A no preguntar mil veces seguidas «cuánto falta».
A no llamar más de dos veces si nadie responde al otro lado.
A pedir permiso antes de pedir perdón.
A usar el compás y el transportador.
A diferenciar un óxido de un peróxido.
A contar hasta diez. Hasta cien (antes de decir lo que ibas a decir)
A coser un botón.
A utilizar la fórmula para hallar el número pi.
A hacer fuego con una lupa.
A no confundir churras con merinas ni mezclar amistad con los negocios.
A no salirte de la línea al colorear.

Nos enseñan tantas cosas, ¿verdad? Y todas tan útiles. Yo, sin ir más lejos, llevo toda la vida con el compás y el transportador en el bolso.

De lo que dice la fotografía no encontré nunca ni un epígrafe ni una mención en los libros, cuadernos o manuales del colegio. Ni siquiera en los de la universidad.

#literatura #libros #books #colegio #barcelona #saber #amar #aprender #compas #transportador #reglas #rules #ifyouleave
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Llegué ayer a esta puerta en la que el mandato era sentirse como una estrella. No la traspasé por si acaso.
*
Leí, a propósito de Michi Panero: «Estuvo a punto de ser feliz». No me digáis que no da para pensar si al final eso de «estar a punto de» cuenta como que lo intentaste o como que no lo lograste. Ahí lo dejo.
*
Otra frase: decía Milosz que, cuando en el seno de una familia nace un escritor, la familia termina. Al hilo de lo que contaba Milosz, ayer hice algo que no había hecho hasta ahora: releí algunas páginas de la novela que escribí años atrás. Fue puro cotilleo, un «a ver qué cosas contaba yo entonces». La cerré espantada: además de repetirnos, tuve la sensación de que las palabras son una especie de sortilegio que lanzamos al tiempo. Nos vamos convirtiendo en ellas, en las palabras, que saben aquello a lo que nosotros aún no sabemos poner nombre.
*
Un apunte: no puede haber sido una semana mala si me han dicho que me parezco a Greta Garbo y a Liv Ullman. Y el mismo día. Si tuviera los ojos claros incluso me lo hubiera creído. Aunque solo fuera un ratito.
*
Que tengáis un buen domingo. Si queréis sentiros like a star podéis buscar esta puerta que está en el barrio del Raval. Yo estuve a punto de hacerlo, de sentirme como una estrella.

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Nunca había escrito un guion. Ayer empecé con uno. «Qué fácil», me dije. «Mucho más fácil que escribir un relato y ya no te digo que una novela». Negativo, Laura, negativo. En un relato dejas a la imaginación del lector lo que básicamente no sabes cómo contar. Las omisiones, lo llaman, eufemísticamente, el arte de la omisión. Como llaman flexibilidad laboral al abaratamiento del despido. Pero en un guion más te vale dejarte de omisiones y encontrar las palabras y, sobre todo, las imágenes. Y cuando no sabes cómo contarlo no puedes echar mano de cualquier poeta porque aquí las citas no valen.
*
Este fin de semana me volvió a pasar. Le di dos besos a un taxista. Llegaba a casa con dos maletas y, cuando abrió el maletero, yo iba hablando por teléfono y, sin pensarlo, dije: «Un momento». Me abalancé sobre el pobre hombre y, a medio beso, me di cuenta de que yo a ese señor no le conocía. Que era un taxista. Entonces le pedí disculpas, me puse roja. «Ay perdón», le dije.
Una vez me pasó con una señora bastante estirada que me trajo una alfombra de un anticuario. Le di dos besos también, ahí en el rellano y ella no supo qué hacer. Ni yo. Me puso la alfombra y, ya al salir, quise pedirle disculpas pero no sabía que decirle: «¿perdón por los besos?». En fin: la inercia.
*
Me he enmarcado esta frase de Vivian Gornick en el despacho: «En realidad, es más fácil estar sola que estar en presencia de lo que suscita una necesidad pero no consigue atenderla puesto que entonces estamos en presencia de una ausencia». Supongo que es una versión de aquello que decía mi abuela: más vale solo que mal acompañado.
*
Estaría bien poner esa frase de Gornick en el guion, ¿verdad? En un relato ya la habría puesto.
Pero a lo que iba: bienvenidos los guiones, bienvenidos los besos por inercia –aunque sean ridículos– y bienvenido todo aquello que puede colgar de un corcho en un despacho, pero que no puede ser dicho de otra manera.
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Hace días que pienso en este poema-relato de Richard Brautigan, ‘I was trying to describe you to someone’. Es lo mejor que he leído sobre esa cosa extraña que es el amor. La traducción es mía.
Hace unos días estaba tratando de describirte a alguien, pero no te pareces a ninguna otra chica que haya conocido antes.

No podía decir: «Bueno, ella es igual que Jane Fonda, pero es pelirroja y su boca es diferente, y además, ella tampoco es una estrella de cine». No podía decir esto porque no te pareces para nada a Jane Fonda.

Finalmente acabé describiéndote como una película que vi en Tacoma, Washington, cuando era pequeño. Creo que la vi, en 1941 o 42, por ahí. Creo que tenía siete, ocho o seis años. Era una película acerca de la llegada de la electricidad en el campo, la clase de película moralista perfecta del New Deal de los años 30 pensada para enseñar a los niños.

La película era acerca de los granjeros que vivían en el campo sin electricidad. Tenían que usar linternas para ver durante la noche, para coser y leer, y no tenían ningún aparato eléctrico, como tostadoras o lavadoras, y no podían escuchar la radio.

Entonces construyeron una presa con grandes generadores eléctricos y colocaron postes por todo el campo y tendieron cables sobre los sembradíos.

La película transmitía un sentimiento de heroísmo que venía simplemente de poner los postes para que los cables viajaran a través de ellos. Parecían antiguos y modernos al mismo tiempo.

De manera que la película hablaba de la Electricidad como de un joven dios griego llegando al campo para llevarse para siempre sus formas de vida arcaicas.
De repente, religiosamente, con solo dar a un interruptor, el granjero tenía luz eléctrica para poder ver cuando ordeñaba sus vacas a primera hora durante las oscuras mañanas de invierno.

La familia del granjero podía escuchar la radio y tener una tostadora y luz clara y brillante para coser vestidos y leer el periódico.

Era una película fantástica y me emocionaba tanto como escuchar una canción patriótica o ver fotografías del presidente Roosevelt o escucharlo en la radio.

Quería que la electricidad llegara a todo el mundo.

Así es como yo te veo a ti.
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Tengo una teoría: primero se inventó la cama de matrimonio y después, en vistas de que una persona sola no podía cambiar la funda del nórdico, dios inventó finalmente el matrimonio para que la responsabilidad cayera sobre dos personas.
*
Hoy se estrena una serie, ‘Foodie love’, en la que los elementos principales son el amor y la comida. Una de las mejores reflexiones que he visto últimamente está, creo, en el capítulo 2 de la serie. No es ningún spoiler así que lo cuento: una mujer maravillosa, en la barra de una coctelería, rodeada de gente más joven, se da cuenta de que la vida que ve a su alrededor ya la ha vivido y se le ha escapado, que toda esa efervescencia ya no es para ella. Me recordó a mi escena de película favorita, la de ‘Boyhood’ y esa Patricia Arquette que llora en la cocina diciendo: «Pensé que habría algo más».
*
No hay nada mejor que animarse los días lluviosos escuchando canciones italianas de los 80, de los 90. Ayer me recorrí las calles de Barcelona con Umberto Tozzi y Loredana Bertè, con aquella canción que dice «Non sono una signora /Una con tutte stelle nella vita»
*
Me gusta pensar que la ficción puede tener siempre otro final, por eso, creo que la mujer del segundo capítulo de ‘Foodie Love’ se da cuenta, en un universo paralelo, de que la vida trae siempre de vuelta la efervescencia, que no es una cuestión de edad. «Cuando menos te lo esperas» es una frase hecha que detesto pero creo que se aplica a muchos casos.
Por otro lado, no lo intentéis. No hay técnicas. El nórdico es cosa de dos. Como aquella petición que leí en twitter una vez: «Qué ganas de mantita, serie de Netflix y novio. ¿Alguien me recomienda un novio?». El nórdico es cosa de dos, pero si suena Battiato o ‘Non sono una signora’, el fracaso se lleva con muchísima más dignidad.

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Leí ‘Un pedigrí’, de Patrick Modiano, un autor del que no había leído nada. El libro empezó gustándome, después dejó de gustarme y lo terminé pensando que aquellas eran las mejores memorias que había leído jamás. En ellas, Modiano recopila datos: amigos de sus padres, lugares de París, compañeros de colegio, apellidos que recuerda, tardes vagando por la ciudad. En un momento dado, uno tiene la sensación de que está enumerando cosas, de que ha convertido su pasado en una lista. Entonces, dice algo parecido a: «Y el juez me enseña fotos, documentos, piezas de convicción. Y, no obstante, mi vida no era exactamente eso»
*
Era viernes, ese viernes al que ahora se llama Black Friday. O sea, era ayer, y yo
me fui a ver la exposición de Bill Viola. Al principio, como siempre, aburrida, sin entender. Luego, me senté a ver a esta pieza de la fotografía. Parecía una imagen en la que nada cambiaba. Sin embargo, lentamente, imperceptiblemente, los personajes se iban convirtiendo en otra cosa. En ese proceso, me ausenté, y en esa ausencia es donde se produjo la magia. Cuando conecté de nuevo, cuando volví, ninguno de esos personajes era ya el personaje del principio, tampoco yo. Me quedé casi una hora observando la pieza. Veía, supongo, la vida, como esos cuadros de Escher que se convierten en otra cosa justo cuando tú no estás mirando.
*
Las memorias de Patrick Modiano terminan así: «Aquella noche me sentí ligero por primera vez en la vida. La amenaza que pesaba sobre mí todos aquellos años y me obligaba a estar continuamente en guardia se había disuelto en el aire de París. Había zarpado antes de que se derrumbara el pontón podrido. Por poco».
Patrick Modiano da en el clavo: la vida nunca es exactamente eso que contamos.
Bill Viola da en el clavo también, la vida no es exactamente eso que contamos pero, para empezar a entenderla (y a contarla), es necesario sentarse, tener la paciencia de ver cómo cambia lo que tenemos delante y, sobre todo, cómo cambiamos nosotros mientras lo vemos. En realidad, lo de fuera es siempre un reflejo de lo de dentro.
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Ayer vi ‘Marriage story’ y me hizo pensar en la única película que he visto de Bergman, ‘Persona’, pero también en esta pintura de Nigel Van Wieck que no me canso de mirar, ‘Q train’, se llama. Me hizo pensar asimismo en esa sensación que he tenido a menudo: cuando las cosas se te van de las manos y no encuentras manera de volver atrás. Hay una canción que resume la película, la que canta Adam Driver: ‘Being Alive’, de Stephen Sondheim. Nos pasamos la vida intentando hacer eso: estar vivos en la barra de un bar y en la de la vida, en el vagón de un tren y en el de un matrimonio. Nos enseñan a casarnos y a tener relaciones –incluso nos dicen cómo tienen que ser esas relaciones–, pero no nos enseñan a separarnos.
Hace años tenía un amigo que decía que hay que escoger a una pareja pensando en que, llegado el caso, sería un buen ex.
*
La canción dice «Someone to hold me too close». Pero acto seguido: «Someone to hurt me too deep». Ahí está. Demasiado cerca, demasiado profundo. Al pintor Nigel Van Wieck lo conocí hace un par de años en Nueva York. Estuve en su estudio y nunca me había sentido tan acompañada como por todos esos hombres y mujeres solos que habitan sus pinturas.
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Años atrás, aún en la universidad, mi amigo Álvaro se compró un Ipod cuando aún ninguno de nosotros tenía Ipod. Era de color amarillo. Por aquellas, existía la opción de personalizártelo y él mandó inscribirse una frase. Decía así: In spite of myself, «a pesar de mí mismo». Nos reímos de la teatralidad de la frase, pero él insistía en que ese era su lema vital y en que un día lo comprenderíamos.
*
Con el tiempo he entendido que mi amigo Álvaro tenía razón y que este estar vivo al que canta Adam Driver es siempre a pesar de uno mismo: de las elecciones, del carácter, del autoengaño, de todo lo que resta.
Al final esto de la vida y del amor se resume en ese deseo, el de no querer estar dormidos, el de aprovechar la efervescencia, equivocarse antes que quedarse de brazos cruzados. Y, sobre todo, bailar hasta que se apaguen las luces, hasta que no quede nadie en el bar. Pueden parecer frases hechas, pero no lo son. O no solo.
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Durante años, mientras escribía lo que luego se convertiría en una novela, el texto lo encabezaba una cita un tanto extraña, casi hipnótica, de la poeta uruguaya Marosa di Giorgio. Decía así: «Los jazmines eran grandes y brillantes como hechos con huevos y con lágrimas». A día de hoy, aún no sé cómo un jazmín puede estar compuesto de una materia que aúne lágrimas y huevos, pero lo cierto es que esa frase fue para mí una guía, un mantra. Se la leí en un ensayo a Leila Guerriero y sospecho, intuyo, que ella comprende en qué se parecen un jazmín, un huevo y una lágrima. *

Cuenta Leila que no siempre tiene cosas para decir y que, cuando eso ocurre, se pone a leer a Elizabeth Bishop. Y siempre, antes o después, llega a este poema portentoso: ‘El arte de perder’, y a ese verso que dice: «Lo difícil no es perder algo sino elegir el momento de la pérdida». Yo, cuando no tengo cosas que decir, algo que ocurre bastante a menudo, leo a Leila. A Louise Glück. A Thomas Tranströmer. Escucho Sufjan Stevens o a Bear’s Den. Cuando nada de esto funciona me voy a tomar un vino blanco con un amigo. Esto último nunca me falla. Para escribir hay que cerrar las ventanas, pero para saber sobre qué hay que escribir, es necesario abrirlas. *

No soy mitómana ni me gusta demasiado conocer a gente a la que admiro. Supongo que es miedo a que aquellos que te gustan tanto por escrito no estén a la altura de la realidad. Qué bien que haya gente que siempre supera la prueba. *

Contó ayer Leila que hubo un libro que le salvó la vida, ‘El oficio de vivir’, los diarios de Cesare Pavese. Reímos: que te salve la vida un libro que termina así, «No escribiré más. Solo un gesto», y que después su autor se suicide… En fin. *

No soy mitómana ni me gusta demasiado conocer a gente a la que admiro, por eso nunca acepté la cita romántica que me propuso Karl Ove Knausgård en repetidas ocasiones. ¿Os lo había contado?, ¿no? Bueno, eso es porque nunca sucedió. *

Leed a Leila Guerriero, os lo digo de verdad.

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Prepárate para NO pararte si:

Un desconocido te ofrece caramelos

Alguien te dice: ¿quieres que te sea sincero?

Si el cartel dice “But first, coffee” o “No tenemos wifi, hablen entre ustedes”. O peor: “La magia empieza fuera de la zona de confort”

Alguien susurra, apenado, que vio tu mensaje pero no tuvo tiempo de responder

El pescado no es fresco

En la bañera hay una alfombrilla antideslizante que, del uso, se desliza

Te dicen que tendrías que sacarte más partido

Está decorado con frases de ‘El principito’ sin citarlo: Lo esencial es invisible para los ojos

Te dice que se ha leído todas tus novelas pero tú solo has escrito relatos

Todo el rato insiste en diferenciar entre lo literario y lo comercial

Escuchas “no eres tú soy yo”. Ay, ahí ponte a gritar y llama a la policía

#preparetostop #stop #pararse #elprincipito #ifyouleave #barcelona #literatura #instagramstories #coffee
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«Qué te pasa?», le preguntaron al pianista Thelonious Monk. Él respondió, sin drama apenas: «Todo, todo el tiempo». Bien por Thelonious.
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Llevo un mes movidito con esto de acabar en urgencias los domingos. Bueno, en realidad, solo es la segunda vez, pero es agradable esto de venirse arriba y exagerar. El médico me ha preguntado lo mismo que a Thelonious y, para demostrarme que no estaba tan grave, me ha hecho una foto de mi paladar con el teléfono. Os digo una cosa: nadie es tan guapo como en su foto de facebook, eso es cierto, ni tan feo como en la del dni. Pero nunca nadie ha sido tan feo como una foto de paladar en contrapicado.
Yo creo que debería haberle respondido al médico con un solemne: «Todo, todo el tiempo». Me hubiera ahorrado la foto.
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Isabel Coixet tiene un libro llamado ‘Alguien debería prohibir los domingos por tarde’. Ninguna objeción, solo que yo añadiría: incluso por la mañana.
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De camino a casa he visto un graffiti que decía «deja de ser tú mismo». La verdad: después de que nos hayan repetido tantas veces esto de «sé tú mismo», es un consuelo.

Buenas noches tengáis, no seáis vosotros mismos y, sobre todo, que no os hagan una foto del paladar. Y menos en domingo.

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Uno de mis episodios favoritos de Fleabag es el último de la primera temporada.
A Fleabag, para mí la mejor protagonista de todas las series, le sale todo-todo-todo mal, algo así como en aquel libro que se hizo tan famoso, el de la ley de Murphy. Lo que courre es que en el caso de Fleabag, el «todo mal» se aplica a cosas más importantes que aquella ley de la tostada que siempre cae por el lado de la mantequilla. Y lo peor es que en todo este cúmulo de despropósitos y tragedia, Fleabag ha tenido, en algunas ocasiones, algo que ver.
El lema del episodio, de la serie incluso, es «people make mistakes». Y Fleabag, en lo que es una broma –algo tonta, si queréis, pero a mí me hace gracia– dice que todos nos equivocamos y que justamente por eso, al final de esos lápices con los que aprendemos a escribir, no hay un adorno ni un muñeco, ni un capuchón. En la punta del lápiz hay una goma de borrar.
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Hay algunas máximas muy de autoayuda que me estoy aplicando bastante a mí misma últimamente. En las clases de yoga, por ejemplo, con las posturas invertidas. Llevo un año practicando y, el otro día, por primera vez, me caí. Fue entonces, después de caerme, cuando pude por fin levantarme sobre la cabeza y estirar las piernas hacia arriba. La moraleja es, como decía, muy de autoayuda, pero fue cuando me caí y vi que el parqué era duro pero no un drama, cuando pude levantarme.
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Fleabag me gusta porque es una auténtica kamikaze. Y porque, para no caerse, ella salta directamente, sin red, allá donde esté. Eso también se llama miedo. Decidir estrellarse o no querer estrellarse. Como si eso, en última instancia, pudiera ser una decisión nuestra.
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Estábamos en el bar de los neones rojos y él contaba una historia: «Tenía una novia con la que me fue muy mal. Terrible. Lo dejamos,y luego tuve otra novia con la que estaba mucho mejor. También lo dejamos. Entonces me quise dar una oportunidad con la que me había ido tan mal». Un amigo suyo lo resumió mucho mejor: «o sea que es como si vas conduciendo por una carretera de montaña en un día como hoy, de perros, coges una curva muy cerrada, y por poco se te van las ruedas y tienes un accidente. Es como si, una vez que ya estuvieras a salvo, tranquilo, decidieras que hay volver atrás, a la curva, para ver qué pasa, ¿no?». Silencio.
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El bar de los neones rojos se llama Pokhara y pasé muchas tardes aquí. Cuando escuché la letra de Héroes del silencio: «nos hicimos la promesa de los lagos de Pokhara», me dije que un día iría a ver esos lagos. Y el año pasado, en Nepal, el reflejo de los lagos me devolvió el de los neones rojos del bar de esta ciudad en la que, según recuerdo, nunca dejó de llover.
Un bar que contiene la promesa de unos lagos, los lagos que contienen el recuerdo de una ciudad. Una matriuska rusa, eso es la realidad.
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Escuché a una ancianita ayer en el autobús. Le decía a su interlocutor, un señor aún mayor que ella, que iba a votar al partido de Nunca máis. Imagino que se refería a Más país, pero no me digáis que el equívoco no es una buena metáfora para estos tiempos extraños.
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Consejo de domingo de votaciones: es recomendable no tentar a la suerte. La curva cerrada resbaladiza siempre será curva cerrada resbaladiza.
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